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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Josefina Estrada Satán en Tlatelolco

No me entregaba a él sino a su amo y señor: Satanás. Engendré a su hijo. Amé al Diablo. Daniel, por medio de sus brujerías, encantamientos, hechizos y adivinaciones, me despertó ese deseo de perra en brama antes del embarazo y aun los tres meses siguientes. No puedo esperar más tiempo. Mañana, todo el edificio, el mundo entero sabrá quién es Daniel Katz. El judío Daniel Katz.

Rosario se descobija lentamente. Se muerde los labios para controlar el dolor de los senos entumecidos. Camina encorvada, sosteniéndose del barandal de la cuna. Se incorpora de golpe cuando siente que la leche le corre por las piernas. Se tapa la boca para acallar una maldición. Se deja caer al borde de la cama mientras murmura:

―¡Como una vaca. Igual que una vaca! ―solloza mientras se muerde un mechón de cabellos y mueve la cabeza afirmativamente. Daniel se incorpora, le toca la espalda y le pregunta:

―¿Te sientes mal? ¿Te duele algo? ¿Quieres que te traiga agua? ¿Qué tienes? ¿Llamo al médico? ―se sienta a su lado y quiere limpiarle la cara con la punta de la sábana. Ella, con voz ahogada, entre dientes, le responde:

―Déjame. No me toques. Cállate; no quiero que despiertes al niño. ¿De veras te importan mis dolores? ¿Acaso alguna vez te han importado? ¿No es así como querías verme? ―se abre el camisón y con sorna le señala los pechos―. Mira cómo fluye la leche. Ahora sí podrás decir que has visto la tierra prometida... Sólo me falta la miel.

―Tápate, acuéstate; te va a hacer daño ―se inclina a recogerle los pies. Por un segundo ella parece aceptar, pero le da un rodillazo en la frente.

―¡Suelta! ¡No me toques! ¿Ya se te olvidó que estoy impura? Anda, ve, corre; métete en la regadera y lávate. No sea que tu dios vaya a ofenderse porque mañana te presentarás al templo manchado con flujo de parturienta. Más me hubiera valido aceptar tu estúpida idea de dormir en camas separadas.

―Si te molesto puedo irme a la sala.

―¡Si es ahí precisamente donde quiero estar! Ya no aguanto este calor. No puedo estar ni de pie ni sentada, sólo quiero beber; me muero de sed, me tragaría... ―de un salto Daniel llega a la puerta y le dice:

―No te muevas. Ahoritita te traigo el agua; no me tardo.

Rosario lo llama con la mano y le suplica que se siente a su lado. Obedece y por unos minutos se quedan callados. Él mira la luz que se cuela por las persianas que le dan un halo dorado a la cabellera negra de Rosario. Ella no puede evitar la risa que la ahoga; él también ríe, primero desconcertado y después con alivio; con gusto porque ella casi nunca ríe. Rosario, con picardía, le pregunta:

―¿Las vacas son kosher? Sí, ¿verdad? Son kosher ―toma la mano de Daniel y le mordisquea un dedo―. Come; mira, quién lo dijera: soy kosher, por fin soy kosher.

―No entiendo.

―Eso ya lo sé. No necesitas decírmelo. Nunca entiendes nada: yo soy la vaca.

Lo toma por la nuca y le pone un seno en la boca. Daniel se desconcierta y aprieta los labios; ella le revuelve el cabello y deja caer la cabeza hacia atrás. En un principio el sólo la besa, pero después succiona con fuerza. Rosario le toma la mano y se la lleva al otro pecho. Cuando ha bebido de los dos senos, ella lo retira con brusquedad. Él desea continuar, pero ella lo toma de la barba, húmeda de leche, y le pregunta, indignada:

―¿Dijiste algo antes de tragar? ¿Fuiste capaz de decir algo? Seguro, cómo ibas a dejar de hacerlo. A ver dime, según el Talmud, cuál es la bendición apropiada para antes de beber la leche de tu mujer ―se levanta y se dirige al baño; mientras se abrocha le dice―: no olvides decirle al rabino que no eres tan religioso como todo mundo cree. Que no eres más que un pobre pendejo que en cuanto su esposa le dice ven, ahí va.

Llena el lavabo con agua tibia. Introduce los senos y los talla con zacate y jabón; pero ni el coraje ni la fuerza con que lo hace logran desvanecer las caricias de Daniel. Se seca y se sienta en el sofá; enciende un cigarro:

―Es un ocioso, eso es lo que es; parece que no tiene nada mejor que hacer. Bendice por todo y por nada. Dice sus oraciones antes y después de comer. Bendice la existencia de los aromas, los paisajes, la ropa nueva; hasta bendijo a la licuadora cuando la compró. Daniel agradece al Creador por todo, pero lo que se dice por todo. Es increíble, ¡es el colmo!, pero hasta porque hace del baño; porque funcionan bien sus agujeros. ¡Madre santa!, ¿a quién se le ocurre semejante babosada? Hasta el estómago me duele nomás de pensar que este pobre idiota no puede ni cagar a gusto. Si parece que lo estoy viendo: se limpia su sagrado ano con agua y papel; no sea que se le vaya a quedar algo y cometa el pecado de decir el Santo Nombre con la cola sucia. Para lavarse las manos utiliza una jarra de dos asas; se moja tres veces cada mano, primero la derecha. Después se dirige a la recámara, a la puerta del closet, donde lee la bendición en hebreo. No dice ni media palabra mientras hace su numerito.

Rosario no puede evitar sonreír al recordar que hace una semana, el mismo día que regresó del sanatorio, Daniel le regaló un vestido rosa, de seda china con encajes en la pechera y en los puños.

―¿Qué bendición tengo que decir? ―sentada en la cama, entre almohadones le preguntó feliz, con la intención de repetir lo que él le indicara. Se desconcertó cuando le preguntó:

―¿Realmente te causa placer el vestido?

―¿Placer? No sé qué quieras decir con placer; pero gusto sí me da. Te ha de haber costado un dineral.

―Quiero que lo uses en Shabat.

―¡Vete al demonio! ―le contestó y se lo arrojó a la cara―: si ésa es la condición, por mí puedes devolverlo.

Daniel extendió la prenda sobre la cama y empezó a doblarla, mientras Rosario le decía:

―Póntelo tú, seguramente te verás muy linda prendiendo las velas del sábado. No olvides ponerte el collar de perlas de la abuela y la mantilla de tu madre ―Daniel guardó el paquete en el closet y salió.

Rosario se recorta las uñas con los dientes; acepta que están demasiado largas para cocinar. Mastica los fragmentos, en un intento por provocarse un poco de saliva. Su mirada brilla cuando decide que mañana, antes de que Daniel regrese de la sinagoga, se pondrá el vestido. Se tapa la boca para ahogar la risa al imaginarse vestida como una judía religiosa: sin enseñar las rodillas ni el pecho ni los codos. Sin carmín en los labios. Daniel percibirá ese detalle en cuanto abra la puerta porque los sábados, nada más por afligirlo, Rosario se pinta de púrpura la boca.

Se dirige a la mesa y se sirve del vino kosher, el vino consagrado para decir kidush. Bebe tres copas, una tras otra. Mira los dos candelabros y la charola con los restos de tres velas; una por cada ocasión en la que Daniel no llegó a tiempo para encenderlas. En recuerdo a esa falta, el resto de su vida las agregará a las dos velas originales.

Toma la botella y regresa al sofá. Desde ahí le parece ver a Daniel dándole la bienvenida al Shabat: recién bañado y vistiendo su mejor traje. Está frente a la mesa: erguido, sonriente. Por encima de las velas, con las palmas extendidas, dibuja en el aire tres círculos, se cubre la cara y reza con los ojos cerrados: "Baruj atá Adonái, elojeinu mélej haolam, asher kideshanu bemitsvotav vetsivanu, lehadlik ner, shel Shabat". Levanta la copa de vino y reza el kidush. Se dirige al baño a lavarse las manos. Regresa a la mesa y levanta el pan trenzado mientras pronuncia otra oración; parte el pan, la jala, y lo llena de sal.

Rosario siempre evita estar presente en el ritual. Cuando ha llegado a presenciarlo, él le invita un pedazo de jala e intenta darle un beso para desearle Shabat Shalom.

Shabat Shalom, Shabat Shalom ―por un segundo se le presenta nítida la imagen de Daniel: mirando al suelo, las manos entrelazadas, traje negro, la sonrisa plácida entre la barba pelirroja, impecable camisa blanca; sombrero negro, y debajo de éste se le asoma la kipa, también negra. Una pequeña joroba sobresale de su saco de tres cuartos. En los bolsillos del pantalón trae guardados los flecos de los tsitsit. Rosario está de pie, en la misma actitud de Daniel, exactamente como cuando le desea la paz del sábado―. Cuál paz, por Dios santo, cuál paz! Es un día de los mil diablos, sólo una mente alucinada pudo imaginar una cosa así. Es como volver al tiempo de las cavernas. ¡Ay, si parece que lo estoy escuchando! "El séptimo día nos recuerda que Dios es nuestro padre, que el tiempo es vida y el espíritu nuestro compañero."

Imagina que lo toma por las solapas; hablándole tan cerca que le parece que su cara se refleja en los lentes de Daniel.

―¡Por una vez te doy la razón! No voy a seguir consintiendo que uses mi tiempo y acabes con mi vida. No te lo permitiré. Verdad buena que sí. Me dejo de llamar Rosario Cruz, de eso puedes estar seguro. Estoy harta de tus santurradas y de tu olor a macho cabrío. De todas tus idioteces, la que menos te perdono es esa frasecita estúpida: Shabat Shalom.

Se arregla el cabello. Se detiene; le parece escuchar ruidos en la recámara.

―Nomás eso me faltaba; que al niño se le ocurriera llorar a estas horas ―bebe de la botella. Se calla por largo rato. Enciende otro cigarro y continúa recordando la conducta de Daniel en el ocaso del viernes―. Se pone a cantar en su endiablado idioma, mientras da vueltas alrededor de la mesa con las manos extendidas, como bruja poseída; como si hubiera más gente de su apestosa raza. Ya no me pide que lo acompañe; ni falta le hace. Así, cantando, brincando y bailando le dan las diez de la noche. Mañana, cuando le diga que toda la cena que le preparé es perfectamente kosher, se pondrá de rodillas, vomitando bendiciones porque Dios le dio vida para presenciar el milagro de mi conversión. Sí, eso es. Y por si fuera poco voy a dejar las paredes pelonas, sin los cuadros. A lo mejor hasta se pone a llorar... ¡Bah!, pero por mucho que chille, no podrá igualar la escenita que me hizo cuando colgué los santitos.

Rosario desea concentrarse en los preparativos del día siguiente, pero no puede evitar contemplar las imágenes que la cercan, haciéndole presente aquella tarde cuando fue al mercado de la colonia Guerrero con la intención de comprar a cuanto santo se cruzara en su camino. Se quedó sin un quinto; ni para el camión le sobró. La fuerza para caminar hasta Tlatelolco le venía de imaginar la cara que pondría Daniel cuando llegara del kólel y viera la imagen del Señor de los Olivos iluminada en la repisa; ese mueble de madera que traía atravesado, colgando del lazo que le laceraba el hombro por el contrapeso de las veladoras envueltas en una bolsa de plástico. A cada paso la repisa se le encajaba en el vientre de siete meses.

―¡Ay, qué risa la mía! Hasta me oriné. No quise aguantarme hasta llegar aquí. Soltar la orina fue la mejor manera de festejar, de desatar el gusto que me sofocaba.

Tres horas tardó Rosario en llegar al edificio; quince minutos le tomó subir once pisos; no había luz. Otras dos horas necesitó para sobreponerse porque se le bajó la presión; casi una hora estuvo sobre la taza del baño, arrodillada, vomitando; seis aspirinas no le quitaron el dolor de cabeza. A las diez de la noche terminó de colgar los treinta cuadros y de prender las doce veladoras. Se sentó a esperar a Daniel y despertó cinco horas después.

Rosario se coge la cintura y se arquea hacia atrás, en un intento por desvanecer el dolor de la espalda y el cuello. No puede dejar de mirar a una cucaracha blanca que está entre El Sagrado Corazón de Jesús y el vidrio. La cucaracha parece haber perdido un objeto preciado que busca desesperada, alrededor del corazón, que eternamente está derramándose de rojo, intensamente rojo, granate, casi púrpura. Del color que Rosario ve el mundo cuando se enfurece como esta madrugada, al evocar aquella otra, cuando despertó a Daniel y se le fue encima, zarandeándolo, gritándole:

―¿Por qué no me despertaste? Me quedé dormida en el sillón, ¿qué no me viste?; qué, ¿acaso no te importo? Estoy toda torcida porque quién sabe desde cuando estoy echada en el sofá. Y tú como si nada, tú acostadote, echadote, bien tapadito. Y a mí que me cargue la chingada, ¿no? ¿Dónde cabrones estabas?

Encendió la luz y le exigió que saliera a buscar una farmacia para comprarle las pastillas que le quitarían el dolor que desde la tarde se le había encajado debajo de las costillas. Cuando Daniel se estaba amarrando las agujetas, Rosario vio una lágrima en la punta del zapato. Daniel intentó limpiarla pero ella le detuvo, en el aire, el brazo. Daniel le preguntó por el nombre del medicamento y murmuró una disculpa. Rosario lo tomó de la barba y le vio los ojos enrojecidos, hinchados; en un tono que quiso ser dulce le preguntó:

―¡Ay!, no me digas que estás llorando por lo de los santitos.

Daniel se levantó y se puso el saco. Rosario se acercó y lo abrazó por la cintura.

―¡Ay!, no me digas que es de alegría. Eso es; es de felicidad porque tienes una mujercita creyente y temerosa de Dios. Por fin se te ha concedido la gracia de tener una esposa religiosa.

Daniel se dirigió al baño y cogió la caja vacía de las pastillas; Rosario le cerró el paso e insistió:

―Pero no te ves muy feliz que digamos. ¿Quién te entiende? ―agregó molesta, fastidiada de su voz tipluda y melosa―: todas tus penas son porque soy atea. Te demuestro que soy creyente y... Nada te da gusto ―dio un paso y casi gritando le dijo―: ¡Yo-soy-cris-tia-na! ¿Lo oyes? Lo sabías antes de que nos casáramos, ¿o no? Yo sabía que tú eras judío, ¿cierto o no? Entonces cada quien con sus creencias.

Daniel sacó la kipá del saco y se dirigió a la puerta; Rosario le arrebató las llaves y, apretando los dientes, le dijo:

―Ahora te esperas... Ahora me escuchas... Ahora me contestas: a mí ningún pendejo me deja con la palabra en la boca ―con los pies separados y con las manos en la cintura le dijo―: Mira, que te quede bien claro de una buena vez; en este mundo hay dos reinos: el reino de Cristo y el reino del Diablo. No hay de otra. Eso lo debes saber mejor que yo, ¿o no? ¿Que querías? A ver dime; yo no sé creer en la nada, tú lo sabes ―señaló, sin volverse, la pared que estaba a sus espaldas―. A mí me enseñaron que esto era Dios. ¿Cómo quieres que crea en algo que no veo, que nunca nadie ha visto jamás? En una palabra: a mí me enseñaron que Cristo es Dios. Y que es el Mesías. Y tú me sales con que Dios no tiene forma, que es intangible y que la era mesiánica no ha llegado. ¿No tú mismo dices que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios? Entonces es un hombre, ¿no? Total, no vamos a discutir eso. Si vamos a creer en lo que nuestros padres nos enseñaron... Pues ahí tienes. Yo soy cristiana.

―No. No lo eres ―contestó Daniel con voz apagada y le dio la espalda; se salió. Rosario lo jaló del tablón del saco y lo obligó a meterse; se recargó en la puerta.

―¿No? Entonces qué soy, a ver, dime, a ver, según tú qué soy. Anda, qué esperas. ¿Por qué no puedo volverme de repente cristiana? Tú de la noche a la mañana decidiste volverte mojigato ―y bajando la voz, casi tranquila, agregó―: claro, aunque para ello tendré que levantarme temprano para oír la misa de siete. Les enseñaré el catecismo a los niños y organizaré bazares a los pobres. Antes de acostarme, rezaré el Padre Nuestro; sin olvidarme, claro, del Yo, Pecador. Haré eso y más y verás si soy o no soy.

―Está bien. Sí eres cristiana. Una buena cristiana. No me cabe la menor duda.

―Ah, ahora el señor se pone sarcástico. ¿Dices que no lo soy porque te hago salir de madrugada? Ahora lloras, ¿y cuántas veces yo lo he hecho? Tú, ¿qué sabes de las noches que me he pasado nomás pensando con lo que me vas a salir al otro día? A mí no me vas a echar en cara que, si estamos como estamos, es por mi culpa. A ti te consta que he intentado hacer todas las tonterías que me has dicho. Pero a ti no se te da gusto. ¿Qué pasó la vez que te hice caldo de camarón?, ¿con qué me saliste? Yo había entendido que era bueno comer pescado; entonces voy y te escojo el mejor, el más grande de los camarones que encontré. Y me sales conque el camarón no es kosher. No te aventé el plato porque, ahora sí, Dios es muy grande. ¿De quién es la culpa? A ver, dime. Para mí pescado y mariscos son lo mismo. Si me hubieras dicho: "La Tora prohibe los mariscos, y todo aquello que se arrastre o se alimente de desechos, así como todos los peces que no tienen aletas y escamas", lo hubiera entendido, si no soy idiota, pero nunca me explicas bien nada. No sé de qué carajos te sirve estar todo el día con las narices metidotas en los libros si no sabes explicar, si quieres que todo lo adivine. Y luego, ¿qué pasó el Shabat que te hice arroz? ¿No me saliste con la tarugada de que los azkenazís no comen arroz los sábados? Y ni qué hablar de todas las veces que me has dejado con la comida servida porque he revuelto la carne con derivados de la leche ―ahora su tono es como el del alumno al que se le ha pedido repetir la lección por enésima vez―. Aunque sí se permite servir primero la leche, pero no al revés o hay que esperar seis horas para poder comer lácteos... Cuando por fin aprendí a no mezclar carne con leche me saliste que tampoco el pollo se puede revolver con la leche. Lo que tú quieres es volverme loca. Y eso que la Biblia dice bien claro: "no cocerás al cabrito en la leche de su madre"; pero que yo sepa los pollos no maman, o ¿sí? Digo, no sé; a lo mejor en los tiempos bíblicos había pollos mamíferos.

―No, no lo dice la Tora, lo dijeron nuestros sabios; nos prohibieron mezclar el pollo porque tiene un sabor parecido a la carne o porque en realidad no deja de ser carne. Para evitar que nos acostumbráramos.

―Total, entre lo que dice la Biblia y las mariguanadas de los rabinos da como resultado que nada se puede comer.

―No son mariguanadas; son minjaguim, costumbres.

―Es lo mismo. Bueno, ¿y qué me dices del teléfono? ¿Acaso, Dios dictó que debía desconectarse en Shabat? Es ridículo ¿no?, totalmente absurdo. Cavernícola, diría yo. Y qué pasó la vez que llegué muy contenta porque le di limosna a una familia indígena. Tú bien sabes que me repugna que anden con los hijos mendigando en lugar de ponerse a trabajar. Pero te cansaste de decirme que era una gran mitzvá dar limosna. Les di todo lo que traía. Muy feliz te comenté que efectivamente, a uno le nace una cosa bonita en el pecho cuando se da limosna y hasta las gracias te iba a dar cuando me dijiste, ¿te acuerdas con lo que saliste?: "Es preferible dar caridad que limosna. La limosna sólo se puede cumplir con dinero y sólo la necesitan los vivos. La caridad se concede con una mirada o una palabra y hasta los muertos pueden recibirla." Desde entonces, mijito, ni dinero ni nada, ¿cómo la ves?

―Lo que quise decir, es que según el Talmud...

―¡Me vale una reverenda chingada lo que diga el Talmud! Ya me tienes hasta la madre con tu famoso Talmud. Desde hace un año que esto empezó no hay nada, según tú, que no diga el Talmud. El Talmud esto, el Talmud aquello. ¡No me digas lo que está escrito en el Talmud; te pasas la vida hablándome de la Guemará y la Mishná; yo me casé con un hombre, no con un rabino! 

―Los rabinos son hombres.

―No quieras cambiarme la plática. Bien sabes lo que quiero decir. No hablas por ti mismo, ¿cuándo vas a entender que no me interesan tus famosas frasecitas; que me las sé de memoria? Nada más abres la boca para repetir las babosadas que te dicen en el kólel, en esa escuelita de medievales, esa bola de sombrerudos, tus compañeros que se visten de negro; no en balde les dicen "cuervos". ¡Claro, qué vas a decir!, qué puedo esperar que digas. Pero si no dices algo, cuando menos abre bien los ojotes y mira en lo que has convertido nuestra vida. Has hecho mierda nuestro matrimonio; pero no vas a embarrarme. Eso te lo puedo jurar. ¡Por ésta, te lo juro!

Tres veces hizo la señal de la cruz y la besó. Daniel bajó la mirada. Se quedaron callados.

El hombre levanto varias veces la cabeza esperando encontrar más calmada a Rosario pero cada vez que lo hizo, ésta en voz baja, y llevándose los dedos a la boca, volvía a jurar, mientras decía: "por ésta, desgraciado, te lo juro: no vas a enmierdarme, por ésta".

Rosario, en medio de la sala, se muerde el pulgar, la cruz. Mira donde debería estar la cara de Daniel y flexiona una pierna, calculando que el rodillazo debe clavarse justo en la afilada nariz. Respira con dificultad, hipnotizada por la imaginada sangre. Si no tuviera que decidir antes de que amanezca si es mejor la carne hervida o al horno, iría a la recámara para obligarlo a confesar por qué tiene aprisionado ese espíritu contra el vidrio, esa alma que necesariamente tiene que ser buena porque es blanca. Casi de inmediato reconoce que de nada serviría: él bajaría la cabeza, repitiéndose a sí mismo alguna frase del "Tratado de Principios", en especial, aquella que tantas ocasiones le ha dado a manera de excusa: "Elude las conversaciones necias con la mujer, con la tuya propia, y con mayor razón con la de tu prójimo".

No sabe en qué momento empezó a llorar, así le sucede cuando le viene la opresión en el pecho; como la bestia aterida por el encierro, sin acabar de reconocer su entorno. Ella, como la bestia, llora por la libertad perdida. Llora por los sábados cuando iban al supermercado en la mañana; por la tarde se reunían con los amigos para ver los partidos de futbol. Por aquellos viernes en que se iban al cine o a alguna reunión o simplemente a comprar un helado.

―Antes de que se le ocurriera implantar el Shabat: su endemoniado ritual de cada ocho días.

Rosario se duele de que Daniel jamás la acarició ni la recorrió tan amorosamente como él lo hace con las páginas de la Tora. Ni nunca la besó tan tiernamente como él besa las pastas de las Sagradas Escrituras cuando termina de estudiarlas. Ni jamás corrió tan presuroso a levantarla como él lo hace cuando llega a caerse un libro sagrado para de inmediato limpiarlo y besarlo. Ni en los mejores tiempos del matrimonio le prestó tanta atención a sus conversaciones como él lo hace cuando repasa las largas disquisiciones que los rabinos plasmaron en la Mishná. Jamás le agradeció lo suficiente todos los cuidados que le ha brindado como él lo hace cada segundo al Creador.

―¡Me engañó! Me hizo creer que era un hombre, que nada lo diferenciaba de los otros. Pero todo fue una farsa para entregarme a su dios.

El llanto le vuelve; permite que las lágrimas fluyan, que le lleguen al cuello para que se confundan con la leche y el sudor. Siente la lengua escaldada por la sed. Esa sensación le recuerda: "hay que salar la carne para quitar las impurezas. Para volverla kosher". Sonríe con la sonrisa de los que lloran, en un intento por disimular la vergüenza de las lágrimas.

―No podrá quejarse de que, sólo de verlo, he aprendido los secretos de la cocina judía.

Recuerda cuando Daniel degolló una gallina, la vez que alquilaron una cabaña; dejó que la sangre cayera en el fregadero de la cocina. Detrás de él, vio cómo las patas y las alas aun se movían aunque ya no le quedaba ni gota de sangre. Daniel acariciaba la pechuga, el huacal y la rabadilla mientras murmuraba las bendiciones. Rosario cree que todavía estaba palpitante, tibia la carne, cuando la partió en ocho piezas. Las colocó en una bandeja y las cubrió con sal de grano para absorber la sangre que todavía pudiera quedarle.

―Es un reverendo hipócrita. Como si no supiera que le encanta la sangre. Ya verá que no soy la imbécil que se imagina. Ignora que he descubierto su procedencia: Daniel Katz pertenece a la tribu de Dan, una las diez tribus perdidas. Ellos, los de su podrida raza, le pidieron casarse conmigo, con una cristiana. Desde la antigüedad así está escrito: "Un descendiente de la tribu de Dan será el padre del primogénito que ha de redimirnos." Pero se han equivocado. No permitiré que mi hijo les sirva para su venganza. No podemos escapar; antes de cruzar el umbral de la puerta me lo arrebatarían. Sus aliados están allá afuera, en todas partes. Debo adelantarme a sus intenciones. Yo ya no les sirvo. Desde que nació el niño, estoy de más.

Rosario se dirige a la cocina y cubre de papel aluminio el fregadero. Saca de la alacena una charola, sal de grano, una botella de aceite y una brocha. Revisa el filo del machete. Abre el refrigerador y comprueba que están todas las legumbres necesarias.

Regresa a la recámara y se acuesta. Rosario fija la mirada en el reloj; una hora después Daniel se viste sigilosamente. Rosario finge dormir, tiene la cara cubierta con la sábana. Daniel deja las llaves de la casa en el buró: "no puede cargar nada en sábado que no sea lo que lleva puesto", piensa Rosario. Le da un beso al niño y sale. La mujer escucha el portazo y se descubre.

―Ya lo decía. Ya no le sirvo. Antes me besaba al salir; es el primer día, desde que llegué del sanatorio, que va a la sinagoga y ni... ¡Total, para lo que me importa!

Saca al niño de la cuna y lo pasa a la cama. El bebé entreabre los ojos, le sonríe y vuelve a dormirse. Con cuidado lo desviste. Instintivamente se estira en cuanto se siente liberado de la ropa para de inmediato encogerse. Sus pies adquieren un tinte morado. Rosario lo cubre con una toalla y se dirige a la cocina. Vierte el aceite en el fondo de la bandeja y la deja sobre los quemadores de la estufa. Coloca el cuerpo sobre el mueble, cuidando que la cabeza quede cerca del fregadero. El niño empieza a llorar y a mover las manos y los pies a un mismo tiempo. Rosario retrocede. Nunca pensó que pudiera tener esa energía. Se le queda mirando y por un segundo tiene la esperanza de que se caiga. Firmemente lo sujeta del abdomen con una mano, mientras que con la otra intenta quitar la cubierta del machete. La criatura deja de llorar cuando coge el pulgar de Rosario. Ella se queda inmóvil con la funda en la boca, que deja caer cuando le parece que el niño se niega a cerrar los ojos a pesar que la luz los lastima. Le avienta un trapo a la cara y cuando empieza a presionar se abre la puerta de lámina de la azotehuela de la cocina; a medio paso está Daniel, quien sonriente la saluda:

―Shabat shalom ―acto seguido, le toma con firmeza de la muñeca y la retira. Se quita el saco y envuelve al bebé. Ella se arrincona en un extremo de la cocina. Con el machete empieza a tirar todo lo que la rodea.

―¡Lo sabía! Tus secuaces, que todo lo pueden, te dijeron lo que pensaba hacer. No, no es necesario que nadie te diga nada. Tú has leído mis sueños. Tú sabías que yo quería hacerte tragar a tu engendro y hacerle creer al mundo que tú lo cocinaste. Tú, que prefieres la carne de ternera porque es la más parecida a la carne de bebé. Por miles de años, tu clan ha sacrificado recién nacidos para cocinarlos en Shabat ese maldito día en que dan rienda suelta a sus instintos, a los placeres de la carne. Yo lo sé; el mundo lo sabe. Nadie investigaría quién lo cocinó. A nadie le interesa defender a un judío. Pero tú y tus cómplices no lo querían para comérselo. No, de ninguna manera iban a desperdiciarlo tan vulgarmente. No, ustedes querían su sangre. Beber un poco de sangre de hijo de cristiana y de judío para realizar sus satánicos ritos. Para provocar la llegada del Anticristo y poder implantar un reino, según ustedes, indestructible. Sé que envenenarán los depósitos de agua para matar a todo Tlatelolco y después a la ciudad entera. Cuando tu engendro cumpla trece años, lo coronarán rey. ¿No es así, mi querido Daniel? Como puedes ver, no puedo andar por ahí diciendo todo esto. Tenía que tener pruebas; tenía que hacerles creer que te habías cenado a tu hijo. Pero olvidé lo más importante: que los poderes con los que te dotó tu amo son infinitos y que podías leerme el pensamiento.

―Siempre hablas en voz alta ―responde Daniel, serenamente―. ¿No te lo he dicho? ¿No tenía que llamarte siempre la atención en clases, porque no dejabas de murmurar?

―No es cierto, eso es lo que quieres hacerme creer. Siempre quieres darme pensamientos que no tengo. Me engatusaste; eso es. Me deslumbró tu verbo. En la universidad no hice otra cosa que estudiar tu materia. Por eso cuando me hablaste, yo ya no miraba ni escuchaba nada que no fueras tú... No sé a qué viene todo eso ahora... Sólo quiero decirte que en ese entonces me creí feliz. Que te creí un gran hombre. Casi un dios... No sé por qué te digo esto ahora, que seguramente te ha de dar risa. Siempre te has reído de mí. Sólo te serviste de mi cuerpo, de mí... Pero eres el vivo retrato del diablo, eres su más fiel servidor. Pero por muy protegido de Satanás que seas, no podrás escaparte de mí.

La mujer empuña el machete y se lanza contra ellos; mete el pie en una cacerola. Patea contra el refrigerador queriéndose zafar. Tira la bandeja con el aceite. Se le viene encima el trastero y, al caerse, se abren los botes de la harina, el pan molido, el azúcar y el café. Desde el suelo, ve que Daniel conecta el teléfono; le grita:

―¡No, espera! ¿Qué vas a hacer? No profanes el Shabat. No toques el teléfono. ¿A quién vas a hablarle? Tú no debes hablar jamás por teléfono en el día sagrado, tú lo sabes, no peques por mi culpa.

Lentamente el hombre empieza a marcar. Mira que Rosario se levanta con violencia. Mientras espera, Daniel Katz escucha una maldición seguida de un resbalón; después un grito, largo, intenso: desgarrador. Al final una queja agónica. Cuando del otro lado de la línea exigen respuesta, Daniel cuelga.*

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MULTIMEDIA:

OBRA DE JOSEFINA ESTRADA (CNL-INBA)

cuento "Panegírico", en Narrativa hispanoamericana, 1816-1981, de Ángel Flores (Google Books)

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Fuente: * Del libro Malagatos. México, Plaza y Valdés, 1990. Colección Platino.

 

 

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