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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Carlos Chimal Santa

 

¡Aquella noche! ¡Cómo no voy a acordarme! Cuando se tienen catorce años las huellas son imborrables, claro, hablo de las de aquí adentro. MI madre se había sentado a la máquina dos semanas antes y había sacado de allí un vestido de organdí, con talle imperio, ¡terrible!, porque con mis piernas flacas, sin atreverme a dar un paso si no era detrás de los escuincles que de repente pasaban como ráfagas por entre los invitados, me sentía más del lado del oscuro y solitario jardín que del resplandeciente y animosos salón. Siempre sucedía lo mismo desde que había cumplido los doce: mi madre se ilusionaba porque algunas de las clientas a las que les cosía a veces la invitaban a una que otra fiestecita, y quién mejor que yo para acompañarla, ahora que "tenía edad". Pero esa noche fue demasiado. ¿A la boda de una de las hijas de la dueña de tantas y tantas tiendas de la ciudad? Mi madre se lució con mi vestido, que todas las señoras chuleaban y todas las chamacas del salón miraban verdes de envidia. Y yo me quería esfumar ahí dentro. ¡Ay, pero de súbito, que la orquesta empieza a tocar Patricia! Se me tostaban las habas porque alguno de los chicos se acercara a mí, me tomara de la mano y me dijera… Pero nada, tan tarán tarán, tarán; tan tarán tarán, tarán… Sin darme cuenta, había comenzado a mover mis largos pies embebidos en un par de calcetas blancas de hilaza y unas zapatillas de charol negro. Fue entonces que dos de los niños de la casa (eso lo supe después) se acercaron a mí, ambos muy monos, con sus trajecitos de grano de pólvora, las manos en los bolsillos, los copetes bien recogidos con brillantina, ¡qué emoción se formaba en mí! En el momento en que uno de ellos, el mayorcito, me dijo: "¿sando para antier?", o algo así, algo que no pude entender bien; "¿cómo?", contesté mientras acercaba un poco la cabeza, sin descruzar mis manos que escurrían sudor y me ocasionaban más pena; entonces siguió: "con la boca", y se echaron a reír; yo, todavía de mensa, que se me sale : "¿eh?", y él me dice, con el tonito que tenían todos ésos de la Chapalita: "¿eeé?, ¡purrr!", terminó con la punta de la lengua aun lado, salpicándome con su asquerosa trompetilla. Gracias a Dios, no faltaba mucho para que aparecieran los Beatles, así que, no sin chillinas y regaños mediante, pudimos abandonar el piqué y las tarlatanas por la mezclilla y la libertad.

En realidad, no sé si habrán sido ellos, aunque a mí me parece que sí, porque para bailar el Twist y gritos no había mejor prenda que un pantalón, y para sacudirse Al compás de Beethoven, qué más que prescindir de los moños. ¡Oh!, era maravilloso sentir las piernas ocupadas por una florida capa de cotón y poder alzarlas hasta la luna. Pero no a todas partes llegaba el paraíso. Yo no sé cómo pasó, pero bastaron cuatro o cinco veces que ni madre volvió a ir a casa de la Chapalita para que liara con ese par de demonios. Ellos me seguían por el jardín que rodeaba la casa, me acorralaban en la terraza y terminábamos de pies a cabeza en la alberca. Aunque, como he dicho, era yo horriblemente flaca, había desarrollado ya pecho, y al emerger de esa hermosa piscina, mis senos ceñidos por el radiante nailon terminaban siendo el espectáculo de Javier y Fernando. Ellos también eran muy flacos, como fideos, pero no por eso carecían de sus cosas. Ambos mostraban un trasero llenito y respingado, y unas blancas espaldas que con los años se harían anchas y sólidas y más blancas y pecosas. Recuerdo muy bien aquella primera noche, como también recuerdo otra, tres años después, indeleble como el jugo de betabel.

Mese antes había cumplido los diecisiete, seguía siendo tilica, pero mis senos eran redondos y grandes. Javier tenía ya diecinueve y Fernando dieciocho. Las cosas no tanto, pero la ropa había cambiado mucho. Las puntas de mis cabellos alcanzaban mis nalgas y, a pesar de los sainetes de mi madre, me enfundaba en unos vaqueros y usaba camisetas chinas de algodón, sin sostén, y un cinturón ancho de cuero café. Javier y Fernando usaban el pelo sobre la oreja, aunque nunca los vi más que con pantalones de dril.

Se había anunciado la celebración del Circuito Atlas, cuyo recorrido iniciaba en Guadalajara, llegaba a Zapopan y terminaba de vuelta en las orillas de la ciudad. Esa tarde, para celebrar mi cumpleaños, nos fuimos a comer a El Abajeño. Yo ya trabajaba en la confección de bikinis y toda esa ropa de lentejuela para algunas vedettes, así que no tenían que invitarme, eso sí nunca, y creo que es lo que me ha salvado de tanto rufián. La cosa es que allí nos encontramos a sus amigos los Ruiz, nos trepamos a su cadillac y seguimos bebiendo el tequila de la casa que salía de un barrilito instalado en el auto, magnífico, el auto y también el tequila. Siete leguas adelante, estaba pactado: Javier y Fernando adaptarían sus coches y correrían, todo por cuenta de sus amigos lo Ruiz. Javier tenía un tbird 59 blanco, y se zambulló en la máquina, se incrustó en los muelles, y dejó un auto potente y superestable. Una lancha, pues. Su papá le había regalado a Fernando un corvette con tal de que no reprobara el primero de prepa, cosa que aprovechó a las mil maravillas. Incluso mandó pintarle unas llamaradas a los lados, así nomás traía la máquina. Esas semanas vivimos juntos. No salíamos de la cochera más que para atravesar el cuarto de planchar e ir a comer a la cocina, o para dormitar unas horas en los cuartos del fondo del jardín, fuera de la casa. Bueno, ahora que me acuerdo, sí salimos un sábado por la tarde. No podíamos faltar a la primera presentación en vivo del amigo Manolo Muñoz, no nos lo hubiéramos perdonado. Echamos porras como locos y comimos tostadas de carne y bebimos tepache al anochecer en su honor. En la casa de la Chapalita no corríamos ningún peligro, sus padres hacían un viaje largo y la tía Chala, quien había venido de la capital para ocuparse de ellos y su otros diez hermanos, me había taladrado los ojos y hecho unas preguntas, lo suficiente para conocer mi clase y educación. Era una señora como no he conocido otra: atenta, fina y disciplinada. Me hubiera gustado haber ido su hija; así ellos habrían sido mis primos y nada de lo que pasó luego habría herido el corazón… Lo único bueno que me queda de todos esos años es Alfredo, mi Freddy.

Por fin llegó el día. Guadalajara era una fiesta. La competencia se había engalanado con la presencia de varios pilotos internacionales, entre ellos Moisés Solana y Pedro Rodríguez, ¿se imaginan? ¡Una carrera en serio! Javier soñaba con irse al otro lado, pero no para volverse corredor de pistas, sino de la bolsa. En cambio a Fernando hasta la calentura tuve que bajarle una vez, bueno, dos, tan necio estaba de plantarse en medio de Indianapolis y rociar a todos con champaña. No sé cuál de ellos me gustaba más (y sé que a los dos les fascinaba, creo que nunca tuvieron una compañera como yo), y el corazón me palpitaba porque sentía que esa noche habría de decidirme. En el cadillac de los Ruiz habían jurado ganar la carrera para mí, y como en estas cuestiones sólo hay uno que llega primero… Los motores rugían, los cascos caían sobre los cuellos; los brazos se veían tensos sobre los volantes. Una chica con falda para el tenis dio el banderazo de salida, y allá fueron los bólidos aquella tarde roja. Casi dos hora más tarde, se vio aparecer a lo lejos un vehículo, y luego otro, y enseguida varios más. Sentí que el pulso me iba a reventar en el momento en que noté que a la cabeza venía el corvette de Fernando. Un hombre movió la bandera de cuadros negros y blancos con gran destreza y rapidez y al final pegó un brinco. ¡Había ganado, le había ganado a grandes pilotos! Salté de alegría, pero luego pensé con tristeza que eso sería el fin. Quien sabe, a lo mejor me llevaría con él (nunca pensé en casarme ¿pueden creerlo?). Pero no, lo más seguro es que empacara sus cosas bajo un contrato jugoso y le perdiera la pista. ¡Vaya!, pero en ese momento, en medio del barullo, me olvidé y corrí a sus brazos. Entonces me besó en la boca. Yo también, y le quité el casco y sumí mis dedos en su rubia cabellera. Ummm... lo que no habré sentido aquí, acá y más abajo. Luego me dijo que estaba triste porque el thunderbird de su hermano, luego de haberse puesto al frente, le reventó la caja en el momento que rebasaba a Moisés Solana. Luego de la premiación, nos deshicimos de los Ruiz como pudimos, salimos corriendo a la Chapalita por otro auto, le avisamos a la tía Chala y fuimos a buscar a Javier. De paso sólo pudimos comprar unos birotes, un poco de jamón y queso amarillo, una cocas, y salimos destapados. Claro, con el pretexto de que Javier estaba abandonado, sacamos el mercury del padre, automático de pe a pa, con aire acondicionado y toda la cosa. Fernando puso la radio y nos deslizamos por la carretera, en una noche abierta, azul y estrellada. De pronto, vimos pasar en sentido contrario una grúa que arrastraba a otra que a su vez jalaba el tbird de Javier. Fernando tocó el cláxon como desesperado, pero la caravana siguió su camino. Sin saber qué hacer, nos detuvimos a un lado de la carretera. La noche era tan cálida y hermosa que bajamos a contemplar. Allí me sorprendió por segunda vez. Conocía los nombres de algunas constelaciones y podía reconocerlas. Yo había notado su capacidad de observador, sobre todo cuando me miraba. Me contó una historia de la Vía Láctea y me dijo que mis ojos habían caído a la tierra hace millones de años y que mis labios eran inolvidables. Me abrazó de nuevo y no volvimos a despegarnos. No fue él el que propuso el automóvil sino yo. Ningún hotelillo de Zapopan se hubiera comparado con aquellos asientos forrados de piel y la radio que hacía eco de nuestros primeros sentimientos. Después Fernando tomó de la guantera una cajetilla dura de lucky strike y fumamos del mismo cigarro. Un menso camión de redilas que pasó encarrerado nos hizo regresar a la realidad. Estoy segura de que nadie se enteró, pero incluso antes de que la panza me empezara a crecer, Javier lo resintió. Y también Fernando. Un día, nonos vimos; otro, tampoco, y así los que siguieron. Yo no iba a pedirles nada, con lo que ganaba haciendo esa diminuta ropa para las encueratrices me las arreglaba bastante bien, sobre todo luego que me empezaron a pedir ropas para sus películas. Todas ellas sabían lo que me pasaba y se portaron a la altura. Cuando me di cuenta, estaba yo instalada en un departamento de la colonia Narvarte, y en un santiamén nació Freddy.

Y es por él que he aguantado todos estos años, y porque es ahora un triunfador dejaré de hablar de mí. Si el mundo conoce hoy a mi hijo, tengo que platicar cómo llegó allí.

Como cualquier madre, pensaba darle una educación, un nombre, nada a medias. Quería que fuera ingeniero, o algo así. Pero con el constante ir y venir de los rodajes, las fiestas, los hombres… La vida es fácil y complicada a la vez. Lo que te da te lo cobra. Aunque, puedo garantizarlo, nunca abandoné a Freddy. Sólo que no me salió muy estudioso, en apariencia. Porque, verán, un buen día, cuando ya era un muchachote, con la tez blanca como la de su padre y los ojos azules como los de su abuelo (yo nunca conocí a mi padre ni mi madre me lo mencionó una sola ocasión, pero estoy segura que si algo lleva de mi no es mi piel morena o mis ojos negros, sino mi orgullo), se sentó a mi lado, puso el brazo sobre la máquina de coser y me dijo que se iba al otro lado. Casi me agujero un dedo, pero agarré fuerzas y lo mandé a pasear.

A la semana recibí un telefonazo, "ma, estoy bien aquí en Los Ángeles, no tengas pendiente, ya tengo chamba"; y a los cuatro días una tarjeta postal, de un lado Sunset Boulevard y del otro: "Para la madrecita más linda del mundo. De su Alfredo". A los tres meses, un giro por cien dólares. Lo extrañaba, y mucho, porque hacía tiempo que había decidido bajar la cortina a los hombres, y en verdad nunca me estorbó. Pronto me mandó una docena de fotos, con amigos, en la playa, con un carro enorme y al ras del suelo, y luego el mismo auto con la trompa levantada, como si fuera un caballo encabritado; había también una con una bella chiquilla, y no pude contener las lágrimas. Era morena aceitunada, de cabello negro y abundante como el mío, de piernas fuertes y bien torneadas, como hubiera querido tenerlas yo. Al fondo se veía la entrada de los estudios Universal, y en su carta me decía: "¿Cuándo te vienes, ma?" Cuándo, no lo sabía ni se me ocurría. Por supuesto, algunas de las vedettes a las que les trabajaba ya habían pasado su mejor momento, pero ahora había otras, algunas de ellas tan jovencitas como la chica de Freddy, que necesitaban minifaldas para la mañana, hot pants para la tarde, bikinis tejidos para la noche. ¿Quién iba a cubrirlas sino yo?

Al cabo de un año recibí una carta: "Jefa, aquí ya estuvo. Hace poco echaron de la isla de Alcatraz a los piel roja, y la gente dice que luego nos toca a nosotros. Ahora no son adultos los que pasan el toque, sino niños encuerados. Los malditos negros nos odian. En el town, a veces paso como un fantasma por el color de mi piel, pero a María le cierran el paso. No way to go, ma…" Sentí pena por él y le escribí luego luego para que se regresara a su patria, qué tenía que estar haciendo por allá, sufriendo de gratis. Pero su contestación fue: "No me has comprendido, el problema está en el deep south. Arriba las cosas serán distintas para mí. He cortado a la María porque para ella no habrá chance. Lloró y pataleó, pero los gringos de aquí no me van a fregar; allá arriba sí hay igualdad".

No supe de él en más de seis meses. Fueron días grises para mí y mis clientas. Pocas películas se rodaban y casi la única salida fue la televisión. Con el tiempo y la mano de Dios, las chicas han podido recuperar sus trabajos. Pero entonces pensaba que todo iba a terminar. En ésas estaba cuando llegó su carta y una foto, en la que se veía a las afueras de una casa, todo lleno de nieve, acompañado de dos tipos, los tres vestidos de una manera muy peculiar y saludando con un gorro a la cámara. ¡Qué es esto!, me dije, ¿pero si está disfrazado de Santa Claus! Abrí corriendo la carta: "¿Qué pensabas?, ma, éste ya se perdió. Aquí estoy, bien vivo y estudiando. Creo que por fin encontré lo que tanto deseaba, y además espero complacerte, tú que siempre quisiste que fuera a la escuela. Aquí en Albion, NY, hay una especializada en Santas. De aquí salen graduados los mejores del mundo. Como ves, he tenido que engordar un poco, pero mis bigotes son de a deveras, decolorados pero míos, al igual que mi barba. No sabes cuántas cosas he aprendido con esta buena gente. Además de encontrar la mejor carcajada para cada ocasión, aprendemos a caminar, a realizar toda clase de suertes y a hablar. Eso es muy importante, ma, todo mundo quiere oír a Santa Claus; niños, jóvenes y adultos esperan un consejo de Santa. En tres meses recibiré mi diploma y podré trabajar en los mejores sitios de Nueva York, Chicago y Washington, no sólo en las calles, sino en banquetes y fiestas privadas. Cuídate jefa, y sé feliz. Te lo desea, Santa".

No debo mentir. Al principio experimenté una duda parecida a aquella poco antes de que se corriera el Circuito Atlas; no estaba muy segura de que fuera lo mejor para Freddy, pues por más que me lo imaginara, no podía dejar de pensar en los pobre diablos de la Alameda. Pero me hice el ánimo, pues pensaba que allá las cosas eran distintas y que Freddy llegaría a ser un gran Santa Claus. 

Y así fue. Hace unos días recibí unas fotos, una revista, Luminary, y un video. Lo primero que hice fue poner el cassette. ¿Qué maravilla poder verlo y no solo mirar su letra! Sentado bajo la sombra de una mesa de jardín, con una piscina de fondo, me decía: "Ma, las cosas no pueden salir mejor. Luego de una temporada en la Big Apple, dejé Nueva York por un estupendo contrato en Miami. Just like that. A un dealer de por allá le gustó mi manera y sólo me pìdió que engordara un poco más. No problem, le dije, tomé el Silver Meteor y de volada me planté en las mejores casas. ¿Ya viste mi foto con Charles Bronson? Ahora me hospedo en el Palm Bay Hotel, de lujo. Ma, mira esas fotos de la revista, son de la noche que triunfé. Besos. Mañana deposito en tu cuenta mil dólares". Luego había tomas con otros huéspedes del hotel, siempre gente rodeándolo, admirándolo.

Con gran emoción hojeé la revista, que en la portada traía a Madonna y uno de los letreros: "Christmas Coast to Coast". Llegué a la parte donde había muchas fotos pequeñas de gente en una fiesta y al dar vuelta a la página, ¡oh Dios!, Freddy en una toma gigantesca, rubicundo, con el pelo blanco, de anteojos, abrazándose con un hombre cincuentón del que sobresalía su enorme nariz roja. Al igual que mi hijo, a lo largo de todos estos años he aprendido un poco de inglés y pude leer algunas partes del reportaje: "Freddy Chaste, considerado hoy en día el Santa de las estrellas, acaba de revelarse como un estupendo anfitrión en casa de la esplendorosa Imelda Marcos. 'No es fácil', dijo Santa Chaste, 'ser un Santa real aquí, en Hollywood'. Como nuevo miembro del Circuito Santa Estelar, que mantiene estos tiernos e imprescindibles personajes por toda la Unión Americana, Santa Chaste dice sentirse muy satisfecho de poder viajar ahora en primera clase. 'Los Continental son magníficos, pero ahora me encantan las cabinas decó de Amtrak'. Todos los Santas saben uno o dos trucos, pero este Santa nos ha impresionado con la habilidad de sus manos y la simpatía de su rostro. 'En Virginia, alguna ocasión tuve la dicha de asistir a una conferencia de Brady White, el gran Santa de las estrellas; allí le escuché decir que si uno quería desenvolverse en Hollywood, la regla era portarse atrevido en serio para conseguir algo hermoso. Él nos enseñó la manera pontificia de entrar a un salón de fiestas. La vez que el Papa visitó LA, se encontraron en el aeropuerto. ¡Santa Claus!, exclamó encantado el Papa, maravilloso trabajo con los niños, le murmuró mientras Brady se hallaba arrodillado ante él. Desde entonces, aprendió a descansar como un soplillo dos dedos en las cabezas de los pequeños y ha perfeccionado su entrada pontificia'. Santa Chaste no teme llegar a fastidiarse por las constantes peticiones. 'Ayer fueron muñecas y videogames, hoy son Mercedes Benz, convenios de divorcio, herencias y diamantes'. ¿Se le ha pedido algo imposible a Santa Chaste? Antes de retirarnos, la despampanante Madonna se acercó a él, se sentó en sus piernas y con una voz candorosa le dijo: '¿puedo ser virgen esta Navidad?', a lo que Santa, sonriente pero con un dejo de tristeza, contestó: 'Santa no puede hacer milagros' ".

Dejé la revista a un lado y sentí cómo el pecho se me inflamaba. Aún no era todavía de noche y me di cuenta de que tenía varios días de no poner un pie en la calle. Me bañé, me arreglé lo mejor que pude y salí. En el primer bar que encontré pedí un tequila doble y agradecí al Señor que hoy, mi Freddy, sea un hombre de bien.*

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MULTIMEDIA:

OBRA DE CARLOS CHIMAL (CNL-INBA)

Novela Lengua de pájaros (Google Books)

ENTREVISTA (Letras Libres)

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Fuente: * Del libro Cinco del Águila. México, ERA, 1990. Biblioteca ERA, Serie Claves.

 

 

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