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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Aline Pettersson La noche de las hormigas (fragmento)

 

¡Hijodeputa!

El impacto toma al hombre por sorpresa y lo hace trastabillar. Un chorro de sangre le mancha la pierna del pantalón, al tiempo que alcanza a ver cómo huyen con su cartera y su reloj. Cómo se pierden entre las sombras de los árboles.

Cómo se confunden en la distancia. Sólo el rumor continuo de los coches.

Intenta, primero, seguirlos. Es sólo durante la fracción de un instante, porque, de inmediato, sabe que no le será posible. Me hirieron un vaso de gran calibre. ¿Vena? ¿Arteria? La sangre mana empapando la tela. Quiere gritar. Pero no lo hace, no hay quien lo escuche. 

Se lleva las manos a la pierna. Con los dedos se oprime fuertemente. Todo ha sido tan inesperado, tan rápido. No siente dolor. Sólo sorpresa. Ya en el suelo, se desabrocha el pantalón que baja a las rodillas. Y presiona, presiona; pero la sangre, indiferente, sigue brotando. ¡La arteria! Sin duda fue la arteria. El chorro es muy grande. ¿Por qué, Dios, no fue la vena?

Se apoya en el tronco de un fresno, presiona los dedos, ya mojados, en el muslo. Y siente la plenitud de la noche. Hay un ligero murmullo de hojas agitadas por el viento. Un murmullo, casi inaudible, porque el ruido de la calle lo apaga. Ve cómo detrás de los árboles se perfilan las siluetas de los edificios, las luces de las casas. Y él tan solo, tan aislado, como si en lugar de encontrarse en el parque estuviera en la espesura de un bosque. La ayuda tan próxima y tan inaccesible. ¿A cuántos pasos? Si pudiera echarse a andar. Si pudiera... Pero no puede. Los dedos ahora están entumecidos por la presión en la pierna. Retira la mano. Sí, es sólo por la presión, porque la otra mano que va en pos del orificio guarda (¿aún?) su vigor. Aún. ¿Por cuántos minutos?

Pero, ¿qué nadie escuchó el disparo? ¿Y quién va a exponerse a recibir otro? ¿Lo haría él? El juramento. El tendría que hacerlo. ¿Y lo haría en esta penumbra? ¿En estos tiempos? Se armaría de valor para brindar auxilio a quien ni siquiera ha gritado. ¿Lo haría? Gritar. Gritar. Va a hacerlo. Es su única esperanza. Los minutos corren... después, aunque lo intente, ya no tendrá fuerzas. Debe ser la arteria. Hipócrates. El juramento ha sobrevivido como rito hueco. Sobrevivido. Acaso todos los ritos se vacían de contenido. ¿Qué haría Hipócrates? Comprimir, como él lo está haciendo, y ligar, de ser posible. Tal vez sobre un lecho de mármol. Ya le llegará el mármol muy pronto. El lecho eterno de mármol. ¿Dónde está enterrado Hipócrates?

Verán el contenido de la cartera, el poco dinero. Las tarjetas. Pero ellos no van a utilizar las tarjetas. No después del tiro. O tal vez en estos momentos, en que nadie lo sabe, se pongan a comprar frenéticamente. Sólo tienen media hora hasta las diez. Sólo tengo media hora. Pero la media hora de ellos es hasta el final, hasta que el policía de la tienda ponga candados en las puertas. La mía es hasta el final, pero mi final. No, no tiene media hora. Sólo unos minutos antes de que sea demasiado tarde. ¿Por qué? ¿Por qué? Por los estúpidos ritos. El juramento de Hipócrates, la caminata. El tiempo no vuelve, pero yo quise regresarlo. La niñez en el parque. La muerte en el parque. La circularidad de los ritos. El policía cerrando la puerta de la tienda, ¿y aquí?, ¿por qué no está aquí?

Ni todos los dedos del mundo pueden auxiliarme. No aquí. El hombre sabe que si consiguiera ayuda, esto pasaría por un mal sueño. Un mal sueño con un grato despertar. ¿Y cómo no va a saberlo él, precisamente él? Pero está solo; hasta los ladridos de los perros alborotados con el ruido del disparo ya dejaron de escucharse. La ciudad se sume en sus rutinas, sorda al hombre que no se puede incorporar. Sorda al flujo de la sangre que lo abandona inmisericorde. Hace un esfuerzo y grita. Pide auxilio, mientras sus dedos prosiguen en el intento de obstruir el flujo. El chorro de voz se pierde entre los árboles.

Va a morir. Sí va a morir de manera tonta, innecesaria, inútil. ¿Pero no son así todas las muertes? ¿O casi todas? Va a morir por un capricho estúpido. Va a morir por haber querido echar atrás al tiempo. Y es que el tiempo no puede nunca regresar. Seguirá su camino de río que recoge y abandona a quienes lo abordan. Igual, igual que la sangre sigue su curso ahora fuera de sus límites naturales. Pero el tiempo no pierde sus fronteras, sigue siempre en una dirección, una sola, única dirección recogiendo y despidiendo pasajeros. Mi puerto de desembarco, sin aviso previo, sin pedir mi parecer, ha sido ya anunciado.

El hombre se dobla. De repente, como el balazo, surge, bronco, el dolor hasta entonces embozado por la sorpresa, ahogado por la hemorragia, unido al silencio, no cómplice, sino con una resignación momentánea, que ahora se transforma en rebeldía. El dolor se clava ahí donde antes entró el proyectil. El cuerpo protesta por la agresión. Reacciona con más vigor que el hombre. El cuerpo ignora explicaciones y grita queriendo arrastrar con su grito a ese hombre, apoyado en el tronco añoso de un fresno, estremecido en su silencio. Quiere, acaso, guardar ahí, en ese silencio, una fracción mínima de las fuerzas que huyen escondidas en el flujo, ahora desnudo, de su sangre.

Mientras la mano oprime y la sangre huye, el hombre en el terror de la búsqueda, en la urgencia de hallar la manera de salvarse, deja que la mirada indague en todas direcciones. Tal vez en cualquier momento aparezca algún transeúnte, alguien que le devuelva, con su presencia, un asidero a la vida que se le escapa. No puedo ser yo la única persona que atraviese de noche el parque. Es un parque, no un campo de batalla. Alguien debe aparecer en cualquier momento. Alguien saldrá a pasear al perro. Alguien se citará aquí con la novia. Alguien caminará antes de dormir. Dormir... Morir...

Se yerguen las cabezas despeinadas, viejas de las palmeras. Ya no van a durar mucho, había pensado hace unos cuantos minutos. Están enfermas, agónicas, había pensado. Distintas al recuerdo de su niñez lejana. Pero lejana será, también muy pronto, su edad actual. Todo va a serlo. Las palmeras seguirán su lento deterioro. Y él quisiera verlas fenecer de viejas, de descuido, enfermas de este tiempo que se escapa. Palmeras tan altas e incitadoras para sus pies infantiles, que buscaron escalarlas muchas veces. Qué feas están, había pensado, o quizá así las hubiera visto yo, entonces, con estos ojos de casi cincuenta años. Los niños contemplan al mundo con ojos diferentes. La edad de las palmeras se mide de otra forma, son otras sus dimensiones temporales. Acaso la edad de estos árboles sea parecida a la mía, aunque su temporada en el mundo sea más larga. El dolor le encoge el cuerpo. Y tan cerca, y tan imposibles, se iluminan las ventanas perfiladas más allá de los árboles, al otro lado de la calle.

Y todo, también, por la estúpida discusión con Elisa. Por Dios han discutido tantas veces. Tantas. Y siempre vuelven a encontrarse porque se necesitan. Yo la necesito ahora. Vaya que la necesito y ella no va a saberlo. Lo sabrá cuando ya no importe. Irá a dormirse enojada, esperando a que suene el teléfono... Que no sonará. Tantos pleitos que encontraron una tregua, un cruce de caminos entre dos voces paralelas, antagónicas, amorosas. 

Elisa con sus intuiciones exacerbadas, con su mira puesta en otros sitios. Elisa, la mujer que lo ha acompañado un breve trecho del tiempo que hoy, de pronto, va a segarse. Si sólo no me hubiera exaltado de esa manera... Ahora la tendría probablemente entre sus brazos en una reconciliación, que no por conocida, sería menos intensa. Porque siempre, después del huracán, el cielo queda mucho más limpio. Azul, tan azul, como el que ahora, muy de vez en cuando, sorprende en esta ciudad de cielo de plomo. Plomo. Bala de plomo. Si sólo me hubiera tragado el orgullo para ceder un poco. Sólo un poco, le había repetido ella tantas veces. Alfonso, no son locuras, déjame explicarte. Pero él siempre se había negado a conceder ni lo más mínimo. Son coincidencias, Elisa, no te engañes. Cuando alguien me lo demuestre, entonces creeré. No antes. No me pidas que eche a la basura los conocimientos de la ciencia. No me lo pidas, Elisa. No puedo.

Y después, quién sabe cómo, empezaba el proceso inverso. O no es que empezara, sino que tomaban ellos otros caminos. Olvidaban las palabras para leer, entonces, en la piel. Se hundían en ese otro lenguaje que a sí mismo se explica. Y crecían ramas, follaje humedecido por su propia savia, por el sudoroso rocío, por las fuentes de vida de cada uno. Fuentes de la vida...

Instintos animales, reacciones hormonales, sinapsis y ya. ¿Ya? Eso no es todo, Alfonso, le había dicho Elisa, la medicina, aunque te duela, sigue en pañales, coincidencias, dices; pero es que ustedes se niegan a ver lo que siente, lo que cree, lo que percibe el resto de los mortales. Mortales, eso es lo único seguro. La certeza única y desoladora del hombre. La muerte que está aquí ahora asomándose entre la sombra de los árboles. Agazapada bajo las hojas enormes de los acantos. Esas hojas que lo escondieron a él tantas veces en su infancia. La muerte se acerca vestida de rojo. Vestida con un traje de larga y líquida cauda. Los dedos siguen en su labor inútil. Toma fuerzas, de nuevo, y vuelve a gritar. La voz se pierde en el aire oscuro. Se pierde como se pierde todo. Más tarde o más temprano. 

Tal vez si no fuera médico, si no supiera con certeza qué le espera... Tal vez fuera mejor la ignorancia a esta seguridad sin escapatoria. Pero Alfonso Vigil no puede olvidar lo que sabe, lo que ha observado, constatado a lo largo de su vida. La impotencia, la debilidad humanas para vencer los imponderables de la muerte. Cohibir la hemorragia. Y todo el equipo médico, todo el instrumental fue tantas veces incapaz de salir airoso. No son Dios, aunque así se sientan, le dijo Elisa. Otros también se lo dijeron. Y la cara de piedra de ¿se hizo lo que se pudo, señor, señora. Lo sentimos mucho¿. ¿Pero qué había detrás de la fórmula repetida tan mecánicamente? ¿Detrás de un cierto fastidio por poner cara de circunstancias, voz de circunstancias? La vida seguía, entonces, para él. Y allí los familiares que cargaran con su pena, que la alejaran de su lado. Además ni siquiera creo en Dios. Y ahora, dentro de poco, podré constatarlo. Todo se termina con el último estertor. No hay ninguna evidencia de lo contrario. Aunque el hombre busque, desesperado, consuelo, explicaciones que rebasen el sentido común. La eternidad. La prolongación del tiempo terreno en otras dimensiones. 

¿Y mis hijos? ¿Cómo irán a tomarlo Esteban y Ana? ¿Cómo? ¿De veras quiero saberlo? El mismo sabe con qué frialdad (¿entereza?) tomó la muerte de su propio padre. No, no fue entereza, fue frialdad. Con los datos médicos en la mano, sabía que el fin era inminente, que su padre había vivido ya todo su tiempo, que algún día iba a llegar, que ya había llegado, que era razonable. Pero la suya, ¿es que su muerte es razonable? Choque hipovolémico, diría la clínica. Confirmará la autopsia. Porque es claro que va a haber una autopsia. Nunca he entendido bien la súplica histórica de la dispensa. Los despojos amados sujetos a una vejación. Sí, los toros no se ven de la misma forma desde la barrera. Pero un cadáver ha dejado de ser una persona. Todo se acaba al cesar la vida. Materia inerte en vías de descomposición como la de cualquier otro miembro de este mundo. Sólo las piedras conservan su dignidad de piedras. Su casi eternidad de piedras. 

¿Y cómo irán a enterarse? ¿Cuánto tiempo después? ¿Quién será el primero? No, eso no importa. Lo que importa es que alguien lo sepa ahora, y que me ayude. Todavía tengo tiempo. Ana... Cómo ha querido a Ana. Estuvo presente en su nacimiento, bueno, también vio nacer a Esteban. Es sólo que con ella las cosas han sido siempre más fáciles. Es más fácil llevarse bien con una hija.

Nunca ha olvidado la emoción de tenerla por primera vez entre los brazos. Verla dejar de llorar, tranquilizar el rictus doloroso para encontrar la placidez en sus jóvenes brazos de padre. Sí, hay una secreta ternura en la paternidad. Pa-pa-pá, balbuceó Ana y los ojos de Alfonso registraron un escozor húmedo que ocultó con vergüenza. Pero disfrutó esos momentos, un poco a escondidas, quizá, con una intensidad de la que no se hubiera creído capaz. Ese pequeño conglomerado de células, ese torpe, diminuto ser cuya mitad procedía de él. La mitad de la hélice de trenzado doble iba a girar y girar para revolverse en las ondas del tiempo y era su hija.

El hombre se curva por el dolor. Pasa la mano libre por la frente, por el rostro, por su bella, espesa y siempre bien cuidada barba rojiza, ahora ya canosa. La barba que llamaba tanto la atención, a su hija, de pequeña, que ésta aventuraba las manos para tocarla y retirarlas, luego, sorprendida por su aspereza. La cabeza de él inclinada sobre la cuna de la niña acercándose y alejándose del alcance de sus dedos. Las risas infantiles que tanto disfrutara.

Tal vez en esos primeros tiempos de la vida de Ana recuperó la sorpresa del encuentro con el mundo. Estar cerca de su hija y verla asombrarse ante la vida y sus misterios. Se olvidó de su profesión, de sus conocimientos y peleó con su mujer por la primera sonrisa de la niña. Ciencia trascendida, creyó descubrir el primer brote de inteligencia en los ojos de la pequeña. Creyó, como creen todos los padres, que Ana se incorporaba al mundo de manera extraordinaria. Después, tantos años después, sorprendió el desconcierto de Elisa al ver la foto de Elba con la niña en brazos sobre su mesa de noche. Ella retiró la vista, no dijo nada. No hacía falta. Y claro que tenía otras fotografías de la niña que no hubieran remarcado su vida pasada. Sin embargo, jamás pudo sustituirla. Quien me quiera ahora, que acepte mi pasado. Y Elba es mi pasado. 

Es que si no aparece alguien pronto... Los segundos corren como aquellos, regresivos, de los quirófanos. Del cien al cero, del todo a la ¿nada? Bajar la angustia, distraer la atención, fijarla en un solo estímulo, fijar el tiempo... La mínima eternidad de cada quien. Atenuar la angustia de percibir la orilla oculta, borrada. Porque lo que se sabe con certeza, en la distancia es casi como si no se supiera o se hubiera olvidado. Lejos, ajeno, discurre el tiempo que se percibe en el retorno circular de las estaciones. Pero aquí las estaciones ofrecen una continuidad sin sobresaltos. Un día hermano del otro en la rutina diaria, en el clima suave, casi inalterado. Inalterado para los demás, inalterado hasta hace unos cuantos minutos para el hombre que se estremece en la penumbra.

El tiempo que se ha hecho tan ominosamente presente, tan angustiosamente presente seguirá su trayecto engañando siempre, sin voluntad de engaño. Porque el tiempo no tiene más voluntad que seguir siendo. Son los hombres los que se llaman injustamente a engaño. El conocimiento inescapable del propio exterminio es el que inclina a negar lo que no puede ser jamás negado. Y sin embargo... ¿estás seguro, Alfonso, de que no hay nada? Pues la evidencia médica... Nadie ha vuelto para contarlo. ¿Y si hubiera otras dimensiones?, ¿y si Dios nos estuviera esperando, Alfonso? Allá tú y tus creencias, pero a mí nadie me ha venido a contar nada, y mira que en mi profesión...

Elisa y sus manos laboriosas y su risa pronta y su capacidad de gozo. Elisa que deja pasar las horas anudando los hilos de sus tapices. Anudando ese algo que se escapa y que ella pretende fijar en la urdimbre, con el anhelo, quizá, de olvidar la fugacidad del tiempo. Y mientras sus dedos trabajan, meticulosos como los del cirujano, lo escucha a él relatarle sus logros, sus fracasos, sus proyectos, sus esperanzas. Las palabras quedan sujetas ahí, entre las hebras, hasta el momento en que ella terminará la obra tejida y destejida en búsqueda de una perfección inalcanzable. 

La serie va a llamarse ¿Las bodas de Ifigenia¿. Pero jamás has hecho algo figurativo. Pues no, y no lo voy a hacer ahora tampoco. Pero puedo inspirarme en eso. ¿O no? Tampoco has estado en Grecia. Es cierto, nunca he estado, e Ifigenia nunca se casó, por lo mismo, puedo inventar. ¿Inventar?, ¿y el paisaje?, necesitas datos de la realidad. Sí, de la realidad, la mía, Alfonso, la que yo imagino y sueño. Y Alfonso la observaba, acaso incómodo. En esos momentos no está seguro de qué significa el silencio de ella. Si de verdad lo escucha o si él habla al aire y Elisa sólo asiente, mientras se escapa afianzada por las hebras entre sus dedos sembrando manchones inesperados de color. 

Si alguien no me auxilia pronto, no llegaré a la exposición. Dentro de dos meses. Dos meses ¿unos cuantos minutos? es lo que lo separa de esas bodas, que nunca se efectuaron, de la emoción de colgar los tapices, de brindar por el éxito. De regresar el tiempo a la primera vez en que él, por accidente, la conoció. Accidente. Acaso sean los accidentes los que ciñen la vida. O la desciñen.

Entonces por la fascinación que provoca la luz a la mirada, el ruido, el movimiento, las risas, entró, casi sin querer, a la galería. Y mientras el público charlaba, de espaldas a la obra, aceptó una copa y recorrió la sala, para, finalmente, entablar conversación con una joven mujer alta, delgada, de pómulos altos también, y cabello castaño hasta los hombros, que le sonreía. Alfonso confesó su sorpresa ante los extraños títulos buscando la complicidad de ella, seguro de que compartían el mismo desconcierto. Ella estuvo de acuerdo en las peculiaridades de los artistas, en la manera que tienen para abordar lo que a simple vista resulta obvio. ¡Qué complicaciones de las gentes! Después él intentó huir cuando se dio cuenta de su error, pero ella lo invitó a la fiesta que le ofrecían.

Hebras líquidas se instalan entre los dedos crispados del hombre. Los manchones brotan y crecen. Ha intentado varias veces ponerse de pie sin conseguirlo. Y grita y vuelve a gritar a la distancia, a las ventanas iluminadas. A la vida. Debe guardar la calma. Debo guardar la calma. El movimiento agudiza el flujo. Y es que el flujo de la vida ha cambiado de dirección. El tiempo involuciona desde la cabeza enmarañada de la palmera hasta la raíz, hasta la semilla. No, hasta antes. Bajo la superficie de la tierra irán a tocarse la sed de la planta que no va a nacer y la sangre del hombre. ...

el lenguaje es cosa superflua. Lo que tenemos de mejor queda intacto en el fondo de nosotros, como la perla del fondo del mar...

Hölderlin 

Tus mejillas permanecen arreboladas, encendidas por la emoción. No puedes creer en tu buena fortuna. El ruido de los preparativos es sordo, constante, monótono como el zumbido sagrado de las abejas. No cabe en los rincones inocentes de tu corazón de doncella, que el palacio de Micenas está en movimiento aprontándose para el viaje. Tu viaje, Ifigenia, tu viaje. Te estremecen las emociones, pero no sabes nombrarlas. Invadida por una sensación amplia, que ha ido bañando tu piel, tu sangre, el dorado vello que cubre tus miembros, con una urgencia que carece de nombre, recorres, sonámbula casi, los aposentos reales.

Escuchas, a lo lejos, la voz fuerte de tu madre dando órdenes. Ves el ir y venir de tus criadas extendiendo con cuidado los pliegues de tus peplos, las telas tejidas por tantas manos de mujeres que te aman. Las telas que tú misma ayudaste a hilar, a teñir, mientras tus pensamientos huían en galope suave soñando con un futuro promisorio, que ahora está a punto de cumplirse.

Pero no tienes palabras... Incapaz de comprender el temblor que, constante, te recorre como constante ha sido la impresión en tu tacto del hilo pasado entre tus dedos finos y largos de princesa apenas núbil. Te acompañas con el cuchicheo de las esclavas después de la lectura de la carta de tu amadísimo padre, el rey Agamemnón. Y con la mirada cariñosa de tu nodriza, cuyos brazos te ciñen con fuerza, hasta provocarte una incomodidad que no sabes explicarte bien. Es sólo que el contacto de su piel recia te produce estremecimientos, estremecimientos no conocidos antes.

Atisbas el brillo del peine de oro y marfil, que ordenará el sol de tus cabellos; ves cómo cae, despacioso, en un ánfora, el aceite que te ungirá, que te purificará el anhelado día del himeneo. De tus labios brota un canto de alborozo que se confunde, tan suave es, con las voces infantiles de tus hermanas. Tu mirada se extiende hasta ellas, muy niñas aún para comprender lo magno del momento que se aproxima y que ellas no van a presenciar. Las ves con ternura casi maternal y piensas, entonces, que pronto tú también acunarás entre tus brazos al fruto de tu amor, que va a reunir en su carne la belleza que has heredado de Leda con la belleza, que todos cantan, de tu prometido.

Porque las glorias de Aquileo traspasan fronteras, y tú, Ifigenia, te vives afortunada con la gracia de tu suerte. Recuerdas el gozo de tu madre dándote las buenas nuevas. La casa de los atridas se enriquecerá con tus nupcias con el valeroso hijo de Tetis y Peleo, los dioses han sido benévolos contigo, te dijo ella al tiempo que alisaba tus cabellos y una sonrisa radiante, amorosa iluminaba su rostro. Y la sonrisa fue tan grande y plena que saltó hasta tus propios labios. Y ahí ha permanecido durante un tiempo largo sin intenciones de abandonarlos nunca. Dichosa serás, Ifigenia, muy pronto, dichosa ya lo eres mientras aguardas el día de la ceremonia. Mientras te alistas para el viaje, mientras sueñas en el futuro magnífico que te espera y que sólo parece ser ignorado por los bueyes que rumian tranquilamente a la espera de ser enganchados a los carros, sin presentir el viaje.

Dejas caer la vista en tu pequeño hermano Orestes que hará contigo y con tu madre el recorrido. Acaso, es tan pequeño, no lo recordará más tarde. Y serás tú, Ifigenia, quien le relate cómo su risa fresca de río alegró las horas del trayecto. Sí, hoy lo miras correr detrás de las palomas, amparado por la presencia dulce de su nodriza. Escuchas el arrullo de algunas de estas aves que se ocultan entre las columnas del palacio para susurrarse sus amores, para susurrarse los tuyos. Porque quisieras adivinar en ellas tus propios amores, Ifigenia.

Ves bajo la sombra de los olmos que atenúan los ardores divinos del sol, a las criadas trabajando, infatigables, en la elaboración última de las telas que vas a llevar a tus bodas, a tu nueva vida. El tierno canto de las náyades de la fuente se esparce en tu alma para juntarse al tuyo. Y el aroma suave de tanta flor se difunde en la vastedad de los rosas, oros, corales, magentas, y de ahí brotan, desde la oscuridad de sus centros hasta la crétera de pétalos donde, vibrantes, se posan los colibríes. Tu corazón tiembla como el rápido aletear de las avecillas en busca de mieles, igual que tú, Ifigenia, que también esperas las mieles del porvenir. Un polen dorado va a extenderse por los aires tibios de tu patria.

El vivo azul del cielo que corona las frondas de los árboles, las cimas oscuras de los montes se mancha con alguna nube blanca, terriblemente blanca, como blanca es la espuma del mar color de vino donde espera tu padre. Ahí, ante la valla de las veleras naves a punto de partir en pos de la justa victoria, Agamemnón te abrirá los brazos para acogerte en su pecho paternal antes de conducirte a tu destino. 

No son las guerras futuras, Ifigenia, lo que llena tu cabeza con los vapores febriles de las anticipaciones. Sabes bien que los hombres se cubren de gloria en los campos de batalla mientras las mujeres aguardan ansiosas su retorno. Cómo desearías que los vientos permanecieran calmos, perennemente calmos, evitando el chocar de los metales, el correr pesaroso de la sangre, evitando, así, tanto duelo. Sin embargo, tu felicidad invade de tal forma todos tus resquicios, que con el mismo gesto de tu mano que espanta el vuelo impertinente de una mosca, te espantas los pensamientos que no estén en espléndida armonía con tus deseos.

Tus ojos siguen el lento desplazarse de las nubes en su viaje sin rumbo. Descubres en ellas rebaños magníficos de ovejas, de cabras, de carneros que pastan en las llanuras profundamente azules más allá de cuanto tú puedas nunca imaginar. Descubres el reflejo de las aves que, enormes, allí a lo alto repiten las siluetas de las que tú, aquí, de menor talla conoces, y que pueblan el éter. 

Y sueñas, Ifigenia, con el destino que te espera al cabo de tu marcha. Eres aún tan joven, que al llamado persistente de tus hermanas, quisieras correr con ellas para proseguir tus juegos infantiles. Sin embargo, tu vida va a tomar otros derroteros.*

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MULTIMEDIA:

OBRA DE ALINE PETTERSSON (CNL-INBA)

Una historia a cuatro manos, en voz de la autora (UNAM)

Fer y la princesa, novela infantil (Google Books)

"Por el camino de las mujeres" (conferencia) (YouTube)

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Fuente: *Del libro La noche de las hormigas. México, Editorial Alfaguara, 1997.

 

 

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