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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Russell M. Cluff Colonizadores y colonizados en Zitilchén: La Secuencia Cuentística de Lara Zavala

 

Aunque otras obras manifiestan en mayor o menor grado características del subgénero, De Zitilchén es el ejemplo más sobresaliente de la secuencia de cuentos en las letras mexicanas recientes, reforzado por un mapa sencillo, a lo Anderson, en la portada de la primera edición. Hace poco, la tercera serie de Lecturas Mexicanas publicó una edición ampliada de este libro como el número 91 de la serie. Por desgracia, no reproduce ese rasgo visual. En esta colección vemos claramente la sobreposición de historias autónomas que, si vistas como un todo, componen el mundo complejo y maravilloso de un pueblito rodeado por las selvas de la península de Yucatán. El narrador del cuento ¿Carta al autor¿ (sólo aparece en el segundo volumen) afirma que Zitilchén está situado en lo que él llama el punto Zuc, esa zona precisa del mapa donde convergen los estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo. Se encuentra, desde luego, en el corazón del mundo maya, y todos los habitantes de este microcosmos (precolombinos, coloniales y modernos) están representados generosamente. De hecho, muchos de los niveles de vida humana (distintas edades, profesiones y clases sociales) quedan explorados; se hurga en las profundidades de diversos sentimientos, miedos, apetitos, pecados e hipocresías. Y las estrategias narrativas abarcan toda la gama entre el realismo tradicional y el cinematográfico, hasta incluir los elementos de autorreferencia más a la moda. Al investigar el libro de Lara Zavala, exploraremos la cuestión de cómo se superponen los diversos pueblos de este singular enclave selvático, a la vez que subrayaremos las consecuencias de tales choques. La parte analítica de nuestro estudio enfocará cinco de los cuentos, cada uno de los cuales ilumina un aspecto importante del mundo ficticio que se crea dentro de cada texto y entre todos los que componen esta secuencia cuentística. Primero nos dedicaremos a ¿El beso¿, por ser el cuento que mejor retrata el ámbito físico del pueblo y describe el número mayor de personajes (muchos de los cuales están destinados a reaparecer en otros momentos). Además, proporciona información vital de la estructura de poder socio-política de Zitilchén. ¿Morris¿ es el cuento que dramatiza con mayor viveza la disparidad entre los dos polos más distantes del mundo zitilcheniano (el personaje venido de fuera en oposición al de dentro). Al igual que el cuento precedente, ¿El padre Chel¿ gira en torno del fenómeno dentro-fuera, pues tiene que ver con el ¿advenedizo¿, pero examina el reino sumamente importante de la religión. ¿La seducción¿ tiene la misión singular de retrotraernos a tiempos de la colonia, cuando la superposición de pueblos y razas se encontraba en un estado más dinámico y vertiginoso, con lo cual se subraya el conflicto entre colonizadores y colonizados. Además, eleva la cuestión a otro plano: la colonización dentro de la colonia, un tipo de conquista más afín a la idea de seducción ¿como lo sugiere el título¿, haciéndose cada vez más difícil diferenciar entre el seductor y el seducido. Finalmente, por vía de ¿Carta al autor¿, concluiremos con un examen del ya mencionado elemento autoconsciente o metanarrativo, que ayuda a crear en el libro uno de sus rasgos más atractivos: la insistencia en la participación de un lector activo. 

No es hasta la publicación de la segunda edición de De Zitilchén, a través del cuento ¿Carta al autor¿, que Lara Zavala utiliza el recurso de encuadramiento. Y al igual que en un macrocosmos de la vida real latinoamericana, este mundo simbólico se levanta sobre los fundamentos de un cierto número de familias. En Zitilchén, las cuatro familias centrales son los Carpizu, los Negrón, los Amaro y los Baqueiro. Entre sí, aparecen en ocho de los catorce cuentos. Tal y como se describe en la portada de la primera edición, todas esas familias ¿excepto los Carpizu¿ tienen casas que dan a la plaza central del pueblo. Sin embargo, Hilario Carpizu está en el centro del escenario porque ocupa el puesto de presidente municipal. Por tanto, lo vemos sobre todo en el Palacio Municipal, que también da a la plaza central. Este presidente aparece en cuatro de los cuentos y sólo al médico, Indalecio Baqueiro, se lo ve más a menudo, en seis de las historias. Aparte de esos actantes humanos que conectan los diversos textos, en el libro también abundan los actantes inanimados o geográficos, lo cual da al lector la sensación de estar experimentando no sólo fragmentos de un mundo literario, sino de otro que progresivamente va adquiriendo unidad como una comunidad total, donde todos los ciudadanos y clases sociales diferentes interactúan y compiten por sobresalir o simplemente sobrevivir. Lo que le impide a este libro volverse una mera novela es el elemento llamado ¿cierre¿ por Luscher. Cada uno de estos cuentos puede ser leído individualmente, siendo prueba de lo dicho que el autor ha publicado varios de ellos en revistas y permitido que otros se incluyan en antologías. Un hecho adicional es que las historias no aparecen en orden cronológico, siendo ésta una manera más de pedirle al lector que participe activamente. A él queda descifrar el marco temporal histórico de cada entidad, si bien el autor implícito ha sido generoso en dar marcadores de tiempo.

Lara Zavala esperó unos diez años, tras la aparición de la primera edición de De Zitilchén, para publicar algunos de los primeros cuentos... en función de sus ámbitos temporales. Incluso con la aparición de la segunda edición ampliada, ¿El beso¿, una de las piezas iniciales, sigue siendo la historia más ¿central¿ de todas. Cuando llegamos a ella, la cuarta historia en la serie, da la impresión de que el autor implícito nos ha llevado espacialmente de la periferia (jovencitos cazando iguanas en la espesura) al epicentro de su mundo imaginario, el pueblo mismo. Los dos cuentos primeros ocurren en el campo y nos dicen mucho acerca de la economía que rige a Zitilchén y sus alrededores: muchas variedades de cultivo, siendo la más curiosa de ellas cuidar abejas. ¿Morris¿, el tercer cuento, ocurre tanto en el pueblo como en la circundante selva yucateca, describiendo desde muy al principio la interacción y la interdependencia entre campo y pueblo.

Como ya se mencionó antes, cuando llegamos a Zitilchén vía ¿El beso¿, nos presentan al presidente municipal y lo vemos reinar supremo sobre su municipio, no teniendo que responder sino ante el gobernador del estado de Campeche. Nos familiarizamos con varias ¿personitas¿ que, temblorosas, vienen a pedir favores ante este soberano al parecer falto de corazón (y tal vez la más patética de ellas sea la mujer que en vano trata de conseguir prestada la máquina de coser que recientemente aceptó como pago de una deuda no cubierta). Sin embargo, primero nos introducen con la esposa de este hombre, Sofía, y nos ofrecen una escena conmovedora, donde la mujer acepta cantar el Ave María en la boda de Elsi Rabelo, una joven de clase social totalmente distinta. La primera indicación de tal diferencia es que Sofía habla a Elsi con el trato informal del tuteo, mientras que ésta emplea insistentemente el ¿usted¿. Sin embargo, en una sección posterior del cuento las condiciones sociales quedan del todo claras cuando el presidente se refiere a Elsi como esa ¿india maya¿ (p. 46). En el intercambio que ocurre entre las dos mujeres, el lector capta no sólo las disparidades entre los grupos que forman ese microcosmos, sino un asomo de esperanza en que las relaciones de raza, al menos entre ciertos ciudadanos, no sólo retratan la tolerancia sino también un cierto calor humano. Sin embargo, la mosca en la sopa es el presidente, que nunca puede permitirse mostrar una fractura en su armadura de poder y control.

Con el tiempo terminamos conociendo más sobre la esposa de este hombre, y cómo la hartan los aprietos políticos en que la mete su marido; digamos los banquetes obligatorios que debe ofrecer al gobernador y su esposa siempre que se dejan caer por allí. Se sobrentiende que Sofía los entretendrá en todos los sentidos de la palabra, no sólo como anfitriona sino también con su hermosa voz. Además, Sofía aporta el elemento dramático del cuento cuando casi cede románticamente (¿el beso¿ del título) a un ingeniero anónimo, quien se encuentra en la zona para dirigir la construcción de una carretera nueva. La naturaleza fragmentaria de ¿El beso¿, con sus tomas breves y sus técnicas de seguimiento, nos recuerda una película, tal vez como reflejo de la estructura total del libro. Esto es de lo más evidente cuando el presidente se mueve por la plaza, haciendo arreglos para una de las odiosas visitas del gobernante mayor. Primero atiende a que la superficie de las cosas sea políticamente aceptable llevándose al campo a varios prisioneros. A continuación, lo vemos ir de un lugar a otro, interactuando con los ciudadanos con quienes tropieza. Almuerza en uno de los dos cafés del pueblo y, mientras, rumia el que su esposa se niegue a romper la promesa de cantar en la boda de la chica indígena, para quedar libre de entretener al gobernador, a su esposa y al séquito. Mientras tanto, se ve sujeto a la presencia irritante y al desprecio franco de ciertos jóvenes, miembros de dos familias aristócratas en confrontación, los Amaro y los Negrón. De aquí pasa a la peluquería, donde se informa de los rumores que corren a la vez que se sujeta a las ironías suavemente sarcásticas de los espíritus indolentes frecuentadores de esta institución universal.

Ese mismo día ocurre por lo menos otra presentación importante (junto con la reaparición del protagonista de ¿Morris¿), un cierto ¿jovenzuelo¿ que a su tiempo identificaremos como el narrador de los cuentos. Este joven sólo viene de visita durante el verano y es nieto de uno de los patriarcas del pueblo. Además, sin que se lo haya nombrado, sirvió ya como protagonista del primer cuento, ¿A la caza de iguanas¿. Tenemos allí un asomo ligero de la metaficción en la trama de la obra que, en su momento, será explícita.

Como telón de fondo de este cuento ¿dada la estrategia de intratextualidad ¿, ciertos cuentos anteriores adquieren mayor significación en función de cómo encajan en el ambiente creado por los textos vecinos. Al mismo tiempo, ¿El beso¿ prepara el camino para los cuentos que están por llegar. Además, tras leer el cuento queda muy claro que estamos en un mundo de conquistadores y conquistados, de colonizadores y colonizados. Cada uno de los personajes, aunque no siempre reconciliado con el hecho, comprende cuál es su lugar en ese microcosmos de contrastes múltiples. 

El cuento ¿Morris¿ aparece en esta colección justo antes de ¿El beso¿ y ahora recibe una luz que hasta ese momento se le había negado al lector. Aunque la historia parece haber tenido un cierre total, es posible que el lector cuidadoso haga un gesto de sorpresa, pues la persona que acaba de ser muerta aparece brevemente en el palacio municipal en el siguiente cuento. Sin embargo, una vez examinado todo, hemos de llegar a la conclusión de que aquí no participa fantasía o realismo mágico. El personaje no ha vuelto a la vida; ocurre que el autor implícito simplemente nunca se propuso dar a estos cuentos un orden cronológico, con lo cual pide mayor participación del lector. De hecho, la segunda edición de De Zitilchén, con cinco cuentos adicionales, entrega en el mismo orden los textos originales, sin prestar atención al orden en que todos ocurren en el tiempo histórico. Más allá de estas consideraciones estructurales, ¿Morris¿ es uno de los cuentos más conmovedores porque delinea la primacía del tema colonizadores en contra de colonizados.

Al protagonista se lo conoce como Morris a pesar de que es ¿prieto y chaparrito... un indio maya¿ (p. 33). No es su nombre real (el cual nunca se revela), sino más bien un mote que se le impuso y que, según se verá, tiene consecuencias trágicas. Los ciudadanos de Zitilchén parecen deleitarse en unir a este cuidador de abejas y cazador tranquilo y trabajador con su opuesto total: un ingeniero inglés llamado Morris, quien vino a la zona para prestar ayuda técnica a los del lugar en su perforación de los pozos que tanto necesitan. El enfrentamiento de alguien tan obviamente autóctono con otro venido de una nación y de una raza notoriamente imperialistas plantea una ironía que nadie deja de captar, a pesar de la crueldad y la insensibilidad que significa. La disparidad queda explícita en lo siguiente: 

Morris, el inglés, era alto, grueso y rubicundo; sólo comía carnes frías y odiaba el calor. Por ello, Zitilchén, donde todo se come fresco y muy condimentado, donde el calor es agobiante, le parecía un pedacito de infierno.

Morris, en cambio, era bajo de estatura, flaco, enjuto y moreno. Comía lo que fuera: pavo de monte, iguana, uech o quitán. Amaba el sol y el campo. Para Morris, Zitilchén, su pueblo, era casi un paraíso (Ibid.).

Si los terceros en discordia hubieran dejado solos a estos dos adversarios, quizás nunca se habrían prestado atención. Pero aparte de los ciudadanos maliciosos que nada constructivo por hacer tenían, otro mediador volvía insostenible la situación: el alcohol. En el campo, cuidando los apiarios del presidente y escuchando con diligencia los sonidos de la naturaleza, Morris el maya estaba satisfecho y feliz. Pero también aguardaba el momento de ir al pueblo, para estar brevemente con su familia y luego pasar una noche ¿en paz¿ en el bar: ¿Permanecía ahí durante largas horas, sin meterse con nadie, gastando copa a copa aquellos cincuenta pesos que le habían adelantado en la oficina del patrón¿ (pp. 35-36).

En su momento Morris, el inglés, y su indulgencia con los líquidos más duros que bebía, siente la necesidad de enfrentarse a ese nativo impertinente que le ¿ha robado¿ el nombre. Es una situación con la que está muy familiarizado: 

Morris era un hombre iracundo, acostumbrado a que le temieran por su estatura, por la coloración que adquiría su rostro cuando se enojaba, por su costumbre de subir la voz a la menor contrariedad y por sus ojos azules, saltones, llenos de lágrimas, que parecían fulminar a quien se dirigían. Acostumbrado a tratar con los peones dóciles de Asia y África y dada su poca facilidad para el español era muy afecto a darle bofetadas a sus trabajadores gritando:

¿You bastard! ¡A trabajar! (p. 36).

Sin embargo, este Morris en lo particular no es africano y no tiene la intención de abandonar el bar, ya que aún le quedan algunas monedas. Tampoco quiere mezclarse con ¿los patrones¿ y hace todo lo posible por evitar conflictos. Entre el inglés furioso y los ciudadanos maliciosos de Zitilchén, la pelea es inevitable. Justo hasta el momento en que los dos hombres ¿que finalmente han salido del bar¿ entran a un lote vacío, Morris el maya sigue esquivando los golpes del otro. Cuando éste lo alcanza, enviándolo al suelo, siente una piedra en la mano y sucede lo inevitable: ¿Se levantó, la piedra cogida, y tiró un certero golpe a manera de campanazo viendo una inmensa flor de sangre y luego un borbollón; la gente se juntó en torno a Morris mientras Morris, aprovechando la confusión, logró escabullirse¿ (p. 37).

El colonizado se ve finalmente liberado de uno de sus colonizadores, siendo único resultado de esto que se encuentra exiliado de su pequeño paraíso de Zitilchén. El maya pasa el resto de su vida en la espesura con su perro y su escopeta, hasta que tres ¿blancos¿, aparentemente en viaje de cacería, llegan de Zitilchén para ponerle fin a ese ¿exilio¿. A pesar del mayor conocimiento que de la selva tiene el Morris oscuro (como ya se dijo antes), es de suponer que encuentra la muerte, como lo sugiere la oración final del cuento: ¿El sonido vindicador de uno, dos, tres balazos sonó en la amplia bóveda de la tarde¿ (p. 40). Hay tres disparos, no dos como sería de pensar en una escopeta, y el adjetivo ¿vindicador¿ parece definitivo. ¿No hay, pues, otra manera de concluir para un cuento de ¿colonia¿? ¿No es el primero en haber llegado el que resulta usualmente el primero en ser desposeído y, a fin de cuentas, el primero en ser eliminado en caso de confrontación?

¿El padre Chel¿ es una incómoda si bien ingenua apología por el nuevo aunque recientemente depuesto sacerdote de Zitilchén. Sin embargo, el cuento sirve al propósito de permitirnos echar un vistazo a las cosas ¿espirituales¿ del pueblo, así como ver en panorámica la moral de las ciudadanas; si es que, de hecho, tenemos un narrador confiable. En el periodo moderno del libro, se mencionan tres líderes espirituales diferentes que Zitilchén tiene. El narrador, el padre Chel, es uno de ellos, y hace referencia a su predecesor, el padre Emilio García. Uno de los cuentos finales (¿La pelea¿) sólo de pasada menciona a un tal padre Schingler, que debe ser el reemplazo del narrador. Como ya se sugirió anteriormente, la gente de Zitilchén tiene una aversión natural por los advenedizos, y la apariencia física y el aspecto general de este sacerdote en lo particular puede haber hecho que se despertaran sospechas cuando su llegada. Afirma que las mujeres lo encuentran atractivo y se describe como rubio y de ojos azules; de aquí el mote de Chel, que en maya quiere decir ¿azul¿. Además, y en oposición a su predecesor, García, este cura admite que nunca hizo mucho por los hombres de la comunidad, por la simple razón de que rara vez aparecieron por la puerta de la iglesia. Por otra parte, asegura haber mostrado una caridad pura hacia las mujeres fieles de su grey. Insiste en que al comienzo los hombres ¿festejaron mi carácter¿, al que describe al decir: ¿Toco la guitarra, fumo, me gusta bailar y, por qué no decirlo, bebo, aunque nunca con la audacia ni en la cantidad con que beben los hombres de este pueblo que, dicho sea de paso, tienen espléndidas gargantas¿ (p. 70).

La tradición de la apología en sí conlleva un narrador intradiegético-homodiegético. En este caso, un hombre que está en la historia y narra sobre sí para exculparse de una serie de acusaciones. El problema con el padre Chel es que prepara cada situación negativa y, en lugar de limpiar su buen nombre, pronto cae en una trampa que él mismo tendió. Por ejemplo, cuando el presidente municipal le da oportunidad de atraer las buenas inclinaciones de los hombres haciéndolo bendecir su auto nuevo, ese mismo día el padre bebe un poco de más y choca el auto que acaba de asperjar con agua bendita. Y si bien su elevada capacidad de percepción como narrador y sus intereses pudieran calificarlo de inmediato como narrador desconfiable, lo paradójico es que parece del todo confiable en el sentido de que no es lo bastante listo para ocultar ciertos actos incriminatorios. Divulga siempre tanta información, que termina arrinconándose y cualquier explicación adicional resulta demasiado débil para que se sobreponga a un sentimiento de culpabilidad.

Estos pecadillos iniciales son pasados por alto prestamente por los hombres de la comunidad y, al ser hombres, están incluso dispuestos a aceptar como normales y naturales ciertas aventurillas sexuales. Y sin embargo, a fin de cuentas, es la actividad sexual la que lo expulsa del pueblo y de su profesión. En un punto, encamina su caridad pura hacia una cierta mujer, cuyas enormes necesidades sexuales satisface a nombre del marido enfermo, quien no sólo es incapaz de cumplir tales deberes, sino que además se siente molesto porque ella da vueltas en la cama durante la noche, impidiéndole dormir. Cuando la mujer confiesa al sacerdote que sueña con él todas las noches, éste dice a sus lectores: ¿¿Tengo acaso que continuar? No, no lo creo. Pero puedo asegurarles que aquella noche mi feligresa durmió tranquila. Y lo que es más: su buen esposo también¿ (p. 72). Aparte de sentirse bien por haber mejorado el sueño de sus dos feligreses, nuestro protagonista cree haber fortalecido la ¿apología¿ propia al plantear las siguientes preguntas retóricas: ¿¿Cuál es el mayor pecado que concibe la religión cristiana? ¿No es acaso la falta de caridad?¿ (Ibid.).

El padre Chel menciona algunos otros incidentes parecidos, en que mujeres de edades diferentes le pidieron sus servicios; culpa de sus ¿deslices¿ al estado general de lascivia que hay entre la población femenina y a la insensibilidad de los varones. Expresa su mayor justificación en el enunciado siguiente: 

Con persuasión envidiable me argumentaban y me discutían hasta que yo, víctima postrera del ámbito del pueblo, sucumbí, no a la lujuria sino a mi ya conocida debilidad de ayudar a estas menesterosas de cariño, pobres almas desconsoladas sin más a quien recurrir. ¿Qué se puede hacer cuando una mujer se aferra a uno como un náufrago a una tabla de salvación? Soy ante todo un caballero y hay deberes que uno no puede rehuir. No podía dejarlas solas, no, eso sí que no. Cómo iba a hacerlo si sabía que de no ser yo quien las acogía ellas mismas buscarían a alguien más, y ese alguien carecería de mi experiencia, no les ofrecería mi comprensión, ni siquiera sabría ser discreto. No, nunca las dejé solas: mis ovejas (p. 74).

Además, el narrador recurre a los silogismos infantiles de excusar sus pecadillos agrandando los pecados verdaderos de los otros y minando sus creencias cristianas al achacar la naturaleza libidinosa de los ciudadanos a la falta de burdeles en el pueblo. Sin embargo, en el proceso prueba ser un buen contador de historias al guardar para el final el incidente culminante y decisivo. Aunque hombres y mujeres de Zitilchén parecen haber estado dispuestos a pasar por alto las múltiples fallas del padre Chel, a éste finalmente lo traicionan sus genes de tal modo que nadie puede ya perdonarlo. Una cierta joven epiléptica a quien, por así convenir a la historia, el narrador llama Azucena, sufre un ataque un día en que está rezando en la iglesia. La llevan a la sacristía y el sacerdote y la madre de la chica la vigilan mientras que otros van en busca de un médico o un farmacéutico. En ese punto, la madre recuerda que la medicina de la chica está en casa y corre a buscarla. De acuerdo con el sacerdote, justo en ese momento ¿y para su gran alivio¿ Azucena vuelve en sí. Por primera vez, el padre Chel parece capaz de detener su narración antes de incriminarse, lo que prueba ser un golpe sabio más en el proceso de tejer el cuento. Ninguna confesión hace, y cuando Azucena resulta embarazada, amenaza y se enfurece desde el púlpito, intentando forzar una confesión de la parte culpable. Otro factor que vuelve tan ¿narrable¿ (es decir, interesante) el cuento es que Azucena demuestra su naturaleza noble al rehusarse a revelar el nombre del padre. El narrador describe así la situación: 

Vinieron a darme la queja. Arengué al culpable a que confesara su pecado. Hostigué a Azucena desde el púlpito pero ella prestó oídos sordos a mis reprimendas y a las murmuraciones del pueblo con estoica y ejemplar voluntad. Nació el niño. Yo mismo lo bauticé. El chiquito fue tomando forma paulatinamente. Estaba lindo (p. 75). 

Hasta allí, todo bien. Sin embargo, la tendencia de la naturaleza a hacer las cosas ¿paulatinamente¿ con el tiempo resulta en la caída de Chel, pues al final queda claro que el niño tiene ojos azules y rubio cabello rizado. Los por otros motivos apocados ciudadanos de Zitilchén no tienen ya ninguna coartada tras la cual refugiarse. Y una vez más el padre admite abiertamente la naturaleza de su texto como apología al hacer un último ruego: 

Ahora pago mi condena. Desposeído de mi parroquia, de mi honor, de mis hábitos, escribo, torpe e inarticuladamente, mi defensa para reprocharme no mis culpas sino mis debilidades, no mi lubricidad sino mi caridad. Y sólo quisiera preguntarles a aquellas mis ovejas que tan abandonado me tienen: ¿qué creen que importe más para el bien de su pueblo: esos espíritus rígidos, meticulosos y respetuosos de las tradiciones como el del padre García o estos otros activos, laboriosos y generosos como el mío? (p. 75).

Esta declaración final no sólo da su cierre a la historia, sino que amplía la comprensión que el lector tiene del espíritu de Zitilchén ¿hasta donde pueda confiarse en las revelaciones del padre Chel¿, pero también desenmascara la ineficacia de las estrategias dialécticas del narrador, que termina con la más débil de todas, la pregunta retórica. No hace falta decirlo: todas las cuestiones han sido una plena petición de principio... Además, podría argüirse que el enunciado autoconsciente ¿escribo, torpe e inarticuladamente¿ prefigura con sutileza el elemento metanarrativo empleado en la estructura general del libro. 

El ámbito histórico de ¿La seducción¿ se anticipa por lo menos en 68 años al grueso de los cuentos de Zitilchén. Por ejemplo, ¿En la oscuridad¿ dramatiza la huida de uno de los estudiantes enredados en la marcha y en la matanza de Tlaltelolco en 1968. El marco de ¿La seducción¿ es Zitilchén y las grandes plantaciones de caña y henequén de la zona justo al cambio de siglo. Una vez más, al principio todo parece normal; es decir, los colonizadores hispano-mestizo-ladinos siguen controlando firmemente la tierra y los habitantes originales, los muy dóciles peones indios. Pero, como en el caso del cuento arriba estudiado, una colonización parece invitar otra... El hacendado en cuestión es un tal Facundo Sánchez, bien conocido como un ¿conquistador¿; es decir, de mujeres, un sector más de la población de los claramente agrupados con los conquistados o colonizados. Sánchez parece invencible y al control no sólo de los subordinados del campo, sino de muchos que viven en el pueblo. Sin embargo, un día tropieza con su igual: un danés llamado Herbert Björling, por medio de su esposa Karla.

En resumen, el cuento se vuelve cuestión de quién seduce a quién, de quién conquista o coloniza a quién. Y el autor implícito (como ya se sugirió en cuentos anteriores) finalmente afirma su autoconciencia total al aclarar que ha pasado el tiempo suficiente para que no todos los detalles sean posibles de conocer, pero que si el lector le tiene paciencia, juntos pudieran descubrir lo inevitable.

La historia que he de referir versa en torno a una seducción. La anécdota es sencilla y casi banal. No tengo objeción en sintetizarla: un hombre, cautivado por una extranjera, se impone seducirla. Lo consigue. Pero en el momento de consumar su amor, una vez que se hallan completamente desnudos, aparece ante ellos el marido engañado, pistola en mano. Es éste el momento de la historia sobre el que quisiera meditar. El incidente ocurrió en Zitilchén. Invito al lector a discurrir por estas líneas intentando restaurar un suceso que el tiempo ha oscurecido (p. 111).

Al igual que en el caso de Jorge Luis Borges, descubrir el punto culminante al principio de la narración es un efecto metanarrativo paradójico y sin embargo iluminador: a pesar de entregar la trama en las primeras líneas del cuento, y a pesar de derrumbar la cuarta pared de este teatro etéreo, el lector se muestra dispuesto a la complacencia, a aceptar la situación, siempre y cuando el cuento sea, de hecho, ¿narrable¿. Además, esta técnica traslada el punto focal del ¿qué¿ al ¿cómo¿. El autor subrogado de Lara Zavala incluso llega a proponer dos finales, aunque ambos desembocan esencialmente en la misma conclusión: Siempre hay un conquistador/seductor/colonizador adicional que domina al que vino antes. En este caso, los Björling, bajo el disfraz de administradores de plantación que pueden incrementar las ganancias de una empresa ya afortunada, terminan yéndose con todo el botín: tanto el dinero como el honor de Sánchez. Además, al final del cuento hay la insinuación de que otra alma hasta ese momento ¿colonizada¿, la de la señora Sánchez (que siempre había aceptado los devaneos del esposo con el decoro y el sacrificio de ella esperados), ha sido vindicada.

En la edición reciente de De Zitilchén, el autor da el paso último en eliminar cualquier duda sobre la naturaleza metanarrativa del libro. Con ¿Carta al autor¿ va más allá de los límites del autor implícito haciendo que el cronista de Zitilchén ¿elemento que cualquier pueblo mexicano que se respete parece tener¿ dirija una misiva directamente a ¿Hernán¿ y no a una ¿de las varias versiones oficiales [anónimas] de sí mismo¿. El cuento se esfuerza mucho en atraer la atención sobre la diferencia entre periodismo y narrativa surgida de la imaginación, entre realidad y arte, siendo ésta, desde luego, la misión especial de la literatura autorreflexiva. El primer aspecto en crear un enfrentamiento entre los dos enfoques discursivos diferentes es un interesante juego temporal, establecido por la fecha de la carta. La primera edición del libro apareció en septiembre de 1981; la carta está fechada el 28 de junio de 1982. Lógicamente, esto concede al cronista diez meses para leer el libro y responder por escrito. Pero esta carta (y resulta lógico) no podía formar parte de la ¿realidad¿ del libro sino en una edición subsecuente. También es de interés que, mientras algunos de los cuentos nuevos fueron publicados en revistas, éste en lo particular no estuvo disponible para el lector sino en 1994, cuando finalmente apareció impresa la versión puesta al día (pero ¿definitiva?). Otro juego literario llevado a cabo aquí por los autores, si bien de naturaleza más sutil, es la exigencia de que los lectores lo acepten como el narrador confiable, en preferencia a la otra entidad relacionada con Zitilchén, que se ha adelantado para cuestionarle su derecho a describir este microcosmos. A nosotros queda decidir si lo que el autor dice entre corchetes, al final de la carta, es en verdad cierto: ¿[Firma ininteligible pero se sabe que es la del cronista del pueblo.]¿ (p. 109).

El periodista, que sólo puede ser Ricardo Zentella (tal y como se lo vio en ¿El beso¿, leyendo sus columnas en la peluquería), cree descubrirse en los cuentos de Hernán y critica tanto el contenido como los métodos de escritura. En primer lugar, piensa que se ha invadido su intimidad: ¿Es como saber que un extraño ha osado escribir sobre algo que te es totalmente íntimo: tu esposa, tu amante, tu hijo¿ (p. 107). Más tarde, se pregunta por qué su ¿esposa o amante¿ tiene ojos negros en lugar de azules y por qué el autor la caracteriza como ¿una mujer triste si está llena de vida¿ (Ibid.). Sin embargo, a fin de cuentas lo que parece imposible de que conceda al creador de De Zitilchén es el derecho a transformar la realidad para crear una ficción. Como es un lector ¿leído¿ (readerly, en inglés; que exige un realismo mimético) enfrentado a una obra ¿escritural¿ (writerly; que exige participación activa para completarse), también se queja de que el escritor no haya seguido las reglas que gobiernan el ¿género¿ que él practica: la crónica. Después de todo, ¿no se está refiriendo Hernán a Zitilchén, pueblo original del periodista, una realidad verdadera que existe precisamente a ¿los 80° 30¿ de longitud y 10° 40¿ de latitud¿ (Ibid.)? ¿Por qué este fuereño no ha tomado notas para no caer en errores? Además, lo desconcierta del todo el cambio en algunos nombres y que no se siga el tiempo cronológico: ¿Acaso por inexacto te resulte más cómodo pero lo que me molesta es que los detalles de tu libro están mezclados al arbitrio, cambias unos nombres, respetas otros, saltas en el tiempo haciéndonos creer que todo ocurrió durante la misma época y haces de nosotros y de nuestro lugar un reverendo desmadre¿ (p. 109). En un punto, el escritor de la carta parece conceder que el mundo del libro sí tiene algunas cosas en común con la vida de la península ¿como una ¿invención¿¿, pero en seguida regresa a su insistencia en la realidad representativa: ¿Vaya tarea vana y pretenciosa que pareces haberte impuesto: ¡reiventar el sureste de México! ¡Qué bueno que seas tú y no yo el que se lanzó a tan ingenuo, descabellado e inalcanzable proyecto!¿ (p.108).

Todas las quejas del cronista constituyen un elemento importante, que se encuentra en muchas novelas y cuentos metanarrativos buenos: la crítica incrustada en la obra de arte, y no sólo crítica sino autocrítica. Sin embargo, más allá de estas quejas, se da un caso real de exégesis de una historia respecto a uno de los cuentos ya examinados: ¿El padre Chel¿. Y aparte de los comentarios valorativos del cronista sobre la narración de Hernán, la apología del ex sacerdote se vuelve ahora aquélla de los habitantes del pueblo: ¿Tu cuento sobre el padre Chel es cínico y no nos deja muy bien librados a los zitilchineros. Tal vez no debería contarte esto pero una vez que ese señor salió de aquí vino a sustituirlo un sacerdote norteamericano, honesto y formal, que ya ha empezado a enderezar el sentimiento religioso del pueblo y que ha resultado el polo opuesto de su triste predecesor¿ (Ibid.).

De modo coincidente, este apologista comete el mismo error del padre Chel: no saber dónde interrumpir sus confidencias. En lugar de limitarse a decir que las cosas están mejor ahora, pasa a divulgar información que se vuelve contra el nuevo sacerdote y esos mismos hombres libidinosos mencionados por el sacerdote caído en la desgracia: 

Te confiaré ¿para darte una sopa de tu propio chocolate¿ que este nuevo sacerdote exigió una vez desde el púlpito en su medio español que aquellas mujeres que no llevaran pantaletas salieran de inmediato de la iglesia. La verdad es que al oírlo todo el mundo quedó desconcertado. Figúrate: el buen padre quiso decir pañoletas. Claro que los que como tú, que no pierden oportunidad para hacerse los graciosos a costillas de los demás, no tardaron en ponerle de su cosecha e incluso se aventuraron a dar los nombres de las mujeres que debieron salir de misa esa mañana (pp. 108-109).

También es interesante que la gente de Zitilchén cedan ante un fuereño para darle orden a sus asuntos espirituales.

Una nota final respecto al factor fuereño contra lugareño: El cronista lanza lo que pudiera tomarse como una amenaza ligera a su interlocutor literario que, en estos días de Salmon Rushdie, no puede considerarse ya, a priori, como del todo bromista. Mientras que supuestamente Hernán ha demostrado un claro desprecio por algunos de los ciudadanos más eminentes, en otras ocasiones, al intentar una especie de alabo de otros, queda corto en sus intenciones: ¿Entiendo [...]que tus referencias a Zurrisa, Zentella y Negrón son una especie de homenaje a estos tres pintorescos personajes pero dudo que sus familias lo entiendan así. Permíteme un consejo: no regreses a Zitilchén, de otro modo no respondo por ti¿ (p. 109). Vemos que el propio escritor de la carta (Zentella) aparece en la lista como uno de los agraviados. Y si podemos tomar a estos dos interlocutores en su valor de superficie, puede considerarse al cronista como uno más de los colonizadores que ve por encima de su hombro para cuidarse del siguiente invasor territorial, que tal vez tenga malas intenciones sobre la porción de este mundo conquistado perteneciente al cronista.

En conclusión, lo que a primera vista pudiera parecer una colección más de cuentos realistas y miméticos, ocurridos en un curioso rincón de la península yucateca, tras un examen más cuidadoso resulta ser una secuencia de cuentos cuidadosamente trabajada, de igual condición y calidad que las creadas en casi cualquier lugar del mundo. Sin embargo, Hernán Lara Zavala no se detiene aquí, pues sobrepasa el modo mimético para entrar al mundo metanarrativo, donde es capaz de yuxtaponer vida y arte, realidad física con imaginación artística. También puede explorar los elementos del proceso de narración, la dialéctica y diversas estrategias narrativas para exponerlas en lo que son. Sin embargo, es una característica del libro que lo realmente ¿escrito¿ (writerly) suena, en un abordaje de un cuento tras otro, como de naturaleza ¿lectora¿ (readerly). Es decir, cada cuento es accesible en el nivel lingüístico y llega a un cierre, de modo que resulta totalmente autónomo. Si el lector desea ir avanzando sólo extrayendo las interconexiones más obvias entre los cuentos, el acto de la lectura seguirá siendo igual de satisfactorio. Si, por otra parte, se toma el tiempo de establecer tantas confluencias como el libro permite, la experiencia de lectura será mucho más rica. Y más allá de todo esto, el juego de la metanficción puede ser un placer literario extra. Después de todo, la literatura es un constructo intelectual cuyo propósito es estimular no sólo al creador sino al esteta.

Volvamos, finalmente, al nivel temático. Estamos conscientes de acercarnos peligrosamente a subrayar lo obvio. En el ¿juego¿ de construir un mundo, el microcosmos inevitablemente refleja el macrocosmos. El título puesto por Lara Zavala da en el blanco al utilizar la preposición de en sus múltiples sentidos: en este mundo todos ¿pertenecen a¿, ¿son de¿ o tienen alguna otra relación con Zitilchén, no importa cuan distante. Este hogar de razas, nacionalidades y clases sobreimpuestas pudiera parecer que está resguardado en la flora rica de las partes elevadas de Yucatán; dicho en palabras de quien narra ¿Morris¿, para algunos representa un paraíso verdadero. Pero como hemos visto a partir de este muestrario de cuentos, el pueblo no ha escapado del todo a las manchas terrestres socio-políticas universales, ni tampoco a las tendencias humanas arquetípicas de la seducción, la conquista y la colonización. Cuando nada queda por decir, en mayor o menor grado todos nos asentamos en una propiedad robada. O dicho claramente, nadie puede estar cierto nunca de su posición como colonizador o colonizado.

Obras citadas

Booth, Wayne C. The Rhetoric of Fiction. Chicago: The U of Chicago P, 1961.

Lara Zavala, Hernán. De Zitilchén. 2nd ed. Mexico: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1994.

---. Flor de Nochebuena y otros cuentos. Cuadernos de Malinalco No. 37, Malinalco, Estado de México: El Patronato Cultural Iberoamericano, 1991.

Leal, Luis. ¿Prólogo¿ of Las cinco palabras. Ramón Rubín. Mexico: Fondo de Cultura Económica, 1966.

Luscher, Robert. ¿The Short Story Sequence: An Open Book.¿ Short Story Theory at a Crossroads. Eds. Susan Lohafer and Jo Ellyn Clarey. Baton Rouge: Louisiana State UP, 1989: 148-167.

Traducción de Federico Patán

 

 

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