Sitios

Literatura en México

compartir en facebook  compartir en twitter

Cinco Décadas de Cuento Mexicano. Antología. Perea, Pitman, Taylor, Tedeschi, Valenzuela

Gabriela Valenzuela Navarrete Nuevos narradores mexicanos: ¿qué y cómo cuenta la generación de los setenta?

I. La Generación de los Setenta. Un manifiesto que no es…

Sentada ante la computadora —que es, para quienes nacimos en los setenta, nuestro medio natural de escritura—, intento pensar en qué debo decir sobre los nuevos narradores mexicanos que no se haya (o haya, yo misma) dicho ya, y, de pronto, empiezan a surgir ideas no de qué decir, sino más bien de por qué no debería escribir sobre estas “nuevas voces” que, de tanto hablar de ellas, cada vez se antojan menos nuevas.

En general, los autores de los setenta han dicho que no quieren ser clasificados como generación, que no se les puede agrupar como tal. Me excluyo de ellos por una simple razón: cada vez con mayor claridad veo que tal argumento resulta poco válido, harto frágil y se contradice a cada rato. El simple hecho de decir que no son una generación, que no se parecen entre sí ni escriben de manera similar (según algunos de ellos) termina por probar que, en realidad, sí hay características compartidas, vasos comunicantes entre sus obras que no dependen de la cercanía física para desarrollarse. Yéndonos más lejos, ni siquiera podríamos hallar muchas diferencias entre los escritores nacidos en los setenta en México y en otros países, como España o algunos de Latinoamérica.

Muchos de mis contemporáneos han escrito ya sobre esta cuestionada generación, legitimándola también de algún modo, y han publicado artículos muy interesantes (Jaime MesaHeriberto YépezAntonio Ortuño) o incluso prólogos a antologías de cuentos que empiezan a consolidarse como un pequeño canon de la época (Mayra InzunzaNovísimos cuentos de la República MexicanaTryno MaldonadoGrandes Hits Vol. 1. Nueva generación de narradores mexicanos); aunque pocos todavía cuentan con artículos o libros de crítica académica dedicados en exclusiva a su obra (Alberto Chimal quizá haya sido el primer favorecido). Hasta hace un par de años, eran prácticamente desconocidos; hoy, muchos de ellos son nombres recurrentes en todo tipo de eventos literarios, desde presentaciones y ferias hasta las becas del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

A pesar de todos los riesgos para escribir sobre la generación de los nacidos en los años de la olimpiada de Montreal y del 10 de Nadia Comaneci, podríamos aventurar un ensayo más y decir qué somos y qué no somos los narradores mexicanos setenteros.

No somos una generación literaria en el sentido en el que siempre se ha entendido el término, pero tenemos tres características que nos hermanan aunque ninguna sea algo que nosotros elegimos a propósito: somos mexicanos, escribimos y nacimos en los setenta.

No somos escritores que vivan de las regalías de su obra creativa, pero en general nos dedicamos de tiempo completo a la literatura y a otras actividades relacionadas con ella, como la crítica o la academia. ¿Cómo podríamos seguir diciendo que los críticos son escritores frustrados que no tuvieron el suficiente talento para escribir una obra valiosa de su autoría, si nosotros, en general, servimos a Dios y al diablo, y es el diablo, vestido de periódicos, suplementos y revistas, o de cátedras y congresos, el que nos da de comer?

Somos la Generación de la Crisis porque todos nacimos en una época en la que esa palabra se hizo parte del vocabulario cotidiano. Ninguno sabe qué era vivir en un tiempo en el que el dólar no regía nuestras cuentas ni nuestras deudas, ni en unos años en los que el platillo de la balanza comercial de México rozaba los suelos. En estos meses en los que una crisis global amenaza al mundo, los nacidos en los setenta nos preguntamos: ¿puede ser peor todavía el panorama que hemos conocido toda nuestra vida si siempre, desde que tenemos uso de razón, hemos estado en crisis? ¿Y todavía preguntan por qué nos llaman la Generación del Caos?

Somos la Generación de la Debacle Nacional, y no sólo hablamos de la cuestión política. La crisis, dicen, no es sólo económica ni social, sino que también ha terminado por llegarle a las artes e, inevitablemente, a la literatura: los autores en activo nunca alcanzaremos las glorias de nuestros antepasados; la Generación del Medio Siglo se alza detrás de nosotros como una sombra casi ominosa de la que nunca podremos deshacernos. ¿El Boom? Son estrellas brillantes que andan por los ochenta años en general, los leímos y reconocemos su genio, pero hasta ahí. Ellos son los dioses; nosotros, pobres mortales, sólo aspiramos a escribir en relativa libertad. Ni siquiera seguimos el camino de nuestros hermanos mayores, los nacidos en los sesenta (los Enterradores y el Crack incluídos), que intentan a toda costa derrumbar las fortalezas literarias construidas en la segunda mitad del siglo XX: Octavio Paz, para nosotros, sólo es el ganador del Nobel, no la figura que regía la producción literaria en México. Más que parricidio estético, nosotros deberemos conformarnos con el fratricidio a medias. Por eso, también nos queda el mote de la Generación Parásito.

Somos la Generación de los Sin Contienda o de los Milenaristas Sin Causa. Más de uno ha dicho que ya no tenemos contra qué rebelarnos, ni en cuestiones sociales ni en cuestiones literarias: nacimos cuando las grandes utopías políticas del siglo XX se estaban derrumbando; llegamos cuando el comunismo todavía reinaba en algunos países y vimos cómo terminó por probar su propia imposibilidad; escuchamos el discurso de que el neoliberalismo haría que México se convirtiera en otro Estados Unidos, y eso sí que lo hemos atestiguado: parados frente a la playa esperamos que las olas de los productos del imperialismo yanqui (desde las golosinas hasta los juguetes y los aparatos electrónicos) nos acariciaran los pies, sin pensar que esa ola terminaría por ahogarnos en un mar de importaciones desenfrenadas donde, ahora, lo raro es encontrar chocolates que no sean gringos. Más que posmodernos, somos hijos de un mundo globalizado: somos la Generación Post Prefijo Post.

Somos la Generación X para algunos, y para otros no lo somos (nos salvamos por unos pocos años), o bien, somos la Generación Y, que es una variante de la X, igual de abúlica y desencantada que la de Douglas Coupland: por eso también nos llaman Kiddults, porque tenemos edad de adultos pero seguimos haciendo cosas de niños, que no es lo mismo que conservar más a flote a nuestro niño interior. Y, no sin respingos, aceptamos el mote de la Generación Yogurth (todavía más humillante es el de la “Juventud en éxtasis que lanza un grito desesperado”), con su característica mezcla de supuesto activismo político confundido con la espiritualidad del New Age

Somos la Generación Inexistente aunque fácilmente se pueda contar a más de trescientos cuentistas setenteros. Una generación de solitarios con una larga lista de amigos con los que nos comunicamos por Internet: nuestros blogs tienen en esencia los mismos links, nos conocemos y nos reconocemos como autores de un mismo tiempo. Aunque apreciamos las nuevas tecnologías y las sabemos parte natural de nuestro ejercicio, todavía aspiramos a seguir publicando nuestra obra creativa en papel; sólo la creativa: nuestra poética la difundimos por Internet, en nuestros blogs. El blog es nuestro dominio, y adoptamos con gusto los géneros confesionales, tan venidos a menos hace unos años. Más aún, hacemos públicas nuestras confesiones a través del ciberespacio, sin importar de qué hablemos: política, literatura o simple aburrimiento. Ningún blog es igual al del otro, de la misma manera en que ninguno de nosotros es igual al otro. Por eso también nos llaman la No Generación.

Por último, somos los Novísimos porque todavía tenemos suerte: los ochenteros aún no despuntan en cantidad, sólo hay unos cuantos por ahí que empiezan a hacerse conocidos. Somos “los nuevos”… aunque llevemos más de diez años publicando.

II. La “Literatura”, lo inasible

En su libro Después apareció la nave. Recetas para nuevos cuentistasGuillermo Samperio habla sobre el proceso que debe seguir un narrador para ser capaz de escribir un cuento. Aparte de tener un conflicto personal e interno que lo obligue a escribir, para el autor, el narrador es un hombre escindido, de carácter dual y capaz de contar algo más allá de la realidad que todos percibimos. “Lo que se cuenta es el conflicto”, dice, “por lo tanto el cuento está enraizado en el dolor, en el perpetuo vaivén de las emociones que nos toman por sorpresa en el diario transcurrir”.

Sin embargo, aún una afirmación como ésta, que podría pensarse como una verdad cuasi universal, puede ponerse en duda ante los textos de los cuentistas mexicanos nacidos en los años setenta, textos que a menudo desafían los límites de los géneros y hacen que una aparente verdad absoluta, como la de que el cuento tiene un solo conflicto, sea cuestionada y vista como parcial.

Quizá, pues, para poder entrar a la reflexión de qué y cómo escriben los autores de la generación de los setenta en México, se tendría que empezar por una pregunta aparentemente obvia, pero que ha tenido tantas respuestas como escuelas teóricas han aparecido desde los inicios del siglo XX: ¿qué es la literatura, en este caso para la generación de los setenta?

En su artículo “La generación de los setenta”, Antonio Ortuño concluye que, para sus contemporáneos, “la literatura es un mero asunto de habilidad con el lenguaje”. En pocas palabras, el autor de El jardín japonés le da la razón a los formalistas rusos, pero limitar la definición de “literatura” a una cuestión de habilidad con una materia que se encuentra al alcance de prácticamente cualquier persona parecería bastante simplista, más todavía en estos días, en los que todo mundo puede abrir un blog y publicar sus escritos.

Es el mismo Antonio Ortuño el que cierra esta discusión, en el artículo que antes mencionamos, cuando precisa que: 

Lo único que distingue a un escritor de quien no lo es, de quien no escribe o lo hace mal, es que el escritor logra convertir una materia tan potencialmente idiota como el lenguaje en un estímulo constante para la emoción de los lectores: emoción intelectual, voluptuosa, desgarrada, épica. Un escritor insufla vida a un texto y a quien lo lee, divierte, asquea, confronta, afecta.

Heriberto Yépez, otro de los contemporáneos de esta generación, y quizá uno de los autores más activos y más polémicos de hoy en día, coincide en sus consideraciones de la escritura como un medio cotidiano de representación. Al referirse a la literatura publicada en Internet (medio indispensable para entender a la literatura contemporánea) en su artículo “Literatura weblog”, publicado en 2003, cuando los blogs apenas empezaban a multiplicarse, Yépez apuntaba a estos micro sitios como un elemento desquiciante para las estructuras literarias conocidas hasta entonces: 

Los servicios de autopublicación parecen estar desquiciando los antiguos filtros para determinar que sólo unos cuantos autores pueden ser editados, leídos, distribuidos y contextualizados dentro de la “Literatura”. En el presente, cientos de miles de autorías se pelean por la atención del lector virtual, sobresaturan las líneas y crean sus propios campos literarios. El Pueblo, autopublicándose, pareció dar un golpe de Estado a las distintas Repúblicas de las Letras.

III. Los temas. Hablar… ¿de qué?

La preocupación por hacer que el talento prevalezca por encima de la técnica frecuentemente lleva a los escritores a compararse con quienes los antecedieron, y, por lo regular, la triste realidad es que el escritor en activo pronto se da cuenta de que difícilmente será el siguiente James Joyce. 

Los autores de los setenta no son la excepción. Hasta hace un par de años, la crítica los acusaba de ser casi invisibles, de no presentar una obra que hiciera que todos los ojos se abocaran a ella, de no escribir, en suma, la nueva “Gran Novela Mexicana”; pero ellos saben que muy seguramente no lo harán, como tampoco desplazarán de sus lugares a los grandes maestros: “[…] los Grandes Maestros Latinoamericanos vivos han pasado de los 70 años, ya escribieron sus mejores libros y esa aura de magnificencia, aunque brilla sin igual hoy en día, no nos deslumbra”, dice Jaime Mesa en su artículo “La Generación Inexistente”, mientras que Oswaldo Zavala también afirma, en la entrada de su blog “Eco y los heresiarcas”, su lugar a la sombra de los grandes nombres:

Nunca alcanzaremos a los dioses, eso nos quedó claro desde que leímos a Borges por primera vez. Pero podemos asumir la feliz condición de heresiarcas, de pequeñas voces demoníacas que satisfacen su perversa compulsión de falsearlo todo para demostrar que el canon y la herejía, a fin de cuentas, son codependientes en la cosmología literaria al igual que el cielo y el infierno.

Los setenteros saben que el país se ha transformado en los últimos treinta años y, por lo tanto, parecería que su última intención es dar un testimonio del México que fue. Por eso, se puede entender una afirmación como la de Tryno Maldonado, en el prólogo a Grandes hits Vol. 1. Nueva generación de narradores mexicanos, en el sentido de que ésta es una “literatura despojada de ideologías y patriotismos impostados”, en la que “México no aparece más como tema, ni con mayúsculas, ni como factor de debate ni de tensión en los discursos de estos nuevos autores, como sí lo fue para generaciones anteriores. ¿La ‘gran novela mexicana’? ¿En qué canal pasan eso?”.

Muchos de los críticos y escritores que se han ocupado en años recientes de la generación de los setenta coinciden en señalar que no hay ya un Tema Mexicano, así con mayúsculas, que rija la producción de los autores en activo como en su momento lo fue, por ejemplo, la Revolución de 1910. De hecho, más de uno apunta que el movimiento armado de principios del siglo XX ha sido el último Gran Tema Mexicano en la literatura: en su controvertido ensayo “La novela mexicana en las décadas del entretenimiento puro”, publicado en la revista Nexos en abril de 2007, José Joaquín Blanco afirma que después de la revolución sólo hay “temas supletorios como la modernidad, y luego la ‘postmodernidad’; el urbanismo, el feminismo, la marginalidad, la crisis, el Crack, el destierro, la frontera, la emigración a Estados Unidos”. Mencionar la lista completa de los temas que aborda esta generación sería equivalente a mencionar a los cientos de autores que la conforman hasta ahora, pues entre ellos están los que menciona Jaime Mesa en “La generación inexistente”: 

[…] la ausencia, el gran espacio en blanco, la nulidad de tema, la nulidad de identidad, la necesidad de explicarme al mexicano que soy ahora, la ausencia de guerras, de represión, de terrorismo, la imposibilidad de mencionar a personajes mexicanos recientes, de la cosa nacional, la contradicción de que nuestra novela mexicana no tiene o no puede hablar de México, el problema estético de que no podemos decir “Carlos Salinas de Gortari” o “chalupa” en una novela, la ausencia, otra vez, la imposibilidad de escribirlo en nuestras novelas (Mesa).

Hoy, quizá, deberíamos agregar a la lista el tema del narcotráfico. Con todo lo polémica que resulta, la “narcoliteratura” sigue multiplicándose en los estantes, cada vez con mejores resultados: una novela comoPerra brava, de Orfa Alarcón (1979), estuvo entre las finalistas del Premio Las Américas, al lado de la obra de un autor tan reconocido como Ricardo Piglia. 

Muchos la han considerado sólo una moda y han pronosticado que será pasajera; personalmente, creo que la narcoliteratura era un fenómeno que tenía que darse en la medida en la que la realidad cotidiana está cada vez más permeada por los efectos del crimen organizado. Una apuesta arriesgada es que, con los años, evolucione a un subgénero o a una tendencia reconocida como, en su momento, debe haber sido la novela de la Revolución, descartada como novela histórica tradicional por escribirse en tiempo cercano a los acontecimientos narrados, pero que ahora nos permite asomarnos a los años tumultuosos de principios de siglo.

Y, sin duda, además del narco, vendrán otros temas que, a esas fechas, todavía parecen menores: las nuevas formas de sexualidad, de pareja y de familia, el Internet, las redes sociales y los nuevos tipos de convivencia y de soledad que con ellas van surgiendo, todos ellos pintados del color propio de esta generación: el de la cultura pop.

IV. El género… ¿o anti-género?

Por muchos años, el límite entre lo que era una novela y un ensayo era nítido y permitía sentar bases sólidas para abordar el análisis de una obra literaria; pero, con el tiempo, ese límite se transformó, empezó a hacerse borroso y, poco a poco, dejó de ser un sostén seguro. Vicente Luis Mora resume en una entrada de su blog, “Los géneros en cuestión [a la manera de Mario Bellatin]”, la incógnita de los géneros literarios durante el siglo pasado y lo que va del presente de la siguiente manera: “Los géneros tienen, digamos desde el principio del siglo XX, una naturaleza tensional: aquello que los define es la oposición de unos contra otros; los caracteriza algo que debe buscarse en el espejo del otro, de modo que no nos equivocaremos demasiado si decimos que los géneros son aquello que no son”.

Hace algunos años, cuando los setenteros estábamos en la secundaria, era fácil decir qué era un cuento o una novela, tan fácil como aprendernos una definición de un par de líneas. Sin embargo, hoy que nuestro trabajo consiste precisamente en crear nuevos cuentos o novelas, la definición parece desdibujarse. Quizá por eso Lauro Zavala dice, en su libro Paseos por el cuento mexicano contemporáneo, que los cuentos posmodernos, a menudo, son sólo “simulacros de cuento”.

Textos como “Marcos, Quién y yo”, de Antonio Ortuño, o “CC”, de Heriberto Yépez, ponen en aprietos a quien aspira asirse a un género literario como un referente certero. El primero empieza por transgredir uno de los principios que ya Aristóteles enarbolaba como propios del arte literario, que es el de la ficción. En este cuento, todos los referentes y los personajes son reales: Marcos es el subcomandante zapatista, Quién es la revista de sociales que se publica en México y que a menudo hace listas del tipo “los más guapos de…” y el personaje de Antonio Ortuño es el escritor Antonio Ortuño, el narrador mexicano nacido y avecindado en Guadalajara. 

“CC” —uno de los primeros cuentos publicados por Yépez, que aparece en la antología Nuevas voces de la narrativa mexicana— sorprende a su lector con afirmaciones subversivas como: “Los cuentos quieren ser creídos. Así de sencillo. Ésta es la razón primordial de que huelan a podrido. La verosimilitud me parece un truco totalmente infantil, propio de decadentes”. En este juicio —que tal vez parecería osado en exceso—, en un cuento que empieza siendo una especie de ensayo sobre teoría literaria, subyace otra más de las preocupaciones de los autores setenteros sobre su ejercicio creador: el de la verosimilitud.

Una antología como Relatos mexicanos posmodernos muestra una amplia selección de cuentos escritos en su mayoría hacia finales del siglo pasado, cuyas características más importantes son la parodia de géneros ajenos al cuento (desde crónicas, ensayos o diarios, hasta reglamentos, oficios burocráticos, manuales o instructivos, acuerdos de divorcio, conferencias académicas, blogs, chats o emails) y la presentación de una realidad prácticamente inverosímil. La verosimilitud en estos cuentos no depende de la realidad representada, sino del género que contiene al cuento, géneros cuya veracidad por lo regular no es cuestionada (aunque haya reglamentos que contradicen a la ley de la que surgen o instructivos que no sirven para nada).

En ese tenor está “La Ciudad en Órbita”, de Julieta García González. Si bien aparece elegido y consignado por Rosa Beltrán como un cuento en Los mejores cuentos mexicanos de 2006, realmente no tiene todos los elementos que podrían pensarse indispensables en un cuento: no hay un conflicto único (en realidad, no hay conflicto), el narrador-personaje no se transforma conforme evoluciona la trama, no hay unidad respecto al tiempo o al espacio representados en él, y ni siquiera hay personajes formales. También, el primer principio literario que este cuento subvierte es el de la ficcionalidad: en realidad, lo que García González escribe es una crónica de sus primeros años de vida en Ciudad Satélite, el primer suburbio mexicano al estilo norteamericano. 

Sin embargo, esta tendencia a deshacer las paredes sólidas del género cuentístico es algo que los “milenaristas sin causa” han aprendido de sus maestros y de sus hermanos mayores. Arreola y Borges son los ideales, pero otros modelos igualmente valiosos han sido escritos, por ejemplo, por Lazlo Moussong, quien en “Una carta muy íntima”, hace del oficio burocrático y su lenguaje plagado de cacofonías y repeticiones el vehículo ideal para aligerar el amargo rompimiento de una pareja. 

En 2004, en Otro ladrillo en la pared. Cuentos de jóvenes para jóvenes, Jorge Volpi publicó su “Reglamento transitorio para los últimos días”, cuento escrito en un formato que conoce bien gracias a su primera formación como abogado. El Artículo 2º del reglamento propone una suerte de juego de adivinanzas a través de remisiones intertextuales sobre a quién se aplica el reglamento, un recurso sumamente apreciado por los escritores actuales:

Artículo 2º. El presente Reglamento es aplicable para las siguientes personas:

I. Los ciudadanos mexicanos;

II. Los vacacionistas de Cancún, Huatulco y Huimanguillo;

III. Los cronistas de futbol;

IV. Los autores de Cuentos héticos, Domar a la divina garza, Sobre la naturaleza de los sueños y El disparo de argón;

V. Los que creen que el mundo no se va a acabar;

VI. Los que creen lo contrario, siempre y cuando no lo digan en público;

VII. El dinosaurio que, al parecer, ya no seguirá ahí; y

VIII. Ninguno de los anteriores.

El “Reglamento utilitario…” es una buena muestra de esa dicotomía género verídico + realidad inverosímil a la que están recurriendo los cuentistas mexicanos para lograr lo que otros cuentos más tradicionales ya no consiguen: emocionar al lector, sacudirlo y conmocionarlo en una ciudad en donde uno puede morir aplastado igual por un avión, un helicóptero o un camión de basura que cae desde el segundo piso del periférico. 

Otra muestra de estos anti-cuentos (por desafiar todas las convenciones del género) es “De fornicationis angelorum”, de Guillermo Vega Zaragoza, publicado por primera vez en 2001. Este manual para atrapar a un ángel con miras a tener sexo con él no tiene una estructura clásica de cuento (de planteamiento, clímax y desenlace), sino más bien una propia de un texto explicativo o argumentativo (introducción, desarrollo y conclusión). Para quien dude que un cuento pueda prescindir de la narración para contar una historia, también está “Historia completa de la guerra del 92”, de Pablo Sáinz (1979), cuento que no sólo utiliza de manera exclusiva la descripción en los fragmentos que lo conforman, sino que también adopta la estructura del hipertexto llevada al papel. 

No quisiera dejar de hacer mención de la “Misa fronteriza” de Luis Humberto Crosthwaite, sobre todo por la manera en la que el autor tijuanense toma como referente no ficticio el género que menos nos atreveríamos a cuestionar de entrada: la misa católica. El cuento del autor de Aparta de mí este cáliz empieza así:

Bienvenidos todos a esta misa fronteriza.(Haciendo la señal de la cruz)

En el norte los Estados Unidos;

en el sur, México;

en medio, de este a oeste, una franja.

Yo confieso, ante la Frontera todopoderosa, y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión, y que seguiré haciéndolo por los siglos de los siglos. Por tu culpa, por tu culpa, por tu grande culpa, Frontera entre México y los Estados Unidos. Por eso ruego a todos los santos, y a los que se dicen santos, que intercedan por mí ante ustedes y que tengan misericordia de estas palabras
.

V. Cultura de masas + tecnología + globalización = literatura del siglo XXI

Decíamos atrás que, hace algunos pocos años, no era tan difícil definir qué era un cuento y qué era una novela. Incluso, era simple decir qué tipo de novelas eran buenas y cuáles no. Sin embargo, una de las tribulaciones más sentidas para esta generación —y muy importante también por los autores que los precedieron— es la de la importancia de la cultura de masas en el ejercicio artístico, y la aparición de la literatura lightparaliteratura o literatura trivial. 

En su ensayo “Últimas tendencias y promociones”, Francisca Noguerol expone esta situación y las consecuencias que ha tenido en la jerarquía de géneros en el panorama actual de la literatura en México:

La creciente incorporación de la cultura de masas a la literatura ha provocado, entre otras importantes consecuencias, la recuperación de subgéneros narrativos considerados tradicionalmente menores —neopolicial, ciencia ficción o novela rosa—, los que a partir de ahora serán apreciados por la crítica. Este hecho explica asimismo el recurso masivo a la oralidad en los textos de la época —potenciado por el influjo creciente del lenguaje periodístico y publicitario— y la continua atención a los mitos generados por los medios de comunicación, sean estos héroes del celuloide, villanos de telenovela o argumentos de bolero. Así se explica la aparición de nuevas identidades desterritorializadas en torno a la música popular, el cine, el comic o la telenovela, que han sido capaces de unir a los lectores en una cultura sin fronteras.

Si bien el Crack rehuía a la literatura light como a la rabia, sus hermanos menores nos hallamos ante un panorama totalmente anegado de ejemplos de literatura trivial con los que hemos convivido desde niños, desde las novelas gráficas tipo cómic con historias para adultos (El libro vaquero es el mejor ejemplo) hasta la marea de best sellers que ahora se venden incluso en los puestos de periódicos y en el súper. 

En consecuencia, el punto de partida de los autores setenteros no es ya el canon literario, sino el periodismo, el realismo sucio y la literatura basura; los personajes antiheróicos y decadentes que a menudo pueblan sus historias son muestra de la actitud vital de una generación sin mayor esperanza de mejoras en el futuro. Sin embargo, y por mucho que se preocupen por la calidad en sus trabajos, estos escritores deben constantemente enfrentarse a un panorama gris: el del bajo número de lectores que sus obras atraen. Mientras una buena edición de una novela en México no sobrepasa los 3,000 ejemplares, las ediciones de literatura trivial fácilmente triplican o cuatriplican esta cantidad (simplemente, el mencionado Libro vaquero tenía una distribución de 400,000 ejemplares semanales). Un best seller en México es aquel libro cuyas ventas sobrepasan en total los 5,000 ejemplares, mientras que, en el Reino Unido, la etiqueta se le da a un título que venda entre 4,000 y 25,000 copias ¡a la semana!. Ante tales estadísticas, cualquiera se pregunta qué es lo que se lee en México…

El dilema central al que se ven enfrentados los escritores de hoy en día, y sobre todo los de la generación que vio crecer de manera exponencial la cultura popular, es el hecho de que sus referentes estéticos a menudo son altamente cuestionados: si en sus textos permean temas de la cultura de masas, se les acusa de superficiales; si por el contrario, intentan mantenerse fieles a una tradición literaria canónica, la crítica juzga sus obras con parámetros a todas luces inalcanzables y termina por colocarlas en la lista de los intentos que no terminan por fraguar. “Nunca alcanzaremos a los dioses…”, dice Oswaldo Zavala.

Al final, lo que la literatura trivial termina por demostrar es exactamente lo mismo que prueba la pasmosa multiplicación de los blogs: el ser humano de hoy en día está volcado hacia la necesidad de leer y de escribir, leer cosas buenas o malas, escribir bien o escribir mal, pero es una necesidad y harto apremiante. 

Julieta García González, cuentista nacida en los setenta, concuerda con esta opinión cuando, en una entrevista que publica Israel Pintor en su blog, reconoce que si hay algo que no ha cambiado en el ejercicio escritural es lo que le sirve de inspiración: “El fenómeno que vivimos hoy de inmediatez responde a la misma necesidad humana de expresión. Antes no existía esa posibilidad, ahora que la hay, muchos la aprovechamos”. Escribir, dice:

[…] responde a la necesidad de presencia, permanencia a través de la vida. Aunque las herramientas son distintas. Eso por un lado, por otro, somos muchísimo más personas de las que éramos antes. La necesidad de escribir se ha multiplicado, no tanto por querer alcanzar la fama, sino porque somos muchos. Además hay que reconocer, las cosas chafas no pegan ni en You Tube, si lo vemos es porque está calificado, porque tienen estrellitas… 

“Un cuento hoy es mucho más visual”, continúa Julieta en la entrevista. “Tiene que ver con cambios muy importantes de la cultura popular. Los que empezamos a escribir hace poco ya nos habíamos chutado muchísima tele y muchísimas películas; dos formas de entretenimiento importantes actualmente”. Sus palabras apuntan a algo más que debe considerarse cuando de estudiar el nuevo cuento mexicano se trata, y es la predominancia de la imagen visual referencial, que no poética, en la literatura en general. Esto, sin lugar a dudas, está relacionado con cuál es el sentido más importante para el ser humano en la actualidad: el de la vista. El mundo contemporáneo se rige a partir de imágenes que atraen a los consumidores; nuestros cerebros son educados con base en imágenes que a todos nos resultan familiares, y la ciencia ha comprobado que la capacidad de ver no sólo tiene relación con los ojos, sino también con las correspondencias que el cerebro va creando a partir de las imágenes que recibe y los significados que las convenciones sociales les han dado a esas imágenes.

Así, el sentido de la literatura actual depende en mucho de las imágenes visuales que es capaz de evocar en el lector, quien no sólo tiene almacenados los datos de lo que ha visto al pasar por la calle, sino también de lo que recibe a partir de los medios impresos y electrónicos mayormente visuales: los periódicos, la televisión, el cine, el Internet… lo que nos lleva al último tema que me gustaría tratar en esta ocasión.

VI. El blog. La evolución

“La computadora es un electrodoméstico. Sí, pero es el único electrodoméstico que ha cambiado al lenguaje. Recursos internéticos tan sencillos como la hipervinculación, el caos chático o incluso la combinación comunicacional de palabras y emoticons, son formas que alteran la producción, distribución y recepción lingüísticas”, dice Heriberto Yépez en su ensayo “Literatura weblog”, que, a pesar de tener más de ocho años de publicado, sigue siendo un referente indispensable para entender el crecimiento del que tal vez sea el género literario más reciente: el blog. 

Por apabullante que pueda ser, la crítica más conservadora simplemente decide descartar este fenómeno con el argumento de que la publicación sin examen previo (sin alguien que juzgue la calidad de lo publicado como un editor o los jueces de un concurso) no es una publicación válida. A ellos, habrá que concederles razón en el hecho de que no todo aquél que abre un blog y escribe sus experiencias diarias en él está creando literatura; no obstante, la tentación de la publicación automática ha sido dura de resistir para los miembros de una generación que vio crecer el ciberespacio e invadir sus vidas con toda naturalidad, y esta “tentación” será todavía más grande para los escritores nacidos en los ochenta y en los noventa.

Según Yépez, hay una fecha capital en la popularización del blog: el 11 de septiembre de 2001 “pues gracias a este servicio fácil de montar y usar, muchas personas pudieron poner en línea información, crónicas, autoterapia verbal o periodismo crítico sobre lo que ocurría u opinaban sobre el día que auténticamente nació el mundo post-moderno. El día que la modernidad fue abortada gracias a sus propios logros tecnológicos”.

Ya Julieta García González lo decía en la entrevista que mencionábamos antes: la necesidad de escribir se ha multiplicado no tanto porque quien escribe quiera ser famoso, sino porque nosotros también nos hemos multiplicado, y en un mundo en donde lo más rápido es lo mejor, la inmediatez de la autopublicación responde perfectamente a la necesidad humana de expresarse de alguna manera. Por eso, para autores como Heriberto Yépez, fanático de las bitácoras electrónicas, el blog “es probablemente el género literario más novedoso del Internet. Si el e-mail es privado, el weblog comparte con el chat colectivo la propiedad de ser público, una intimidad al aire libre, una privacidad en línea, obedeciendo perfectamente la lógica exhibicionista del Internet”.

Las comunidades de escritores amateurs, autoeditores, programadores y simples visitantes que la blogósferaha ido generando también han desarrollado, poco a poco, sus propias reglas para las dos actividades que le dan razón de ser a este género: la escritura y la lectura. 

¿Hace cuánto tiempo que los lectores no se enfrentaban a un género que representara tal desafío? Incluso habría que preguntar si, en realidad, había habido antes un género tan desafiante. 

En definitiva, la literatura mexicana en general, y el cuento en particular, está en constante evolución, muy lejos de estancarse y fijarse en un canon estático. A pesar de la resistencia natural a la incorporación de las nuevas tecnologías, la literatura va abriéndose paso en propuestas desafiantes que aprovechan las posibilidades de distribución y difusión que superan en mucho los métodos tradicionales. Un buen ejemplo es este ensayo, pensado precisamente para ser leído en Internet, con la oportunidad de consultar las fuentes electrónicas referidas, en una antología que siempre estará terminada y, al mismo tiempo, en proceso. 

El tiempo lo cura todo, dicen. Tal vez, también cure el miedo a la experimentación.

 

 

Redes sociales