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Literatura en México

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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Álvaro Ruiz Abreu Novia varada


Álvaro Ruiz Abreu
Foto: cnipl. INBA
Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre:

ojos inusitados de sulfato de cobre.

Llamábase María; vivía en un suburbio,

y no hubo entre nosotros ni sombra de disturbio.


López Velarde.

Pase, siéntese por favor, junto a la ventana si lo prefiere, esta casa es un poco oscura, la verdad vivo sola, pues la única compañía era mi hermana Adela y murió hace siete años, desde entonces la casa me parece menos habitable, a veces tétrica, con un olor a cosas idas ¿Quiere tomar algo? El retrato que tiene enfrente es de ella, era muy guapa, enviudó en los años veinte y como yo era soltera nos juntamos, sólo su muerte nos separó. Fue una amable compañía. La recuerdo de sombrero blanco, en un paseo a un rancho de Lomas Verdes, desde las que se veía el agua gris del río. Ella me obliga a irme a otro tiempo, y también a otras personas, a la ciudad que compartimos, a amigos comunes, cómo le diré, a las cosas que quisimos en la misma época y en el mismo lugar. Le voy a decir esto de una vez: uno pertenece a los años de su niñez y de su juventud, no me mire así, sé lo que digo; lo que viene después tal vez es mucho más sólido, incluso imperecedero, pero es solamente una extensión de lo que uno vio en ese primer periodo de la vida ¿no le parece? Cuántas veces me dijo mi hermana que debíamos borrar el pasado, quitárnoslo de encima, y a pesar de que lo intenté fue imposible. Fui viendo que mi intención se tropezaba con altas barreras ¡Borrar el pasado! No es tan fácil, porque de alguna manera se esconde durante el día en la mirada y en la noche se nos aparece en los sueños.

―Anita, se te olvidaron las servilletas, le pones una de tela al señor... Luis Echegaray, eso es, estaba olvidando su nombre y apellido, viene del periódico, sí, claro. 

Esta mujer es una santa, todavía las hay, aunque ya los años la han cansado, pero aún no la vencen; en varias ocasiones le he dicho, Anita, vete a tu pueblo con tus nietos, ¿qué haces aquí?, y ella tan orgullosa y soberana guarda silencio; su respuesta es que se levanta todos los días, inclusive los domingos, a las seis y media, muy aseada baja a la cocina, hace un poco de ruido con los sartenes, las ollas, los platos, para tomarse su café. Quién sabe cuántas tazas se bebe, mientras escucha boleros en la radio horas y horas entretenida con las canciones. De seguro le recuerdan cosas, lugares. Come cuando se acuerda de comer, sin programa ni horario. Bueno, disculpe, ¿qué le estaba contando? Ah, sí, de la gente que conocí en la época de José Ramón.

Si le entendí bien cuando me llamó por teléfono, usted quiere saber qué tanto conocí a José Ramón, ah, también cosas de su vida que ayuden a aclarar su obra y ciertos aspectos mal comprendidos de su biografía. Ojalá pueda ayudarlo; han pasado muchos años como puede usted ver y sin embargo sigo manteniendo un hermoso recuerdo de aquel hombre delgado, de cara triste, y esos ojos caídos, siempre en interrogación, puestos sobre su cara como dos pequeños faros con los cuales parecía enviar señales a distancia; y su boca de labios delgados, digna de una gran sabiduría; ¿si fue alegre?, mire humor siempre le faltó, pero le sobraba inteligencia. Él iba a misa, claro que sí; con paso firme, de traje, sombrero, del mismo color, en el calor del trópico, entraba a la iglesia, como quien va a una ceremonia. Antes y después de la revolución. ¡Imagínese! Él combatía desde la trinchera escrita; animador de revistas estudiantiles, fundador de la que suplió a la Revista Azul, escritor de artículos y editoriales corrosivos, parecía nacido para las cosas bellas y definitivas, y le tocó vivir un tiempo roto. Uy, qué digo, no quiero contarle lo que todo mundo sabe de él, de la imagen tal vez desvirtuada o exacta que ha construido la historia, tan propensa a agrandar o empequeñecer a los hombres, también por los críticos que caminan a favor de su propio viento, aunque a veces sea en sentido equivocado. Yo quisiera, y perdone usted, poder hacerle un retrato que exprese de manera fidedigna al hombre y al artista, y tal vez refleje esa época, la que viví intensamente; algo parecido a la crónica de lo que fuimos y no volveremos a ser jamás.

Le decía que cada mañana me levanto y miro mi recámara de antiguas maderas, que recibe la luz azulada que se filtra por la cortina y rebota en el metal de la cama; me parece que he abierto los ojos en los años de la revolución; paro el oído y empiezo a escuchar los arranques de las máquinas de los coches, el zumbido de los aviones, compruebo que estamos llegando al fin del siglo XX ¡Pero en qué tiempo vivo! La mente se me pierde en los laberintos del pasado, aunque conoce de sobra su itinerario; puede dar algunas vueltas, sin embargo se detiene en esos años de los movimientos armados, de la zozobra, en que era preciso huir a diario porque la vida corría peligro. Vivíamos en el aire, como suspendidos, pero ―anote esto, por favor― anclados a la esperanza. Aunque es algo perdido, fíjese que yo la siento, severa, pero como si latiera fuerte, en los tobillos, y entonces ya no puedo alejarla: es la esperanza que levanta tolvaneras en las que se pierden o se salvan los hombres y sus pasiones. Ella nos permitió vislumbrar el porvenir, a pesar de que estuvimos cerca de la catástrofe. Cómo le diré, no es posible espantarla, desasirla del espíritu de aquellos años, tampoco arrancársela a mis ojos actuales. Ah, señor Echegaray, qué gusto tenerlo aquí, para que recoja mi testamento: la historia que deseo contarle. Tenga en cuenta, eh, que jamás me gustó hacer alarde de haber conocido a un poeta de la talla de José Ramón, con el que estuve a punto de casarme.

Ah, le decía que la esperanza es lo único que me mantuvo alerta en esos años de tantos peligros, porque la vida se perdía en cuestión de segundos, con razón o de manera gratuita. José Ramón se entregó no a una causa, eso es empobrecer la historia, sino al futuro que vio en las madrugadas, en que esperaba el alba construyendo imágenes del amor y de los enamorados, del cuerpo y sus latidos, hizo versos al sueño y a la muerte. No vivió entre algodones, fue víctima de su tiempo; tuvo, como el Salvador, varias caídas de las que se levantó, menos de la última que él sabía era la de su propia muerte. Esa época, le digo, no la puedo apartar de mí: es el tema al que me ataron los años, por eso permanecí en esta soledad sin puertas. ¿Qué somos en México? Olvido y puritito rencor, ¿no cree? 

Uy, veo que le gustan los alcatraces, pues fíjese que a mí también, me parecen elegantes, propios para despertar con ellos y volver a soñar; su perfume es dulce, muy estimulante a los pensamientos. Para José Ramón eran las flores del desasosiego, de la belleza no compartida sino íntegra, trascendental; pero claro, él podía hacer poesía a cualquier hora. Su color preferido fue el blanco, aunque sus críticos crean que el negro lo acompañó siempre debido a los reveses que sufrió. No sé. Un poeta verdadero le saca provecho a un espejo roto, a un rincón lúgubre, a una flor espigada y libre como el alcatraz; a la tristeza y al humor, a una tarde insípida, al aroma que despide el café en las mañanas, a un timbre descompuesto. Ay, pero esto quería explicárselo más adelante, no ahora, espero que no le importe, ya ve que de una cosa se pasa a otra, aunque no sea del mismo lugar ni de la misma época. Mire, este florero estilo japonés, una joya del siglo XIX, de las pocas que guardo, regalo de mi padre, o qué digo, herencia suya, le gustaba mucho, y lo mismo esta cerámica y este caracol de plata. 

Tal vez le sirva esta información: la pequeña ciudad de principios de siglo, en la que José Ramón y yo nacimos, era un puerto, llegaban muchos objetos del extranjero: cerámicas, lámparas, cristalería, quesos, joyas, la seda y el vino. También revistas de España y de Francia, Italia, Holanda, que nos servían para informarnos de otras formas de vida, ah, nos encantaba soñar con otro mundo, mirarlo era ya una forma de empezar el viaje. Me gustaban las de la moda europea. Era común que la gente tuviera ese mundo a la mano, aunque no fuera precisamente hacendada. Mi padre, ve usted, era un notario que logró una posición digna, solicitado en casi todo el estado, así es que no nos faltó escuela ni nada. ¡Ah, mi padre! Duro como los de su tiempo, estricto con las mujeres de casa, a sus hijas nos impuso usos y costumbres, educación. De cabeza cuadrada, recto y disciplinado; bajo sus gafas de aros de plata, escondía una mirada contagiosa. Sí, fue funcionario al servicio del régimen porfirista, jamás lo negó. Su mayor debilidad fue tratar de no corromperse, ser honesto en un país que desconoce esta palabra; por eso quizás no llegó a ser rico; principalmente era un hombre de principios: católico moderado, respetuoso de los demás, con ideas fijas de la mujer, el sexo, la política, la sociedad y el origen del hombre, amante de la ciencia. Lo recuerdo defendiendo el orden y el progreso, hasta que la realidad lo obligó a cambiar; lo recuerdo en su viejo Ford, camino del Porvenir, una tarde en que nos llevó a ver por vez primera el mar. Ay, creo escuchar otra vez el silbido de la brisa como un llanto que se arrastra y la caída de las olas. En aquellos arenales, en el bochorno de octubre, y él con chaleco y sombrero, ¿usted cree? Bueno, supo salirse de ¿su¿ mundo y aliarse a la marcha de la revolución, pero demasiado tarde. 

Voy deprisa o creo que a tropezones; disculpe, a los ochenta y tres años uno quisiera decir todo lo que ha visto, expresar sus impresiones de un tirón, así, como quien sabe que ya no hay tiempo para más. Es como la profesión de ustedes, joven Echegaray, asediada por la prisa, por el temor de las horas y de los minutos, ¿verdad? No, no se preocupe, a mi edad me queda aún cierta cordura para abrir los ojos y sentir que me está rozando la piel el ruido y el disparate; sí, me cuesta trabajo entenderlo, pero no sentirlo en su torpe vitalidad. 

¿Acepta mi propuesta? Entonces empezamos a entendernos. Bien, el hombre que se grabó en mi memoria era callado pero decidido, nada provinciano como le decía; católico que abrigaba las ideas más progresistas de su tiempo. Su paso por el quehacer de la cultura local, y luego nacional, fue firme. El perfil desgarbado, sin gracia ni lucimiento, que lo hacía verse pequeño es otra cosa. Aparte de su aspecto, yo creo que se debe buscar la explicación de su temperamento en que venía del siglo diecinueve, y de la desilusión, muy grande por cierto, que le causó el asesinato de Madero, el apóstol único en el que creyó. Así lo veo. Su vida se partió a partir de 1913; antes estuvo seguro de la renovación social, espiritual de México, después creo que sólo vio el caos. Volvió a entregarse a una causa: la de los constitucionalistas, pero el asesinato de don Venustiano pudo más que su salud y su voluntad. Murió, como todo mundo sabe, al año siguiente, joven; ¿se dejó morir? Tal vez, tenía sólo 33 años.

Le digo, su personalidad debemos buscarla en esos largos años de guerra civil revolucionaria, tan confusos, y en su propio espíritu libre, hacia adentro, capaz de ver lo invisible, como un mago; era un ser delicado en el trato, quiero decir, en las pasiones, pero resuelto en materia política y con una sensibilidad casi única, al fin y al cabo la sensibilidad propia de un poeta, ¿verdad?

¿Dónde lo conocí? En una de las tardes de paseo dominical en la Plaza de Armas; después de la misa de siete y media, era típico salir a la plaza y empezar el paseo; creo que era septiembre, el mes en que la tierra se calienta, el calor y el bochorno se instalan en el cielo y en las calles, en las nubes y en el río, y nadie ni nada podía quitarlo. Un calor del demonio que la lluvia no logra apaciguar sino lo aumenta, nada más; yo lo había visto alguna otra vez en la iglesia del Carmen, serio, protegido por su mirada lejana, inabarcable. Pero en esta ocasión, estaba de visita el licenciado Palavicini, amigo de mi padre, un periodista muy conocido en su tiempo, en la ciudad de México; pues José Ramón venía acompañado de Palavicini que lo presentó:

―He aquí a un verdadero poeta, al que seguramente ya conocen, porque es de aquí ―dijo, y soltó una risa entusiasta.

Yo vi de cerca a un muchacho que a lo sumo tenía veintidós años, estrechó la mano de mi padre, la de mi madre y por último la mía, en la que se detuvo un instante. ¿Es un hombre sencillo, admirador de las cosas bellas, una verdadera promesa para nuestra poesía, no lo olvides¿, repitió Palavicini a mi padre. Tal vez fue un golpe de la vista, una corazonada, el caso es que yo sentí que sus ojos me repasaban, pues los abrió con todas las fuerzas de su alma y vi en ellos, aunque no lo crea o parezca cursi, una luz de lejos, parpadeante, la encarnación del deseo que me estaba llamando. 

La plaza era el único lugar donde se miraban de frente hombres y mujeres, jóvenes y viejos, en una ciudad tan pequeña y aislada, caliente como si la hubieran metido en un horno, pero muy bonita. Era un parque y un zócalo, un respiro y un cruce de caminos que te permitía adivinar la presencia de las aguas del río. Desde ahí era posible ver las embarcaciones que corrían río arriba o río abajo; y los barcos que atracaban, de todos los tamaños, echando humo y pitando, animados tal vez por su propia vocación marítima. Que sea más precisa, sí, de acuerdo, señor Echegaray, pero me traicionan las palabras. En ese parque se urdían planes políticos, amores y desamores, porque había mesas y sillas para sentarse alrededor, sí, en los cafés de la plaza los comerciantes, hacendados, empresarios de barcos y de ingenios azucareros hacían transacciones, hurgaban en el alma de la tierra. Qué más hubo ese día, nada, la presentación, los saludos, algunas frases sobre la política, y otras irónicas sobre la conducta de mi padre. 

En ese sitio, fíjese usted, el lunes era igual al martes, y el miércoles idéntico al jueves, sin embargo el domingo era distinto, o así nos parecía a nosotras: aquello se pintaba de colores, y era dar vueltas y vueltas con la seguridad de que en ellas encontraríamos nuestro destino. Luego, ya en la noche, nos esperaba el casino, en una planta alta de la calle principal, la orquesta tocando como si llamara a los parroquianos, que acudían obedientes a la charla, el baile, las copas, el cotilleo ¡El casino! Centro de las fiestas más variadas fue también un escenario de discusión política, cuando el enfrentamiento entre los porfiristas y los seguidores de Madero fue inevitable. Parece que se me pierde en aquel salón padre y madre, hermanos, amigas, y al fondo aparece como salido de la batalla, triunfante, José Ramón vestido con su traje negro. Enormes candelabros, de mesas art decó, de cortinas y barandales desde los que se recibía algunas veces el olor ácido de las riberas del río, la tierra podrida de los pantanos.

El domingo en la tarde la ciudad paseaba por la plaza de armas; bueno, ahí pasé los momentos más eternos de mi juventud, esos que ya no vamos a desprender de nuestra mente jamás, hayan sido excepcionalmente buenos o excepcionalmente desastrosos, ¿verdad? Yo era una niña, así es que no estaba todavía para novios; creo que el mes de abril había cumplido catorce, no se asombre por favor que no ha pasado aún nada; él fue siempre una persona educada, aunque para muchos haya sido un tímido que no merecía llamarse poeta. No los convence mucho la imagen de un hombre que no fue un trovador que va por el mundo buscando mujeres, revoluciones, relaciones y fama, algo de bohemia. Ni la del escritor sin aplausos ni premios, que no escribe por encargo, atrincherado en su vanidad, sino por una necesidad íntima.

Creía ver en su actitud, la presencia misma de todo lo que a nuestro tiempo le hacía falta. Me regaló estos versos: ¿Pasan tus ojos por la noche en ruinas, y el alma a los prados sin rocío¿.

Pero le decía, desde esa tarde no fue posible apartar su mirada de mis noches y de mis días; pasó ese año, sí, el del triunfo de Madero, luego supe que José Ramón había tratado a don Francisco en varias ocasiones, antes de que llegara a la presidencia, cuando recorría el país haciendo amigos, creando los clubes antirreeleccionistas. Cuando el señor Madero decidió llamar a la nación para levantarse en armas, también estuvo presente José Ramón, tal vez colaboró en la redacción del Plan de San Luis. Pero esas cosas las supe después; del tiempo que le hablo, en que lo conocí y empezamos a tratarnos, lo más importante es que se marchó. Desapareció de nuestro estado, y se instaló en la ciudad de México, su sueño y su delirio. Mi padre comentaba en las mañanas durante el desayuno interminable que se servía en la casa, acompañado de algunos viejos amigos, que muchos revoltosos estaban ya en las puertas de palacio esperando compensaciones, y los calificaba de buitres rapaces, de falsos profetas que el país debía condenar. Una mañana me trajo el periódico y me llamó.

―María, quiero que veas una fotografía ―dijo desde el comedor de la casa―, anda, hija.

―Dime, qué pasa, estás alterado, ¿hay otra revolución?

―Nada de eso, mira a este muchacho que aparece junto a Madero, Pino Suárez y otros, ¿no es José Ramón, el poeta que Félix nos presentó?

―Sí, es él, pero nada tiene que ver con esos ¿buitres¿ de los que tanto hablas. José Ramón es distinto.

Dijo, eso espero, nada más. Pero, cosas de la vida, guardé el recorte del periódico, aún lo conservo en una lata de chocolates del Globo, puede ver a José Ramón, ya que le interesa tanto, junto a los meros, meros, a pesar de su fe y su religión. Luego voy a mostrársela, ¿le parece? Lo que mi padre descubrió en el periódico yo lo sabía de su propia voz. Pero me estoy adelantando, es que todo se olvida a estas edades. A José Ramón, por supuesto, yo lo había vuelto a encontrar en la misma plaza, ya sin mis padres, cuando paseaba con mi hermana y mis amigas; veía su figura seria y estirada, sus manos afiladas, la mirada sobre la mía, me saludaba, hasta que rompió la timidez, se acercó y me habló. Yo era una señorita que no entendía bien lo que estaba sucediendo en México y en el mundo, pero me encantaba escuchar lo que él decía, con ese timbre de voz de barítono, seco y decidido. Me enteré de la lucha que se estaba librando en el país entre los que querían cambiar las cosas, y los que se aferraban a ellas; fui viendo a través de sus palabras que los hombres se dividían no en buenos y malos, sino en necios y libres. Escucharlo era refrescante, su conversación era como ir a la escuela y aprender, aprender a disfrutar de las cosas que se encuentran delante de nosotros y no las vemos ni las entendemos; él podía hablar con una sencillez muy peculiar de literatura francesa y tenerte engolosinada un día entero, contaba historias de escritores y obras del siglo XIX, muchos de los cuales tuve que leer, y aprenderme de memoria. Me citaba autores de aquí y de allá, recuerdo que me explicaba poemas de Víctor Hugo, que leía en francés, y se sabía de memoria las historias de muchas novelas, como las de Rojo y Negro, Madame Bovary y Las memorias de ultratumba, de las que guardo esta frase que él me escribió: ¿Diríase que el viejo mundo se acaba y que el nuevo comienza. Veo los reflejos de una aurora cuyo sol no veré levantarse. Sólo me queda sentarme al borde de mi fosa, tras de lo cual descenderé osado, con el Crucifijo en la mano, a la eternidad¿. Es bonito, ¿verdad? 

Todo esto es bastante común para alguien que se dedica a las letras, no para mí. Me parecía excepcional el gusto y la inteligencia con que se metía a ese mundo, la forma de disfrutarlo, ah, y el sentido con que contagiaba su experiencia a los demás. Poetas hay muchos y seguirán naciendo, jovencito. Pero poetas que le hablen al misterio que hay en la mirada de una mujer, solamente he conocido uno. Se fue de aquí porque vio que no iba a progresar si seguía en la pequeña ciudad provinciana que tanto recordaría en sus versos. Cargó con todo y familia, hermanos, tíos, padres; era el mayor de sus cuatro hermanos y vivió atormentado por el destino de cada uno de ellos. Lo había llamado la revolución del señor Madero. Lo vi antes de partir, por supuesto, pero no fue fácil, menos en esos días en que la ciudad se hallaba en toque de queda, porque todavía el gobernador porfirista no se iba. 

Aquí interviene otra persona, mi prima Rosi Mestre, que siempre fue sensible a lo que sucedía; en esos días, sirvió de enlace entre José Ramón y yo. Él vivía en los abismos de la noche, en los ranchos, yo creo que a la deriva. Ella me trajo un recado firmado de puño y letra de José Ramón, que me decía, deseo despedirme de ti antes de salir a la ciudad de México, vernos, pero es preciso tomar algunas precauciones. Creo que Madero ya había entrado, triunfante, a la ciudad de México, y Díaz iba rumbo a Francia, pero en nuestra provincia el maderismo fue tardío.

Bueno, pues burlando muchas vigilancias, la primera, la paterna, me fui al barrio de San Benito, a la capilla donde a veces íbamos a misa, cuando la catedral se nos hacía un pozo de rumores en el que nos miraban con disimulo, pero de manera insistente. El barrio era simpático, de casitas de teja, pintadas con cal, solitario; a las siete de la noche, como él me había indicado, solamente me tropecé con el vendedor de plátanos asados que lanzaba a la noche un grito largo, sin consuelo; había un viejo pino en la placita y los tulipanes estaban despiertos. Esperé y los minutos se me hicieron insoportables; en el reloj de catedral dieron las siete y media; fueron unas campanadas limpias, que rebotaron en mí, y pensé ojalá que no lo hayan agarrado. Sí, estaba preocupada por él; recuerde que eran esos días en que por quítame estas pajas, fusilaban a un hombre en plena calle, sin juicio ni nada, solamente por considerarlo sospechoso de militar en un bando contrario. Ya me iba, pues se hacía tarde, cuando se apareció y me pidió disculpas, pero enseguida aclaró que no había podido salir antes del centro maderista porque la policía del gobernador falso, que todavía fue necesario echar a patadas de aquí, creía que la revolución era cosa de la capital, y que fuera de ella nadie iba a derribar el orden; era un pequeño dictador.

Lo encontré apurado, como si sospechara de todos, entró y volteó hacia atrás como si alguien lo hubiera venido siguiendo; se sentó un momento en una de las bancas de la placita. Yo creí que se trataba de algo más serio y peligroso, no le salió la voz educada de otras veces sino frases improvisadas. 

―María, debo irme, pero voy a llevarme conmigo sus ojos y sus palabras ―me dijo, y la verdad quise desmayarme.

―Si tan solo me explicara la situación, trataría de entender, qué pasa ―traté de interrogarlo.

―Aquí corremos peligro, así es que mi familia está resuelta; vamos a la ciudad de México, mi parada definitiva, donde la revolución es una realidad, el señor Madero necesita a los que creyeron en el cambio, en la libertad y la democracia; siento que soy parte de ese proyecto.

―Entonces, qué haremos, José Ramón ―le dije.

―Solamente amar nos está permitido; debe tener confianza, yo volveré muy pronto, y le escribiré a la casa de su prima Rosi ¿de acuerdo?

―Como quiera. Y se acercó a mi cara, presentí en sus ojos profundos, que no olvidaré jamás, la personificación de la bondad y la ternura. Nos abrazamos, así levemente, aquellos eran otros tiempos ¿entiende? Me acompañó cuatro calles rumbo a mi casa, y casi junto al Casino desapareció. Lo perdí de vista; corrió en dirección del río, seguramente su refugio.

――――――――――――――――

Pasaba el tiempo pero no mi pasión por José Ramón; aprendí a leer el periódico cada mañana, seguirlo en la distancia. El país seguía incendiado. En las noches veía a José Ramón, escuchaba su voz, recitaba sus versos. Recibí su primera carta; no va a creerlo, señor Echegaray, pero la guardo y no se la he mostrado a nadie. Quizás usted que se interesa tanto en la vida de un gran poeta, en su dignidad y su estética, que no conoció más éxito que la derrota en un país donde se premia todo, sea la primera persona que la lea. Sabía algo de él, porque en un periódico, luego que salió el gobernador porfirista de nuestro estado y al fin llegó un revolucionario, apareció su nombre. El mismo don Francisco lo nombró secretario de un juzgado; pero en realidad era escribiente del ministro de la Justicia. Si me permite un momento, y se arma de paciencia, voy a buscar esa carta. Mire usted, aquí está, sí, maltratada por la oscuridad de una gaveta, amarilleando de sombras, pero puede leerse, ya que tanto le interesa; bueno, me imagino que a un investigador de la cultura le atrae este tipo de cosas. Sí, sí, señor, es solamente periodista pero también lo que le estoy diciendo, y no me gusta adular a nadie de manera gratuita.

¿Ciudad de México, 9 de diciembre de 1912

María de mis desvelos:

Al fin tengo un rato libre y un lugar donde vivir, ahora puedo dedicarme a usted, aunque todo este tiempo ha estado latiendo acompasadamente en mis recuerdos. No se imagina lo que ha sido adaptarse a este tiempo confuso; me han traído de una oficina a otra; veía al secretario del Ministro tal y debía esperar su respuesta, y al cabo de todo un día de espera, nada, que vuelva usted en una semana. Me encontré, además, una ciudad girando sobre sí misma, convertida en sombra impía. En las noches, triturado por la zozobra, regresaba a la casa de avenida Jalisco, caía en una especie de sueño eterno del que no deseaba levantarme. Era el cansancio. En las mañanas escuchaba el tráfico, los gritos de los vendedores, el ruido del tranvía, salía a la luz como un viajero que viene de las sombras. Latía la calle, y el paso lento de los coches tirados por caballos. La vida estaba en mi retina, azul y desvestida, sonando en el reloj de mi pensamiento. Entonces aparecía la otra orilla del río, la torre de la iglesia y al fondo usted y sus zapatos negros.

En esos días me pareció constatar en el rostro de cada hombre y cada mujer que vi la imagen de la esperanza. Madero no es una utopía, alcanzar lo imposible, sino una realidad a la que le va dando sentido el carbonero y el electricista, el campesino zapatista y el villista. Madero es un espíritu de nuestro tiempo cuya misión parecía devolverle a la nación el color que había perdido durante los años de la dictadura. Madero, adorada María, nos entusiasma y a veces desconcierta por los enemigos que ha dejado en casa, pero sin duda, su causa va a triunfar y se va a imponer en el alma de los que creen en la palabra. Su misión no es solamente social, va más allá de la apariencia: los mexicanos de 1912 no desean, sería ridículo verlo de manera tan limitada, pan y justicia, sino aprender a soñar otra vida, tener un pedazo de cielo nuevo. No es una quimera sino el encuentro del hombre común y corriente con su historia.

He pasado el tiempo observando una ciudad que todavía no se repone del susto de haber vivido una revolución, aunque no le hayan tocado más que las victorias. La entrada del señor Madero en 1911, gloriosa, me parece algo más que un acontecimiento social y político, fue el regreso del país a su naturaleza más sana: el comienzo de un tiempo nuevo, de un renacimiento que las próximas generaciones se encargarán de valorar. 

Quiero decirle, pálida María de ojos noctívagos, que me gustaría tanto volver a verla, que compartiera conmigo esta experiencia del cambio y de la vida nueva que ha comenzado en México. Desde nuestra pequeña y lejana patria debe asomarse con ilusión desbordada, con amor impaciente, a las vueltas que hemos dado con el mundo. Desde acá me ha parecido ver su piel dibujada en las tardes ruidosas del barrio. Escribía, al tiempo que leía en los cielos que los volcanes iluminan, su cuerpo almidonado. En su lejana presencia, el Ajusco entraba a mi ventana con su luz verde y azul y me hablaba de usted, de la ceiba eterna, de los potreros y los esteros en que crecimos.

Debo despedirme, le escribiré pronto; déme, por favor, una señal de su vida, de sus padres, ah, y de la Plaza de Armas y sus fuegos vespertinos. La besa con inmenso amor: José Ramón¿. 

¿Ve el tono tan bonito de la carta? Pues estaba hablando el espíritu poético de un hombre que creyó en la palabra despojada de sus inercias; un poeta que no es diferente a los demás, pero cuya palabra libera. Nunca pensó en el fin, lamentable y decepcionante, de Madero, porque, mire usted, para el poeta no hay maldad, cómo decirle, sí la hay, pero él está reñido con el Mal, aunque lo describa y en un verso lo sostenga y lo cante, ya se convirtió en algo bello, sonoro, que las palabras transfiguran. El poeta, nuestro José Ramón, fue un prestidigitador de las pasiones como el amor, el desengaño, el sufrimiento, el encuentro con Dios. Cómo iba a imaginar el crimen, el complot, la traición, hechos que son contrarios a la esperanza de crear un hombre nuevo. No, señor, los golpes que recibió en su columna vertebral el país, lo doblegaron. Lo mató el ruido de las balas, la locura de la venganza.

Después de la Decena Trágica, regresó; venía su cuerpo porque la mente se hallaba en otra parte. Pálido, enflaquecido, apenas comía durante el tiempo que estuvo por aquí, un poco encerrado por la agitación política. La segunda noche de su llegada, me escapé a la medianoche de mi casa, y fui a verlo en la habitación que mi prima Rosi le había ofrecido; era un cuarto de la servidumbre pero amplio, ahora vacío pues la gente se había ido a la revolución. Lo vi, como le decía, desmejorado, Dios, ¡qué aspecto tan siniestro!. Por fortuna se fue reponiendo, lenta y amorosamente. Cada noche hice lo mismo: escuchar su voz, entregarnos a una pasión que estaba por encima de la tragedia. Me prohibieron verlo. Tres años de curar sus heridas, hasta que volvió a creer en el país, en Carranza y decidió irse: partió a la ciudad de México, otra vez, armado de una nueva fe. Recibió algunos palos de los escritores mayores, consagrados, siguió adelante, defendiéndose con la pluma. Llegué a verlo hacia 1918, paseamos por la Alameda del brazo, pudimos aclarar nuestra relación viendo el futuro. Yo sentía que él ya no cambiaría: era un alma frágil, con mente de acero. Creí que teníamos la vida por delante, nos urgía seguirnos amando, evitar el matrimonio en un tiempo incierto. Su segundo libro de poemas fue bien recibido, qué versos más bellos le regalaba José Ramón a la poesía mexicana. Me lo dedicó a mi, debe usted conocerlo, ¿Estrella de la ebriedad¿. Nos separamos, fíjese usted, la distancia nos unía más y más, así es que cuando podíamos encontrarnos renacíamos. Quién iba a pensar en una muerte tan temprana, salida de su propio sentimiento de fracaso; creyó haberlo perdido todo, menos la poesía y la palabra.

Ay, señor Echegaray, me siento cansada como si hubiera hecho un largo viaje pero no en avión, sino en esos trenes de mi tiempo. He agobiado a mi memoria, disparada, que me ha llevado por caminos enredados, en los que estuve a punto de perderme. Disculpe. Otro día seguiremos. ¡Dios mío!, quién sabe a dónde fui a dar con estas historias que tal vez no debería tocar ni desempolvar porque pertenecen, como la imaginación, a los hombres que las vivieron, no a nosotros.

Aún no se ha tomado su té.*

Madrid, noviembre, 1998-febrero de 1999

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MULTIMEDIA:

OBRA DE ÁLVARO RUIZ ABREU (CNL-INBA)

"Frías, del realismo a la melancolía", ensayo en La escritura enjuiciada. Heriberto Frías, antología general de Georgina García Gutiérrez (Google Books)

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Fuente: * Del libro Paraísos en fuga. México, Cal y Arena, 2002.

 

 

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