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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Luis Arturo Ramos La Escalera

 

Otra vez soñó con el pasamanos. Desde el fondo oscuro de los escalones, la tira de madera se alarga como si alguien jalara desde arriba. El pulido color caoba produce (extrañamente porque no tiene por qué causar ningún sonido) un siseo de serpiente o de pez que se desliza desde el fondo del acuario hasta la cara azorada del espectador: ella.

Nunca había manos. En una ocasi¢n estuvo a punto de haberlas; pero se dio cuenta de que se trataba de la sombra proyectada por las gaviotas en el cuadro del descansillo, o quizs de la pantalla opacando la luz del foco. Su madre le había prohibido bajar sola la escalera desde que ese hombre llegó. "¿Quién vive all abajo?", preguntó un día y no le contestaron. En ocasiones escuchaba pasos, el sonido de una llave arañando la cerradura. La puerta que se abre y se cierra. El sonido que permanece vibrando en la ele de la escalera.

En el rellano hay una mata de helecho y un cuadro con gaviotas grises volando un mar azul, entumecido.

Una vez bajó sola hasta el descanso. Se sentó en el primer escalón y esperó sin saber qué esperaba. Con los codos apoyados en las rodillas, las manos encuadrando la cara, amortiguó el tiempo haciendo chasquear sus muslos. Miró la oscuridad integrarse al vestlíbulo de la casita de apartamentos. La miró meterse por la ventana encortinada y deslizarse por las rendijas de la puerta hasta que, de pronto, el relámpago del foco encendido le produjo el sin fin de manchones morados y rayas amarillas.

La escalera se iluminó y pudo ver las gaviotas desteñidas planear en el cielo gris del cuadro. El mar cortado por rayas de espuma. El helecho prestándole un poco de frescura y humedad al mar de cartón. Eran las seis de la tarde. Contó los escalones del primer tramo hasta terminar en el que ella estaba sentada: doce. Luego contó los escalones del segundo tramo, el que llevaba hasta la puerta de su casa: doce. Doce y doce: veinticuatro; entre cuatro, igual a seis. Ese descubrimiento la llevó a pensar que todo estaba ahí organizado para un fin muy especial: algo que escapaba a su entendimiento pero que tenía que ver con el helecho puntiagudo, las gaviotas a espátula, el pasamanos pulido como un chorro de agua. Eran las seis de la tarde y el administrador del edificio había encendido desde su departamento el foco del zaguán.

Se puso de pie y escuchó a su madre ajetrearse con los platos de la cena. Ascendió la escalera sin dejar de mirar la puerta del departamento del primer piso que se iba recortando a medida que subía; luego, no pudo ver más que la felpa para limpiarse los zapatos. Entonces más luz entró al zaguán y reconoció un ruido de llaves. Se detuvo ya junto a su puerta; miró hacia abajo y vio los zapatos cafés, los pliegues de un pantalón también café abombándose alrededor de los tobillos. Comenzó a acuclillarse para mirar la cara pero su madre abrió la puerta en ese instante. Entró corriendo a lavarse las manos para la cena. Se recuerda subiendo lentamente (la mano izquierda aferrada a la de su madre, la derecha deslizándose por el pasamanos), sintiendo el pulido de la madera, la tibieza que parece comunicar el color caoba. Recuerda a su madre trepando con la boca abierta, la respiración pedregosa, la bolsa del mandado contra el pecho. Recuerda el color de las gaviotas a esa hora de la tarde, cuando el foco apagado permitía que una pelusa parda se esponjara en las paredes. Recuerda el mar y sus rayas de espuma. El color que la luz y la sombra dibuja en las vetas de la madera.

--Ya te dije que no quiero que salgas sola a la escalera. Que no quiero que juegues ahí.

-- ¿Quién vive all abajo?

-- Un loco... El borracho robachicos.

Desde entonces, por la cerradura, por la rendija de la puerta entreabierta, con la oreja pegada a la madera, escuchó el manoseo de llaves, los pasos, las voces apagadas. Imaginó a las gaviotas saliéndose del cuadro, volando rápido, muy rápido, hasta estrellar el cristal de la puerta del zagun y meterse en el cielo verdadero.

Comenzó a soñar con la escalera. El ascenso de brillos por el pasamanos como un río al revés. Las gaviotas picoteando la madera y dibujando su nombre, corazones flechados. El helecho, su muñeca de trapo deslizándose por la tira de madera como por un tobogán. Pero nunca encontró manos en el barandal. Sonríe. Recuerda.

Ahora (¿cuántos?), 10, 15 años después, con los regalos del Diez de Mayo apoyados contra el pecho, asciende la escalera y sin querer, imita los pasos de su madre. ¿Seguir siendo su madre después de tantos años? ¿Seguir ella siendo su hija? La mano derecha palpa y recuerda la tibieza del pasamanos... El helecho es ahora un macetón con rosas de plástico. Una pintura ¿abstracta? substituye a las gaviotas flacas y deshilachadas.

Preguntó que quién vive ahora en el primer piso. "Ese loco... Ese depravado" dice su madre y afirma que no quiere hablar más porque todavía se le enchina el cuerpo. Entonces vuelve a oír (consulta su reloj y comprueba la hora) el cloquear metálico de las llaves en la cerradura. La voz solitaria o perdida o deformada por las dimensiones del departamento que debió --debe-- ser igual a éste.

-- ¿Qué hora es?--, pregunta.

-- Son las cuatro y media--, contesta su padre.

Ella se queja de su reloj: está detenido, le da golpecitos con la uña. Entonces ríe cuando se da cuenta de que lo que escuchó fue sólo el recuerdo. Sus padres ríen también porque la creen contenta, porque es Diez de Mayo, porque están todos, otra vez, juntos.

Más tarde, con la Tía Emilia (soltera) y Papá merendaron pastel de chocolate (traído ex profeso por la Tía Emilia), café (en la versión especial de Papá) y helado de vainilla (procedente de la tienda de la esquina). Mamá elogió los regalos. Agradeció la deferencia. Lamentó no haber podido tener más hijos en un tono de voz que no era más que un reproche a su lejanía. Papá le acaricia la mano. Tía Emilia se limpia las esquinas de la boca con la esquina de la servilleta. Suspira. Diez de Mayo, qué costumbre más bonita.

Ella mira por la ventana: una pareja habla en la acera de enfrente. Él agita las manos, se las lleva a la cintura, se inclina sobre la muchacha. Ella voltea la cara, lo enfrenta de perfil. Se da cuenta cómo la luz de la tarde los aleja aunque permanezcan en el mismo lugar. Ahora sí deben ser como las seis de la tarde, y, a esta hora, todo parece apartarse de los objetos vecinos.

Se levanta con la taza de café en las manos; escucha a Tía Emilia hablar de su vacación a Los Angeles, camina hasta la puerta y observa a su familia emborronarse con la claridad que entra por la ventana. Se recarga en la madera de la puerta. Entonces, entre la voz de Tía Emilia y el dulce sonido de la cucharita en la taza de nieve, escucha los pasos entrapados, el manoseo de las llaves.

Mira otra vez a sus padres, lleva la mano hasta la perilla de la puerta y la abre tratando de hacer el menor mido, la menor luz porque sabe que afuera puede estar oscuro. Saca la cabeza, medio cuerpo; da dos pasos en el corredor y se acuclilla con las manos en el barandal. 

Allá abajo la figura abrigada detiene la puerta. Espera unos segundos, luego, lentamente, ladea la cabeza y mira hacia arriba. Tiras largas y canosas le caen sobre la cara. Se miran. Ella retrocede no sin antes confundir en la oscuridad de la escalera las líneas simétricas del cuadro abstracto con alas de gaviotas. Cuando cierra la puerta, la taza apretada contra el pecho, su madre, Papá y la Tía Emilia la miran fijamente. Termina de un solo trago el café que queda en la taza.

Esa noche aceptó con una facilidad desusada la invitación para quedarse a dormir. Mamá es tan cursi, tan sentimentalota; guarda la muñeca de trapo, los juguetes de los diez años adornan la cama, las repisas del cuartito.

-- ¿Qué hora es, mamá?

-- Es hora de dormir. Ya pasan de las diez.

Esta vez, en el sueño, encontró una mano en la escalera. Una mano que avanzaba, lenta, confundiéndose con el color caoba de la madera. Ella, niña otra vez, la mira sentada en el escalón más alto, sin miedo pero sin sonrisas. La mano sube como si navegara río arriba. Luego las gaviotas quiebran el silencio con sus voces de pato y el mar se retaca de espuma. Ella, niña otra vez, abre y cierra las piernas atontada por el restallar fofo de sus muslos.

Resolvieron pasar el día en la calle. Ver aparadores, hacer algunas compras, comer algo por ahí y luego meterse a un cine. Pero ella se indispuso después del medio día. Acostarse, dormir un rato, eso le sentaría bien. No, que no se preocuparan, preferiría estar sola. Tomaría un taxi de regreso. Sí, adiós. Adiós. Sí, adiós.

Llegó a la casa y comenzó a subir las escaleras. Criticó el pésimo gusto del administrador en turno (¿sería el mismo?) que sustituía la frescura de un helecho por un macetón con flores de plástico. Y el cuadro ridículo, disparatado. Imaginó el de las gaviotas en alguna otra pared de algún otro descansillo en cualquier edificio viejo.

Subió el segundo tramo de la escalera sin agitarse, deslizando apenas la mano por el barandal. Creyó escuchar pasos, ruido de llaves. Se detuvo, volvió la cabeza para mirar si alguien entraba. Consultó su reloj: apenas cuarto para las cuatro. A las seis encenderían las luces del vestíbulo y todo se iluminaría. Aunque quizá ahora, con la nueva administración, esperarían hasta más tarde. Ahorro de energía... Supongo.

Se lavó la cara con agua fría; cambió los pantalones por una falda holgada llena de flores, una reliquia que su madre conservaba desde sus años atropellados, jipitecas. Arrastró un sillón hasta la ventana y miró la calle: los árboles raquíticos, la gente que camina y hace ademanes extraños, inexplicables. Luego la sala se fue haciendo más pequeña a medida que la claridad se escurría alejándose de las cosas allá afuera. Pero curiosamente, la penumbra que entró por la ventana pareció poner al alcance de su mano todos los objetos del cuarto: el relojote gordo y bonachón que nunca mentía. Las danzarinas de casiporcelanachina.

En la calle apareció la pareja del otro día; en el mismo lugar volvieron a discutir el mismo problema con idénticas actitudes. Pensó que ella trabajaría en la tienda de la esquina y que él venía a esperarla todos los dfas a la salida del trabajo. ¿A qué hora?

Miró su muñeca pero el reloj había quedado en la recámara. Se volvió para mirar el reloj de la sala, tan confiable, tan solemne, pero ya la penumbra se anegaba en la carátula. Pensó en los relojes electrónicos, fosforescentes, en el progreso; pensó en Mamá y Papá, tan anticuados, tan viejos, tan dinosáuricos.

-- Deben ser cerca de las seis-- dijo en voz alta.

Y eso, su voz rebotando en las paredes, le recordó muchas cosas. Los juguetes deslizándose por el pasamanos hasta reventar en la pared. Las gaviotas destiñiéndose más y más a medida que la luz del sol las repasaba. Afuera, la pareja ha desaparecido y los transeúntes se cruzan en la acera de enfrente cortados a la mitad o descabezados por los carros que pasan. No, no iba a llover.

Se acomodó en el sillón, hundió la espalda y subió los pies. Se abrazó las rodillas. Tenía sueño y quería que lloviera; que el agua anegara la ciudad, el mundo. Que la Tía Emilia y Papá y Mamá se quedaran por allá, flotando como barquitos. Que regresaran hasta el siglo próximo el mero día de su cumpleaños. Pone los labios sobre sus rodillas, huele la piel fresca, mentolada. Luego, el raspar de pasos en las duelas del vestíbulo y un sonido de llaves, la sobresaltó.

Se levantó del sillón y esperó junto a la puerta apretando los dientes para no perderse ninguno de los sonidos que venían de abajo. El tic-tac del reloj la confundió al principio y le hizo dudar de lo escuchado; pero luego, otra vez, el manoseo de las llaves y un murmullo de voz amordazada por pañuelo o solapas subidas hasta el cuello. El sonido rasposo de una llave en la cerradura le hizo poner las manos en la perilla.

Abrió la puerta tratando de no hacer ruido. La escalera estaba a oscuras. Todavía no daban las seis o todo había cambiado. Desde la puerta entreabierta miró las piernas del hombre listadas por los barrotes del barandal. Las valencianas del pantalón cayendo en pliegues sobre los zapatos. El hombre murmuró algo mientras hacía correr la llave en la cerradura.

Ella caminó por el corredor permitiendo que la puerta de su departamento se abriera por completo. La diferencia de oscuridades al mezclarse (la suya, derramndose por la escalera como un chorro de agua; la otra, empantanada en el vestíbulo como lodo en un agujero) hizo que el hombre volviera la cabeza y la mirara allá arriba, inclinada sobre el barandal.

Se miraron. El hombre con la llave en la cerradura. La puerta entreabierta, dejando salir un olor caliente. Ella caminó por el pasillo hasta el inicio de los escalones. Descendió dos, tres, cinco pasos, mientras el hombre la miraba como si no la conociera. Se sentó en un escalón, recogió las piernas y apoyó los codos en las rodillas; luego, nerviosa pero sin miedo, comenzó a hacer chocar la piel blanda de sus muslos.

El hombre dejó la llave en la cerradura y miró hacia la calle a través de la cortina quemada por el sol. Comenzó a subir la escalera, lentamente, con piernas de barro. Pero ella sólo mira la mano en el barandal: una mano que sube y sube como si ya conociera el camino. Entonces ella, sin miedo pero sin sonrisa, señala el cuadro de las líneas absurdas.

--¿Dónde están las gaviotas?--, pregunta.

Los muslos aletean bajo la falda de flores. El hombre, apoyado en el pasamanos, contesta con una voz que ya recuerda haber escuchado antes.*

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MULTIMEDIA:

OBRA DE LUIS ARTURO RAMOS (CNL-INBA)

Crónicas desde el paí­s vecino, antologí­a por María Elvira Villamil (Google Books)

Charla (YouTube)

Lectura (YouTube)

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Fuente: *Del libro Los viejos asesinos. México, Grupo Editorial Neón, 1996. E Narrativa, 1.

 

 

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