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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Violanchelo, Blas Valdez

Desde hacía varios años, Chelo venía soñando con un hombre alto y delgado, de rostro fino pero ojeroso. Invariablemente despertaba extasiada, aunque de inmediato la llenaba un vacío: el vacío de no conocer a ese hombre, de no saber siquiera si existía. Por eso mismo estaba en la jefatura de policía, fingiendo el llanto, la vejación. Se le ocurrió inventar que un desconocido la había violado y ahora le rogaba a la policía que encontraran a ese hombre. Claro, cuando llegó la hora de hacer el bosquejo del sospechoso, ella dio la más detallada descripción del hombre de sus sueños.

Durante todo el tiempo, Chelo estuvo a punto de soltarse a carcajadas, tanto le divertían sus locuras. Pero eso sí, también se llevó un buen susto: justo antes de salir de la jefatura, se reconoció en un bosquejo de una sospechosa de doble homicidio. Fue un momento algo escalofriante, parada ahí frente a esa pared llena de caras de asesinos y asaltabancos.

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Pasaron los días y Chelo empezaba a olvidar todo este asunto cuando la llamaron de la jefatura. Al parecer habían detenido a alguien que tenía un increíble parecido al bosquejo del sospechoso. En un principio Chelo tuvo miedo y dudó en seguir con el oscuro juego que había puesto en marcha, pero terminó por ser arrastrada a la jefatura por algo que no pudo definir.

Al sospechoso lo tenían sentado solo en un cuarto. Chelo lo veía desde el otro lado del espejo-ventana, sorprendida por el parecido y por la violencia, por la rabia con la que ese hombre miraba al vacío.

-¿Lo reconoce? -le preguntaron a Chelo, pero ella estaba como idiotizada, con el alma boquiabierta. No sabía qué decir.

-Este hombre es el detective Morientes -le dijeron entonces-. Fue suspendido hace unas semanas... es demasiado impulsivo y se ha metido en bastantes problemas desde que murió su esposa. ¿Y sabe? Vive por sus rumbos.

Saturada de sensaciones Chelo cayó desmayada.

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Chelo había quedado en regresar a la jefatura el día siguiente, pero no lo hizo. Justo cuando desayunaba, alguien sonó el timbre de su casa y metió un sobre por debajo de la puerta. Chelo lo abrió vacilante, medio conteniendo el aliento, luego se quedó fría. Dentro del sobre venía el bosquejo de la sospechosa de doble homicidio, esa que se parecía a ella. También venía una nota periodística. El artículo hablaba del asesinato de la esposa del detective Morientes: una mujer le había metido cinco balas en el corazón. La sospechosa se había dado a la fuga.

Creo, se dijo Chelo, creo que soy la pesadilla del hombre de mis sueños.

Con esos papeles en la mano, Chelo pasó la mañana sentada en su silloncito, ese que le ayudaba a pensar mejor las cosas. Siempre que tenía un problema o sufría insomnio, iba y se sentaba ahí, y era como si se enchufara con los dioses, todo se volvía menos oscuro, menos caótico.

Chelo terminó por comprenderlo todo, más bien, por intuirlo todo. Esa noche dejó sin seguro la puerta de entrada de su casa, apagó todas las luces, y se subió a su recámara. Ahí se puso su camisón de dormir y se echó en la cama. Pero no se durmió, se quedó esperando, anticipando. Como a eso de las once escuchó que alguien entraba a su casa. Oyó pasos en la sala, en las escaleras, fuera de su recámara, frente a su cama. Chelo mantuvo silencio, incluso cuando sintió unas manos sobre sus piernas. Unas manos que sin prisa le quitaron la ropa interior. Unas manos a las cuales se le unieron una boca, un pecho, todo el cuerpo de esa sombra que ahora pesaba sobre ella, dentro de ella. Segundos o minutos después, Chelo sacó debajo de la almohada una pistola y, en la oscuridad, disparó sobre su violador. Las chispas de la descarga le permitieron ver el rostro del hombre de sus sueños convirtiéndose en pesadilla.

 

 

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