Sitios

Literatura en México

compartir en facebook  compartir en twitter

Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Angelina Muñiz-Huberman Las confidentes


Angelina Muñiz-Huberman
Foto: cnipl. INBA
Sentadas cómodamente sobre la cama, rodeadas de almohadones que ellas mismas habían bordado, las confidentes enhebran historias.

Milenarias.

La Historia 1 contiene, entre otras obsesiones, los recuerdos de un viaje por mar, las entrefronteras de madre e hija, la bien fundada infancia, y algunos problemas del cuerpo humano. Por eso se llama:

Los brazos necesitan almohadas

"Todo empezó cuando no sabía cómo colocar los brazos al dormir. Me despertaba a las cuatro de la madrugada. Pero eso había ocurrido toda mi vida. Así que lo inquietante no era el hecho de despertarme a las cuatro de la madrugada. No.

Los pensamientos se me agolpaban: como si no hubiera descansado en el sueño anterior. Pero tampoco eso era lo inusitado. La duermevela es siempre confusa.

Origen de las ideas más extrañas que puedan ser concebidas. Ya estaba acostumbrada al desorden y al deshilván: al recuerdo del suceso bochornoso del día pasado: a la palabra que me afrentó: a la actitud que me ridiculizó. 

También al ritmo establecido de frases: por ejemplo: la propaganda de productos comerciales (¿Una historia muy bonita les diré/ de un tomate que se convirtió en puré'), que tornan y retornan: o, tal vez, un estribillo de una antigua canción (¿¡Ay, amor! Si la nieve resbala, ¿qué haré yo?'), sin poder recordar lo que sigue después. Y sobre esto: insistir e insistir. Luego: iniciar una discusión: fluida: perfecta: límpida: sobre la caída del imperio romano.

En fin: entretenerme en obsesiones somnolientas y en ojos que no se cierran.

Pero eso era todo. El cuerpo, por lo menos, no se portaba tan mal: sí daba vueltas y buscaba su acomodo y el frescor de las sábanas hacia donde no había presionado su peso y su calor. Pero eso era todo. No formaba parte del proceso rotativo de la mente en caos. Lo notaba un poco torpe y que se tropezaban unas partes con otras: una pierna en un doblez desusado o una mano aplastada por un muslo: las pestañas clavadas en un antebrazo o un cabello rozando los labios y, de pronto, hormigueando en la lengua. Pero eso era todo. No molestaba. No estorbaba. Acompañaba a la mente alterada.

Todo iba bien. Hasta la madrugada en que recordé una frase de mi madre: ¿No sé qué hacer con los brazos al dormir'. Era una frase que había oído en la infancia y que me había parecido absurda y con cierto tinte de llamar la atención. No es posible: los brazos no estorban: se acomodan muy bien: uno bajo la almohada: el otro cae por su propio peso en forma relajada, suave. (Como duermen las hadas.) Los brazos no estorban: ideas de mi madre de ser diferente de los demás. Pensé entonces. Y seguí durmiendo tranquilamente.

Hasta otra noche en que empezó a pasarme a mí: yo, que no quería parecerme a mi madre. Poco a poco: no ocurrió la primera madrugada: ni la segunda: ni la tercera. Tampoco fue de manera total: no: no. Al principio fue la frase recordada que, como las otras que se me repetían monótonamente, pasaría después al olvido. Eso creía. Lo malo es que los brazos empezaban a molestarme. A molestarme intensamente. A no saber qué hacer con ellos: cómo colocarlos: cómo doblarlos: si dejarlos arriba de las sábanas o debajo de ellas. Y entonces fue el cambio: pasó de ser una obsesión mental a convertirse en una obsesión corporal: ¿qué hacer con un sistema de músculos, nervios y huesos que se ha vuelto confuso y no encuentra el orden: cuando el pensamiento no importa y la piel y la forma reclaman su presencia urgente: cuando lo que hay que resolver es cómo colocar los brazos al dormir?

Al no encontrar la respuesta daba vueltas y revueltas en la cama: y empezaba a desesperarme.

Recordaba: el tiempo ha pasado: regresan las frases de la infancia. Los sucesos. Recobro las imágenes del viaje. Del gran viaje de la infancia. Del gran viaje de la infancia que fue cruzar el océano Atlántico. Las aventuras habían empezado temprano para mí. Primero la huida, la desbandada de la guerra civil española: la pérdida, que habría de ser para siempre, de la tierra propia. Y, de pronto, encontrarme en medio del mar. Mar por todos los costados del enorme barco. Olvidar que el barco es barco y pensar, en cambio, que es una casa muy grande. De la cual no se puede salir: más que de un cuarto a otro: de un salón a otro. Curioso: el barco lo recuerdo desierto: solamente yo estaba en el barco. ¿Dónde habían ido a parar los demás? ¿No había pasajeros? ¿No había tripulación? No: yo y nadie más. Y, ¿cómo la comida estaba lista a sus horas? Y, ¿cómo la cama estaba hecha con las sábanas estiradas y la colcha impecable?

Para mí era un barco fantasma: donde todo estaba resuelto sin la presencia de seres humanos. Y yo me divertía: el funcionamiento prodigioso de lo invisible.

Cuando, años después, mi madre me contaba la presencia de la gente y sus nombres y el capitán y los oficiales, no le creía: imposible: su imaginación le había hecho ver a esas personas. Como a ella no le gustaba la soledad, las inventó. La verdad es que no había nadie en el barco: ni siquiera mis padres.

El mar era la más abierta de las fronteras: con el cielo y con una profundidad insondables. Entre dos misterios: el barco. El balanceo era suave. El viento cosquilleaba. La perfección absoluta. Lo de la tormenta que contaba mi madre, tampoco lo creo. Si el viaje fue idílico: nadie vio el mástil dar vueltas en redondo y provocar el mareo y el vómito. No: a nadie le pasó eso. De nuevo: exageraciones de mi madre. Sólo contaba el mar: el espléndido mar de plata: espejo que reflejaba el sol estático y que dolía en los ojos: y que cegaba.

El mar, que parecía una pista de hielo, si no fuera por leves ondulaciones, había sido mi primer recuerdo de vida. Una gran casa flotante que no parece moverse, pero que se dirige hacia algún lugar. Con la idea de que todo está resuelto: todo planeado: todo previsto. Por lo que no queda más remedio que pensar y pensar. Lo más divertido que puede pasarle a una niña es ponerse a pensar. Descubrir que si no se habla, nadie, absolutamente nadie, puede saber lo que una piensa por dentro. Es decir, que por dentro es la posesión íntegra del secreto. Que cualquier cosa puede ocurrir por dentro: y nadie se enterará.

Que aun estando rodeada por toda la gente que una pueda imaginar y que estén al lado, casi rozándola, casi pisándola, sintiendo su respiración, su olor, no puedan, ni tan sólo uno de ellos, saber lo que la niña piensa. Esta es una de las grandes maravillas de la vida. Es más, hoy creo que ésa es la prueba de que vale la pena vivir la vida: el secreto inviolable. (Si no fuera por los brazos al dormir.)

Y bien: de la aventura del pensar en el mar, me sumergí en otra aventura: la aventura de vivir en una isla sola. Porque después del viaje por mar, el barco atracó en una isla del Caribe. Y según recuerdo, nada más yo vivía en ella. A veces estaban mis padres: pero la mayor parte del tiempo yo estaba sola.

La isla fue igual de maravillosa que el barco: ésta sí era una enorme extensión de tierra y nunca vi el mar: debí vivir en el centro exacto de la isla. De nuevo, lo que preocupa a los adultos no era mi preocupación. Durante los años que viví en la isla comí dos veces. Una vez, una naranja, de la cual me tragué una semilla y estaba segura que iba a morirme. Mi madre me convenció que no moriría y, en efecto, no me ocurrió. La otra vez, fue la mejor comida que haya comido en toda mi vida: un atardecer en el balcón de madera, con un plato hondo frente a mí, lleno de frijoles con arroz. En tres años tuve suficiente con dos comidas.

Solamente recuerdo haberme bañado una vez. Un anochecer: antes de ir a dormir.

Cuando hacía mucho calor: tanto calor que las ventanas del cuarto de baño estaban abiertas de par en par: y lo mismo la puerta: para que corriese un poco el aire. Podía ver las plantas del exuberante jardín y aún más lejos la maleza del campo y los árboles del monte. Alguna estrella: tal vez Venus: y cierta vaga aureola de la luna. Yo estaba en una inmensa tina llena de agua y me sentía muy contenta. A mi lado, en una mesilla, la luz de un quinqué creaba formas en el alto techo. Hasta que ocurrió un suceso pavoroso: por la ventana abierta penetraron velocísimas dos o tres mariposas negras, tan grandes como cuervos, que revolotearon sobre mi cabeza y rozaron mis mejillas. Ni siquiera pude gritar y nadie estaba a mi lado: prueba de que yo vivía sola en la isla, como Robinson. Por lo que nunca más recuerdo haberme bañado.

Doy más vueltas en la cama y los brazos no encuentran su acomodo. Se me representan otras imágenes: las de otro viaje: esta vez en avión. Mi primer viaje en avión. Ahora rumbo al continente: primero a Mérida, Yucatán: luego a la ciudad de México. Llegar a Mérida fue entrar en un libro extraño: las imágenes ya eran conocidas: esos hombres vestidos de blanco, con pantalones cortos y sombreros de cazador africano, ¿qué hacían en el aeropuerto de Mérida? Eran imágenes que provenían de libros que yo había hojeado pero que no esperaba encontrar en aquel momento: ¿y si nos hubiéramos equivocado de país?, ¿y si mis padres tomaron el avión errado? Los cazadores actuaban de manera normal: todo estaba en orden y no había de qué extrañarse. Papeles, pasaportes, boletos, sellos eran los correctos. ¿Y si de Mérida me hubiera ido a la selva?

Pensamientos como ésos son los que impiden acomodar bien los brazos al dormir.

Empiezo a creer que la confusión interna es la que me desordena la posición de los brazos. Los noto largos, muy largos: como si llegaran al suelo. Y pesados, muy pesados: como de cien kilos cada uno. Lentos: insensibles: ajenos. ¿De quién son estos brazos? Mejor dicho: ¿qué son estos brazos? Extremidades superiores movibles: doblables. Con articulaciones. Con dedos. Con falanges.

Con uñas en las puntas. Extraños instrumentos.

Pues bien, sí. De Mérida me podría haber ido a la selva. Sería una especie de Tarzán. Una Tarzana. Columpiándome en las ramas de los árboles. Saltando de liana en liana. 

Pero, volviendo a los métodos de conciliación del sueño, podría utilizar el antiguo de contar ovejas. La monotonía me haría dormir y me olvidaría de los brazos. Lo malo es que me aburre contar ovejas y no me da sueño. Los brazos son obsesivos. No hay peor obsesión que la de los brazos. Y no lo entiendo. Porque de niña me llevaba bien con mis brazos. Me gustaban. Me ayudaban. Me servían.

Solían ser muy prácticos. De piel suave: con un ligero vello: algunos lunares bien colocados. Hombro, codo y muñeca en funcionamiento perfecto. Y tan dóciles para dormir. ¿Qué me pasaba ahora? Como si mis brazos no fueran mis brazos: sino unos pedazos de madera. 

Tiesos. Molestos. De pino. 

Si no quería parecerme a mi madre y fue ella la que me habló de la imposibilidad de dormir con los brazos puestos, ¿por qué me ocurre esto precisamente ahora, cuando ya creía haberlo olvidado? ¿Un pago con retraso? ¿Una promesa que debe ser cumplida? Simple y sencillamente debo olvidar. 

Olvidar las enseñanzas recibidas. A ver si los brazos se me acomodan de nuevo. 

Al dar vueltas y revueltas en la cama, los brazos sólo me sirven como punto de apoyo. Como punto de referencia también. Me indican en qué posición me encuentro. Sigo sin saber cómo colocarlos. Ni qué hacer con ellos. Porque no puedo desatornillarlos y ponerlos a un lado. Carecen de tornillos.

Me pongo a pensar por qué no quiero parecerme a mis padres. Casi todos los hijos están orgullosos de sus padres. Desde niña me avergonzaba de ellos. Lo que no entiendo es por qué. A primera vista no lucían tan mal. Es más, lucían muy bien. Buena presencia. Elegantes. Bien hablados. Bien educados. 

Comportamiento normal. ¿Cuál era la falla? Pues que, cada cosa que decían, era lo contrario de lo que yo hubiera querido oír. Me daba la impresión de que no empleaban el lenguaje adecuado. Había algo entre lo que ellos decían y el mundo que los rodeaba que no encajaba: que era incomprensible para uno y para otro.

Ellos no se daban cuenta que provocaban una conmoción, hasta el grado de que lo que ellos decían podía ser lo opuesto para los oídos que lo escuchaban. Sus palabras sonaban como las que pronunciaban las otras personas, pero significaban otra cosa. Es indudable que el aparente mismo lenguaje de España y México no lo es. Por lo que los malentendidos eran indescriptibles. Y eso me avergonzaba. Tanto que no me atreví nunca a explicarles esta situación. Por ejemplo, ellos siempre ignoraron que chino no es un habitante de China, como se cree en España, sino una persona con pelo rizado, como se sabe en México. Lo que ocasionó más de una equivocación y largas discusiones en las que mis padres, a pesar de su pelo rizado, insistían en no ser chinos. 

Vuelvo a repetir esas escenas ocurridas en la infancia y el sueño sigue sin venirme. Los brazos. Los ponderosos brazos. ¿Por qué mi madre me dijo esa frase? ¿Qué hacer con los brazos al dormir? 

Pues nada. Lo acabo de descubrir. Lo que pasa es que los brazos necesitan una almohada. No solamente la cabeza necesita almohada: ese privilegio para las partes pensantes. También la parte cargante necesita su apoyo. Una pequeña almohada de plumas de ganso, con una bonita funda, blanca y con puntilla, para cada brazo. Sí. Indudablemente: los brazos necesitan almohadas.¿

Termina de narrar la confidente.*

* * *

MULTIMEDIA:

OBRA DE ANGELINA MUÑIZ-HUBERMAN (CNL-INBA)

La burladora de Toledo, novela, en voz de la autora (UNAM)

The Merchant of Tudela (novela. Google Books)

* * *
 
 
Fuente: * Del libro Las confidentes. México, Tusquets Editores, 1997.

 

 

Redes sociales