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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Daniel Sada La cárcel posma


Daniel Sada
Foto: cnipl. INBA
Torreón, o como antes le llamaban “Donde se cruzan las vías”, allá en el siglo pasado era una estación de tren. Claro que en la actualidad hay industrias y comercios, ¿progreso?, ¿relajamiento? Televisión en inglés. Agua en tubos dizque pura. Mucho cine descarado y demasiadas mujeres que bien pudiera decirse: son Ias flores del desierto. De esto último ni hablar, brotan como palomitas, la única diferencia es que ¡ya usan pantalones! También se han multiplicado los tramposos del dinero y los que se vuelven locos. Abunda la delincuencia junto con la borrachera y se oyen por todas partes cumbias, polkas y baladas.

Desde luego hay más miseria, pero ¿qué?

Así es la vida moderna, según dicen los pudientes... En cambio en aquel entonces se vivía de otra manera, no tranquila, ¡qué esperanzas!: ya que después de algún tiempo la Revolución anduvo por estos alrededores y varios de los de aquí se metieron en la bola, pero, hasta eso, tanto zumbido de bala, tanto matado a mansalva, llegó a ser entretenido, pues los niños ya tenían un pasatiempo: recoger cuanto casquillo, a ver quién juntaba más. Diario un muerto cuando menos, sin contar sobradamente los fallidos tiroteos. Mas luego de cierto tiempo las matanzas tremebundas disminuyeron bastante y sobrevino la paz. El entusiasmo reinó. Las profundas convicciones en cuanto al arraigamiento se fueron distorsionando porque se impuso lo real.

Muy metida en las cabezas la idea enorme del progreso, o sea, hacerle como los gringos, siendo también que para ello se necesitaba gente. Tal vez a eso se deba que la prole se casara todavía en la inmadurez y tuviese un ejército de hijos para ayudar a Torreón, que creciera el caserío, entre más pronto mejor. Al principio las familias vivían muy apretujadas en los vagones de tren sobre rieles en desuso, serían como unas cincuenta los y las, considerándose así gente fuereña y pirata quien no viviera como ellos, sino en ingratos jacales o también bajo techos de carrizo y con manguardias de adobe. Vida de alborozo y fe por supuesto correlona a la llegada del tren. Venta de tacos chilosos, lonches, gordas por igual, nieve a raudales y aguas. Un tragadero bendito y la basura dejada cuando el tren salía hacia Juárez o hacia México, según.

Después se impuso el desorden conforme los crecimientos hasta que hubo presidente, al tiempo que “Donde se cruzan las vías” se declaró de una vez municipio y cabecera por resolución de arriba; en cuanto al nombre oficial: es el que ya conocemos.

De manera provisoria la alcaldía estuvo situada en uno de los vagones, buena idea y muy económica para que con toda calma se concluyera a distancia el inmueble palaciego. El alcalde, entre otras cosas, era un señor de cabello banderolo y ceniciento, buena gente, compadrero, que le gustaban las copas y dictar órdenes leves que acataban de inmediato sus fulanos con rifles y carrilleras propiedad del municipio, esto por lo que concierne a las fuerzas policíacas, pero aparte, para asuntos estratégico-civiles, tenía a su disposición un consejero inspector que se sabía de memoria las nuevas legislaciones y que además conocía preceptos de Maquiavelo. Para cuestiones menudas: un tinterillo fifí: lenguaraz, traje a rayas y bombín a pesar del calorón, bigotito y correcciones, que era rápido para teclearle a la máquina y aventarse casi al borde de las lágrimas arengas sobre la patria ante hervideros de gente.

Por cierto que al mandamás se le ocurrió un día de tantos poner en otro vagón --y contiguo al carro verde que servía como alcaldía-- un casino esplendoroso. Se advierte que para entonces lo agrícola empezaba a rendir frutos y pues la villa desierta necesitaba digamos una diversión para hombres que todo el día se la pasan de sol a sol en la friega. Gran medida refrescante. Aparte, entiéndase que con esto se evitaría la violencia al aire libre --no toda pero sí mucha-- y desde luego la venta de pisto o de cosas peores de manera clandestina. A su vez la autoridad podría controlar la apuesta y los posibles desmanes. ¡Anda!, eso sirvió de pretexto, porque en el fondo de todo: aquello era un negociazo.

Como regla perentoria: que se cobrara la entrada y por qué no el diez por ciento del monto de los envites. Al cabo acondicionar --por afuera y por adentro-- algún carro ya tartana poniéndole desde luego una fachada vistosa y metiendo unas tres mesas de lámina para que al reborujar las fichas en la cubierta se escucharan simulacros de aguaceros con granizo; ruido infame para atraer más clientela.

Se jugaría al ficherío.

Con igual mira ordenó pegar fotos blanco y negro de mujeres con vestido levantado enseñando sus tamalones de piernas. Darle un nombre a este lugar: Casino de La Laguna o Casiiio de Todo el Pueblo, aunque pensándolo bien: lo último inconveniente; en realidad el mandón deseaba tener contacto con la burguesía futura, que aquello se convirtiera en círculo de accionistas, un ámbito prohibido o exclusivo finalmente. Para ello mandó poner un tapiz color marrón y una alfombra azul turquesa. Hubiera querido allí espejos checoslovacos y comprar naipes ingleses, pero sería demasiado en vista que aún no contaba con un recinto decente para tanta ensoñación. Ah, casino tipo París, ojalá que alguna vez... Por lo pronto hizo el anuncio oficial y, sí, con mecheros rarefactos que se encendían a partir de la caída del sol por supuesto hubo clientela. ¿Los más pudientes de allí?

Ya para eso de las ocho se acercaban jugadores llevando por si las dudas una pistola en el cinto. No hacía falta, en confianza, que pasaran, pero, hubo un muerto luego luego a causa de una ¿trampa? Lo cierto es que: se armó la comunidad: aspavientos de protestas debido a la alteración del orden: en general suplicando se clausurara el casino. No, al revés, por terquedad. Se le ocurrió al mandamás poner en otro vagón la cárcel municipal --contigua al carro-casino-- y lo hizo, aunque ¡cuidado!, no podía meter en ella a los clientes fervorosos, es decir-, a los ricachos, ya que de hacerlo arriesgaba hasta su puesto, asimismo: el negocio se iba abajo. De hecho que arma a sus seis hombres poniéndoles sus cachuchas policías. Le encargó a su tinterillo que pronunciara un discurso a bien de justificar la importancia de la apuesta y del entretenimiento.

Regular conformidad de parte de los escuchas. En resolución al vuelo estableció un requisito para la entrada al casino: la despistolización. Norma, en fin, que no sirvió porque en una de esas noches de jugada se agarraron a trancazos los pudientes a tal grado de tirarse con las sillas. Luego, pese a tanto lesionado y a la serie de reproches que se desató en Torreón no hubo un preso que inaugurara el recinto carcelario, por lo que era menester que alguien estuviese adentro para hacerla ponderosa, pero ¿quién? El consejero inspector recomendó al mandamás que introdujera a fuereños por cualquier motivo incierto a modo de que la cárcel representara ahora sí el supremo correctivo.

Dicho y hecho se pusieron a buscar los policías en los últimos jacales a fuereños, sobre todo, con cara de transgresores, acusados, según esto, de ser paracaidistas. Fue muy fácil la captura. A jalonazos trajeron a los más depauperados.

Esa noche cinco batos inocentes durmieron en el vagón.

Cárcel sombría, pobretona.

Sin ningún respiradero.

Atmósfera de hediondez: calor y asfixia teñidos.

Además la incertidumbre al no saber ni uno de ellos cuánto tiempo íban a estar encerrados sin comida y no pudiendo ir al baño. Entre los presos hablaban con tono de indignación en lo amargo de lo oscuro; ni una risa entremetida solventando la ocurrencia. Esta muestra de poder le sirvió al mandón de allí para crearse ante la vista de todos una imagen resoluta, con afanes terroríficos. De seguro que la gente ya estaría bien advertida de lo que él era capaz.

Sin embargo los parientes de los presos no tardaron en hincársele al mandón suplicándole con lloros que siquiera al día siguiente los soltara, él les dijo, haciendo gala de fintas y de muecas enojonas, que se fueran a sus casas porque si no les pegaba una bola de fregazos en vez de darles un tiro, a saber: dejándolos bien heridos. Dijo que no iba a informarles, que al respecto la única explicación se apoyaba en una ley antiquísima referente a la invasión de terrenos, pero que el libro legal en donde se contemplaba la dicha pues no lo tenía a la mano, ni modo de andar buscándolo; a lo que: pues la condena, fuera de un mes o mínimo unas dos noches, sería observada de acuerdo al comportamiento de ellos: tanto de los familiares como de los mismos presos. Las preguntas condolidas procedentes de la parte pariental en el fondo eran los gritos que reprobaban la pena, arguyendo, y con razón, que en todo caso había otros invasores...

La insistencia duró poco: sólo cosa de unos tres o cuatro días. En cuanto a los prisioneros: aguantándose el coraje: muertos-de-hambre, agónicos y consunos ya para estas alturas. Desde la primera noche, recién cerraron la puerta, golpearon a puño y pies el fierro dizque pared llorando desesperados. A ver si se condolían los cuidadores cercanos dejándolos escapar. Bueno fuera. La pestilencia y la -asfixia se hacían círculo vicioso.

Sus pláticas de “no hay de otra”: hacer allí para colmo sus necesidades íntimas, aunque no precisamente dado que: eso debía depender de los zampes de comida, y de darles: ¿pues qué les iban a dar? Los runrunes exteriores ellos los oían apenas. Aguacero chipichipi en el casino de al lado, y disparos muy lejanos. Bisbiseos de averiguatas. En cambio, lo que los presos decían sonaba sordo y enfermo.

Un pespunte, haz en línea inmiscuida, anunció el primer amanecer.

De inmediato que se abre la puertona del vagón para que una mano gorda arrojara tres bolillos a los presos y luego sin mayor trámite que la cierran por afuera con fiereza. Por supuesto: aquello era el desayuno. Sombra firme y: ¿dónde quedó el sustento? Aquellos fueron a rastras como animales hambrientos habiendo para acabarla moquetes y puntapiés, por jalonar los pedazos. Tan heridos sufridores, perversas sobrevivencias al odiarse los fuereños a causa de los mendrugos sin siquiera conocerse. Al mediodía nuevamente se abrió la puerta nuy poco para que la mano gordii les echara tres naranjas y un jarro con agua fresca. A la hora de la cena les tiraron un medio kilo de nueces siendo ya como una burla. Los días-noches subsecuentes cada vez menos comida, y los presos, ya con las escasas fuerzas que tenían para vivir, golpeaban el fierro viejo pidiendo agua nada más. Lo curioso: tampoco metían a nadie, a otro que fuera inocente.

De pronto medio bolillo o tres nueces o un tomate.

Aunado a aquellos olores de cagazón y sudor estaba lo batalloso: sendas torturas mentales entendiendo resignados su futura pudrición. Producto de las anemias nuevos morbos renacían: viles anhelos decrépitos, pensando en su muerte sucia como si ella a final de cuentas pudiera ser algo más.

Eso sí: cada instante aseguraba el camino hacia la nada: ese pozo que emborrona todo mérito remoto y que por ello se hace tan discreto y amigable. Un futuro hecho quimera y un presente que se asfixia y enceguece poco a poco. Los percances porteriles no inquietaban a los presos que atribuían su desgracia a un mandato divino. Por lo tanto, nunca ver ya a sus familias, no disfrutar de Torreón. Aquel vivir legendario ahora pendía de un hilo: el ahogo soportado con un mínimo de orgullo. Dejarse así para siempre perdonando a la desgracia: que es mujer y que es muy mala.

Sí, la puerta se entreabría al cabo, en el suelo les ponían una toronja pelada o una tuna sin pelar que ellos por insuficiencia no conseguían alcanzar: creyendo que eran tesoros ya carentes de valor. Ah, dilaciones de agonías, y también: entremezclados recuerdos acompañaban las horas, en ellas precisamente aprisa iban deambulando los quehaceres cotidianos, reducidos a detalles donde un abrazo, un saludo, la más tibia cortesía, significaba calor, calor bueno.

No obstante, les seguían metiendo víveres a lo que ellos embebidos de quebranto no deseaban como antes. El antojo, en este caso, se recosía en sus entrañas, tan pegado al espinazo, tan falaz. Mejor pensar en la vida, en los últimos momentos donde lo turbio parece un bello relajamiento. Recordando a sus familias a sabiendas que caerían en la miseria más férrea, más macabra, y así diciéndole adiós a su querido desierto; adiós hijos, adiós madres... Adiós Torreón que, por cierto, ya era una villa formal, con sus calles polvorientas. En el casino: disputas, jugarretas de opiniones, mas, si iba de por medio lana, siempre tenían desviacion; violencia que terminaba en disparos a mansalva. De haber bandos había crimen, por ende, muchos difuntos para la gloria perenne de los honores rancheros. Y no metieron a nadie a la cárcel ni por ésas. Si ya para el quinto día hubo disparos incluso contra el fierro del vagón, lo que a ellos benefició: cada agujero de bala era un filtro bienhechor, aunque leve, pero fresco, comparado a como estaban. Si quisieran, si pudieran, en el vano de la puerta había algo de comer.

Al cabo de una semana un preso se murió de hambre, no resistió tanto ayuno, y los otros preocupados por la cuestión de apartarlo aunque ¿a dónde?, además sus vagas fuerzas, dijérase, ajenas debilidades insuflando todo intento para dejarlo en deseo: que su voluntad de ayuda quedara para otra vez, porque la verdad estaban casi muertos como el otro, tan pestilentes y amargos, tan imposibilitados...

Por concluyentes razones de bandas, tregua y venganza fue entonces que sucedió un asunto en las afueras. En la noche unos fulanos zafaron el vagón-cárcel. Podemos atribuirlo a que fueron los de un bando de fuereños los encargados de hacer la maniobra a toda prisa a fin de engancharlo firme a una máquina de leña ya lista para arrancar. De modo que un jalonazo sirvió para que sin más ni más se pusiera en movimiento una hilera de vagones. Se escuchaba tremebundo el ruido de aquellas ruedas gastadas que al avanzar provocaban el bamboleo rechinón del espacio carcelario.

Los presos predestinados a morir en unas horas tuvieron para su suerte una angustiosa alegría. ¡Se robaron el vagón y se jalaron a otros para colmo! ¿Sí?, pues qué decir: la agonía se transformaba en arbitrio porque tenía por lo menos una doble dirección. O sea: voces graves al azar con un tinte de vehemencia, las cuales, dado el suceso, ya podían conjeturar que el casino y la alcaldía también venían tras de ellos, siendo así que en las tinieblas nacía la felicidad. El casino: lujo inútil y arrastrado. La alcaldía: con los papeles volando.

A saber: a medida que avanzaban los dolientes animosos se acercaban a la puerta tratando de incorporarse. Esos locos que engancharon la ringlera de vagones quién sabe si imaginaran que había personas adentro, tal vez sí, el caso es que muy después la máquina metió freno en la estación Picardías y totalmente se abrió la puerta que se entreabría, llenando de claridad, se quisiera sabrosura al recinto sepuleral.

Un misterio para ellos que primero se asomaron por no creer lo que pasaba. No había nadie vigilando a la vera de los rieles. En efecto, comprobada aquella hazaña hecha por sepa quién diablos: ¡a correr! Los enfermos prisioneros se bajaron a la brava para ir agarrando monte sin temer a los posibles disparos y dieran a lo que dieran, prestos pues, cae que no cae. Mas no tronó nada atrás, nadie tampoco cayó: todo bien: pese a sus debilidades. Entonces, perdiéndose entre los cactos cada uno tomó su rumbo, a ver si llegaban lejos. ¡Uf!, ya no dejarse morir, quererse para la vida al lado de sus familias. Por lo tanto, si alguno de aquellos presos ahora cómodo en su casa leyera estas cuantas líneas, debe saber de una vez lo que bien se les desea: ¡Ojalá que desde entonces se salieran con la suya! *

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MULTIMEDIA:

OBRA DE DANIEL SADA (CNL-INBA)

Lectura (Descarga Cultura-UNAM)

Lectura en el PEN American Center (You Tube)

"Sobre Salvador Elizondo" (YouTube)

Libro de cuentos Registro de causantes (Google Books)

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Fuente: * Del libro Antología presentida. México, CNCA, 1993. Lecturas Mexicanas, Tercera Serie, 82.

 

 

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