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Fotografía en México

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Mario Mutschlechner

Galería 5


RETRATO DE DOÑA ROSA, 1968
Foto: Mario Mutschlechner
 
Valiéndose de su fe en la ciencia y la tecnología, lo mismo que de su trabajo en la fotografía industrial («La tecnología no nada más nos puede destruir, sino también nos puede salvar y llevar a otros mundos…»), además de sus repetidos viajes durante ocho años al Johnson Space Center de la NASA en Houston, en 1982 Mario Mutschlechner monta con éxito la exposición «Paisajes Planetarios» en el Museo Universitario de Ciencias y Arte de la UNAM. En esa exposición intenta simular, en un juego de imaginación, técnica y ficción, el escenario de otros planetas. Del Skylab dirá: «Ahí el hombre aprendió a vivir en la ingravidez espacial». Desde entonces y al paso del tiempo cada vez con mayor convicción, trabajará su visión de la ciencia, la tecnología, el arte y hasta la poesía: «La ciencia tiene una actitud ética —afirma—, porque si eres científico y te equivocas tienes que admitirlo, porque la ciencia se rige de la verdad… Y la ciencia y el arte son lo mejor que tenemos… Los aztecas no tenían ciencia, pero tenían arte y su poesía me parece maravillosa, porque ellos decían: la verdad del hombre, la raíz que le permite superar lo transitorio y hacer frente a la muerte, está en sus flores y cantos. Un hombre puede hacerse a sí mismo verdadero, si es capaz de entonar un canto y cultivar nuevas flores…»2 También, como fotógrafo, ha dedicado tiempo al tema de la muerte y el día de los muertos en México: «La tradición mexicana enfrenta la muerte —dice—, y si uno enfrenta la muerte entonces también tiene el valor de enfrentar la vida…»

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HOJA EN UN CHARCO, 1969
Foto: Mario Mutschlechner

JHG: ¿Cuándo usted llega a México, llega ya con su equipo fotográfico?



MM: Llegué a México con una Hasselblad 500C, un lente Sonnar 150 y una Leica M2 con tres lentes. Por razones de calidad técnica decidí hacer el trabajo sobre las mujeres de la Mixteca Baja en formato medio. Tenía solamente el 150 mm, que es el lente ideal para este tipo de fotos, retratos, close-ups, medias tomas, por el desenfoque que da a los fondos. Después compré un equipo Nikon que uso a la par con un extenso equipo Hasselblad y la Sinar, que es 4X5 pulg., formato grande. 

JHG: ¿«Ñundeui, al pie del cielo» fue su primer trabajo fotográfico en México?

MM: Sí. Al llegar a la Ciudad de México tenia solamente un contacto. Falleció mi madre y me dejó algo de dinero, me pude mover un año sin tener que ganarme la vida. Utilicé ese dinero para explorar a México y hacer este trabajo y un segundo, titulado «La Muerte en México», la tradición mexicana desde los tiempos precolombinos hasta la fecha que desemboca en las calaveras de azúcar y el 2 de noviembre y todas estas cosas. De la muerte también hice tomas significativas, que no se han publicado, y continúo anexando una que otra cada noviembre. 


CANDELARIA, 1968
Foto: Mario Mutschlechner
 

JHG: ¿Qué lo llevó a trabajar en esta comunidad oaxaqueña de la Mixteca Baja?

MM: Ñundeui, según me decían, significa: «Al pie del cielo». Conocí la Mixteca Baja, la región de Pinotepa Nacional, que está al pie de la Sierra Madre Occidental, en un viaje de exploración en 1967. Es una región tropical con problemas de aguardiente y pobreza. Recién llegado de las ciudades grises de Alemania no quise referirme ni al alcohol ni a la pobreza. Más bien quería inventar un paraíso tropical, sabiendo que la realidad no era un paraíso y, a la vez, sí lo era. Era gente integrada a su propia cultura y a la naturaleza y no conocían la televisión, la radio y la publicidad. Vivían como la hacían probablemente hace trescientos años. Para mí fue una experiencia insólita y enriquecedora, porque venía de un país altamente tecnificado. Me encontraba en comunidades indígenas caminando grandes distancias, subiendo y bajando, a pie y a caballo, y aunque usaban cerillos, me tocó en una ocasión que hicieran fuego con un palo, como en la edad de piedra. Unos años más tarde estuve en la NASA y en un duplicado del Skylab, en el extremo opuesto, entrevistando a un astronauta que había vivido en la ingravidez espacial. La vivencia de la Mixteca Baja me fascinó, porque la sentía como un viaje a un remoto pasado. Y lo que más me gustó de esta gente fue su pureza. Al ver estas mujeres con los senos descubiertos es evidente que la malicia del desnudo no existía en su cultura.

 


MUJER CON VELA EN EL PANTEÓN, 1968
Foto: Mario Mutschlechner

JHG: Esto es por la región de Pinotepa Nacional

MM: Pinotepa Nacional es la cabecera municipal de una treintena de pueblos; el más alejado que visitamos fue Santiago Ixtayutla. Yo no podía conversar con ellos, porque los indígenas, y sobre todo las mujeres, no hablaban español. Encontré un indígena que me ayudó de intérprete, pero muchas veces había que comunicarse a señas; además, ellas tenían que vencer el miedo de acercarse a nosotros. Algunas estaban tranquilas, por ejemplo Candelaria, la chica con la jícara en la cabeza y el cántaro en el brazo; es increíble cómo se presenta a la cámara. Michel Zabé3, quien percibe y sabe de todo esto, lo dice con precisión (ver contraportada). A mí me fascinó cómo se paró esta muchacha frente a la cámara. En nuestra cultura estamos tan contaminados por la moda y la publicidad, por las poses de las modelos, por tantas cosas, algunas con valor, pero muchas son estupideces, ¿no cree usted? Y a mí me fascinó esta gente, que no conocía nada de esto. Creo que Ñundeui es valioso, porque comunica pureza. Yo no manipulé nada, no quería ni podía hacerlo, por el contrario, era necesario tener paciencia, calma, para que se dieran las escenas naturales que quería captar.

 


TRES GENERACIONES EN UN VELORIO, 1968
Foto: Mario Mutschlechner

JHG: ¿Estas fotos se tomaron en 1967/68?

MM: En 1967 conocí la Mixteca Baja, aunque sólo de paso. Después murió mi madre en Alemania, me enfermé en Oaxaca, luego de meses llegué al D.F., regresé con apoyo del Instituto Nacional Indigenista (INI); Alfonso Caso4, entre otros, me escribió una carta de recomendación para el INI de Jamiltepec, yo no tenía idea quien era Caso. El 2 de octubre es mi cumpleaños; el 2 de octubre del 68 no sabía qué era lo que pasaba en Tlatelolco porque estaba demasiado recién llegado. Hice amigos, encontré apoyo y finalmente regresé a la Mixteca Baja. El primer viaje con mi amigo de siempre, José Luis Merino. En 68 realicé el segundo viaje con Andrés Medina, antropólogo del INAH, a quien he perdido de vista. Para terminar el trabajo realicé un tercer viaje en el 69, solo, que fue pesado en muchos sentidos, sufriendo la desconfianza de la gente; frecuentemente, al entrar a un pueblo, las mujeres agarraban a sus hijos y se refugiaban en sus casas. Lo sentí como una discriminación y aguantarla requirió mucha paciencia y madurez. Fue una dura escuela para un joven con buenas intenciones. Visitamos muchos pueblos; con mucha calma y poco a poco conociendo a la gente. Los maestros de primaria, con quienes comía, me presentaban. En el primer viaje regalé instantáneas para poder fotografiar a las chicas, pero después me di cuenta de que acababan en un rincón de la choza. Primero se maravillaban y se reían, porque nunca se habían visto en una foto, pero después las olvidaban por ahí. Entonces pensé qué debía encontrar algo más valorado para agradecer la oportunidad de retratarlas. Me di cuenta que eran prácticamente autosuficientes; sus alimentos, su ropa, las naguas, todo lo hacían ellas, con excepción de los collares, que compraban a vendedores ambulantes o en Pinotepa Nacional. Eran perlitas de vidrio de diferentes colores y tamaños, y yo las compré entonces en el Centro de la ciudad de México; en las noches después de cenar, a la luz del quinqué, enhebraba collares y se acercaban las muchachas del pueblo, los collares les gustaban y así querían que las retratara. Rara vez tuve problemas con la gente, a veces con hombres tomados, que me querían obstruir el paso al tomar fotos. Fueron pruebas difíciles que pasé. Por lo demás fuimos tranquilos con la gente, los respetábamos, nos invitaron a mayordomías y nos trataron muy bien.

JHG: ¿En cada viaje cuantos días estuvieron en las comunidades?

MM: En cada viaje estuvimos unas tres o cuatro semanas y, bueno, tomé muchas fotos, pero escogí treinta nada más, con un criterio muy selectivo. Muchísimas no daban la medida, recorrí cada pueblo en búsqueda de mujeres atractivas, de buena luz, de una atmósfera agradable. Obviamente la gran mayoría de las tomas no me convenció. Y las que finalmente escogí, treinta años después, son tal vez las mejores, no tanto por su atractivo visual sino porque tienen la atmósfera de pureza y paz, que buscaba. Quería construir un paraíso tropical, un mundo sin malicia, un retiro espiritual. Por eso escogí como tema a la mujer indígena, con el torso desnudo, con su nagua y descalza, parecido al enfoque de Gauguin en Tahití, ochenta años antes. Hoy esta forma de vestir desapareció. Para no enseñar los senos las mujeres mixtecas se tapan con un delantal. Queda Ñundeui como documento histórico y visión de un México que se fue.

 


MUJER REZANDO EN UNA TUMBA, 1968
¿Acaso es verdad que se vive en la tierra?
¿Acaso para siempre en la tierra?
¡Sólo un breve instante aquí!

Poesía náhuatl
Foto: Mario Mutschlechner
JHG: ¿Y el nombre Ñundeui de dónde surge?

MM: Lo escogí, llevaba un diario que fui escribiendo en las noches acerca de mi trabajo y sobre la región, y entre muchos apuntes encontré la palabra y su traducción: «Al pie del cielo»; pensé que sería un bonito título para este trabajo, incluso para una exposición. Poesía indígena, traducido del náhuatl por Ángel María Garibay y publicado por la UNAM, fue uno de los primeros libros que leí en español. Las palabras de Nezahualcóyotl y de otros antiguos mexicanos me impactaron profundamente, pero nunca las relacioné con mis fotografías, que expuse en el verano de 2001 en el Centro Fotográfico Álvarez Bravo de Oaxaca. En el 2002 leí el maravilloso libro "Los Antiguos Mexicanos" de Miguel León-Portilla; de repente hice la conexión y descubrí que algunos de estos poemas, que me conmovieron hace muchos años, embonan perfectamente con algunas de mis fotografías y los junté como pies para que caminen juntos.

JHG: ¿Qué fue lo que más le impresionó de esas comunidades?

MM: La pureza, la integridad, que no había pleitos, no se notaba la avaricia de nuestra cultura, de querer más y más, característica de la cultura occidental, de hacer cualquier cosa por un puñado de dólares. Estas culturas indígenas son diferentes, por estar integradas a la naturaleza son como ella, son equilibradas y maduras. Mis fotografías intentan valorar este equilibrio.
Ajusco, D.F., 11 de agosto de 2004.

· Psicólogo y sociólogo por la UNAM, editor de la Revista Mexicana de Orientación Educativa. Correo personal: jhg@servidor.unam.mx 

1 Pintor francés neo-impresionista (1848-1903) que retrató con maestría el primitivismo y pureza de mujeres con el torso desnudo en la Polinesia.

2 Portilla, José León (1961), Los antiguos mexicanos. FCE. México.

3 Fotógrafo francés radicado en México hace unos 35 años, con una muy importante obra de temas antropológicos y culturas precolombinas; uno de los principales fotógrafos del INAH. 

4 (1876-1970). Premio Nacional de Ciencias en 1960, rector de la UNAM en 1944-1945. Erudito historiador y arqueólogo, con sus trabajos de interpretación jeroglífica y sus descubrimientos particularmente de la cultura mixteca, aclaró un largo periodo indígena.
 
Fuente: http://www.remo.ws

 

 

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