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Arte en México

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Arturo Rivera

Eva Adán


Colores a la creta sobre papel, 82.2 x 53.8 cm.
 

La contraseña para entrar a la casa de Arturo Rivera no era Fidelio sino Veni Creator Spiritus. Me llevó Ernesto Lumbreras. Dos perros negros nos recibieron, conduciéndonos a lo alto de la casa, al estudio del pintor.

Arturo, en ese momento, trabajaba el torso de una hermosa mujer. Ella desapareció tras una tenue gasa de saludos y el hombre de estatura mediana, pelo largo y gafas redondas nos invitó a escribir, a ejercitarnos en el mundo donde él ha puesto el ojo y su imaginación.

Saludamos al cráneo de una dama llamada Margarita. Descubrimos a un pequeño vampiro de alas traslúcidas. Vimos, a través de prismas oscuros, el feto de una llamada nonata, la corona de espinas de un armadillo y el cuadrado mágico de Durero.

Ernesto y yo hablamos poco. La modelo aparecía y desaparecía tras las gasas, como si no supiera que era simplemente la sombra de una alondra.

Mientras los perros de Arturo se ejercitaban con un fémur, en mi cabeza se proyectaban imágenes de Erasmo de Rotterdam, de James Mason pintándole a Lolita las uñas de los pies, de parejas danzando un vals de Shostakovich sobre la palma de la mano de un minotauro.

 

 

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