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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

[Novedad] Iris García Cuevas Sueño de arena


Iris García Cuevas
Foto: Blog en estado comatoso
 
No soy yo. La mujer acostada con las piernas abiertas, vestida con la bata ridícula que se amarra con dos cintas por la espalda, no soy yo. A mí siempre me han dado miedo las jeringas. Con sólo imaginarme el metal delgadito traspasando la carne se me enchina la piel, me tiembla la quijada. A ella van a encajarle uno en la mera vena y no grita, no llora, no se larga corriendo. No. No soy yo. No puedo ser yo. Es otra. Una tonta, muy tonta, porque sólo a una tonta le pasan estas cosas.

La tonta se muere de vergüenza porque el doctor le va a meter la mano en la verija. A la tonta le tiemblan las piernas cuando siente el algodón empapado de alcohol en la muñeca, la aguja picándole la vena, el tubito de plástico encajándose para que pase el suero, la cinta adhesiva jalándole los vellos. La estúpida escucha la voz de la enfermera que pregunta al doctor quién sabe qué chingaos de la anestesia, al doctor que responde:

—Póngale usted quinientos. No, ochocientos. Sí, mejor ochocientos.

La imbécil mira el suero: se pone poco a poco amarillo. Sigue por puro morbo la tripita de plástico que esconde la cabeza en la cinta adhesiva pegada en su muñeca. La dan escalofríos, ganas de escapar. ¡Si pudiera escapar! Si tuviera otra opción saldría corriendo a todo lo que dieran sus temblorosas piernas. Pero no. La pobre se queda quietecita, con las piernas abiertas, viendo como pendeja la lámpara redonda que hay sobre su cabeza.

La infeliz trata de convencerse: esto no está pasando. No hay doctor ni enfermera. No hay olor a jarabe para soltar las flemas. No hay aguja ni sueros amarillos, ni miedo. No, no hay miedo. Sólo hay un punto fijo frente a sus ojos por el cual puede irse, como cuando papá la buscaba en las noches. Hay techo. Hay lámpara en el techo, redonda, metálica, gris. Lámpara. Hay sueño, mucho sueño.

—Te necesito tanto —dijo él mirándola a los ojos, sosteniendo su mano como si se tratara del último madero en un naufragio.

Se veía desvalido. La vida había sido muy injusta: su padre lo abandonó cuando era pequeño; su madre se volvió alcohólica y se dedicó a llorar por el ausente. Él debió trabajar para sacar adelante a su hermana menor. Se enamoró de una mala mujer, lo hizo sentirse siempre miserable. Lo engañó, lo dejó por otro. ¡Tenía tan mala suerte!

“Te necesito tanto.” Para ella fue algo insólito sentir que era importante para alguien. Pensó en su propia madre, siempre tan pendiente de sus calificaciones, lista para golpear la espalda de su hija con el cable de la licuadora cada vez que aparecía un ocho en la boleta. Pensó en su propio padre, siempre tan cariñoso: manoseaba las tetas de su hija mientras veían la tele. Dudó, apenas un instante, de que el hombre sentado frente a ella de verdad la quisiera, pero bastó el contacto de sus dedos serpenteando despacio en su clavícula, deslizándose lento hasta la nuca, enroscándose luego en el cabello, para ahuyentar el miedo.

“Te necesito tanto.” El recuerdo de su voz jadeante le sirvió de amuleto para que no la sorprendieran en la fuga, para no temer nada, ni siquiera cuando abrió sigilosa el ropero de sus padres mientras ellos dormían, y tomó la caja en la que guardaban los ahorros. Salió corriendo de su casa con una maleta muy pequeña, apenas una muda de ropa y el cepillo de dientes; ya comprarían de todo cruzando la frontera.

No soy yo. Esta que está desnuda en el piso del baño, vomitando amarillo, no soy yo. No puedo ser yo. Es otra quien escucha a la enfermera golpeando la puerta para que salga rápido. Diciéndole:

—Ya no puedes tardarte, hay que desocupar a toda prisa, es un local prestado. Ponte la ropa rápido; está en el lavamanos.

La pobrecita idiota siente cómo todo, pero todo, le da vueltas. Le duelen las entrañas. La enfermera se ríe cuando la ve salir. ¿Qué diantres puede darle tanta risa? La enfermera se acerca para arreglarle el pelo, abotonarle la blusa, decirle con ternura fingida:

—Es normal sentirse así, todo salió muy bien. Debes guardar reposo y no cargar pesado. Es tarde, debes irte. No olvides las pastillas para que no se infecte y para que no duela. El señor te está esperando abajo.

La asustadiza niña baja los escalones, trata de persuadirse: sus rodillas no tiemblan, no se doblan, no la hacen caer escaleras abajo y gritar, gritar fuerte, hasta que la mujer viene a prestarle ayuda, porque el señor no hace el menor intento de llegar hasta ella. Sólo la mira con ese gesto de reproche tan suyo que la obliga a entender que todo lo que hace está mal hecho.

Se levanta solita. Le dice a la enfermera:

—Estoy bien, sí puedo caminar. No fue debilidad, sólo una estupidez. Nada, de veras no fue nada.

Y camina de espaldas hacia el hombre. No quiere dejar de ver, detrás de los anteojos nacarados, el rostro falsamente amable de la enfermera que sonríe. Sin duda, más amable que el que encontrará cuando se dé la vuelta.

Él la toma del brazo. Ella baja la vista, se deja conducir.

—¿Por qué haces las cosas tan difíciles? Tampoco es para tanto —le dice el hombre antes de empujarla al interior del coche—. Tómate las pastillas, al menos unas tres —ordena.

Ella obedece. Se acomoda despacio en el asiento. El auto ya está en marcha. Quiere cerrar los ojos para dormir, pero no puede, se marea. No, no se marea. El coche no da tumbos zarandeando sus vísceras. No es dolor la punzada que le traspasa el vientre. No, no hay dolor. Hay desierto. Arenas danzarinas uniéndose en un punto mágico en el horizonte, arbustos secos a los costados del camino. Carretera. Sí, hay carretera y sueño, mucho sueño.

—Te necesito tanto —le dijo el hombre recostado en su regazo, con lágrimas en los ojos, después de confesarle: había apostado todo el dinero. Sí, incluso lo robado en casa de sus padres, y sí, lo había perdido. No podrían cruzar ahora la frontera; no había forma de pagar polleros. No, tampoco tenían dinero para la comida ni para el alquiler del cuarto, pero ya vería él cómo solucionar todo, sólo necesitaba saber que lo quería.

“Te necesito tanto.” Las palabras estuvieron con ella mientras otro hombre apretaba con manos callosas sus tetas pequeñitas. También las recordó para no llorar, mientras ese otro mordía sus hombros, estrujaba sus nalgas, le decía palabras obscenas al oído, muchas, muchas palabras, que después repetiría llorando cuando el hombre con quien se había fugado le pidiera detalles. También describiría la manera en que el otro la había puesto de espaldas y la había penetrado por atrás hasta hacerla sangrar.

—No, no eres una puta, y él te obligó a decir que te gustaba. No volverás a hacerlo —le diría horas más tarde, mientras le acariciaba el cabello sudoroso, le limpiaba las lágrimas; agradecido con ella por estar dispuesta a todo con tal de alcanzar su sueño compartido.

—Te necesito tanto —se atrevió a repetir después de muchos hombres que sirvieron para pagar la renta y la comida, porque él no logró nunca encontrar un trabajo ni tampoco juntar el dinero suficiente para que alguien los cruzara al otro lado.

—Regresemos al pueblo —proponía ella, harta de ser usada para calmar la ansiedad de los hombres que querían poseer a una mujer antes de aventurarse en el desierto o en las aguas del río.

—¿Extrañas los abrazos de papá? —preguntaba él hasta hacerla llorar.

No soy yo. Este trozo de carne que dos hombres cargan y meten en la parte de atrás de un camión de redilas, no soy yo. Es otra, una pendeja, sólo a una muy pendeja le pasan estas cosas.

—Cruzamos la frontera —le dice él al oído.

Ella busca los ojos del hombre que la amaba, pero encuentra el reflejo de su propio miedo en los lentes oscuros. La risa de los otros la ataranta. ¿Qué diantres puede darles tanta risa?

La miserable sufre cuando siente que el pantalón resbala por sus muslos. Cree que él la vendió, otra vez la vendió. Cree que van a violarla a pesar de estar convaleciente, pero en lugar de un pene, una hoja afilada la traspasa. Ella mira su vientre, abierto y rojo como una flor nueva. Los hombres extraen pequeñas bolsas. Él mencionó qué era lo que le iban a poner dentro: polvo, no mucho, pero sí suficiente para salir de deudas. No dijo cómo iban a sacarlo. Piensa en las cicatrices. Las pastillas de veras son muy buenas. No hay dolor. Incluso la aprensión del principio está por irse. Terminan; ella siente que los hombres la cargan de nuevo. Siente el golpe en la tierra. Oye su propio grito y el motor de los coches que se alejan.

Esto no está pasando. Ella no está tirada en medio del desierto. No, no es sangre lo que brota. No hay buitres volando en derredor esperando que muera. No hay dolor. No hay miedo. No, no hay miedo. Hay un punto de luz enfrente de sus ojos. Hay cielo. Claro. Azul. Hay sueño, mucho sueño.*

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MULTIMEDIA:

Muerte artificial, blogspot de Iris García Cuevas

"Ojos que no ven corazón desierto, 'melodrama negro', dice su autora Iris García Cuevas", entrevista de Vanessa Hernández (La Jornada Guerrero)

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Fuente: * Del libro Ojos que no ven, corazón desierto, México, Tierra Adentro, 2009.

 

 

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