Sitios

Literatura en México

compartir en facebook  compartir en twitter

Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Silvia Molina Recomenzar


Silvia Molina
Foto: sogem
A Saúl Juárez

Una mañana desperté con la pregunta en los labios; le dije a mi esposo quitándole las cobijas:

¿Santiago. Santiago, despierta. ¿Estás contento con lo que eres?

Jaló los cobertores y se volteó del otro lado.

¿Nada más dime si estás contento con tu vida; así, pues, con lo que eres.

¿¡Qué manera de despertarlo a uno!¿ protestó.

¿Quiero saber si te gusta ser auxiliar de contador. ¿Nunca has pensado que tú mismo puedes ser el contador de la agencia? ¿Nunca pensaste en ser otra cosa? ¿En ser diferente?

En eso sonó la campana de Santa Rita llamando a misa de seis. Jamás tuvimos que comprar despertador, sabe. Santiago se levantó a bañar dejando mis preguntas en el aire. Pero lo seguí hasta el baño y sentada en el escusado le solté lo que traía adentro:

¿Pues yo, no, Santiago; no estoy contenta conmigo misma. Ahora que he estado enferma y que tengo la incapacidad me he dado cuenta de que no me gusta ni siquiera mi trabajo: siempre enseñándole a los niños las mismas cosas, las fechas ¿importantes¿ de la historia de México, el Artículo 123, la localización de los estados... aguantando el genio de la directora de la escuela, sobrellevando las envidias y los chismes de las otras maestras. Sabes, no pienso volver a dar clases. Soñé que no me quería morir sin haber hecho algo que de verdad me guste.

Lo único que se le ocurrió a mi esposo fue decirme que si me sentía bien. Luego agregó:

¿Estás pálida, ve a descansar.

¿No se trata de descansar. Quiero cambiar; ser otra; la que siempre quise y no pude.

Sacó la cabeza de la regadera y me miró allí, sentada, poquita cosa. Tal vez sorprendido de mi queja.

¿¿Por ejemplo?

¿Por ejemplo¿ le respondí ¿soy maestra porque era la carrera más corta con la que podía ayudar a mi mamá; pero ahora acepto que nunca me gustó. Ni siquiera ayudarla porque el sueldo íntegro iba a parar a las manos del que después fue mi padrastro. Yo quería ser bióloga, asomarme por un microscopio y descubrir bacterias moviéndose, microbios teñidos de sustancias azules, amarillas o verdes; hacer dibujos de amibas como en la primaria, de células... ver cuántas formas diferentes pueden alcanzar. Pero ella me decía: ¿esa carrera es para las muchachas audaces, que tienen posibilidades y mejores estudios¿. Siempre me menospreció. Y sin embargo, ahora que he ido a tanto análisis me he dado cuenta de que envidio a las señoritas que se pasan las horas frente a frascos, goteros y tubitos, mirando seres extraños que palpitan y se retuercen cuando les echan no sé qué. Te lo digo porque una vez me dejaron mirar, ya tanto que me conocen. ¿No crees que yo misma podría estar en el lugar de cualquiera de ellas con mi bata blanca y mi tapabocas?

¿Cogiendo la caca de los demás¿ me dijo insolente.

Y se lo dije, que era un insolente. Y también que ya no estaba dispuesta a seguir aguantándome con mi costumbre de no protestar, de no hablar cuando quería, incluso de no exigir que se me oyera, de no tomar mis propias decisiones. Que ya no me iba a aguantar llevando una vida gris, encerrada en el nombre que me dieron junto con una manera de ser.

¿Soy así¿ le aseguré, ¿porque así me impusieron.

¿¿Cómo eres?¿ me preguntó haciendo cara de ver un alacrán.

¿Así, ¿no me conoces?

¿¿Así cómo?

Pues así, siempre pensando que la vida es ésta que llevo, que me enseñaron. Sin haber sospechado que había otras cosas, que yo pudiera cambiar. Quería tener un hijo porque así aprendí que tenía que ser, porque como todas mis amigas esperaba el día de comprar una cunita, de tejer chambras, de bordar baberos.

Cuando me dijeron que me iban a vaciar tuve un miedo horrible; ¿cómo decirte? Como si fuera a ser mujer a medias. Y me sentí culpable de no poder darte esa niña que querías siempre que hacíamos el amor.

Mi esposo comenzó a rasurarse de prisa, ignorando mis palabras.

¿Te estoy hablando, Santiago, hazme caso¿ le dije.

¿Sabe qué me contestó? Que había hablado con su mamá, que venía de Coatepec a estarse unos días con nosotros, que le había dicho que yo no estaba bien, que necesitaba ayuda en la casa, alguien que me hiciera compañía si volvían a operarme.

¿Eso es precisamente lo que no quiero, Santiago. No estoy dispuesta a que venga tu mamá y me diga cómo se hace la sopa de garbanzo, cómo debo lavar el cuello de tus camisas. Eso es lo que trato de decirte; ya no estoy dispuesta a soportar las comidas familiares, a verle la cara al sinvergüenza de tu hermano que siempre tiene un pretexto para reducir tu quincena. Si viene tu mamá la corro.

Mi esposo salió del baño azotando la puerta. Y, ¿sabe qué? Pues no lloré. Otro día lo hubiera hecho. Muchas veces cuando nos peleamos lo hice. Y además, siempre me reclamaba:

¿¿No sabes hacer otra cosa?

Esa mañana me di cuenta de que sí: intentar, al menos, cambiar mi vida.

***

Conocí a mi esposo el día que fue a la escuela a hacer una solicitud. Por casualidad le tomé los datos. La secretaria de la directora no había ido a trabajar ese día y me quedé en la dirección a echar una manita. Cuando llegué a su filiación iba mirándolo y repetía en voz alta:

¿Pelo negro, chino. Ojos negros, grandes. Nariz larga. Labios delgados. Complexión robusta. ¿Estatura?¿ le pregunté.

¿Uno setenta y ocho.

¿¿Edad?

¿26 años.

¿¿Señas particulares?

¿Tengo un lunar aquí¿ me respondió señalando su nalga derecha.

Me puse roja y sonreí.

¿Así se ve más bonita¿ me dijo.

¿Venga el lunes¿ terminé.

Fue el lunes pero a decirme que ya se había colocado en una agencia de viajes y sin necesidad de tantas señas para una escuelita que ni siquiera estaba incorporada a la Secretaría de Educación. Y a decirme que había ido por mí para invitarme a comer.

En la fonda me pidió que fuera buscando dónde íbamos a vivir porque en diciembre, con la gratificación de los dos, nos casaríamos. Le respondí que estaba loco, y ya ve...

Siempre fue muy alegre y muy educado y no tenía ningún vicio y no era apático.

A mi mamá le arreglaba la plancha y el radio y la televisión. Ponía un clavo aquí, una chapa allá; desarmaba el reloj, cambiaba el tanque de gas y veía qué le pasaba al boiler.

Nos casamos en enero y en la agencia le regalaron un viaje a Taxco y Acapulco.

En realidad yo no me daba muy bien cuenta de que me iba a casar; creo que nunca pensé ¿me voy a casar¿; tal vez seguía un poco enamorada del profesor de gimnasia. En cambio mi mamá siempre andaba con sus comentarios:

¿Encontré esta olla express ahora que fui a La Lagunilla. Es para tu casa.

Así me fue llenando de cosas para la casa: unas sábanas, un mantel, dos cobertores, una Vasconia, una loza del Ánfora... Todo con mi sueldo, por supuesto, con el que yo seguía entregándole quincena a quincena.

Antes no me hubiera atrevido a pensar que era una especie de estorbo para mi mamá. Mientras mi papá vivía con nosotras fue diferente; todos decían que éramos muy unidos. Yo sólo sentía esa unión, ese pertenecer a una familia, cuando íbamos a Cuitzeo. El abuelo y el Tatita echaban la casa por la ventana. Eran pescadores, sabe.

Mi Tatita, mi bisabuelo, pues, me enfatizaba todo el tiempo que como no me podía enseñar a lanzar la red al agua, tenía que aprender a tocar la guitarra. En algunas fiestas me hacía cantar; ensayábamos un buen rato por las tardes, cuando regresaba del lago. Él me hacía la segunda voz, y yo lo sentía tan orgulloso...

Después odié ir a Cuitzeo porque fue allí donde mi papá conoció a la otra. Nunca le dimos un nombre, era la otra. También aprendí a no nombrarla. Así me enseñaron.

Ve: las cosas me sucedían; y yo, hasta entonces, siempre las acepté.

Sé que uno no cambia de la noche a la mañana. Es más, que uno cambia pero los otros no entienden el cambio, y todo se vuelve más difícil y más complicado. Por ejemplo, mi mamá. Adivine qué me dijo ella cuando subió al cuarto después de la primera operación. Que debía darle las gracias a Dios porque los hijos eran una lata. Quisiera poder decirle cuánto daño me ha hecho, pero creo que no sólo no tengo valor sino que en el fondo deseo un gesto suyo de cariño; aunque sea uno. Después mi mamá me habló de su cansancio, de su tedio, de aquel corte que acababa de comprar y llevaría a su comadre para que le hiciera un vestido.

Cuando mi esposo entró en el cuarto fue otra cosa: más como un abismo, como una oscuridad, como un cristal que estallaba en mil pedazos. Primero se quedó de pie, allí, viéndome, como si no supiera qué decir. Luego se acercó y me dio un beso en la frente.

¿Tal vez podamos adoptar un niño, ¿no te parece?

¿Tal vez, no habría sido lo único que hubiera podido darte¿ alcancé a pronunciar antes de que me rodaran las lágrimas.

Luego me contó que le iban a dar unos días en la agencia con goce de sueldo y unos boletos de avión para que fuéramos a Veracruz, al mar.

Escuchándolo tenía la seguridad de que él estaba más desesperado que yo por mi cáncer, por mi esterilidad, por una rebeldía que empezaba a nacerme de la idea de que llevaba una manera de ser que yo no había elegido. Como si aquella lucecita que vi al abrir los ojos después de la operación en la sala de terapia se me hubiera metido dentro diciéndome que podría cambiar, que habría otras cosas más importantes que la maternidad. Tendría que empezar a buscar, a cambiar. El problema era que si yo dejaba de ser la que no quería ser, mi esposo debería de dejar ciertas cosas que no aceptaba que estuvieran mal.

No era su carácter lo que deseaba que fuera diferente, creo que ya le dije que era muy alegre y bueno, que era muy responsable para las cosas de la casa y que era muy ordenado en todo. Me hubiera gustado, por ejemplo, que apartara a su familia de él. Constantemente venía su mamá de Coatepec; se instalaba en nuestro departamento uno o dos meses. Y hasta eso, no es que fuera insoportable. Simplemente su presencia significaba que todo dejaba de ser como a mí me gustaba: ya no podíamos andar en cueros, movernos con libertad, decidir a dónde íbamos o qué hacíamos. Si uno quería ver la televisión, había de contentarse con lo que la señora estaba mirando. Yo me cansaba de sonreír, de comprar las mejores ciruelas o mangos o manzanas para el postre. Y la señora por ¿agradar¿, ordenaba la despensa y el ropero. Y uno ya no sabía dónde estaba la sal ni dónde habían quedado las toallas. O uno iba a darle de comer a los gorriones y ya no estaba donde siempre porque ¿en esta esquina da menos sol¿, y uno explicaba que allí caía el desagüe de la terraza de arriba.

Cuando salí del hospital, cambiar se volvió mi obsesión. Santiago me hostilizaba:

¿¡Qué necedad! ¡Nunca vas a dejar de ser María López!

Ese es mi nombre. El que me pusieron al nacer, pues: María López. Nada tiene de especial y sin embargo, cómo me queda ya chico, cómo siento que no contiene esa fuerza, que quiero romperlo, hacerlo estallar hasta ver las vocales por un lado y las consonantes por otro. Pero sueño, sabe, que las letras se vuelven a juntar y a ese María López le dan un significado nuevo, un María único, diferente; un López con una ¿O¿ larga y prolongada, que acompaña a una María distinta, renovada.

Mi convalecencia fue como si yo misma me hubiera puesto en un cable tenso que pendía de dos postes en un circo, como si yo misma me hubiera dicho que estar en el aire, a esa altura, era cosa de niños. Era estar de puntillas en aquella cuerda, muerta de miedo porque no sabía lo más importante: cómo caminar.

Fue, de alguna manera, empezar como cuando mi padre nos abandonó. Un día dijo que iba a Cuitzeo y nunca lo volvimos a ver. A los dos meses, mi mamá le regaló al plomero su ropa: su único traje, sus zapatos de salir, su corbata azul marino y el sombrero de fieltro que usaba para ir a trabajar.

Quise impedirlo:

¿A lo mejor se enfermó y por eso no viene. ¿Qué le vamos a decir de sus cosas?

¿¿Crees que va a regresar? Ha de estar con la otra. Nada le interesa de esta casa.

¿Nada le interesa de esta casa¿ era el eco en mis sueños. Hasta la fecha no lo he perdonado; y no es por el odio que le tomó la familia de mi mamá. De veras, tenía el derecho de buscar una mujer que lo entendiera, que supiera comprender su sencillez; no era un hombre de ciudad; era un pescador que no se adaptaba a trabajar en la Secretaría de Comercio como Jefe de Servicios. Tenía derecho a volver a su lago, a desear una cama que lo esperara impaciente. Mi padre tenía derecho a todo, menos a olvidar que allí estaba yo, paseando insegura de un lado a otro del departamento, esperándolo, tratando de darle forma a un futuro sin él.

En ese tiempo vivíamos en Tacubaya, en la Avenida Jalisco, justo enfrente del edificio aquel del Calzado Canadá. Por las noches, las luces del anuncio Canadá, azules, amarillas y rojas, se prendían y se apagaban también en nuestro departamento. Cuando el edificio se iluminaba, parecía que mi recámara adquiría una dimensión acogedora; lo sentía más amplio, más calientito.

Mi papá se había dado la tarea de entrar a la madrugada en mi cuarto a cerrar las cortinas y a acomodarme el cobertor. Luego me daba unas palmaditas en la espalda o apoyaba la mano en mi frente o me acariciaba el pelo mientras me besaba. Muchas veces adiviné entre sueños su presencia o conté sus pasos: de la ventana a mi cama, de mi cama a la puerta. Era un buen caminante. Los sábados, por ejemplo, íbamos a pie al Mercado de Mixcoac, por el solo gusto de pasear. Me enseñaba todo:

¿Mira, María, el reloj de la Delegación, es de 1895; ¿alcanzas a ver?

Una vez me llevó hasta la Iglesia del Carmen, allá en San Ángel, para que viera las momias. Me cargó todo el regreso en sus hombros, me iba agarrando de su pelo grueso. Constantemente interrumpía nuestra conversación para saludar a sus conocidos: el de la tlapalería, el de la papelería, el carnicero, la viejita de la mercería... vivía un poco en Tacubaya como si fuera su pueblo. Y quién lo dijera, siempre se mostraba orgulloso de mí. Y me traía lápices de la oficina, llaveritos con el retrato del candidato López Mateos, libretitas...

Una vez vino el abuelo para llevarme a Cuitzeo; yo tenía ya diecisiete años. No quise ir, ¿para qué? Pensé que mi papá me iba a rechazar otra vez. Hubiera venido él mismo a buscarme, ¿no cree? Nunca lo volvía ver. Ni siquiera sabe que me casé, que... También me imagino que no le importa, tiene cerca de sus otras hijas.

***

Me parece que el choque más terrible lo tuve después del resultado de los estudios médicos en el Hospital 20 de Noviembre; justo el día que nos dijeron a mi esposo y a mí que necesitaría un tratamiento de quimioterapia. Y no por lo que eso significaba; después de todo, nos hablaron tanto de sus desventajas como de sus ventajas.

En realidad fue porque esa noche Santiago llegó borracho y, como un volcán, hizo erupción, escupía uno tras otro sus resentimientos, me hería sin piedad, se hería sin poder evitarlo.

Santiago tomaba nada más en las reuniones; era bueno para aguantar ocho o diez cubas libres sin convertirse en ¿el payasito de la fiesta¿ como decía el comercial de la televisión. Sólo se ponía muy alegre, pero no dejaba de ser correcto aunque estuviera tomado.

Hacía tiempo que no íbamos a ningún lado a distraernos, y nadie nos visitaba ya. En otras palabras, creo que estábamos demasiado solos. Al principio de mi enfermedad venían a vernos mis amigas y un matrimonio conocido de Santiago desde antes de que nos casáramos. Mis amigas de la Normal y de la escuela se habían puesto de acuerdo para no dejarme sola: me llevaban mandarinas, uvas, pastel de chocolate, galletas, margaritas o claveles. Me relataban los chismes de la escuela, de la directora, de las otras maestras, de las amigas ausentes... Hasta que me daba sueño y comprendían que deseaba dormir.

Pero usted sabe, cuando una enfermedad se prolonga demasiado, la gente se cansa de pensar en uno, se distrae, y poco a poco se interponen las idas al cine, a Chapultepec, las compras de la casa, el cuidado de los hijos, el cansancio.

Esa noche me dieron las tres de la mañana esperando a Santiago; por mi mente desfilaron las peores atrocidades: que lo habían asaltado, atropellado. Hasta tuve la idea de que se repetiría la partida de mi padre: viví en carne propia la desesperación de mi mamá. Santiago jamás hacía eso; quiero decir, irse por ahí. Cuando regresó estaba yo en el baño. La inflamación del vientre me obligaba a estar allá la mayor parte del tiempo, desalojando hasta la mínima gota de agua que tomara. De pronto escuché que la puerta se abría. De momento sentí alivio y después haga de cuenta que me convertí en una pila recién cargada de rabia. Nunca lo había visto así, en calidad de trapo. ¿Dónde estaba su cuerpo inmenso y firme, sus brazos fuertes, sus piernas robustas, su espalda erguida que conocían mis manos de memoria? ¿Dónde estaba aquel hombre que había salido por la mañana con el traje planchado y la camisa limpia? Nunca supimos dónde tiró la corbata.

Me le quedé viendo henchida de coraje:

¿Aquí está tu tonta, esperando que regreses a la hora que se te pegue la gana. Mira nada más...

Santiago me interrumpió con una voz vigorosa a pesar de su estado:

¿Ya estoy harto de ti, de tu cáncer, de tu soberbia, de esa méndiga idea que tienes de que todo lo haces bien, de tus chingados deseos de cambio. Te vas a morir, María. ¿No puedes entenderlo? ¿No puedes ver la realidad?

¿¿La realidad?¿ le dije. ¿¿Qué cosa es para ti la realidad? Todos nos vamos a morir, Santiago. Todos. En cualquier momento. Tú mismo puedes morir antes que yo con tu rebosante salud. La muerte está siempre ahí. Yo no tengo miedo, Santiago. Y tú, sí. Esa es la diferencia.

¿Pero tú estás señalada, María¿ insistió.

Se dejó caer hasta el piso y recargó la espalda en uno de los sillones que habíamos comprado en los Hermanos Vázquez. Yo me acomodé frente a él, tratando de entender su soledad; la mía. ¿Por qué se daba por vencido antes de iniciar la pelea?

¿No te engañes, María. Deja que te ayuden. ¿Por qué no llamas a tu mamá si no quieres que venga la mía?

Pobre Santiago, lo hubiera usted visto: se jalaba el pelo y movía la cabeza de un lado a otro. Parecía que lo hubieran roto por dentro de un único golpe en seco. Pegar sus partes le llevaría tiempo.

Muchas veces intenté convencerlo del daño que me había hecho mi familia, especialmente mi madre. ¿Qué podía esperar de ella, cuando había organizado su vida, a su manera? ¿Cómo darle a entender a Santiago que yo tenía cáncer pero que estaba viva todavía?

¿No se necesitan cuatro manos para tender una cama ni para lavar ocho platos. ¿Sabes? Como no puedo ir a trabajar, ya pregunté cómo puedo estudiar aquí, quizá un día llegue a ser bióloga, ¿no crees?

¿¡Chingada madre!¿ gritó. ¿¿Qué no puedes darte cuenta? Te estás subiendo en una nube.

¿Bueno, Santiago¿ le contesté. ¿Vamos a suponer que me voy a morir. ¿Dentro de cuánto tiempo? ¿Acaso te dijo el doctor la hora, el día, el mes? No me voy a cruzar de brazos; no voy a esperar la muerte hirviendo un té de cascabel. Si me quedan cuatro días los voy a vivir; si cuatro meses, también; si cuatro años, será una maravilla. Más tiempo para hacer lo que antes no tuve la oportunidad por mi dejadez, por creer en lo que me enseñaron: toda mi vida fue como estar en la escuela tomando un dictado en mi cuadernito de forma italiana anotando lo que sí, lo que no. No me interesa quedar bien con nadie, no me volverá a importar lo que la gente diga, lo que la gente piense, lo que la gente insinúe. Ahora, he abierto un block de dibujo inmenso y he comenzado a trazar una línea que llevaré a su límite, una línea que tendrá la forma que yo le dé, mientras pueda.

¿¡Estás jodida, María! ¡Estás jodida!

De allí no lo saqué. Se tiró por completo, repitiendo y repitiendo lo mismo, golpeando el mosaico con el puño cerrado.

No sé de dónde provenía mi fuerza, mi coraje. Lo veía tan harto de mí, tan lleno de cansancio, como si su prisa fuera a acabar con todo de una buena vez.

Y sin embargo para mí las cosas y el tiempo tenían otro significado. Ya no deseaba que llegara la noche para tenderme en la cama a no pensar, a ver sólo una pared oscura, a esperar que el sueño me atrapara como si estuviera ya muerta.

Nada me dolía más que ver a Santiago así, sufriendo sin querer entender nada, sin reconocerme siquiera, tratando de negarme una oportunidad.

Me dieron ganas de llevarlo a la recámara, de hacer el amor, de dejar que María López se volviera el torrente furioso que arrastraba a Santiago moribundo hasta la orilla de sí mismo. Quería que mis manos ansiosas reconocieran su cuerpo, que las suyas me trasladaran al precipicio donde me volvía esa agua que bajaba en catarata enfurecida hasta él. Pero Santiago y yo nos quedamos allí solos, en la noche quieta.

***

Me tomé las pastillas del dolor y me fui a acostar pensando en el Tatita, sabe. De pronto uno salta de un pensamiento a otro como si no tuvieran nada qué ver, pero en realidad están más relacionados de lo que uno sospecha.

La última vez que vi al Tatita, al bisabuelo, fue en Cuitzeo, cuando fui con mi mamá. Mi padre tenía apenas dos años de ¿desaparecido¿. Mi mamá iba a firmar el divorcio para poder casarse con mi padrastro. Nada me gustó de aquel viaje.

Nada. Ir a casa del abuelo había sido siempre natural, vacaciones, instalarse con un poco de desorden, ir a la huerta a cortar fruta, corretear a los pollos en el patio, no cansarse de mirar el lago. Ese viaje lo tuvimos que anunciar, que esta semana no, que la siguiente. Hubo muchas precauciones para no encontrarnos con la otra, para que no fuera a coincidir con nosotras. Ya en Cuitzeo, mi mamá mandó una embajada: que ya estamos aquí, que vamos de visita.

Paramos en una casa de huéspedes y ni tiempo me dieron de reconocer el pueblo con sus casas de teja, las calles empedradas, el olor a barro... ¿María, tienes el color de Cuitzeo¿, solía decirme mi papá de niña. Y todo, para que él ni siquiera estuviera; nos dijeron que había venido a la ciudad de México a una ¿emergencia¿, que había dejado todo firmado.

Mi abuelo salió a recibirnos. Antes nada más entrábamos. No sé si me entiende, reinaba la expectativa. Sin embargo, me abrazó como siempre. Me cargó: ¿Mira nada más que chula y grande te has puesto, María¿, y después me mandó a buscar al Tatita dizque para que me viera.

Lo encontré en la terraza en una silla de ruedas, reducido a puros huesitos.

Tenía perdida la vista en el lago y el semblante dulce. Aquel Tatita que había yo dejado tocando la guitarra hasta la madrugada era un pellejito arrugado y viejo.

No me reconoció: le dijo a mi tía que estaba con él:

¿Ponle un sarape a Teresita, hace frío.

¿Soy María, Tatita¿ le decía. ¿Soy María. Teresa es ella, mi tía. Yo soy María, tu bisnieta. ¿Tan pronto te has olvidado de mí?

La tía Tere se puso el índice en los labios indicándome que callara. Pero el Tatita ni caso hizo; volvió su cara dulce y su mirada perdida al lago. A saber qué pensaría.

Así comenzaba a pasarme con Santiago: no me veía. Yo, hablándole de mí; él, sin poder reconocerme.

***

Un domingo al despertar, me di cuenta de que Santiago no había llegado a dormir. Fue como si de alguna manera hubiera estado esperando ese momento. Tenía semanas comportándose de forma extraña, aparecía tarde, hablaba poco, se irritaba por cualquier tontería o buscaba un motivo para reñir. Pero, sobre todo, en cuanto tenía la oportunidad, salía dando un portazo.

Me levanté angustiada: comprendí que tendría que llevar el resto de mis días sin él.

Al verme frente al espejo me di cuenta de que algo se me escapaba de las manos.

Si yo estaba dispuesta a luchar contra el cáncer, no podía disimular la estela que su paso dejaba en mí. No era la palidez lo que me preocupaba ni siquiera aquellas ojeras cenicientas. Era aceptar que la distancia entre ambos se reflejaba en mi cara. Si antes no entendía por qué Santiago buscaba cualquier pretexto para apartarse de mí, lo supe al verme en el espejo: físicamente también había comenzado a ser otra.

Fui a tirarme sobre la cama. Escuché el ruido de la calle, el motor de los coches, el griterío de los niños de la privada de junto, y me encontré, por primera vez, dudando: ¿podría transformar mi destino en algo milagroso de donde repentinamente surgiera la dicha? Pero algo me hizo reconocer en el ruido de la calle la persistencia de la vida, su continuidad, como si hubiera sujetado mi propia muerte un segundo, con la punta de los dedos, para admirarla. Acaso igual que de niña, allá en Cuitzeo, examinaba las mariposas para luego dejarlas ir en un vuelo disparejo hasta que las veía desaparecer.

Y mientras pensaba en la vida y en la muerte, una serie de recuerdos fluía aceleradamente en mi memoria. La noche de nuestro departamentito de Tacubaya, con sus luces intermitentes azules, rojas, amarillas, y una única sombra que señalaba el vacío, por todos los rincones, de mi padre. La esperanza de que el amanecer lo trajera: tal vez mañana, la próxima semana. Entonces le voy a decir, me va a abrazar. La figura rígida e inquietante de mi madre sentada en la oscuridad de la sala.

Por otro lado, recordaba la casa del abuelo, la claridad del sol haciendo evidente el amontonamiento de objetos, de vasijas, de floreros. Cada cosa una razón de ser para mi abuela que pasaba la mayor parte del tiempo en la cocina con su delantal almidonado. Éste es el clavo, María; aquél, el comino. La voz del Tatita llamándome, alcanzándome por dondequiera que iba:

¿Ven, María, te voy a enseñar, te compré en Paracho esta guitarra, tienes que aprender. El que no sabe cantar, no sabe amar. Ven, chiquita, ven.

Y luchaba por apartar de mí su último recuerdo: una mirada perdida, una sonrisa de niño. Y me preguntaba cómo estaría mi padre: ¿El que no sabe cantar no sabe amar¿. ¿Cómo sería su voz, tendría canas ya, estaría delgado, usaría su sombrero de ala ancha? ¿Algún día, algún amanecer habría pensado en mí, en su pequeña María, la primera que cargó, que besó, que tapó por las noches, que llevaba sobre sus hombros por la avenida Revolución enseñándole el México que él mismo estaba descubriendo? Y me sentí llena de odio y rencor.

Y luego desfilaron por mi mente todas mis amigas, las de la primaria, las de la Normal, las compañeras de la escuela. Una lista de nombres a quien no podía confiar mis dudas, mis resentimientos, el miedo de tener el destino, por primera vez, en mis manos por más que el cáncer hubiera avanzado.

Deseé una, una sola amiga, una verdadera amiga a quien abrirme como lo he hecho con usted a quien apenas conozco. ¿Comprende ahora? Hubiera deseado entonces una amiga que le oprimiera la mano a Santiago con suavidad, que fuera el puente que nos uniera en ese abismo infranqueable que nos había separado, que lo escuchara a él también porque lo sabía más solo que yo, pues sin entenderme había llamado ideas descabelladas y ridículas a lo que para mí era la única posibilidad de aferrarme a la vida. Necesitaba a alguien que le dijera a Santiago que no era desamor lo que me llevaba a dejarlo, que no era desprecio lo que me obligaba a decirle que no tuviera miedo de aceptar su propio reto, que no temiera vivir, dejarme vivir mi propia suerte.

***

Ahora ya sabe por qué no quiero verlo. No insista. Ha venido a decirme que todo volverá a ser como antes entre nosotros, que vino su mamá de Coatepec a quedarse unos días mientras paso la convalecencia, que en la agencia le regalaron un viaje al mar, que si salgo de ésta adoptaremos un niño. Dígale que en este cuarto no está la mujer que él busca, que sólo está una María López que insiste en recomenzar, por segunda vez, a unir las letras de su nombre.*

* * *

MULTIMEDIA:

OBRA DE SILVIA MOLINA (CNL-INBA)

Encuentros y reflexiones(biografías. Google Books)

ENTREVISTA (Club de Lectores)

* * *
 
 
Fuente: * Del libro Dicen que me case yo. México, Cal y Arena, 1991.

 

 

Redes sociales