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Literatura en México

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Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Rosa Beltrán Grafitti


Rosa Beltrán
Foto: Archivo/El Universal
Una puede ser mujer de cierta edad, usar gafas y, si ha de hacer caso a la opinión de su marido, ser algo tonta, aunque, eso sí, muy emprendedora. Ir a la universidad, por ejemplo, y tratar de seguir una carrera humanística, digamos Letras Clásicas, aunque haya que desempolvarse la desusada razón, como dicen, y hacer acopio de valentía para levantar la mano en clase, como buena colegiala, y opinar cualquier cosa, lo que sea, con cierta solemnidad.

Una puede no sentarse del lado derecho, donde se sientan los exquisitos, como ellos mismos se han dado en llamar, sino sentarse de este otro, o sea donde se sienta el pueblo, como nos dicen, el popolo, y por tanto guardarse de andar dictando verdades sin que eso sea tampoco una cuestión fundamental, porque después de todo a veces se nos dificulta entender las lecturas de Tácito, de Publio Ovidio Nasón y sobre todo las preguntas del maestro Pelegrí.

Una puede entonces levantarse de su lugar y salir de la clase y dirigirse al baño. Esperar un poco, digamos unos diez minutos, y ocupar el primer compartimiento que se desocupe. Disponerse a hacer lo que generalmente se hace en estos casos, y digo generalmente porque puede suceder que una mire de frente a la puerta cerrada y se tope justamente con eso, y se sorprenda.

Puede ser que una busque en torno suyo como avergonzada, aunque no haya nadie (una a veces se siente espiada), o que sienta el contacto de unos ojos íntimos que rozan el cuerpo con su frío, pero que obligan, no obstante, a quedarse impávida. Por fortuna, una sabe que se trata de una incomodidad momentánea, así que puede acercarse con cautela y observar a sus anchas el pito de tamaño prodigioso y el letrero en tinta roja dentro del mismo: "bésame quedito" y volver a sentir que se ruboriza y sofoca cada vez que lo repite en silencio, y que no puede evitar una sonrisa y un cosquilleo, sobre todo porque se sabe que los demás estarán discutiendo sobre Homero, sobre Xenofonte, y eso sin contar a los de enfrente que ya para entonces estarán denostando, componiendo, corrigiendo La ciencia de la experiencia de la conciencia.

De pronto una descubre, al lado del enorme pito, una máxima, como dicen: "A todas nos gusta porque todas somos putas." Y siente cómo súbitamente se transforma su expresión porque una tiene que hacerse la pregunta fundamental de si una es o no es lo que ahí dice que una es. Pero respira aliviada y mueve con levedad la cabeza para sí, y sonríe ante la fútil duda porque una sabe que por fortuna es de las personas que dedican su vida a otras cosas, o sea, que no pertenece al aura mediocritas, como dicen, y que aunque a una le choque y le moleste sobremanera la estupidez humana, no deja de ser intelectual por acercarse a ver una línea roja que forma un pito que desemboca en una boca y una advertencia: "Cuidado; el pepino engorda", firmado por su autora, Chepinga a tu madre. Entonces una sigue con la mirada los letreros más obscenos, los más llamativos dibujos, y luego se marea un poco, sólo un instante, con las cintas de colores de todas esas letras que también son moños dispuestos para regalo de colegialas y colegiales, porque una sabe que los hombres han de hacer también sus Confesiones en los baños, bien distintas a las del santo medieval, pero apenas piensa esto, se avergüenza nuevamente.

Una sospecha que la persona de afuera se ha de estar desesperando, pero en ese momento distingue con asombro el mínimo mensaje, como queriendo ocultarse entre el resto; una lo oye pedir con letra temblona de lápiz: "Ayúdenme a abortar", y se queda estupefacta y brinca asustada porque en ese momento se han puesto a tocarle; dos golpes secos, con rabia, y a decirle que se apure. Antes de abrir, una obedece a un extraño impulso y busca en la bolsa una pluma que sale de entre recibos y notas y escribe con trazos apenas más grandes que el propio letrero: "El aborto es un crimen", se echa para atrás, ve su obra y sonríe. Una siente algo como lástima, aunada al olor de las frituras grasosas que se cocinan abajo, donde alcanzan a oírse entre perros, escombros y comida, las frases del Carmina Burana que entonan los alumnos de latín y añade a su letrero "Dios te ayudará", jala inútilmente la cadena, y sale del baño complacida.

Afuera, un grupo de mujeres con cara de palo espera su turno mientras otras se maquillan y remozan; una puede pensar que sus razones tendrán, porque más allá del recinto infranqueable por los hombres, cuya puerta dice "damas", también se puede pensar en otra cosa que en Séneca, en Virgilio, en Cicerón. Una no sabe gran cosa de otras áreas porque acaba de entrar con cuarenta años y una pobre cultura a hacer carrera, pero puede imaginar que salvo los nombres, nada cambia, en esencia, en los salones contiguos.

Sin embargo piensa, y se azora por pensarlo, que las frases del maestro Pelegrí sobre Catulo serían realmente conmovedoras si vinieran de un hombre que las dice, pongamos por caso, mientras le mira a una las piernas.

Una puede ver cómo se filtra la luz de las ventanas del pasillo y tener todo el propósito de entrar a lo que resta de la clase, porque finalmente para eso decidió imponerse a su marido, pero entonces siente un deseo irresistible de dar vuelta y entrar otra vez al pequeño compartimiento del baño para damas.

Dejar el bolsón de casi piel, que sin embargo es plástico café porque costaba menos en la tienda, sentarse y contemplar la puerta es todo un mismo instante: inmediatamente después vienen la incredulidad y la risa. Una puede sospechar que las demás van a creer que una está loca, pero si no ha podido contenerse ha sido por la rapidez con que una ve que han contestado su mensaje. Una lo lee y luego enrojece: "A poco Dios es abortero", y entonces una como culpa que no acaba de aflorar del todo y enseguida una mancha de tinta diminuta: un teléfono. Una hurga en la bolsa y saca un papel que es la nota de la tintorería y saca también una pluma que es la misma pluma con que ha escrito antes, y, sin saber por qué, garrapatea copiando el teléfono. Antes de que los golpes en la puerta se sientan desesperados, una rectifica el número de teléfono que ha anotado y guarda el papelito.

Entonces jala de nuevo inútilmente la cadena, y sale del baño sintiéndose ligera, casi volátil.*

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MULTIMEDIA:

OBRA DE ROSA BELTRÁN (CNL-INBA)

"Réquiem" y "Shere Sade", en voz de la autora (UNAM)

ENTREVISTA (YouTube)

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Fuente: * Del libro Amores que matan. México, Joaquín Mortiz, 1996. Narradores Contemporáneos.

 

 

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