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Literatura en México

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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Adriana González Mateos Toros


Adriana González Mateos
Foto: Armando Casas
Alza unas tijeras cerradas y pregunta: - ¿Qué forma evocan estas líneas?

Subes a saltos la escalera pero oyes la televisión y te detienes, dudas como si fueras a bajar otra vez, como si escucharas a tu abuela llamándote para ir por un helado o en ese último escalón comprendieras que prefieres jugar con los otros niños aunque te gusta escuchar las conversaciones de los grandes, muy callada. El ruido de la televisión te paraliza. Entre todos los que platican abajo con las voces llenas de humo y sirven tazas de café o recogen la vajilla sólo tú has notado ese ligero aumento del volumen que se traga el roce de tu pie en el escalón. Dijiste que ibas a tu cuarto, vienes a ponerte un suéter pero no resistes la tentación de asomarte al estudio invadido por el ruido, un derechazo largo largo, el toro humilla la cabeza, otro pase soberbio en este quinto de la tarde, lo ves rascar la arena, inquieto por una peste que no puede reconocer entre la tierra seca, el aserrín, restos de estiércol. Algo captura tus ojos: se vacían como si fueran los ojos de una planta. Se creería que miras la pantalla, el animal que brama, pero es algo más próximo. Das un paso, otro, te acercas como si obedecieras una orden bajo la mirada que se cierne sobre ti y te hace pensar en un zopilote, el sol choca con sus plumas y las hace deslumbrantes, negras. 

El toro sigue la capa aturdido por el olor acre. Trata de sacudir las banderillas, olvidar los aplausos, los chiflidos, la capa insiste, lo invita a embestir, se lanza a una carrera ciega en pos del trapo rojo. Tú también bajas la cabeza, eres incapaz de articular un monosílabo, resistir la mano que cae sobre tu hombro y te obliga a aproximarte mientras buscas una excusa. Aún no conoces tretas de mujeres, no puedes encontrar las palabras ni los gestos ni las mañas, la presión sobre tu hombro se hace más pesada, doblas las rodillas, apartas los ojos como el animal sacude las orejas y resopla entre el hedor amenazante. La bragueta se desgaja, un diente tras otro, más y más abajo, un minúsculo crujido. Tu cara está tan cerca que el olor a tela ligeramente húmeda, a sudor, a pelo, se mezcla con el tintineo lejano de vajillas, gritos de tus primos jugando a las estatuas, un bolero puesto para acompañar el anís y discutir las elecciones, tantas palabras no te dan una sola idea para evitar el pantalón abierto, los murmullos. Cállate, ya bastante torpe eres, sientes los dedos en la nuca, te estás portando mal, tu mamá puede enterarse, apartas la cabeza, tienes que lavar las ollas, la mano empuja para que busques en la ropa. Los dientes del cierre raspan tu mejilla, si alguien abajo se da cuenta pero tienes que abrir la boca y eso no hace ruido aunque trates de zafarte, nadie oye siquiera la rechifla de la plaza, la emoción crece en los tendidos, de pronto la multitud guarda silencio y se podría oír la caída de un alfiler en esta monumental plaza porque saca el acero y cita y uno de los últimos destellos de la tarde juega con el filo, quieres apartar la cabeza y ves la hebilla, el cinturón, la vena hinchada, de qué te va a servir cerrar los ojos. Mata recibiendo, la bestia retrocede con el fierro en los pulmones, obligándola a respirar su propia sangre, a perder el rumbo pero sientes los dedos en la nuca, casi ves el chorro de agua cayendo al plato enjabonado. Vas a tragar pese al reflejo de ahogo en tu garganta, a mamar como un becerro. Sus vísceras escupen el estoque, se rasga la piel rota. El mugido no llega a ningún lado, tropieza, la arena se incrusta en sus narices y por fin reconoce la fetidez de sangre seca, pisoteada en este círculo que aúlla. El clamor te está llenando los oídos, chupas para jalar un poco de aire, te llegan frases sueltas sobre los impuestos, la misa de hoy en la mañana, tu mamá debe estar lavando platos y casi como un roce en la mejilla oyes: no te asustes. Nadie piensa subir las escaleras porque arranca otro bolero y la presión en tu cuello no se afloja, los pañuelos granizan los tendidos y piden dos orejas, rabo, si alguien nota tu tardanza te imaginará jugando otra vez con las tijeras, pensará que entraste al baño o supondrá que estás aquí pero no te asustes, te defiendo si dicen que eres una niña rara, si se burlan de que eres silenciosa. No te asustes: si alguien piensa pensará que estamos solos aquí, tú y yo viendo los toros.* 

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MULTIMEDIA:

OBRA DE ADRIANA GONZÁLEZ MATEOS (CNL-INBA)

"Papeles de septiembre", en Di algo para romper este silencio, de Guillermo Samperio (crónica. Google Books)

ENTREVISTA (Portal estudiantil)

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Fuente: * Del libro Cuentos para ciclistas y jinetes. México, Editorial Aldvs/DifocurSinaloa, 1995. La Torre Inclinada.

 

 

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