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Arte en México

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Arturo Rivera

El Catrín (homenaje a Posada)


Óleo sobre tinta sobre madera, 28 x 19.6 cm.

Mi cabeza da vueltas. Se topa con María Magdalena que trata de volar y no puede. Sus piernas son sólo varejones clavados en el tierra. ¿Qué órganos contienen las bolsas negros de las lágrimas? ¿Quién se atreve a cortarle las uñas a los tullidos?

El cadáver de Arturo respira. Entra en calma su voz apresurada para decirnos:
-Los ladridos están pintados. Los latidos también. La calavera Catrina es un lagartijo ejercitando su esqueleto. Las manos del viejo, en el cuadro del hueso, sostienen mi altanería y las arrugas del tiempo. El paisaje es la cara de mi ausencia. Las máscaras son otra forma de ejercitar la identidad.

-Si te fijas, prosigue el cadáver de Arturo, la lámpara existe solamente como aspaviento de la nada. Los colores son alucines del cristalino. Las ventanas fueron abiertas para inventar a Dios. Observa: las texturas son costillares pulverizados, no hay superficies ni fronteras, los violinistas y los astrónomos tienen, si escuchas, cuatrocientos dedos. Ejercítate en la composición. Une los triángulos, las cantidades, los sonidos. ¿Cuánto dura la dura veladura de la vela? La claridad es otro invento de las ventanas.

¿Y el ejercicio de afeitarse las cejas cuando la muerte se aproxima?, inquiere Leticia, al tiempo que guarda su cámara.
Arturo termina de acomodarse el corazón y su voz cambia. Sus tonos ahora son azules y más altos. Llena el espacio con su eco y contesta sin aclararnos nada:
-Las momias de las ciénegas lo saben. Sin embargo, tienen los ojos y los labios cosidos.

La música termina. El fémur se aleja de los perros. Gira en cámara lenta hacia la oscuridad del techo. La voz de la computadora regresa. Ya es más grave y sus palabras se distorsionan, se vuelven angulosas como la calavera en el cuadro de Holbein.

 

 

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