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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Juan Villoro Coyote

 


Juan Villoro
Foto: El Mercurio
 
El amigo de Hilda hab�a tomado el tren bala pero habl� maravillas de la lentitud: atravesar�an el desierto poco a poco, al cabo de las horas el horizonte ya no estar�a en las ventanas sino en sus rostros, enrojecidos reflejos de la tierra donde crec�a el peyote. A Pedro le pareci� un cretino; por desgracia, s�lo se convenci� despu�s de hacerle caso.

Cambiaron de tren en una ladera donde los rieles se perd�an hasta el fin del mundo. Un vag�n de madera con demasiados p�jaros vivos. Predomin� el olor a inmundicias animales hasta que alguien se orin� all� al fondo. Las bancas iban llenas de mujeres de una juventud castigada por el polvo, ojos neutros que ya no esperaban nada. Se dir�a que hab�an recogido a una generaci�n del desierto para llevarla a un impreciso exterminio. Un soldado dormitaba sobre su carabina. Julieta quiso rescatar algo de esa rniseria y habl� de realismo m�gico. Pedro se pregunt� en qu� momento aquella imb�cil se hab�a convertido en una gran amiga.

La verdad, el viaje empez� a oler raro desde que Hilda present� a Alfredo. Las personas que se visten enteramente de negro suelen retraerse al borde de la monoman�a o exhibirse sin recato. Alfredo contradec�a ambos extremos. Todo en �l escapaba a las definiciones r�pidas: usaba cola de caballo, era abogado --asuntos internacionales: narcotr�fico--, consum�a drogas naturales.

Con �l se cornplet� el grupo de seis: Clara y Pedro, Julieta y Sergio, Hilda y Alfredo. Cenaron en un lugar donde las crepas parec�an hechas de tela. Sergio critic� mucho la harina; era capaz de hablar con pericia de esas cosas. Avis� que no tomar�a peyote; despu�s de una d�cada de psicotr�picos --que inclu�a a un amigo arroj�ndose de la pir�mide de Tepoztl�n y cuatro meses en un hospital de San Diego-- estaba curado de para�sos provisionales: 

--Los acompa�o pero no me meto nada. 

Nadie mejor que �l para vigilarlos. Sergio era de quienes le encuentran utilidad hasta a las cosas que desconocen y preparan guisos exquisitos con legumbres impresentables.

Julieta, su mujer, escrib�a obras de teatro que, seg�n Pedro, ten�an un �xito inmoderado: hab�a despreciado cada uno de sus dramas hasta enterarse de que cumpl�a 300 representaciones.

Alfredo dej� la mesa un momento (a pagar la cuenta, con su manera silenciosa de decidir por todos) y Clara se acerc� a Hilda, le dijo algo al o�do, rieron mucho.

Pedro vio a Clara, contenta de ir al valle con su mejor amiga, y sinti� la emoci�n intensa y triste de estar ante algo bueno que ya no ten�a remedio: los ojos encendidos de Clara no lo inclu�an, probar algo de esa dicha se convert�a en una forma de hacerse da�o. Un recuerdo lo hiri� con su felicidad remota: Clara en el desborde del primer encuentro, abierta al futuro y sus promesas, con su vida todav�a intacta.

Durante semanas que parecieron meses, Pedro hab�a despotricado contra el regreso. �No era una contradicci�n repetir un rito inici�tico?, �ten�a sentido buscar la magia que hab�an arruinado con dos a�os de convivencia? Una vez, en otro siglo, se amaron en el alto desierto, �ad�nde se fug� la energ�a que compartieron, la desnuda plenitud de esas horas, acaso las �nicas en que existieron sin consecuencias, sin otros lazos que ellos mismos? Esa tarde, en una ciudad de calles numerosas, hab�an peleado por un paraguas roto. �En un tiempo sin lluvias! �Qu� ten�an que ver sus quejas, el departamento insuficiente, los aparatos descompuestos, con el despojado para�so del desierto? No, no hab�a segundos viajes. Sin embargo, ante la sonrisa de Clara y sus ojos de ni�a hechizada por el mundo, supo que volver�a; pocas veces la hab�a deseado tanto, aunque en ese momento nada fuera tan dif�cil como estar con ella: Clara se encontraba en otro sitio, m�s all� de s� misma, en el viaje que, a su manera, ya hab�a empezado.

La idea de tomar un tren lento se impuso sin trabas: los peregrinos escog�an la ruta m�s ardua. Sin embargo, despu�s de medio d�a de can�cula, la elecci�n pareci� fatal. Fue entonces que Alfredo habl� del tren bala. La mirada de Pedro lo redujo al silencio. Hilda se mordi� las u�as hasta hacerse sangre.

--C�lmate, mensa --le dijo Clara.

En el siguiente pueblo Alfredo baj� a comprar jugos: seis bolsas de hule llenas de un agua blancuzca que sin embargo todos bebieron.

La tierra, a veces amarilla, casi siempre roja, se deslizaba por las ventanas. En la tarde vieron un borde fracturado, los riscos que anunciaban la entrada al valle. Avanzaron tan despacio que fue una tortura adicional tener el punto de llegada detenido a lo lejos.

El tren par� junto a un tendaj�n de l�mina en medio de la nada. Dos hombres subieron a bordo. Llevaban rifles de alto calibre.

Despu�s de media hora --algo que en la dilataci�n del viaje equival�a a un instante-- lograron esquivar a los cuerpos sentados en el pasillo y ubicarse junto a ellos Julieta hab�a administrado su jugo: la bolsa fofa se calentaba entre sus manos. Uno de los hombres se�al� el l�quido, pero al hablar se dirigi� a Sergio:

--�No prefiere un fuerte, compa?

La cantimplora circul� de boca en boca. Un mezcal ardiente. 

--�Van a cazar venado? --pregunt� Sergio.

--Todo lo que se mueva --y se�al� la tierra donde nada, asolutamente nada se mov�a.

El sol hab�a trabajado los rostros de los cazadores de un modo extra�o, como si los quemara en parches: mejillas encendidas por una circulaci�n que no se comunicaba al resto de la cara, cuellos viol�ceos. No ten�an casi nada qu� decir pero parec�an muy deseosos de decirlo; se atropellaron para hablar con Sergio de caza menor, preguntaron si iban "de campamento", desviando la vista a las mujeres.

Bastaba ver los lentes oscuros de Hilda para saber que iban por peyote.

--Los huicholes no viajan en tren. Caminan desde la costa --un filo de agresividad apareci� en la voz del cazador.

Pedro no fue el �nico en ver el walk-man de Hilda. �Hab�a algo m�s ridiculo que esos seis turistas espirituales? Seguramente sacar�an la peor parte de ese encuentro en el tren; sin embargo, como en tantas ocasiones improbables, Julieta salv� la situaci�n. Se apart� el fleco con un soplido y quiso saber aigo acerca de los gambusinos. Uno de los cazadores se quit� su gorra de beisbolista y se rasc� el pelo.

--La gente que lava la arena en los r�os, en busca de oro --explic� Julieta.

--Aqu� no hay r�os --dijo el hombre.

El di�logo sigui�, igual de absurdo. Julieta tramaba una escena para su siguiente obra.

Los cazadores iban a un ca��n que se llamaba o le dec�an "Sal si puedes".

--Ah� nom�s --se�alaron, la palma en vertical, los cinco dedos apuntando a un sitio indescifrable.

--Miren --les tendieron la mira telesc�pica de un rifle: rocas muy lejanas, el aire vibrando en el c�rculo ranurado.

--�Todavia quedan berrendos? --pregunt� Sergio. 

--Casi no.

--�Pumas?

--�Qu� va!

�Qu� animales justificaban el esfuerzo de llegar al ca��n? Un par de liebres, acaso una codorniz.

Se despidieron cuando empezaba a oscurecer.

--Tenga, por si las moscas.

Pedro no hab�a abierto la boca. Se sorprendi� tanto de ser escogido para el regalo que no pudo rechazarlo. Un cuchillo de monte, con una inscripci�n en la hoja: Soy de mi due�o.

El crep�sculo compens� las fatigas. Un cielo de un azul intenso que se condens� en una �ltima l�nea roja.

El tren se detuvo en una oquedad rodeada de noche. Alfredo reconoci� la parada.

En aquel sitio no hab�a ni un techo de zinc. Sintieron el doloroso alivio de estirar las piernas. Una l�mpara de kerosene se balance� en la locomotora en se�al de despedida.

La noche era tan cerrada que los rieles se perd�an a tres metros de distancia. Sin embargo, se demoraron en encender las lintemas: ruidos de insectos, el reclamo de una lechuza. El paisaje inerte, contemplado durante un d�a abrasador, reviv�a de un modo minucioso. A lo lejos, unas chispas que pod�an ser luci�rnagas. No hab�a luna, un cielo de arena brillante, finita. Despu�s de todo hab�an hecho bien; llegaban por la puerta exacta.

Encendieron las luces. Alfredo los gui� a una rinconada donde hallaron cenizas de fogatas.

--Aqu� el viento pega menos.

S�lo entonces Pedro sinti� el aire insidioso que empujaba arbustos redondos.

--Se llaman brujas --explic� Sergio; luego se dedic� a juntar piedras y ramas. Encendi� una hoguera formidable que a Pedro le hubiera llevado horas.

Clara propuso que buscaran constelaciones, sabiendo que s�lo dar�an con el cinto de Ori�n. Pedro la bes�; su lengua fresca, h�meda, conservaba el regusto quemante del mezcal. Se tendieron en el suelo �spero y �l crey� ver una estrella fugaz.

--�Te fijaste?

Clara se hab�a dormido en su hombro. Le acarici� el cuello y al contacto con la piel suave se dio cuenta de que ten�a arena en los dedos.

Despert� muy temprano, sintiendo la nuca de piedra. Los restos de la fogata desped�an un agradable olor a le�a. Un cielo azul claro, todav�a sin sol.

Un poco despu�s los seis beb�an caf�, lo �nico que tomar�an en el d�a. Pedro vio los rostros contentos, aunque algo degradados por las molestias del viaje, la noche helada y dura, el muro de nopales donde iban a orinar y defecar. Hilda parec�a no haber dormido en eras. Mostr� dos aspirinas y las trag� con su caf�.

--El pinche mezcal --dijo.

Alfredo enroll� la cobija con su bota y se la ech� al hombro, un movimiento arquetipico, de comercial donde intervienen vaqueros.

Pedro pens� en los cazadores. �Qu� buscaban en aquel p�ramo? Alfredo pareci� adivinarle el pensamiento porque habl� de animales enjaulados rumbo a los zool�gicos del extranjero:

--Se llevan hasta los correcaminos --se cepill� el pelo con furia, se anud� la cola de caballo, se�al� una cact�cea imponente--: los japoneses las arrancan de ra�z y v�monos, al otro lado del Pac�fico.

Ten�a demandas al respecto en su escritorio. �Demandas de qui�n, del due�o del desierto, de los imposibles vigilantes de esa foresta sin agua?

Pedro empez� a caminar. El beso de Clara se le sec� de inmediato; una sensaci�n borrosa en la boca. Respir� un aire limpio, caluroso, insoportable. Cada quien ten�a que encontrar su propio peyote, los rosetones verde p�lido que se ocultan para los indignos. La idea del desierto saqueado le daba vueltas en la mente.

Se adentr� en un terreno de mezquites y huizaches; al fondo, una colina le servia de orientaci�n. "El aire del desierto es tan puro que la cosas parecen m�s cercanas". �Qui�n le advirti� eso? Avanz� sin acercarse a la colina. Se fij� una meta m�s pr�xima: un �rbol que parec�a partido por un rayo. Los cactus impedian caminar en l�nea recta; esquiv� un sinf�n de plantas antes de llegar al tronco muerto, lleno de hormigas rojas. Se quit� el sombrero de palma, como si el �rbol a�n arrojara sombra. Ten�a el pelo empapado. A una distancia pr�xima, aunque incalculable, se alzaba la colina; sus flancos vibraban en un tono azulenco. Sac� su cantimplora, hizo un buche, escupi�.

Sigui� caminando, y al cabo de un rato percibi� el efecto ben�fico del sol: cocerse as�, infinitamente, hasta quedar sin pensamientos, sin palabras en la cabeza. Un zopilote detenido en el cielo, tunas como co�gulos de sangre. La colina no era otra cosa que una extensi�n que pasaba del azul al verde y al marr�n.

Sent�a m�s calor que cansancio y subi� sin gran esfuerzo, chorreando sudor. En la cima vio sus tobillos mojados, los calcetines le recordaron transmisiones de tenis donde los cronistas hablaban de deshidrataci�n. Se tendi� en un claro sin espinas. Su cuerpo desped�a un olor agrio, intenso, sexual. Por un momento record� un cuarto de hotel, un tr�pico pobr�simo donde hab�a copulado con una mujer sin nombre. El mismo olor a s�bana h�meda, a cuerpos ajenos, inencontrables, a la cama donde una mujer lo recib�a con violencia y se fund�a en un incendio que le borraba el rostro.

�En qu� rinc�n del desierto estar�a sudando Clara? No tuvo energ�as para seguir pensando. Se incorpor�. El valle se extend�a, rayado de sombras. Una ardua inmensidad de plantas lastimadas. Las nubes flotaban, densas, afiladas, en una formaci�n r�gida, casi p�trea. No tapaban el sol, s�lo arrojaban manchas aceitosas en el alto desierto. Muy a lo lejos vio puntos en movimiento. Pod�an ser hombres. Huicholes siguiendo a su maracame, tal vez. Estaba en la regi�n de los cinco altares azules resguardados por el venado fabuloso. De noche celebrar�an el rito del fuego donde se queman las palabras. �Cu�l era el sentido de estar ah�, tan lejos de la ceremonia? Dos a�os antes, en la hacienda de un amigo, hab�an bebido licuados de peyote con una fruici�n de novatos. Despu�s del purgatorio de n�useas ("�una droga para mexicanos!", se quej� Clara) exudaron un aroma espeso, vegetal. Luego, cuando se convenc�an de que aquello no era sino sufrimiento y v�mito, vinieron unas horas prodigiosas: una pr�stina electricidad cerebral: asteriscos, espirales, estrellas rosadas, amarillas, celestes. Pedro sali� a orinar y contempl� el pueblito solitario a la distancia, con sus paredes fluorescentes. Las estrellas eran l�quidas y los �rboles palpitaban. Rompi� una rama entre sus manos y se sinti� due�o de un poder preciso. Clara lo esperaba adentro y por primera vez supo que la proteg�a, de un modo f�sico, contra el fr�o y la tierra inacabable; la vida adquir�a una proximidad sangu�nea, el campo desped�a un olor fresco, arrebatado, la lumbre se reflejaba en los ojos de una muchacha.

�Ten�a algo que ver con esas noches de su vida: el cuerpo ardiendo entre sus manos en un puerto casi olvidado, los ojos de Clara ante la chimenea? Y al mismo tiempo: �ten�a algo que ver con la ciudad que los venci� minuciosamente con sus cargas, sus horarios fracturados, sus botones inservibles? Clara s�lo conoc�a una soluci�n para el descontento: volver al valle. Ahora estaban ah�, rodeados de los �nimos un tanto vencidos por el cansancio, el sol que a ratos lograba arrebatarle pensamientos.

La procesi�n avanzaba a lo lejos, seguida de una cortina de polvo. 

Pedro se volvi� al otro lado: a una distancia casi inconcebible vio unas manchitas de colores que deb�an ser sus amigos. Decidi� seguir adelante; la colina le serv�a de orientaci�n, regresar�a al cabo de unas horas a compartir el viaje con los dem�s. Por el momento, sin embargo, pod�a disfrutar de esa vastedad sin rutas, poblada de cactus y minerales, abierta al viento, a las nubes que nunca acabar�an de cubrirla.

Descendi� la colina y se intern� en un bosque de huizaches. De golpe perdi� la perspectiva. Un acercamiento total: p�jaros peque�os saltaban de nopal en nopal; tunas moradas, amarillas. Imagin� el sitio por el que avanzaban los huicholes, imagin� una ruta directa, que pasaba sobre las plantas, y trat� de corregir sus pasos quebrados. Tan absorbente era la tarea de esquivar magueyes que casi se olvid� del peyote; en alg�n momento toc� la bolsa de hule que llevaba al cinto, un jir�n ardiente, molesto.

Lleg� a una zona donde el suelo cobraba una consistencia arenosa; los cactus se abr�an, formando un claro presidido por una gran roca. Un bloque hexagonal, pulido por el viento. Pedro se aproxim�: la roca le daba al pecho. Curioso no encontrar cenizas, migajas, pintura vegetal, muestras de que otros ya hab�an experimentado la atracci�n de la piedra. Se rasp� los antebrazos al subir. Observ� la superficie con detenimiento. No sab�a nada de minerales pero sinti� ah� se consumaba una suerte de ideal, de perfecci�n abstracta. De alg�n modo, el bloque establec�a un orden en la dispersi�n cactus, como si ah� cristalizara otra l�gica, llana, inextricable. Nada m�s lejano a un refugio que esos cantos afilados: la roca no serv�a de nada, pero en su bruta simplicidad fascinaba como un s�mbolo de los usos que tal vez llegar�a a cumplir: una mesa, un altar, un cenotafio. 

Se tendi� en el hex�gono de piedra. El sol hab�a subido mucho. Sinti� la mente endurecida, casi inerte. A�n con el sombrero sobre el rostro y los ojos cerrados, vio una vibrante pel�cula amarilla. Tuvo miedo de insolarse y se incorpor�: los huizaches ten�an c�rculos tornasolados. Mir� en todas direcciones. S�lo entonces supo que la colina hab�a desaparecido.

�En qu� momento el terreno lo llev� a esa hondonada? Pedro no pudo reconocer el costado por el que subi� a la roca. Busc� huellas de sus zapatos tenis. Nada. Tampoco encontr�, a la distancia, un brote de polvo que atestiguara la caminata de los peregrinos. El coraz�n le lat�a con fuerza. Se hab�a perdido, en la deriva inm�vil de esa balsa de piedra. Sinti� el v�rtigo de bajar, de hundirse en cualquiera de los flancos de plantas verdosas. Busc� una se�a, algo que revelara su paso a la roca. Un punto gris�ceo, artificial, le devolvi� la cordura. �Ah� abajo hab�a un bot�n! Se le hab�a ca�do de la camisa al subir. Salt� y recogi� el c�rculo de pl�stico, agradable al tacto. Despu�s de horas en el desierto, no dispon�a de otro hallazgo que aquel trozo de su ropa. Al menos sab�a por d�nde hab�a llegado. Camin�, resuelto, hacia el horizonte irregular, espinoso, que significaba el regreso.

De nuevo procur� seguir una recta imaginaria pero se vio obligado a dar rodeos. La vegetaci�n se fue cerrando; deb�a haber una humedad soterrada en esa regi�n; los �rganos se alzaban muy por encima de su cabeza, un caos que se abr�a y luego se juntaba. Camin� con pasos laterales, agach�ndose ante los brazos de las biznagas, sin desprender la vista de los cactus peque�os dispersos en el suelo.

Se desvi� de su ruta: en el camino de ida no hab�a pasado por ese enredijo de hojas endurecidas. S�lo pensaba en salir, en llegar a un para�so donde los cactus fueran menos, cuando resbal� y fue a dar contra una planta redonda, con espinas dispuestas en doble fila, que de un modo exacto, absurdo, le record� la magnificaci�n de un virus de gripe que vio en un museo. Las espinas se ensartaron en sus manos. Espinas gordas, que pudo extraer con facilidad. Se limpi� la sangre en los muslos. �Qu� carajos ten�a que hacer ah�, �l, que ante una planta innombrable pensaba en un virus de vinilo?

Pas� un buen rato buscando una mata de s�bila. Cuando finalmente la hall�, la sangre se le hab�a secado. Aun as�, extrajo el cuchillo de monte, cort� una penca y sinti� el beneficio de la baba en sus heridas.

En alg�n momento se dio cuenta de que no hab�a orinado en todo el d�a. Le cost� trabajo expulsar unas gotas; la transpiraci�n lo secaba por dentro. Se detuvo a cortar tunas. Una de las pocas cosas que sab�a del desierto era que la c�scara tiene espinas invisibles. Parti� las tunas con el cuchillo y comi6 golosamente. S�lo entonces advirti� que se mor�a de sed y hambre.

De cuando en cuando eructaba el aroma perfumado de las tunas. Lo �nico agradable en esa soledad sin fin. Los cactus lo presionaron a dar pasos que acaso trazaran una sola curva imperceptible. La idea de recorrer un c�rculo infinito lo hizo gritar, sabiendo que nadie lo escuchar�a.

Cuando el sol baj�, vio el salto de una liebre, correr�as de codornices, animales r�pidos que hab�an evitado el calor. Distingui� un bre�al a unos metros y tuvo deseos de tumbarse entre los terrones arenosos; s�lo un demente se atrev�a a perturbar las horas que equival�an a la verdadera noche del desierto, a su incendiado reposo.

Entonces pate� un guijarro, luego otro; la tierra se volvi� m�s seca, un rumor �spero bajo sus zapatos. Pudo caminar unos metros sin esquivar plantas, una zona que en aquel mundo elemental equival�a a una salida. Se arrodill�, exhausto, con una alegr�a que de alg�n modo humillado, primario, ten�a que ver con los nopales que se apartaban m�s y m�s.

Cuando volvi� a caminar el sol se perd�a a la distancia. Una franja verde apareci� ante sus ojos. Una ilusi�n de su mente calcinada, de seguro. Supuso que se disolver�a de un paso a otro. La franja sigui� ah�. Una empalizada de nopales, una hilera definida, un sembrad�o, una cerca. Corri� para ver lo que hab�a del otro lado: un desierto id�ntico al que se extend�a, inacabable, a sus espaldas. La muralla parec�a separar una irnagen de su reflejo. Se sent� en una piedra. Volvi� a ver el otro desierto, con el resignado asombro de quien contempla una maravilla inservible.

Cerr� los ojos. La sombra de un p�jaro acarici� su cuerpo. Llor�, durante largo rato, sorprendido de que su cuerpo a�n pudiera soltar esa humedad.

Cuando abri� los ojos el cielo adquir�a un tono profundo. Una estrella acuosa brillaba a lo lejos.

Entonces oy� un disparo.

Saber que alguien, por ah� cerca, mataba algo, le provoc� un gozo inesperado, animal. Grit�, o mejor dicho, quiso gritar: un rugido af�nico, como si tuviera la garganta llena de polvo.

Otro disparo. Luego un silencio desafiante. Se arrastr� hacia el sitio de donde ven�an los tiros: la dicha de encontrar a alguien empezaba a mezclarse con el temor de convertirse en su blanco. Tal vez no persegu�a un disparo sino su eco fugado en el desierto. �Podia confiar en alguno de sus sentidos? Aun as�, sigui� reptando, rasp�ndose las rodillas y los antebrazos, temiendo caer en una emboscada o, peor a�n, llegar demasiado tarde, cuando s�lo quedara un rastro de sangre.

Pedro se encontr� en un sitio de arbustos bajos, silencioso.

Se incorpor� apenas: a una distancia que parec�a pr�xima distingui� un c�rculo de aves negras. Volvi� a caminar erguido.

Pas� a una zona de aridez extrema, un mar de piedra caliza y f�siles; de cuando en cuando, un abrojo alzaba un mu��n exhausto. El c�rculo de p�jaros se disolvi� en un cielo donde ya era dif�cil distinguir otra cosa que las estrellas.

Su situaci�n era tan absurda que cualquier cambio la mejoraba; le dio tanto gusto ver las sombras de unos huizaches como antes le hab�a dado salir del laberinto de plantas.

Se dirigi� a la cortina de sombras y en la oscuridad menospreci� las pencas dispersas en el suelo. Una hoja de nopal se le clav� como una segunda suela. La desprendi� con el cuchillo, los ojos anegados en l�grimas.

Al cabo de un rato le sorprendi� su facilidad para caminar con un pie herido; el cansancio replegaba sus sensaciones. Alcanz� las ramas erizadas de los huizaches y no tuvo tiempo de recuperar la respiraci�n. Del otro lado, en una hondonada, hab�a l�mparas, fogatas, una intensa actividad. Pens� en los huicholes y su rito del fuego; por obra de un complejo azar hab�a alcanzado a los peregrinos. En eso una sombra inmensa inquiet� el desierto. Se oy� un rechinido �cido. Pedro descubri� la gr�a, las poleas tensas que alzaban una configuraci�n monstruosa, una planta llena de extremidades que en la noche luc�an como tent�culos desaforados. Los hombres de all� abajo arrancaban un �rgano de ra�z. No se estremeci�; en el caos de ese d�a era un desorden menor confundir a los huicholes con saqueadores de plantas. Se resign� a bajar hacia la excavaci�n. Entonces son� un disparo. Hubo gritos en el campamento, el cactus se balance� en el aire, los hombres patearon tierra sobre las fogatas, sombras desquiciadas por todas partes.

Pedro se lanz� al suelo, sobre una consistencia vegetal, pest�fera. Otro disparo lo congel� en esa podredumbre. El campamento respond�a el fuego. De alg�n reducto de su mente le lleg� la expresi�n "fuego cruzado", ah� estaba �l, en la l�nea donde los atacantes se confunden con los defensores. Rez� en ese m�dano de sombra, sabiendo que al terminar la balacera no podr�a arriesgarse hacia ninguno de los dos bandos.

Despu�s, cuando volv�a a caminar hacia un punto incierto, se pregunt� si realmente se alejaba de las balas o si volver�a a caer en otra sorda refriega.

Se tendi� en el suelo pero no cerr� los ojos, los p�rpados detenidos por un tenso agotamiento; adem�s se dio cuenta, con una tristeza infinita, que cerrar los ojos era ya su �nica opci�n de regresar: no quer�a imaginar las manos suaves de Clara ni la lumbre donde sus amigos hablaban de �l; no pod�a ceder a esa locura donde el regreso se convert�a en una precisa imaginaci�n.

Se hab�a acostumbrado a la oscuridad; sin embargo, m�s que ver, percibi� una proximidad extra�a. Un cuerpo caliente hab�a ingresado a la penumbra. Se volvi�, muy despacio, tratando de dosificar su asombro, el cuello casi descoyuntado, la sangre vibrando en su gaganta.

Nada lo hubiera preparado para el encuentro: un coyote con tres patas miraba a Pedro, los colmillos trabados en el hocico del que sal�a un rugido parejo, casi un ronroneo. El animal sangraba visiblemente. Pedro no pudo apartar la vista del mu��n descarnado, movi� la mano para tomar su cuchillo y el coyote salt� sobre �l. Las fauces se trabaron en sus dedos; logr� protegerse con la mano izquierda mientras la derecha luchaba entre un pataleo insoportable hasta abrirse paso, encajar el cuchillo con fuerza, abrir al animal de tres patas. Sinti� el pecho ba�ado de sangre, los colmillos aflojaron la mordida. El �ltimo contacto: un leng�etazo suave en el cuello.

Una energ�a singular se apoder� de sus miembros: hab�a sobrevivido, cuerpo a cuerpo. Limpi� la hoja del cuchillo y desgarr� la camisa para cubrirse las heridas. El animal yac�a, enorme, sobre una mancha negra. Trat� de cargarlo pero era muy pesado. Se arrodill�, extrajo las v�sceras calientes y sinti� un indecible alivio al sumir sus manos dolidas en esa consistencia suave y h�meda. Si con el coyote luch� segundos, con el cad�ver luch� horas. Finalmente logr� desprender la piel. No pod�a estar muy seguro de su resultado pero se la ech� a la espalda, orgulloso, y volvi� a andar.

La exultaci�n no repite su momento; Pedro no pod�a describir sus sensaciones, avanzaba, a�n lleno de ese instante, el cuerpo avivado respirando el viento �cido, hecho de metales fin�simos.

Vio el cielo estrellado. En otra parte, Clara tambi�n estar�a mirando el cielo que desconoc�an.

De cuando en cuando se golpeaba con ramas que quiz� tuvieran espinas. Estaba al borde de su capacidad f�sica. Algo se le clav� en el muslo, lo desprendi� sin detenerse. En alg�n momento advirti� que llevaba el cuchillo desenvainado: un resplandor insensato vacil� en la hoja. Le cost� mucho trabajo devolverlo a la funda; perd�a el control de sus actos m�s nimios. Cay� al suelo. Antes o despu�s de dormirse vio la b�veda estrellada, una arena radiante.

Despert� con la piel del coyote pegada a la espalda, envuelto en un olor acre. Amanec�a. Un regusto salino en la boca. Escuch� un zumbido cercan�simo; se incorpor�, rodeado de moscardones. El desierto vibr� como una extensi�n difusa. Le cost� trabajo afocar el promontorio a la distancia y quiz� esto mitig� su felicidad: hab�a vuelto a la colina.

Alcanz� la ladera al mediod�a. El sol ca�a en una vertical quemante, las sienes le lat�an, afiebradas; aun as�, al llegar a la cima, pudo ver un paisaje n�tido: el otro valle y dos columnas de humo. El campamento.

Enfil� hacia la distancia en la que estaban sus amigos, a un ritmo que le pareci� veloz y seguramente fue lent�simo. Lleg� al atardecer.

Despu�s de extraviarse en una tierra donde s�lo el verde suced�a al caf�, sinti� una alegr�a incomunicable al ver las camisetas color�das. Grit�, o m�s bien trat� de hacerlo. Un vah�do seco hizo que Julieta se volviera y lanzara un aut�ntico alarido.

Se qued� quieto hasta que escuch� pasos que se acercaban con una energ�a inaudita: Sergio, el protector, con un aspecto de molesta lucidez, una mirada de intenso reproche, y Clara, el rostro exang�e, desvelado de tanto esperarlo.

Sergio se detuvo a unos metros, tal vez para que Clara fuera la primera en abrazarlo. Pedro cerr� los ojos, anticipando las manos que lo rodear�an. Cuando los abri�, Clara segu�a ah�, a tres pasos lejan�simos.

--�Qu� hiciste? --pregunt� ella, en un tono de asombro ya cansado, muy parecido al asco.

Pedro trag� una saliva densa.

--�Qu� mierda es esa? --Clara se�al� la piel en su espalda.

Record� el combate nocturno y trat� de comunicar su oscura victoria: �se hab�a salvado, tra�a un trofeo! Sin embargo, s�lo logr� hacer un adem�n confuso.

--�D�nde estuviste? --Sergio se acerc� un paso. 

�D�nde? �D�nde? �D�nde? La pregunta rebot� en su cabeza. �D�nde estaban los dem�s, en qu� rinconada alucinaban esa escena? Pedro cay� de rodillas.

--�Puta, qu� asquerosidad! �Por qu�? --la voz de Clara adquir�a un timbre corrosivo.

--Dame la cantimplora --orden� Sergio.

Recibi� un fr�o chisguetazo y bebi� el l�quido que le escurr�a por la cara, un regusto �cido, en el que se mezclaban su sangre y la del animal.

--Vamos a quitarle esa chingadera --propuso una voz obsesiva, capaz de decir "chingadera" con una calma infinita.

Sinti� que le desprend�an una costra. La piel cay� junto a sus rodillas.

--�Qu� peste, carajo!

Se hizo un silencio lento. Clara se arrodill� junto a �l, sin tocarlo; lo vio desde una distancia indefinible.

Sergio regres� al poco rato, con una pala:

--Enti�rralo, mano --y le palme� la nuca, el primer contacto despu�s de la lucha con el coyote, un roce de una suavidad electrizante--. Hay que dejarlo solo.

Se alejaron.

Oscurec�a. Palp� el pellejo con el que hab�a recorrido el desierto. Sonri� y un dolor agudo le cruz� los p�mulos, cualquier gesto in�til se convert�a en una forma de derrochar su vida. Alz� la vista. El cielo volv�a a llenarse de estrellas desconocidas. Empez� a cavar.

Tir� el amasijo en el agujero y aplan� la tierra con cuidado, formando una capa muelle con sus manos llagadas. Apoy� la nuca. Un poco antes de entrar al sue�o escuch� un gemido, pero ya no quiso abrir los ojos. Hab�a regresado. Pod�a dormir. Aqu�. Ahora.
 
 
Fuente: Del libro La alcoba dormida. Caracas, Monte �vila Editores, 1992. Continentes

 

 

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