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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Celso Santajuliana La hija del lluviero


Celso Santajuliana
Foto: Antonia Kerrigan Literary Agency

Tenía los ojos grandes, de venada, y desde chamacos pasábamos en las tardes dos o tres veces por su casa para mirarla en el balcón alto, tras una verja de hierro, meciéndose primero junto a su abuela y a su madre, luego junto a su madre, después sola. Siempre mirando hacia la Puerta de Mar, siempre con los ojos bien abiertos, como esperando piratas.

Quién sabe a qué se debía tanto revuelo, por qué merodeábamos como perros en celo para verla ahí, trayendo limonada con sus vestidos largos, amarillos, espantando los moscos con sus gestos de niña. Están enamorados de ella, dijo Eutimio, que era nuevo en la escuela, y nuevo también en las correrías vespertinas por el Fortín que entonces estaba sucio y desyerbado, no como ahora, y ahí los grandes nos regalaban un cigarro para todos con tal de que nos fuéramos, primero a pasar otra vez por casa de la hija del lluviero y luego al mar que empezaba más acá, porque no existía la costera.

Fue Eutimio el primero que le habló, Ven con nosotros, A dónde, Al mar, A qué, Nada más a verlo, Lo veo desde aquí. Y luego su abuela la reprendió por hablar con extraños, y nos echó con majaderías mientras la hija del lluviero decía adiós con la mano, a escondidas, y nos fuimos corriendo a jugar en la Puerta de Mar seguros de que ella nos miraba mientras le inquiría a la abuela por qué nos vestíamos todos iguales, y luego preguntaba qué era eso de la escuela, para después pedir entre sollozos que la inscribieran, Usted no tiene para qué ir a la escuela, le respondió la mamá grande, a leguas se mira que usted será una putita igual que su madre y eso no se aprende, se trae en las venas.

Tenía las horas medidas por las jarras de paja que alcanzaba a tejer su madre, o por las ventocidades de la abuela que la despertaban para sorprender a nuera y nieta mirándose cómplices; entonces la vieja las maldecía entre sueños pero no le alcanzaban a salir las palabras, y volvía a mascar aire, como vaca.

Antes de las cinco la abuela se despertaba con los ojos persiguiendo el sol y hacía una seña con los dedos, un movimiento parco esperado por la nuera para suspender labores, sacudir el faldón, besar a su niña y recogerse el pelo frente al espejo. La hija del lluviero se asomaba al balcón, con las mejillas apresadas entre la reja, siguiendo el gusto de su madre por ir lejos.

Ven con nosotros, insistía Eutimio, A dónde, Al Fortín, a qué, A jugar a los piratas. Luego la sombra de la figurona vieja le caía por la espalda y salíamos corriendo sin despedidas, calle abajo, hasta donde el espejo del mar envejece, se arruga con las primeras brisas que llegan siempre tarde. Es un mar aburrido, dijo Eutimio que conocía otros mares, y nos pusimos a buscar erizos entre las rocas hasta que alguien mencionaba de nuevo a la hija del lluviero, e íbamos otra vez por su casa para encontrar los balcones con las puertas cerradas. Entonces nos quedábamos tratando de escuchar algo; un regaño de la abuela, unos sollozos de niña reprendida, o a la madre avisando con voz alegre que la cena está lista, o el galope tedioso de un caballo que con la carreta aligerada vuelve a casa. ¡El lluviero! Gritaba alguien, y salíamos corriendo hacia la Puerta de Tierra, desperdigados como peces que ven algún peligro.

Tenía los dedos largos por señalar gaviotas, y el cuerpo asexuado, a no ser por unos pechos que comenzaba a inflamarse bajo el vestido de lutos, donde antes de las doce se moría de calor, caminando despacio tras la carreta del lluviero que en lugar del inmenso barril anaranjado cargaba una caja de zapote, un ataúd sin adornos que aprisionaba los restos de la abuela. La procesión era pequeña, el silencio no, tampoco el calor. Nosotros en vez de ir a nadar, como todos los sábados, íbamos ahí, apenas unos pasos atrás de la hija del lluviero que volteaba a cada tanto, sonriendo ante la complacencia de la madre. Fue durante el ritual previo al entierro que Eutimio la llamó, Puedes escoger a uno de nosotros, le dijo, El que quieras, Escogerlo para qué, Para que sea tu novio. La hija del lluviero nos echó rápido un vistazo y escogió a Alfredo, que se puso todo rojo, más cuando ella se subió en la loza de una tumba para alcanzarle a dar un beso en la mejilla.

A partir de entonces fueron pocas las tardes que nos encontramos con madre e hija sentadas en las mecedoras. Luego de morir la vieja, la nuera estaba poco en casa, ya no esperaba que dieran las cinco para marcharse, apenas si reposaba un poco la comida y se iba a la calle, entonces nos quedábamos junto al balcón, platicando de cualquier cosa hasta el día en que la hija del lluviero le pidió a Alfredo que entrara, los demás nos quedamos junto al portón, tratando de escuchar algo, impacientes mientras la noche se nos venía encima cargada de fantasmas, pero nadie se movió hasta que vimos desde lejos al lluviero, bajando por la Puerta de Tierra, castigando al caballo para que no desbocara, entonces armamos la gritería hasta que salió Alfredo.

Que hicieron, preguntó Eutimio, Nada, fue lo único que diría Alfredo, congruente con su tímida parquedad.

Algunos días después Alfredo empezó a platicar de los colectores, unos enormes embudos de lámina que terminaban en gruesas mangueras, también nos contó que en el patio estaban enterrados varios tanques donde almacenaban el agua de lluvia, para luego, mediante bombas a pedales, subirla al aljibe de la carreta. Había también barrilitos donde se almacenaban las lluvias más extrañas, y dentro de la casa, en el corredor, estaban las barricas de aguas lustrales y bisiestas. Eso fue todo lo que dijo Alfredo, y de los besos nos enteramos porque a Eutimio se lo contó la hija del lluviero, y para medio aclarar las dudas de Eutimio le platicó los usos del agua; la que se recoge de madrugada se utiliza para remediar los problemas de la piel, la de cuando el sol ya se mira sirve para cosas de víscera, la de la tarde para el dolor de pulmón y la de cuatro noches seguidas para los daños de malos amores. Le dijo también que Alfredo besaba temblando y sin abrir los labios. El agua de temporada la usan las mujeres para lavarse el pelo, la de mayo para lo que urge, la de septiembre para bendecirla y el agua de norte para lavar a los muertos. Entonces Eutimio le dijo Yo sí se besar, y ella le contestó Ya tengo novio. 

Tenía la piel albinada por nunca tomar el sol, y en los hombros blanquícimos resaltaban las pecas aún más blancas. Parece salamandra, dijo Eutimio tratando de afearla, porque estaba celoso, pero la hija del lluviero era hermosa o al menos así nos parecía. 

Una tarde la convencimos para que saliera, ¿Y si me descubren? Nunca llega tu mamá antes de las siete ¿Y si nos la encontramos en la calle? Vamos al Fortín, ahí nunca va nadie. Fuimos para allá y cuál sería nuestra sorpresa que no estaban los grandes ofreciendo cigarros para impedir la entrada, y conforme trepábamos por las piedras de la muralla escuchamos unos ruiditos, unos quejidos de dolor y euforia apagados al rebotar entre las piedras. Estaban todos los grandes desnudos, aguardando turno para echarse sobre la mujer del lluviero.

Es una puta, dijeron luego los grandes, ¿Una qué? Le damos dinero y deja que nos la cojamos.

Al día siguiente todos coperamos para que Alfredo entrara con algunas monedas a visitar a la hija del lluviero, que según nos dijo, lo recibió desnuda, él le dio la morraya y dejó que sus instintos hicieran lo demás, pero no hubo grititos ni lamentos, apenas un Ay, me dolió, seguido por la pequeña hemorragia que bastó para llenar la noche de Alfredo con pesadillas. Debemos llamar a los grandes para que nos enseñen, sugirió Eutimio, y se lo propuso a su hermano, pero con la condición de que nos dejaran estar presentes.

Aquella brillante idea nos sirvió de bien poco, en efecto hubo lamentos y grititos, pero la hija del lluviero no quiso volver a recibirnos, se volvió popular entre los preparatorianos y ya no volvió a tener tiempo para platicar del mar o de piratas.

El agua de luna llena sirve para buscar el embarazo, le dijo a Eutimio dos años después, cuando él por fin la convenció de recibirlo, El agua de luna nueva para evitarlo y la de luna menguante para remediarlo. Eutimio fue el único de la palomilla que logró entrarse con ella, por los tiempos en que la mujer del lluviero recién andaba huida, dicen que agarró viaje con unos gringos, pero a ciencia nunca se supo, y la hija del lluviero nada comentaba al respecto, tomó con naturalidad la obligación de ver por su padre, de llevar la casa. Eres igual que tu mamá, le dijo una noche el lluviero, mientras cenaban, Uno les da un dinero que no sirve para nada y ustedes hacen milagros.

Tenía los sueños húmedos, de pescada, y las palabras tristes por vivir rodeada de agua.

Regina, Saskátchewan, otoño de 1995

 

 

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