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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Federico Patán En esta casa


Federico Patán
Foto: cnipl. INBA
En esta casa hacemos la historia a nuestra manera

Federico S. Inclán

Era una habitación amplia y soleada, con un gran ventanal que daba a un parque, o a una avenida muy arbolada o a un jardín tupido. El hombre estaba tras un escritorio enorme y despejado, casi al fondo mismo, de modo que se lo viera nada más entrar, el inmenso ventanal a su izquierda, iluminándolo todo con el sol de mediodía. El secretario había dicho por el interfono ¿López¿, y de inmediato estaba dentro, en aquella habitación amplia y llena de luz, el hombre al fondo, el vestido exacto, los movimientos precisos y la frente amplia, amplísima, unos rizos entrecanos sobre la nuca delgada y con señales ya de vejez, aunque una vejez cuidada y satisfecha. El secretario se había limitado a señalarle la puerta con un gesto del pulgar, como si pidiera un aventón en carretera. Llamó con timidez excesiva y el secretario (muy joven, muy alto, muy tosco) dijo: ¿nada más entre¿. Y por eso estaba en aquella habitación inesperadamente amplia y abundante de luz, frente al hombre de sonrisa neutra, pero no muy desanimadora, que lo miraba con obvia curiosidad. Tras el hombre, en el muro, el retrato oficial del mandatario.

No supo qué hacer. En la entrada le ordenaron subir al segundo piso. En el segundo piso un índice perentorio lo envió a una puerta maciza, de gruesa y bien cuidada madera oscura. Llamó. Le gritaron casi entrara. Un secretario muy joven, muy alto, muy tosco le preguntó: ¿¿Sí?¿ Había, en una silla estratégicamente arrinconada, otra persona. Sacó de la chaqueta el papel; sin verlo casi, el secretario levantó el interfono: ¿López.¿ El otro, de limpio y recto traje gris, se pulía las uñas displicente, aunque era de preguntarse cómo lograba hacerlo cubierto por unos lentes tan negros. El secretario le señaló una segunda puerta con un gesto del pulgar y, al verlo llamar con timidez excesiva, le dijo: ¿Nada más entre.¿ Al otro se le fragmentó el rostro en tal vez una sonrisa.

Y así se vio en una habitación increíblemente amplia y clara, ante un hombre maduro que lo observaba con inamovible curiosidad, sin nada decirle aún, de modo que el silencio comenzaba a concentrarse en incomodidad. ¿Soy López¿, informó por romper la espera. ¿Lo sé.¿ La voz fue amable en su tersa opacidad. Imposible decidir por ella cuál sería el tono de la entrevista. Al doblar la esquina, cuando vio el edificio, le sorprendió lo blanco de la piedra y lo enorme de los ventanales; incluso dudó que hubiera llegado a la dirección correcta, pero un vistazo al citatorio lo convenció de estar donde se le llamara. En la entrada le ordenaron subir al segundo piso, y ahora este hombre de vestido exacto le decía ¿Siéntese¿ con tersa opacidad. Al sentarse pensó quizá me ofrezcan un cafecito, para enseguida recriminarse lo tonto de aquel pensamiento. ¿¿Su nombre?¿, y la pregunta lo sorprendió, pues ¿no acababa de escuchar ¿Lo sé¿? No obstante, respondió que López. ¿Quiero decir, su nombre completo¿, le aclararon con la misma tersa opacidad, en la mano derecha una pluma carísima y en el escritorio amplio y despejado una hoja muy blanca, brotada de Dios sabrá dónde y de qué manera.

En el autobús se había prometido cooperar y ahora puso en práctica el consejo: ¿Jesús López.¿ La mano se detuvo en su viaje al papel, y la voz de tersa opacidad dijo: ¿Su nombre completo, por favor.¿ Iba a preguntar a qué se refería el hombre aquel cuando recordó su segundo apellido: ¿López.¿ La voz tuvo un cambio mínimo en su tersura: ¿Eso ya lo sé.¿ Como siempre ocurría, allí estaba el malentendido: ¿No, López de nuevo, López López, Jesús López López.¿ Y a punto de sonreír escuchó al otro: ¿He dicho que ya lo sé. Quiero su nombre completo.¿ Qué insistencia tan absurda, tan poco venida al caso. Bien estaba el cooperar, como se había prometido varias veces durante el viaje en autobús, pero aquella insistencia era, en verdad, muy absurda. La mano seguía sin llegar al papel, y la voz tuvo un asomo, ahora sí bastante perceptible, de cambio: ¿Aquí nos gustan las cosas precisas, claras y prontas. Si le pido su nombre completo, es porque necesito su nombre completo.¿ Y lo había dado. ¿Qué esperaban entonces? Viniendo a la cita, imaginó distintas situaciones, pero ninguna de esta índole: ¿Jesús López López¿, repitió con ritmo pausado, buscando claridad y precisión. ¿Vamos, amigo, sabemos que eso no es cierto. Algo falta.¿ Detrás de la voz lo miraban unos ojitos grises muy húmedos, como (extraña idea) de animalito retozón. ¿Que falta algo? ¿Acaso ¿habla usted del Benito¿? La voz, complacida: ¿¿Ve qué fácil es cuando se quiere?¿ Le gustó la complacencia sentida en la voz, y hasta se arrellanó en el asiento, esperando que la mano, ahora sí, anotara. Pero no lo hizo. Levantó la vista y allí estaban los ojitos retozones, aguardando. Supo y dijo: ¿Jesús Benito López López.¿ La mano bajó al papel, dejando en la parte superior de éste, en caligrafía impecable, fijo el nombre. Curioso, nadie fuera de la esposa conocía aquel Benito para él tan odioso. Le parecía ingrata la combinación del Jesús con el Benito, quizás porque de niño le produjo altercados en la escuela. Nadie fuera de la esposa y, obvio ahora, ellos. Claro, era de suponer, y debió ocurrírsele cuando, en la parada, atento a la llegada del autobús, reunía en su mente toda la (muy escasa) información que sobre ellos tenía.

¿¿Nacimiento?¿ Se dio un tiempito para pensarlo, queriendo evitar momentos embarazosos, como el anterior: ¿El 5 de mayo de 1918, como a las seis de la mañana.¿ Los ojillos tenían algún filamento negro y, quizás por ello, variaciones en su brillo: ¿Tempranero ¿eh? Los tempraneros suelen salir revoltosos.¿ Aquello lo divirtió interiormente, por falso. De las recriminaciones graves que la esposa le hacía, la de ser tímido estaba entre las más graves. A ella achacaba, la buena de María, el jamás haber alcanzado categoría mayor que la clase media humilde y a veces hasta menesterosa. ¿Sonríe usted, amigo López¿, comentó la voz con cierto interés. Al parecer, la meditación se le había vertido en los labios: ¿Fue lo de revoltoso. Mi esposa...¿ Pero la voz se interpuso, quizá sin demasiada dureza: ¿Aquí, el término revoltoso no suele producir sonrisas.¿ Recordó a María despidiéndolo en la puerta, llena de recomendaciones. ¿Perdone, no tuve la intención...¿ Un gesto perentorio y la voz: ¿Estudios.¿ Bueno, volvamos a ello: ¿Sólo hasta secundaria, porque...¿ Otro gesto perentorio y la voz: ¿Precisión, claridad y prontitud, López. No me haga repetirlo.¿

Mira que esa gente, le dijo preocupada, sacudiéndole las solapas de la chaqueta. Y aquellos ojos grises llenos de filamentos negros lo observaban con paciente seguridad, como si convencidos de que terminaría por llegar a donde ellos querían, como si todo fuera simple cuestión de tiempo, de paciencia, de maña en el preguntar. Lo de los estudios quedaba atrás, debidamente apuntado, señal de que, tropiezo más, tropiezo menos, había cumplido. ¿Cumplido? Casi, casi le insinuaron las respuestas, de tanto que sabían. Sorprendentemente tanto. Lo de su primera novia, por ejemplo, cuando adolescente. Ni María lo sospechaba. Como fue un amor bastante arrebatado, no quiso (el instinto quizá) confesárselo. Y entonces venían éstos y preguntaban: ¿¿Y lo del maestro Esteban?¿ Tardó en situarse, en volver de sus pensamientos, y la voz: ¿Vamos, vamos, ¿y lo del maestro Esteban?¿ Lo tenía olvidado, por ser una insignificancia. Ahora, tras ¿cuarenta?, no, cincuenta años ellos se lo devolvían a la conciencia. No les mientas, dijo María, que nada sucio hay en tu vida. Tú, la frente en alto. Fue fácil contestar que sí allá, a la entrada de la casa, la mañana radiante de sol. Pero aquí, cuando sobre el tapete quedaba la insignificancia de lo ocurrido con el profesor Esteban, maestro de historia universal en secundaria, la frente se negaba a estar en alto: ¡que supieran de aquella tontería! Se vio levantando la mano y preguntando, con la venia del maestro: ¿Profe, leí que la Revolución de Oct...¿ Y vino la ira inesperada de quien vivía siglos atrás en desarrollo político. Sus padres nunca supieron de la expulsión de tres días (tres mañanas de matiné), aunque sí de la baja de calificaciones aquel mes. ¿Curiosa preocupación en alguien que nació revoltoso¿, comentó la voz, los ojos tupidos de filamentos negros. ¿Era un tema del programa...¿ La voz desechó la explicación: ¿Los demás no preguntaron.¿

Pasó la lengua por los labios, deseando que le ofrecieran una taza de café o, mínimamente, un trago de agua. ¿Veo que necesita beber. ¿Un café estaría bien? Enseguida lo pedimos, pero antes dígame ¿por qué el nerviosismo? Hasta ahora ha sido una mera charla, ¿no es así? Una mera charla amable. Simplemente queremos aclarar unos puntos y podrá irse.¿ Justo lo dicho por María: te preguntarán cualquier tontería y ya. Estaba desayunando y él, de buen apetito siempre, sentía desgano; viendo esto, María quiso animarlo: No le des tantas vueltas, que no tiene importancia, pues te preguntarán ¿¿Recuerda el 14 de febrero de hace quince años?¿ Caramba, aquello es mucho irse atrás; pero casi de inmediato recordó y, peor aún, supo que lo sabían, aunque era de preguntarse ¿cómo y hasta dónde? Sin duda, a juzgar por lo escuchado, hasta donde les convenía saber, y parecía convenirles saber mucho. Para eso estaban. Volvió a pasarse la lengua por los labios: ¿Tenía yo cincuenta años...¿, dijo a modo de excusa, pero los ojos negros nada contestaron; simplemente aguardaban. ¿Sentí que no me quedaba demasiada vida por delante...¿, agregó trabajosamente, viéndose entrar en el hotel con nerviosismo, la mujer, toda tranquila y poca belleza, subiendo ya la escalera, él en tratos con el encargado, procurando no verle los ojos moviblemente negros y burlones. ¿¿Pero cómo pudo olvidar la moral que debe distinguir a nuestra patria?¿ Porque en ocasiones la angustia de morir golpea terriblemente, aunque eso no valga como explicación a ciertas personas. ¿Y ya de hacerlo, ¿para qué tanta torpeza?¿ La mujer, sin duda experta en tales situaciones, nada dijo; después de todo, así tenía un descanso; lo miró vestirse, dejar un par de billetes sobre la colcha mugrienta y desaparecer. "La conciencia tal vez", propuso. "Ah sí, la conciencia. Suele ayudarnos mucho", y tomando el interfono informó: "A lo mejor te pido un café luego, está atento", y volvió sus ojillos negros hacia el hombre: "En el resto de nuestra plática, no olvide que sabemos esto."

María. La recordó la noche anterior, los dos ya en la cama, el departamento en silencio (varios años de silencio, desde el casamiento de los hijos). Preocupada, lo tenía abrazado, la cabeza de él sobre el hombro. Sintió el miedo inexpresado (inexpresable) del marido, y le dijo que era un mero citatorio burocrático, sin mayores consecuencias; uno de esos de los que hay tantos. Y se esforzaba enormemente en creerlo, y él agradecía aquel esfuerzo. Nada significaba un momento de pesimismo tenido quince años antes, aunque ahora quisieran volverlo contra él. "No olvide que sabemos esto", había presionado. Y sí, podían lastimarla: allí estaba parte de su fuerza. Y aquellos ojillos negros esperando sin prisa ninguna, seguros de su posición. Los labios, la boca insistían en su sequedad y un hormigueo le iba del estómago a la vejiga, que empezaba a sentirse incómoda. "Pronto llegará ese café, no sufra tanto. Pero (y se afianzó adivinando el mecanismo) hablemos antes de otra cuestión, que le será fácil recordar, pues sucedió hará unas tres semanas." ¿Tres semanas? En tres semanas ocurre todo lo imaginable e incluso más. Una rápida sucesión de actividades le pasó por la mente. ¿Cuál de ellas elegirían o habían elegido? Porque cualquiera bastaba, por inocente que fuera, para la intención de aquella voz siempre tersa en su opacidad. Desde cierta perspectiva ¿no era sospechoso incluso el modo de beber una taza de café? Caray, ya está aquí el fantasma de esa taza; y la vejiga peor y por empeorar. ¿No podría pedirle anuencia para ir al baño? Pero aguarda, quizás lo interpreten como nerviosismo, y el nerviosismo como¿ ¿Qué van a preguntarte? Es la nuestra una vida sin acontecimientos. En verdad que sí, contestó él, un tanto tranquilizado, el sobre con el citatorio mirándolo desde la mesilla de noche. "Hace tres semanas, por la tarde, camino de casa, ¿qué hizo usted?"

No estando la oficina lejos, ir y volver a pie: ejercicio y ahorro al mismo tiempo, situación que siempre consideraron afortunada. ¿Qué hice? Pues regresar a casa, como es mi costumbre día tras día, desde hace años infinitos. ¿Qué hice? Detenerme ante el cine, mirar la cartelera, para ver la programación del domingo; o comprar pan en la esquina de casa; o recoger mi segundo traje de la tintorería; o saludar a un vecino encontrado por casualidad; o¿ "Píenselo bien. Coopere. Recuerde que lo sabemos." ¿Tres semanas? A ver, ¿hubo algo fuera de la rutina? Tres semanas¿ tres semanas¿ ¡Si esta vejiga me dejara pensar tranquilamente! Lo único que recuerdo es¿ ¿Claro! "La librería." Mira, tal vez puedas parar en la librería y traerme alguna novelita, pero de amor, sin complicaciones. A él le bastaba el periódico, pero ella gustaba de esas tonterías melcochosas, para los (cada vez más abundantes) momentos de insomnio. "Sí, la librería. ¿Qué hizo en ella?" Primero, la intención fue pedir ayuda a un empleado, pues quería terminar pronto y volver al refugio vespertino de la casa. Luego, decidió curiosear un poco por ahí, viendo esto y aquello, totalmente inexperto en desentrañar el significado de ciertos títulos: La cohesión semiológica en las perspectivas horizontales, Filosofía matemática (que le sonaba a contradicción), La sagrada familia (tal vez sobre la vida de Cristo), La religión dentro de los límites de la mera razón (que dejó enseguida porque tenía un tonillo ateo que no le disgustó) y hasta un libro de historia sobre el desarrollo de la familia y la propiedad. La gente escribía demasiado y sobre cosas indebidamente complicadas. Se apartó de aquella mesa y estuvo un rato con los libros de arte, cuyos precios lo escandalizaron. Finalmente, encontró lo que buscaba, y sin ayuda de nadie: un anaquel del fondo, en ediciones bastante humildes, varias novelas de nombre prometedor. Estaban allí con aire de haber sido olvidadas, y algo de polvo le quedó en las manos tras examinarlas. Un joven, al pasar hacia la caja lleno de libros, lo miró curioso, incluso burlón. "Y me decidí por una porque el autor se llamaba Pérez y Pérez. ¿Comprende usted? López López, Pérez y Pérez." El amago de familiaridad resbaló sin consecuencias por el rostro del otro. La voz fue cruda: "Debió limitarse a ese libro, un buen libro, con una lección provechosa. Pero usted¿", y tomó el interfono: "Detén un poco ese café ¿quieres? Se han complicado las cosas."

La vejiga presionaba ya mucho. Recordó la llegada a casa y el rostro tenso de María, el sobre en la mano. Alguna cuenta que olvidé, se dijo, y amenaza con acción legal. Luego, al leer el remitente, tuvo la urgencia de ir al baño. Más tarde abrieron la carta: una hoja única, con tres líneas impecablemente mecanografiadas. Aquella impecabilidad lo atacó hondo. ¿Qué tipo de mentalidad exigía esa perfección mecánica? Y recordó los escritos infinitamente más torpes de la oficina. Algo de tranquilizador había en ellos: tal vez decían que estaba permitido equivocarse, que era algo humano el poner mal una coma o tragarse un acento; que entrar en una librería y tomar un libro cualquiera "indica mucho sobre quien lo hace. Si todo hubiera sido Pérez y Pérez, no estaría aquí, sino en su casa, pese a la gravedad de ciertos hechos anteriores. Pero hojear esos libros con lentitud, detenerse a leer párrafos enteros¿ No podemos quedarnos tranquilos. Recuerde que nuestro deber es inquietarnos, pues en esa inquietud se asienta la paz de que gozamos, incluso usted, tan tempranero, tan revoltoso, tan inquisidor, tan curioso de lecturas poco aconsejables¿ Pero quizás hasta la curiosidad habríamos perdonado de no presentarse lo del lunes¿ Esto del lunes¿" Y sacudió la cabeza con falso aire de conmiseración.

Los negros ojos lo miraban ahora con dureza repentina y evidente, la mano sobre un papel lleno de renglones a pluma, precisos, como soldados en un desfile. En algún punto había perdido la relación de los hechos, y en la cabeza sólo tenía un amontonamiento de imágenes: el error de nacer temprano, el error de preguntar en clase, el error de ¿qué? De todo, el error general. Necesitaba olvidarse de aquella presión agotadora de la vejiga, necesitaba asirse de algún acontecimiento que lo situara en el tiempo, en la realidad, su realidad. El lunes, algo dijo el lunes, y al lunes se entra por el domingo, y el domingo tuvo gripe y nos quedamos en casa y le hice un consomé, que tanto le gusta, y¿ ¡ah, sí! Por alguna causa se quemó la perilla y viéndole la cara de disgusto prometí comprar otro de inmediato, el lunes mismo. Pero la estufa es vieja, y de esas perillas sólo en el centro, al que tanto me disgusta ir, y fui saliendo de la oficina y estuvo en muchas tiendas y por fin conseguí una igual¿ "¿Quiere usted decirme con todo esto que en su casa manda una mujer?" Y había en la voz un asombro genuino, un segundo asomo de que la tersa opacidad tenía variantes.

No, no es eso. ¿Mandar una mujer? Ni un hombre tampoco. Procuramos ser iguales, aunque María, en ocasiones¿ Claro, no esperaba atorarse en pobretona, y eso la ha amargado un poquito, aunque sólo un poquito. Por eso en sus cumpleaños y en Navidad le compro cosas que siempre quiso. Me dice entonces que soy un manirroto, pero con enorme satisfacción allá en el fondo, y ese gusto debajo del tono áspero me satisface. Confieso que cuando viene mi cumpleaños quisiera¿ Sí, entiendo, perdone. El lunes entonces, dice usted. Pues el lunes, saliendo de la oficina, fui al centro, a buscar la perilla. Me costó trabajo, pero al fin la encontré en una tienda chiquita. Era la última que les quedaba. No sé qué haremos la próxima vez¿ Sí, claro, de nuevo ¿verdad? Es que estoy un poco nervioso y además¿ Perdone, ¿podría ir al baño?

Los negros ojos lo miraban: "Desde luego, enseguida podrá ir usted. Pero antes volvamos al lunes, terminemos con este asunto ya un poco engorroso. ¿Qué hizo al salir de la tienda?" Dudé si tomar un camión hasta la parada del mío. Aunque estaba retirada, decidí ir caminando, para ahorrarme el pasaje. Como en media hora llegué a la parada y vine¿ quiero decir, fui a casa. "Eso fue casi exacto. Volvamos sobre los hechos, y cuénteme los detalles. Todos." ¿Los detalles? Estaba muy cansado, y en verdad que me costó trabajo decidirme a caminar. En un momento me urgió sentarme un ratito, para agarrar fuerzas, pero allí en el centro ¿dónde? Y ni modo de entrar en un café; para eso, mejor el autobús. De vez en cuando me paraba en alguna tienda, no a ver las cosas, sino a darme un tiempecito en reponerme. Y así llegué a la parada. "No sé por qué insiste usted en callarse los detalles que nos interesan. Vuelva sobre sus pasos y píenselo todo bien." ¿Todo? En una tienda de discos vi el que María menciona casi a diario, pero ¿compararlo? ¡Imagínese! Encima del disco estaba el póster de un cantante. Demasiado provocativo, si me permite usted decirlo. ¿Necesitan desnudarse tanto para cantar? "En algún momento atenderemos a eso, que también a nosotros nos inquieta mucho; sin embargo, quiero los detalles completos, entiéndalo de una vez."

Si esto no acaba pronto, ¿aguantaré? A ver, los detalles completos: una jovencita en vaqueros buscaba un disco en especial; mientras lo buscaba, seguía con¿ la cintura la música. En la esquina me detuve en un puesto de periódicos. Las últimas noticias informaban que sigue la huelga esa de trabajadores. No entiendo bien qué pelean. "Tonterías. Ya caerán por aquí algunos de ellos, no se preocupe. Siga, que va llegando adonde queremos." Finalmente. Quizás pronto pueda ir al baño. Luego, las revistas. Es envidiable la facilidad con que la gente compra revistas, de todo tipo, aunque mayormente¿ Los detalles, sí. Bueno, estuve viendo trabajar una bomba de agua. Tomaba el agua de una tina y luego allí mismo la¿ Sí, sí, perdone¿ Pues nada ya, la parada. Ah sí, un joven me pidió un cerillo.

"Así que un joven le pidió un cerillo. Interesante. ¿Qué le dijo usted?" La verdad, que no fumo. Y luego la parada. "Detengámonos aquí un momento. Un cerillo nada más, dice usted. ¿Está seguro? Píenselo bien porque es importante¿. No sé qué busca. ¿Habré de inventarle algo acaso, para que ya me deje en paz? Pues mire, estoy seguro. Me preguntó "¿no tendría usted un cerillo?", y le contesté "no fumo" y eso fue todo. "Vamos a reproducir la escena. Yo soy el joven. Esperemos el minuto cerrado¿ Ahora¿ ¿No tendría usted un cerillo?¿ Veamos¿ No pasa de seis segundos incluyendo la respuesta, pongamos siete, ¿está de acuerdo? Bien. Pero resulta que hablaron más de un minuto y ¿entonces?" Hay días en que todo el cansancio de la vida se nos viene encima, y aquel lunes era de esos. "No veo la relación." Tenía yo una cara de agotado terrible, y el joven me lo comentó. "¿Qué se le viera muy cansado?¿ Sí. ¿¿Le ocurre algo?¿, me preguntó. Nada, vengo de trabajar y estoy sin ánimos. "¿Quiere hacerme creer que habló de eso con un desconocido?" Claro, ¿por qué no? "Son cosas que yo considero un tanto íntimas, si acaso para los amigos cercanos. Usted me está tomando el pelo, y eso definitivamente no me gusta." Espere, yo le aseguro. "No. Espere usted y mire esta foto, mírela con mucho cuidado." ¿Quién será? Parece recordarme a alguien, pero estas fotos de policía¿ Ah, caray, si parece¿ "Veo que lo reconoce. Bien, muy bien. Ahora dígame dónde lo conoció." ¿Cómo donde? Pues el lunes. "Seamos serios, amigo, en una cosa tan seria. ¿Dónde lo conoció?" Pues el lunes cuando. "Le he venido probando que lo sabemos todo, ¿para qué enredarse aún más en este problema? Díganos la verdad." Pues es que lo conocí el lunes, y aquello no fue ni siquiera conocer, nada más me pidió un cerillo y le contesté. "Sí, sí, ya lo sé, ya me lo dijo antes. No estoy recibiendo lo que quiero, y eso siempre me pone de muy mal humos. ¿Por qué no prueba otra vez?" Oh, Dios, esta vejiga, no voy a soportarlo. Y no me creen nada. ¿Cómo convencerlos de que estoy diciendo la verdad? Es que no lo conozco, porque el lunes venía yo de la tienda. "Todos ustedes son iguales, todos. Luego se habla de nuestra intransigencia, pero ¿quién la provoca? Con lo fácil que sería la verdad". Ay, madre de Dios mi¿ Escuche, señor, le juro que venía yo. "Sí, sí, ya lo sé, de la tienda, caminando inocentemente, porque todos ustedes caminan inocentemente, y este provocador, hace poco salido de la cárcel ―equivocadamente, en mi opinión― le pide un cerillo, y en pedírselo tarda mucho más de un minuto, y la conversación fue bastante animada para tratarse de un cerillo. Vamos, amigo, por favor, considérelo."

Pero es como darse contra un muro. ¿Qué culpa tengo de que me pidieran un cerillo, de que me preguntaran sobre mi cansancio? Yo no puse a este hombre allí, yo no le hice conversación, yo jamás antes lo había visto, y es necesario creerme, muy necesario, imprescindible, oh, quiero irme a casa. "Y se irá. Muchos, algunos, vuelven a casa. Es cuestión de amabilidad con nosotros." Pero he sido amable. "No lo suficiente. Se empeña usted en lo del cerillo, decisión lamentable, muy lamentable." Pero es que así ocurrió. ¿De qué iba a hablar con él? "Eso es lo que nos interesa." Oh, y María esperándome. "Sabe dónde está usted, sabe que nunca tenemos prisa." Pero ¿por qué interpretar así un simple incidente? Eso es lo que no comprendo.

El hombre extrajo de un cajón del escritorio un fólder "¿Incidente, dice usted?", y en escribió con su letra implacable Jesús Benito López López. "Por sí solo, cabría la posibilidad", y trazó una línea gruesa bajo el nombre, "pero unido a los demás incidentes, como los llama usted", y luego, en la parte inferior derecha agregó Sección Especial, "componen un cuadro que nos inquieta". Puso dentro del fólder, sumamente atento a la igualdad de los bordes las dos hojas plenas de anotaciones. "Le dije antes que nuestro deber es inquietarnos; bueno, pues ya estamos inquietos."

Oh, Dios. "Pero voy a mostrarme un tanto débil con usted, tal vez porque lo siento redimible. Voy a permitirle que reconsidere nuestra plática." ¿Puedo irme entonces? "¿Irse? ¿Quién habló de irse? Eso nos inquietaría todavía más. No, irse no." ¿Y entonces? "Estará aquí, con nosotros, dos o tres días, en una habitación sencilla, pero agradable comparada con otras que tenemos. En fin, dos o tres días, pensando en nuestra plática." María se¿ "No, ¿por qué habría de inquietarse, sabiendo dónde vino? Y si pregunta, le informaremos, no se preocupe. No nos está negada la cortesía, como lo prueba nuestra conversación." ¿Pero dos días para¿? "Para que haga esfuerzos de memoria. Dentro de un par, de tres días mi secretario llegará de visita. Basta con que le diga recuerdo." Pero si¿ "Entonces, muy infortunadamente, el caso pasará a otro departamento." 

El hombre tomó el interfono: "Ya puedes venir por él."

Octubre de 1984*

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MULTIMEDIA:

OBRA DE FEDERICO PATÁN (CNL-INBA)

Estados Unidos en sus ensayos literarios (ensayos. Google Books)

"Federico Patán, ensayista", por Daniel Orizaga Doguim (ensayo. Literatura. UNAM)

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Fuente: * Del libro En esta casa. México, Fondo de Cultura Económica, 1987.

 

 

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