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Literatura en México

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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Mónica Lavín La lagartija

 

Antes era pelirroja. No lamento el pelo ni el maquillaje excesivo con que me tengo que disfrazar el rostro, tampoco este cuarto pequeño con un radio y una ventana vestida de cortinas baratas. Lo que extraño es no verlos, nada más los pienso, siento una estocada grande y fría.

Qué bonito era mi cuarto. Ése que mamá mandó decorar de rosa con tocador de espejo lleno de frasquitos para perfumar mis quince años. Durante un mes lo presumí a las amigas de la secundaria y a mis primas y a algunos muchachos que subían a la recámara sólo por un instante. Las lamparitas de los burós tenían las pantallas plisadas cuajadas de rosas. Los burós con sus patas blancas retorcidas guardaban, en el cajón de aldaba dorada, mi diario con su llavecita, las cartas de Lorena y las fotos de Robert Redford y Jorge Rivero. También conseguí una revista de las prohibidas, de esas con señoras desnudas, que me ponían nerviosa y sudaba sólo de verlas. Tenía un tocadiscos para mí solita y mis secretos que daban vuelta con los surcos invisibles. Me pintaba las uñas varias veces durante el día sentada sobre la alfombra con la pila de discos desordenados a mi alrededor.

Mi papá me mimaba mucho. Decía que era igual a su hermana Chata que había muerto muy joven. Una vez hasta me compró un piano porque quise aprender. La maestra fue tres meses a la casa y el que aprendió fue mi padre que por las noches y tras unas cubas quién sabe de qué se acordaba y tocaba muy triste y lánguido las canciones de Agustín Lara.

De todos modos a mi papacito se le olvidó que era su consentida cuando Mauricio se fue a quejar de mí. Puso la misma cara de reproche que mi marido y dijo que era hija muerta. Eso sí me importó, me hinqué en el piso y le pedí hablar a solas. Pero Mauricio se burlaba mientras me daba con la punta de los zapatos en los muslos. Papá no me miró pero su mano temblaba y yo la apreté; él permitió ese último gesto.

Hubiera querido sincerarme con él desde antes, desde que pasaba el día mirando la tele y comiendo galletas, como si así ahuyentara el temor de que Mauricio llegara tarde otra vez. Porque casi siempre lo hacía, y dormida y todo me despertaba una o dos veces para que les diera de cenar a sus amigos y a él.

Protesté una vez y me golpeó la cara, dijo que si él traía dinero mi obligación era atenderlo. Desvelada preparaba el desayuno a los niños y los despedía. Él se desperezaba lentamente y me gritaba para cumplir su placer mañanero que para mí se había vuelto tortura, un acto doloroso que lastimaba mi vagina reseca.

Con los niños jugaba en la tarde, y entonces dejaba de pensar en su cara marcada de acné y su vientre pelotudo y blanco. Casi me parecía que no todo eran obligaciones.

¿Mauricio, qué nombre tan cursi¿, se había reído Andrés. Enseguida me olfateó el cuello y enardecido recorrió mi cuerpo a besos. Por la noche me prometía no volver a verlo pero a las doce del día tocaba el timbre de la casa. Andrés estudiaba y siempre estaba allí con su colchón en el piso y cojines recargados en la pared. Me tumbaba con tal fuerza en la cama y me desvestía tan lentamente que parecía haberse estado guardando todo él para este frenesí. Pasábamos una hora desnudos haciendo el amor, mirando la televisión, yo abrazada a su cuerpo esbelto mientras él seguía estudiando con un libro en la mano. Decía que sin mí a su lado no podría concentrarse. Y yo aunque me sabía gorda y estropeada empecé a sentirme más joven y a tener algo por qué aguantar a Mauricio.

Lo conocí en el súper que está a la vuelta de la escuela. Me ayudó con los bultos gentilmente y me invitó a tomar un café a su casa. No me pareció ni malo ni bueno aceptar. Estaba tan aburrida que fui aun presintiendo que podrían pasar cosas. Mientras caminábamos me fijé en su cuello grueso y largo, en su mano suelta, en sus ojos nobles. Lo empecé a desear. No sé qué habrá pasado por su cabeza virgen pero al llegar a la casa colocamos los bultos en una mesa y enseguida sin taza de café ni titubeos me besó. De soñar con el amor a los quince años, esto era.

Todos los días que siguieron al encuentro tuve que comprar algo en el supermercado. Sólo que un día nos quedamos dormidos. Había sido una mañana fría y silenciosa, resguardados de la lluvia bajo las cobijas de Andrés dieron las cuatro de la tarde. Cuando llegué a casa Mauricio y los niños me esperaban en la sala. Dije que me habían asaltado, me fingí nerviosa ¿que sí lo estaba¿ y llorona. Que me subieron a un coche y me llevaron lejos y me quitaron los anillos y aretes que traía escondidos en los zapatos. Mauricio se resistía a creerme. Por la noche no salió y se puso a mirarme mientras me ponía el camisón. Yo sentí que se me asomaban las caricias de Andrés. Se acercó lentamente. ¿Por qué traes el brasier al revés? Me puse colorada. Me aventó sobre la cama y se fue. Volvió a los tres días totalmente descompuesto y sucio, dijo que se había ido con Roxana, su amiguita que era puta, pues total qué. Y amenazó que me quitaría a los niños.

Yo dejé de ver a Andrés, que hablaba por las tardes desesperado, y Mauricio se volvió más bruto. Me obligaba a hacer el amor hasta el cansancio, tres veces al día con fuerza y morbo, con una rabia que yo aceptaba en castigo. Un día se puso cariñoso y casi bueno. Me dio a beber y luego insistió en que le contara cómo era el otro y si me gustaba en la cama. Yo lo miraba callada y las lágrimas se soltaron en chorro silencioso.

A la mañana siguiente quise ver a Andrés. Me aseguré que Mauricio estuviese en el trabajo y escapé en el autobús. Toqué a la puerta y loco de alegría me abrazó mientras yo lloraba como una cría. Nos quisimos por una hora y yo salí prometiéndome no regresar. Pero volví, dije que sólo un rato y eso bastó para que nos tiraran la puerta y entraran Mauricio y un tipo. Me sentí absurda cubierta por la sábana blanca entre los libros de física de Andrés y su cuerpo tembloroso que con voz baja pedía que no me hicieran nada. Mauricio le sangró la nariz de un golpe y a mí me llevaron a la delegación casi sin vestirme.

Me quitó a los niños y con ellos el sueño y la fantasía que me devolvía Andrés.

A los pequeños les dijo que estaba loca. Yo me imagino que poco a poco se lo fueron creyendo, sobre todo cuando los traía mi madre a verme y me encontraban descomunalmente maquillada y nerviosa, con un cuarto tan pobre y el pelo mitad negro mitad rojo, sin saber cómo acercarme ni de qué platicar, ni si abrazarlos o darles caramelos.

Un día mi madre vino sola y dijo que ya no querían venir, que les daba miedo.

Luego ya nadie vino, ni Andrés que me quería tanto, ni el reflejo de mi habitación rosa, sólo la lejana melodía que tocaba mi padre en el piano.

Entonces me dio por treparme a la ventana de mi cuarto y extender mi cuerpo en el rellano estrecho donde apenas cabía y calentarme al sol de la tarde. Un día escuché voces de niño y vi que uno me señalaba: ¿Allí está la lagartija¿.*

* * *

MULTIMEDIA:

OBRA DE MÓNICA LAVÍN (CNL-INBA)

"Los jueves" y "Uno no sabe", en voz de la autora (UNAM)

La isla blanca (cuentos. Google Books)

"Una tripa muerta y seca", animación (YouTube)

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Fuente: * Del libro Nicolasa y los encajes. México, Joaquín Mortiz, 1991. Serie del Volador.

 

 

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