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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Humberto Guzmán El amante obeso


Humberto Guzmán
Foto: cnipl. INBA
 
Más allá de las filas de navajas de las ramas de las palmera, la luz del sol reverberaba sobre el parpadeo de la tela del mar. El reposo de la línea entre el azul del cielo y el azul del mar contrastaba con el incesante arribo de las olas en la playa. Con el estruendo de éstas había llegado, poco antes, y desde el otro lado del jardín en declive, el sonido alegre de la risa de Jutta.

Se sintió abandonado. Tan solo como cada una de las manchas de sombras que aparecían y desaparecían entre la luminosidad cegadora del mar. Después de esta reflexión, la caricia tibia del viento le recordó la placidez en la que vivía: se extrañó de lo contradictorio de sus sentimientos.

Estiró el brazo en el vacío y su mano tocó, al final, una mesa de centro pegada a la pared. Tentaleó sobre la superficie de madera como un animal que se mueve inquieto. Llegó hasta un cuadernillo de notas que guardaba un lápiz en el espiral de plástico. Tomó el lápiz y abrió el cuadernillo en una de sus páginas en blanco. Con pulso inseguro, mientras respiraba pesadamente, escribió una a una las letras de una palabra que no alcanzó a leer porque, antes, la tachó de dos trazos.

Contempló el cadáver de la palabra escrita y su respiración ruidosa anunció el movimiento de su cuerpo que parecía el de un grueso reptil al volverse en la hamaca que resistía su peso. En el movimiento, el cuaderno de notas cayó al piso; su mirada se distrajo, entonces, en su amplio y blando estómago de piel paliducha; de la misma manera quiso ver sus piernas e irguió la cabeza, de lado --había quedado de lado--, y comprobó el desproporcionado volumen del estómago en relación a sus piernas que se veían inclusive flacas y, para aumentar su aspecto ridículo, cubiertas de piquetes de moscos que en algunos sitios se le habían hecho bolas.

Comprendió que con un cuerpo como el suyo ninguna mujer joven y menos si es bella podría amarlo con sinceridad. Se dio asco. Se retorció y resopló en la hamaca que se tensaba. Trató de alcanzar el cuaderno de notas: su mano --delgada, como sus piernas-- cayó sobre aquél de un manotazo cuando estuvo a punto de caer él mismo. Retomó los resoplidos y se dio a la tarea de recuperar el equilibrio en la hamaca, cosa que no le fue muy fácil. Cuando terminó por dominar la situación, todavía jadeante, miró al cielo azul claro que se blanqueaba por el oriente con un brote de infladas nubes.

El estruendo de las olas le llevó de nuevo la risa de ella: era inconfundible.

Escribió sobre la palabra muerta el nombre de la que reía en la playa.

Sus pensamientos se esfumaron ante el sonido de la risa de Jutta, cuyo eco se perdió entre la verdura del jardín en declive, y que le impedía ver, desde donde se encontraba, hacia la playa. Pudo levantar medio cuerpo sobre la hamaca, sacó una pierna de ella, intentó hacer lo mismo con la otra aunque sin la suficiente coordinación, el pie de la pierna que había quedado fuera no alcanzó a apoyarse por lo que no pudo evitar el caer de bruces.

Jutta, escupió con furia.

Se arrastró por el piso caliente y resbaloso por su propio sudor. Era un animal vencido. Buscó apoyo en la hoja de la puerta de la terraza y se puso de pie.

Pensó que no era tan viejo como para verse tan imposibilitado. Era la obesidad la que lo mantenía en esa condición. Pero había que descender aún los numerosos escalones que lo acercarían a Jutta.

Entró a su cuarto y se dirigió al buró sobre el cual lo esperaba una botella empezada de whisky importado; le quitó el tapón y se sirvió medio vaso del líquido ambarino que llevó con avidez hasta la boca ya abierta. Bebió la copa de un tirón, como si hubiera sido un refresco. Sin limpiarse el hilillo transparente que le escurría de una comisura, volvió a servirse whisky

--ahora menos de la mitad del vaso-- y lo tomó de dos sorbos.

Recuperada cierta tranquilidad salió de su cuarto y se encaminó a la escalera que lo llevaría a la playa. Empezó a descender los primeros escalones y desde abajo parecía él una especie de foca blanca botando en cada escalón.

Supo que caminaba sobre la arena porque sus pies se hundían; pronto se haría más blanda y más caliente al grado de hacerlo trastabillar a cada paso.

A lo lejos, entre los haces de luz que lo cegaban, percibió la figura esbelta y dorada de Jutta junto a la de un hombre moreno, de piel muy oscura, y en apariencia joven que caminaban uno al lado del otro, quizás tomados de la mano, a la orilla de la playa. La llamó a grandes voces, pero tal vez el estruendo de las olas y la distancia acallaron su llamado. A esa hora de la tarde la playa se veía desierta y el sol ardía hasta en el último rincón. A un costado la floresta verdeaba y al otro el desplome nunca terminado de las olas. Jutta y su moreno acompañante escalaron un montículo de rocas, pronto desaparecerían tras él.

El obeso amante trató de avanzar con mayor celeridad, pero el juego de la arena bajo sus pies lo hizo caer de lado cuando una ola enorme reventaba un par de metros adentro; el estrépito le golpeó los oídos y el manto de agua caliente y espuma que se extendió sobre la arena lisa y húmeda arrastró su gordura. El manto de agua se retiró en silencio; él se levantó con torpeza, escurriendo agua que, sin embargo, no limpió el sudor que fluía en cada parte de su adiposo cuerpo. De este modo continuó hundiendo sus pisadas tras las huellas de nadie.

Su respiración agitada le hacía abrir la boca y las fosas nasales al tratar de conseguir oxígeno cuando llegó al conjunto rocoso, de piedra negra y angulosa, filosa y porosa, lavada y relavada por el mar, donde minutos antes había desaparecido su adorado amor con el moreno acompañante.

No debió hacer el intento de cruzar ese espacio rocoso, pero su ansiedad no le permitía reflexión alguna. Tropezó en los dos primeros pasos, pronto habría de resbalar y caer de rodillas, los filos de las piedras le abrieron la piel, a pesar del dolor se irguió y apenas retomaba su camino cuando volvió a caer con todo su peso entre varias rocas superpuestas, en medio de las cuales quedó atrapado como un insecto, con la cabeza metida en un orificio de la roca arenoso y anegado, el cuello doblado le dolía, la barbilla se le encajaba en el pecho, vio su enorme estómago que se inflaba y desinflaba y, más allá, sus piernas regordetas --aunque delgadas para el volumen del resto del cuerpo--, trató de reincorporarse --pensó en Jutta, la recordó acostada entre las sábanas, la deseó-- pero fue inútil, el rugido del mar se oía demasiado cerca, encima.

El estrépito de una ola que reventó muy cerca de donde yacía lo ensordeció; la luz del sol lo cegaba y quemaba; el manto de agua con encaje de espuma se estrelló contra las piedras rebanadas como con cuchillo que lo rodeaban y pronto su cuerpo se encontró cubierto por unos instantes por el agua. Probó la sal del mar que le secó la boca como si fuera vinagre.

Con la retirada del agua el amante derrumbado descubrió la presencia horrible de un cangrejo grisáceo a un lado de la cabeza, la cercanía lo hacía ver como un gigante monstruoso que movía sus antenas y sus patas, blandiendo amenazador su poderosa tenaza. Los rayos del sol caían como puñales sobre su cuerpo, le punzaban la piel y los ojos. Otra ola reventó no muy lejos de su cabeza; a partir de entonces sería cubierto una y otra vez por el mar entre esas rocas donde él se hallaba aprisionado en su propio cuerpo.*

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MULTIMEDIA:

OBRA DE HUMBERTO GUZMÁN (CNL-INBA)

De cuerpo entero (autobiografía. Google Books)

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Fuente: * Del libro Seductora melancolía. México, SEP/Plaza y Valdés, 1988. El Nigromante.

 

 

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