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Literatura en México

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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Ricardo Chávez Castañeda Ángeles


Ricardo Chávez Castañeda
Foto: Antonia Kerrigan Literary Agency

Con los ángeles cobra sentido aquella imagen del par de trenes moviéndose en direcciones opuestas, convergiendo por segundos en el mismo túnel y la misma asfixia. Nos cruzamos. Se podrán decir cosas absurdas de su tiempo como ridículos les parecerán a ellos los cursos de nuestras manecillas y nuestros calendarios, nuestros acumulamientos. Ellos, los ángeles, viajan hacia atrás: rumbo a nuestra juventud y los años perdidos de la infancia. No son, sin embargo, las criaturas inofensivas de los filmes que se proyectan en reversa en el cine Cosmos, como matiné durante la mañana de los sábados. No se limitan a desandar, a desatender, a desvivir. No son seres sin consecuencia.

Aparecen por vez primera en las pesadillas de algunos ancianos. Les previenen del mal sueño obligándolos a salir de la cobija para regresar a la calle. A eso se dedican noche con noche: sacudirlos, echarlos de la cama, encenderles el televisor, ponerlos en la mecedora, forzarlos a devolver a puñados el valium, los comprimidos de diazepán o lo que se hayan tragado esta vez.

El ángel de manos gruesas y ojos luminosos, por ejemplo, es guarda de una anciana de asilo, de un velador, de un poeta quien sólo ha aprendido a llorar en imágenes de familia: una telaraña metafórica entre padres e hijos. El poeta suele balancearse sobre las nalgas desnudas, en el piso áspero del corredor, hasta que el ángel lo obliga a empuñar la pluma, apoyarla en la hoja y moverla con bello trazo de derecha a izquierda, recogiendo cada una de las letras de la palabra Condena o Herencia o el significante para ¿relevo¿ que haya usado esta vez. Con la anciana es suficiente llevar la orina del colchón a la bata y de la bata a la entrepierna hasta restituir la sequedad.

El sacrificio es visible: con el tiempo el ángel deja de ser etéreo. Muestra ahora una cicatriz en la mejilla y se ha llenado de vello blanco y grueso. Por el contrario, la mujer ve desaparecer de sus piernas las costuras verdosas de arterias, y el velador recobra uno a uno sus dientes.

En algún ¿hoy¿ el ángel acaba de quitarle a ella una navaja. Ella lloraba cuando él la forzó a envolverla de nuevo, ponerla otra vez en el segundo cajón de la cómoda y reintegrarla después al bolsillo de su esposo.

Y sin embargo, hay días benignos que ellos parecen vivir sin su ángel. El velador se ha vuelto policía, el poeta está acariciando el vientre hinchado de su esposa, la mujer antes anciana abrió las piernas y dejó entrar a un muchacho torpe pero bello.

Es falsa la independencia. Ellos están eternamente a su cuidado y, sin embargo, como si no bastara, el ángel ha empezado a recoger a otros. A la joven rubia le restituyó la sangre que ensuciaba las cortinas y las paredes del lavabo, le recompuso las muñecas, le ayudó a borrar una nota de todos modos ilegible porque ella había decidido omitirlo a él, su ángel. Al muchacho de treinta y seis años le extrajo la bala de la nuca.

El ángel los acompaña y los preserva cobrando cada vez mayor visibilidad. Ahora tiene un olor inconfundible a madera mojada, uno de sus dedos carece de uña; en un verso del novel poeta se ha logrado la afortunada evocación de una mano posada en la nuca. 

Guardar es una labor que termina por tornarse agotadora, incluso para ángeles. El monótono ritual de adelgazar los llantos y los gritos, y devolverles a sus ahora cinco infantes la expresión seca y muerta de los peces ―unos ojos redondos y opacos, asfixiados por el cristal―, empuja al sacrificio último. Hace un par de días tocó el turno a la niña rubia. Hoy le corresponde al muchacho del balazo, devuelto a una infancia interrumpida con sedantes y largas sesiones de preguntas que no entiende. Sucede parecido con cada uno. Hay un hospital y de pronto el hospital no existe más, y este niño de suéter azul, pantalón corto y botines con las puntas descharoladas se descubre en una sala familiar pero desierta. La deformidad que muestra el ángel es la prueba de la inmolación. Está boqueando y las grietas de su frente son como un segundo par de ojos, tiene amoratado el labio inferior y el olor que se escapa del cuello es duro como lija. El ángel abraza al niño para ayudarle con las arcadas y los pataleos; lo estrecha contra sí a pesar del manotazo que acaba de herirle la mejilla. Le murmura algo al oído como a la niña rubia, le sujeta de la nuca con su mano gigantesca como al niño que después será poeta, y poco a poco va haciendo que la sangre retorne a la entrepierna. Entonces el ángel se empuja una última vez y extrae algo sólido y pasmoso, como una estaca, que atravesaba al niño.

Después este niño y ese otro que habrá de escribir decenas de libros sin escaparse del silencio se van calmando. Este niño y el futuro policía recobran progresivamente el color. Este niño y quien fue una mujer vieja, luego adulta, luego esta niña tímida de mentón dividido, ensayan una sonrisa.

Cada niño y cada niña ponen luego la mano dentro de la mano del ángel y echan a andar por las calles de la ciudad ante veintenas de personas que no atinan a maravillarse porque criaturas tan pequeñas necesiten de ese ángel enorme que las guarde.

La última vez que se encuentran, los niños pasan la mirada sobre su ángel sin agradecimiento, sin reconocerlo, a no ser por quien dentro de treinta años habrá de pegarse un tiro en la nuca y ahora esté con el ángel, en el asiento de junto, mordiendo una paleta. Los otros niños juegan con una reata, con las canicas. El ángel, a su vez, los observa desde el auto, sin bajar el vidrio, con una expresión que recuerda el gesto muerto de los peces. Los ojos opacos y áridos de la condena, la herencia, el legado o el vocablo que haya usado esta vez el poeta para llenar la hoja y para terminar balanceándose desnudo, en el suelo áspero del corredor, sin terminar nunca este escrito.

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MULTIMEDIA:

OBRA DE RICARDO CHÁVEZ CASTAÑEDA (CNL-INBA)

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Fernanda y los mundos secretos (varia invención. Google Books)

 

 

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