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Antropología e Historia de México

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Retrospectiva de los 50’s

La década del desaliento

 


Paul Sartre


Los años cincuenta marcan el tiempo de la resolución. El mundo europeo se recupera de los desastres de la guerra y de las modulaciones políticas que han suscitado la violencia de los hechos recientes.

Para los judíos está la huella imborrable del holocausto o del exilio; para el bloque de los países del Este, lo que se vislumbra en el horizonte es la ruptura con la dictadura stalinista. En Francia el existencialismo llena los cafés de La Coupole y De Flore, mientras que Montparnasse se ve repleto de personajes barbudos, con ropa descuidada y un ánimo pesimista que lee y relee a Sastre y Campus; los más conservadores prefieren a Gabriel Marcel y a Jacques Maritain; los apolíticos se afianzan a Karla Jaspers. En las noches las boites estan concurridas por esos hombres que han modificado sus formas de ser y de pensar luego del cataclismo bélico y del cuestionamiento de los sistemas sociales. El jazz es el ritmo que acompaña esos momentos de difícil asimilación. Jean Paul Sartre había escrito en "El existencialismo es un humanismo": "Y cada hombre debe decirse: ¿Soy yo quien tiene derecho de obrar de tal manera que la humanidad se ajuste a mis actos? Y si ni dice esto es por que se enmascara en su angustia. No se trata de una simple angustia; no se trata de aquí de una angustia que conduzca al quietismo. Se trata de una simple angustia, que conocen todos los que han tenido responsabilidades".

 


Robbe Grillet


En el ensayo clásico de Emmanuel Mounier, la esperanza de los desesperados (Malraux, Bernanos, Sartre y Camus), publicada originalmente en 1953, el pensador cristiano dirá de Albert Camus: "Él busca un racionalismo de lo irracional, una sobria filosofía de las luces. Este gemebundo universo de abandono y angustia, excesivo, elocuente, que le entrega la experiencia moderna, Camus lo aborda con disposición de escenógrafo, resuelto a contener los demonios del cielo y del infierno dentro de veinte metros cuadrados de convenciones. Sin embargo, no va a esterilizar las potencias trágicas de este mundo insignificante, como lo hizo Anatole France para una generación que sólo pedía ver cubierta de bromas su desesperación. A todo lo largo de nuestra gran tradición moralista, la conciencia difícil". 

Esta última línea es una clave para entender la maraña de ideas que pueblan esta segunda mitad del siglo XX. La duda y la decadencia de la certeza forjan una unidad inseparable. Sólo están seguros de la realidad aquellos cuya mediocridad los conduce por sendas tranquilas; ellos quieren dormir el sueño burgués de las seguridades, de los lujos y del hogar cálido; pero las circunstancias obligan a caminar sobre las arenas movedizas de una época sin destino aparente. El mundo naufraga y los hombres buscan refugio en su soledad y en su abandono; otros prefieren emplear un último recurso: la protesta, el único medio para sostener un ideal. Algunos como Jacques Maritain ven a la sociedad como algo que permanece al reino superior de la razón y la moralidad, mientras en el pueblo queda el infierno del instinto de la herencia. 

Por esos años el dramaturgo y novelista Jean Genet filma "Un Canto de Amor" (1951). El lenguaje cinematográfico es todavía un enigma para este escritor, "comediante y mártir", según la expresión sartreana. Lo interesante del caso es que Genet procura transgredir la buenas costumbres y solazarse en las pasiones de unos presidiarios y de su guardián. El filme sufre la censura por que sus códigos están lejos de admitir la transparencia del amor homosexual y la relaciones que salvan las diferencias entre el policía y los reos. En esta lección está la radicalidad de los cincuenta. 

El erotismo de esos seres marginales que hacen un hoyo en la celda para recibir las caricias del humo del cigarrillo o tocarse levemente, mientras se masturban en medio de las fantasías lúbricas que propone el aislamiento y la soledad. Genet supo aquilatar las enseñanzas de ese periodo de las postguerra para abismarse en un eros que cuestionase la gazmoñería y pone en crisis aquello que le parece una de las infecciones de su momento: la represión. 

Baste citar un párrafo de Molloy (1951) de Samuel Beckett para describir esas sensaciones que invaden a los sujetos que habitan una década que será capital en la historia de este siglo: "Hacía tanto tiempo que vivía alejado de las palabras; me basta, por ejemplo, con ver mi ciudad, ya que estamos hablando de mi cuidad... Bueno, es demasiado difícil para mí decirlo. Del mismo modo la sensación anonimato a veces impenetrable, como espero haber demostrado. Y así sucesivamente con las demás cosas que se burlaban de mis sentidos". La búsqueda de Beckett es la nada. Ese limbo en el cual las palabras se disuelven y el sujeto deja de asumir el yo para asumirse, en el silencio, en la inmovilidad, en todo eso que enuncia el fin de la razón y el principio del absurdo. 

Pero ninguna época podría calificarse con adjetivos generalizadores. Al mismo tiempo que Beckett realiza el prodigio de que el lenguaje se trasmute en agua que se pierde entre los dedos, Marguerite Yourcenar rendirá un homenaje contemplativo al mundo antiguo con sus "Memorias de Adriano" (1951), un texto que invocará sentimientos y pasiones; podría decirse que en ese libro está la otra cara de la desesperanza; si es imposible resolver el criptograma del presente entonces, la inteligencia debe acudir al pasado para recaudar una dosis de sabiduría que nutra las decadencias del ahora.

 


Fritz Lang, Metropolis

Por esto sobrevendrá la búsqueda de un misticismo que se manifestará de diversas maneras. René Daumal dejará un testimonio póstumo de sus aficiones por el hermetismo en la montaña análoga (1952, en realidad terminada en 1944). Al inicio del cuarto capítulo se lee: " Una espera prolongada de lo desconocido desgasta la capacidad de sorpresa". Otro de los personajes que llenarán esa década con su maravillosa escritura es Mircea Eliade, quien por esos años publica "Imágenes y símbolos" (1952), "El mito de eterno retorno" (1951); "Herreros y alquimistas" (1957) y varios libros más conforman un saber extraordinario. El 10 de noviembre de 1956, Eliade Anota en su diario que: "Estos treinta años o más que he pasado entre los dioses y las diosas exóticas, bárbaros, irreductibles; nutriéndome de mitos, obsesionado por los símbolos, arrullado y hechizado por las imágenes que hasta mí llegaban desde aquellos mundos sumergidos, me parecen hoy como las etapas de una larga iniciación. 

Ahora me doy cuenta perfecta de todos los peligros que esquivé durante aquella larga búsqueda, y ante todo el peligro que significaba el olvido de que yo me había propuesto un fin, que me dirigía hacia algo, que aspiraba al llegar a un centro" 

Muchos podrían argumentar que en la historia del siglo XX.... los hitos forman legión para descubrir la cara oculta de las cosas y de los hombres, pero lo que ocurre en la década de los cincuenta tiene el regusto de aquello que se aprende gracias a una enseñanza brutal. Como ese hombre que quiso aprender a volar arrojándose desde lo alto de la torre Eiffel con unas alas de madera y tela, en los cincuenta la cultura es un reflejo de las desesperaciones y de los desalientos que produjo la elección del fascismo, la resistencia, la muerte y la enfermedad. Nuca antes se pudo ver con esa claridad las entrañas de un monstruo tecnológico y colonialista que usurpaba el poder y trataba de reducir a todos los hombres a la categoría de esclavos. Metrópolis (1926) de Fritz Lang, era una metáfora afortunada; ahora lo que sucedía estaba en la mente de quienes sufrieron las agresiones de una etapa crucial. La muerte de Stalin en 1953 fue una pequeña luz de esperanza, que se apagaría apenas pasados tres años con el fracaso del levantamiento húngaro. Tibor Déry al referir literariamente esos hechos luctuosos en su librote "El ajuste de cuentas" dice: "Producir cadáveres en serie, ¿es éste el ideal de la juventud moderna?", más adelante hará reflexionar a uno de los personajes sobre que "los hombres sencillos de mi especie han sufrido hasta ahora la historia, pero ha llegado el momento de que puedan hacerla". En esas anotaciones estaba otra postura que marcaba la disidencia política. 

Ya para el teatro del absurdo y la Noveau Roman se ostentan como portadoras de una vanguardia en crisis. 

Ionesco ha triunfado con "Las sillas"(1952) y con "Víctimas del deber" (1953), mientras que Alain Robbe-Grillet en "Un camino para la nueva novela" (1956) admite el carácter polémico de sus proposiciones al encontrar que "el mundo no es ni significante ni absurdo. Es, sencillamente. Eso es. En cualquier caso, lo que de más notable tiene. Y Repentinamente, tal Evidencia nos sacude con una fuerza contra la cual nada podemos ya. De golpe, toda la hermosa construcción se viene abajo: abrir de improviso los ojos, hemos sentido, una vez más, el coche con esa obstinada realidad de la que aparentábamos haber dado buena cuenta. A nuestro alrededor, y desafiando a toda jauría de nuestros adjetivos hostiles o cauto, las cosas están ahí. Su superficies es nítida y tersa, intacta, sin turbios destellos ni transparencias, toda nuestra literatura no ha sido capaz de desajustar el menor ángulo, ni de debilitar su menor curva".

En Estados Unidos la respuesta mayúscula al rumor amargo de los cincuenta fue la Generación Beat (Ginsberg, Corso, Burroughs, McClure, Cassady y otros) que rompieron una iconoclasia cuyos efectos fueron valorados en la siguiente década. Los años cincuenta fueron los años del desencanto.

Andrés de Luna

 
 
Autor: Vértigo/ Artes e Historia México

 

 

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