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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Jesús Gardea Las Primaveras


Jesús Gardea
Foto: Ilustración: Federico Gutiérrez Obeso
 
Abandonamos el cuarto. El patio arde en la luz de la tarde. El sol entra de lleno en el corredor e ilumina un sillón de mimbre, el único mueble de la casa a la intemperie. No veo plantas por ningún lado, ni siquiera la huella en las baldosas del piso de viejos macetones. El corredor tiene forma de media luna, cerrado por enfrente de mí, con una pared muy alta que ha perdido casi su color ocre. Al pie de la pared hay una pequeña pila de ladrillo. A mi lado siento que la mujer sigue mi mirada. Oigo no su respiración sino el fino intercambio de su espíritu con todas las cosas que andan por el aire. Es como si el aire le estuviera puliendo el mástil de un barquito secreto, anclado al pecho. Así deben de sonar nuestros sueños. La pila fue en otro tiempo, quizá, una fuente para los niños y los pájaros, se me ocurre pensar. Antes de ahora yo vi una fuente de este estilo, pero no sabré decir dónde.

La mujer espera que yo vuelva los ojos al punto de partida: el sillón solitario, y me dice:

―No siempre estuvo tan olvidado como usted lo encuentra. Lo hemos dejado aquí para que se lo coman insensiblemente las estaciones, pero resiste. Mi madre pregunta por él todas las mañanas. Allí, mi padre Artemio, sentándosela en las piernas, le acarició los muslos y los pechos hasta sacarla de quicio. De eso hará cuarenta años. 

La mujer entorna los ojos. Es hermosa, aun con el vestido que trae y que le estropea las formas. Por capricho de la madre viste de negro y usa cuellos elevadísimos. No comprendo cómo puede aguantar el doble encierro en que vive, el del vestido y el del cuarto de su madre, que regresa al polvo lentamente.

El cuarto de la anciana apesta a brebajes de principios de siglo. Mientras la hija le hablaba a la madre de mí, yo miraba hacia la repisa en que estaban los tazones, rotulados con letras doradas; sobre la repisa, como en otras muchas partes, el mundo estaba pudriéndose a puerta cerrada. Sentí repentino odio por la vieja y me vi echándola al patio a que muriera a punta de sol y ahogada, al cabo, de aire limpio. De no ser por la hija que me anunció que ya nos íbamos, yo hubiera satisfecho mis deseos.

Cuando la hija abría la puerta para salir, la madre le dijo, con voz extraordinariamente clara: "Artemio fue la felicidad y el fuego". 

Pese a que el sol fuerte de abril nos abrasa, la mujer y yo no nos movemos en busca de la sombra. Mi ropa comienza a despedir el mismo olor que había en el cuarto de la enferma. Me vuelvo a ver a la mujer, molesto. Pero ella no parece darse cuenta de la fetidez. Sigue mirando al sillón. Adivino su carne recoleta, sombría como un vino en reposo.

―Usted podrá colegir― Me dice refiriéndose al mueble― su calidad por lo que ha soportado.

En esta clase de mujeres el bozo es casi infaltable. Una imaginación enamorada de las cosas de la tierra lo tomará, tal vez, por el signo de un temperamento vivaz. Una imaginación como la mía.

―¿Cuánto ha dicho usted que tiene el sillón fuera de los cuartos?― le pregunto falsamente interesado.

―Ya se lo dije― me responde, ―cuarenta primaveras.

El bozo es rubio, como el mimbre. En su falda hay una sarta de gotitas opalinas de sudor. De buena gana se las limpiaría a la mujer, pasándole mi dedo índice, demorándolo sobre el borde del labio perfecto, para despertarla al amor por ahí.

―Pero, ¿lo ha revisado usted detenidamente, señora?― vuelvo a preguntarle ―; porque suele suceder con este tipo de muebles que a los ojos aparecen intactos, que luego se derrumben con el peso de una mosca.

La mujer, sin decirme nada, camina hasta el sillón y se deja caer de nalgas en él. El busto le tiembla entonces como sacudido por una explosión. Al mirarlo, he pensado en dos palomas, insospechadamente poderosas. La mujer y yo duramos bastante rato mirándonos. Ella busca el efecto de lo que acaba de hacer, en mi cara. Estoy tentado a darle lo que busca: a abrir, a lo bobo, la boca y los ojos; mas no lo haré. Eso podría entenderlo como que yo acepto que el sillón vale, en verdad, un potosí. Temo, incluso, pestañear con exceso. Negocios son negocios. No olvidarlo. Ya puede la otra mirada desolarme: yo permaneceré fiel al tema. Una cosa, sin embargo, me apresuro a aceptar: la mujer ha ganado en hermosura: está radiante. Recibe, inmutable, la gracia del sol de la tarde. 

Mueve debajo del vestido las piernas para cruzarlas con pereza. Sigue con la vista puesta en mí, el comprador de antiguallas. Nunca acudo de corbata a una venta, y menos cuando hace calor. Debo tener un aspecto harto desdichado.

No, la mujer no piensa en negocios. Está esperando a que yo afloje el nudo de la corbata y salga del cerco del bochorno paralizador. Le doy lástima. El nudo es grueso, grande como una fruta. Mis dedos lo recorren incrédulos, quemándose con la seda de un color que no recuerdo. Con la sensación de hallarme en una pesadilla, empiezo a quitarme, de plano, la corbata. Siempre habrá de ser un misterio para mí por qué fui a colgármela hoy y no otro día. La monstruosidad del nudo es obvia: falta de pericia en el manejo de estas prendas.

La mujer bosteza. Es natural. Poco antes de entrar al cuarto de la madre (había que pedirle autorización para vender el mueble y presentarle además al comprador), la mujer me pidió que despacháramos el asunto pronto porque ella dormía siesta. 

Saco por fin la corbata húmeda del cuello duro de la camisa. La mujer ha cerrado los ojos y cabecea. Agobiado por el sol procuro, tarde, la sombra de uno de los pilares del corredor, de uno cercano al sillón.

Emitiendo ruiditos con los labios, la mujer duerme ya, todavía con las piernas cruzadas. No pienso despertarla.

Desde la sombra, voy a contemplarla a placer, y luego me iré.

Casi oigo crepitar el sol en el cielo, tan grande es el silencio que nos rodea.

Noto que los hedores se han retirado de mis ropas. Muy débilmente el agua de colonia y la loción vuelven a aflorar, ayudan a la sombra en su tarea bienechora.

Los rayos del sol no alteran lo trigueño del rostro de la mujer. Incluso ni suda, fuera del bigotillo. Duerme con la cara vuelta hacia un lado, y me deja ver una oreja pequeña y parte del nacimiento, en la nuca, de los cabellos. 

Desnuda, esta mujer ha de enceguecer a quien la mire.

Le compraré el sillón, pero le diré que puede continuar usándolo cuando quiera, puesto que es allí donde recibe la gracia.

―Hago mi vida de noche― me dijo delante de la madre ―escuchando cosas de la pasión de mi padre Artemio: el amor, según la carne.

La sombra de la pared empieza a caer y a llenar el patio.

Camino quedito hasta el sillón y pongo la mano abierta sobre uno de los pechos de la mujer. Estoy temblando, no sé qué va a pasar. Veo que la mujer entreabre los ojos, velados por el sueño. Luego coloca su mano sobre la mía, y me dice:

―Regrese usted mañana, pero temprano; tendré que presentarlo de nuevo a mi madre.*

* * *

MULTIMEDIA:

OBRA DE JESÚS GARDEA (CNL-INBA)

Libro de cuentos Los viernes de Lautaro (Google Books)

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Fuente: * Del libro Reunión de cuentos. México, Fondo de Cultura Económica, 1999. Letras Mexicanas.

 

 

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