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Antropología e Historia de México

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Retrospectiva de los 50’s

Frivolidad de medio siglo


Salvador Novo


La nostalgia es un signo característico de fin de siglo. Los años cincuenta han dejado un surco imborrable en la memoria cultural del mundo contemporáneo. Un pequeño flash back nos lleva al recorrido de una década plena de frivolidades. Dos personajes desayunan en el Sanborn's de los azulejos, la Chiquis y la Nena. 

El menú comprende: los hot cakes con miel y tocino recién llegados a México, jugo de naranja y café americano. Al salir por la calle Madero, el encuentro es inevitable con Salvador Novo, Sergio Magaña y Emilio Carballido, que se conversan plácidamente, entre una y otra taza de té, en el Lady Baltimore. Las charlas obligadas se refieren a la última aparición de María Teresa Montoya en el teatro; se comentan también los pormenores del cocktail de inauguración de la obra de Remedios Varo, en la Galería de Arte Mexicano, y los retratos al óleo de Angelina Beloff en el Salón de la Plástica Mexicana; y por ahí la ronda Inglaterra, seguramente porque Novo les comenta a las jóvenes promesas acerca del estreno en Londres de la obra "Una vista desde el puente", de Arthur Miller.

 


Arthur Miller


Pero los acontecimientos en el extranjero también se vuelven accesibles para los mexicanos del medio siglo. La frivolidad no tiene límites. Los primeros vuelos desde México a Europa hacen posible que después de comer en el restaurante Prendes y bailar en el Salón Waikiki, se disfrute a las noches siguientes el show del Lido en París luego de tomar la copa en el bar de La Tour d'Argent. Uno de los personajes del grupo de los Trescientos, después de un traslado similar y de instalarse en el Hotel George V, se dispone a asistir a la exhibición de una de las colecciones del afamado diseñador Christian Dior.

En la casa de la Rue Montaigne los ambientes son sobrios y sencillos al estilo Neo-Luis XVI: maderas blancas, muebles laqueados también en blanco, tonos grises, puertas de cristales cuadriculados, aplicaciones en bronce con pequeñas pantallas. Su invisible elegancia sobrevive en los hoteles Ritz o Plaza, muy clásica y Pariesien, tal estilo no distrae la mirada de la colección en turno. Las arañas de cristal iluminan el Salón Helleu y mientras se esperan las sorpresas de la moda de otoño no es difícil encontrarse al otro lado del recinto con la güera Vilmá y su marido que están pasando las vacaciones en París.

Estuvieron en Londres hace unos días en el Hotel Dorchester y recomiendan ir a tomar la copa al bar del Hotel Cadogan en Sloan Street. Suponen que todo mexicano que se precie de tener una cuenta bancaria de más de diez millones de pesos debía comprar sus joyas en la famosa Via Condotii, sitial de Bulgari en Roma, Tiffany y Van Cleef en Nueva York o Cartier y Boucheron en París. Se inicia el desfile de modas.

Los atuendos has pasado del "New Look" y el "Zig -Zag" de los 40's a la línea sinuosa, con sus blusones y sus sweaters; luego a la línea H, con sus vestidos de noche de tirantes y los sacos rectos y cruzados e inmediatamente a la línea A e Y, la vuelta a lo femenino. Los trajes de noche con sus bustier-corsé sin espaldas emballenadas y sus faldas amplias sostenidas por volantes de tafetas y tules de crin, semejantes a las mujeres del Segundo Imperio.

Uno de los más célebres modelos de Dior tenía una falda plisada de catorce metros, es decir como una crinolina. Las imágenes se suceden obsesivas: las crinolinas, los moños por aquí y por allá, los estraples, los corseletes para conseguir el apreciado talle de avispa, los cancanes de tul y los zapatos de tacón de aguja que transformaron todos los parquets en coladeras entre 1950 y 1960, y que provocaron que se prohibiera la entrada en los museos y castillos históricos a las mujeres portadoras de dichas zapatillas. Este panorama de la moda, desde la perspectiva mexicana, tiene matices exquisitos a través de una burguesía y una clase media incipiente, que sustituye la escoba por la aspiradora (comprada en abonos), y que es receptora impecable de la cultura traída del extranjero.

En los cincuenta se inicia la modernidad mexicana, todo lo gringo se pone en boga; llega la televisión y se convierte en un fenómeno cultural muy importante.

 


Luis Buñuel


La industria del país cobra vigor bajo el gobierno de Don Adolfo (Ruiz Cortinez); es el tiempo en el que se construyen presas y se remodelan los ferrocarriles. El cine mexicano hace mención del servicio ferroviario en un filme entre freudiano y surrealista, "Él" (1952), de Luis Buñuel, en una escena donde Arturo de Córdova posee por primera vez a su esposa (Delia Garcés) en la cabina-alcoba del tren rumbo a Guanajuato.

También es el tiempo de las primeras operaciones de cambio de sexo, como en el caso del ex-soldado que en un arranque de sinceridad se convierte en vedette: Cristina Jorgensen. Abundan también sucesos memorables por su extravagancia, aunque efímeros e intrascendentes, como los concursos de belleza bajo el agua, donde las hermosas participantes y todo el que deseaba tomar parte debían aprender a respirar como buzos y actuar en consecuencia en las profundidades de una piscina.

Las familias de esta deliciosa década se veían retratadas en películas mexicanas como "Con quién andan nuestras hijas" (1955), de Emilio Gómez Muriel. "La edad de la tentación"(1958), de Alejandro Galindo.

 


Elvis Presley

Mientras las madres se reunían para jugar canasta, los jóvenes ya escuchaban a Elvis Presley con los primeros rock and roll en el radio del Dodge 57 automático y convertible, y los menos afortunados tomaban el autobús Piedad Narvarte para llegar a sus viviendas de alquiler; los aspirantes a lectores asistían a la librería Zaplana a que Luis Spota les autografiara novelas como "Casi en el Paraíso" o "Murieron a mitad del río"; los señores leían el Tabloide o el Zócalo, los periódicos de encabezados escandalosos, y las jóvenes se integraban a la cultura del plástico con los sombreros y cinturones de moda, y se peinaban como Marilyn Monroe. La gente que conocía de la buena vida pasaba sus vacaciones en Acapulco, se convertía las playas nudistas y echaba un vistazo a la casa de Dolores del Río, con vista a la bahía. Y aquéllos que no podían llegar más lejos se instalaban en el hotel Casino de la Selva en Cuernavaca. Fin del flash back, mientras se escuchaba un chotís de Agustín Lara.

Norma Patiño

 
 
Autor: Vértigo/ Artes e Historia México

 

 

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