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Arte en México

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Jesús Urbieta Testamentos

Perspectivas II


Abeja, 1989
Teresa del Conde 

Me llamaron la atención estas palabras porque parece estar hablando del cerebro como de una instancia "razonable", pasando de lado el inconsciente, que carece de localización encefálica o módulo- espinal alguna. Es absolutamente cierto que el cerebro y las sensaciones funcionan como un todo a pesar de que varios de sus "módulos" son localizables en ciertas zonas. Eso quiere decir que los sistemas y subsistemas de aquello que llamamos inteligencia (incluyendo la afectividad, cuyos centros supuestamente están en el hemisferio derecho, excepto si se trata de zurdos) intervienen en mayor o menor medida en cada acto de procesamiento de información y por lo tanto en cada acto creativo. Los individuos que padecen trastornos afectivos (Urbieta era uno de ellos) suelen ser sumamente inteligentes, lúcidos y no sufrir déficit alguno en sus funciones cognitivas. Sin embargo, es obvio que la psique es algo mucho más complejo que eso y no tengo la intención aquí de bocetar un esquema de lo que Freud denominó "el aparato psíquico", basta decir, con todo el respeto debido, que la vida de Urbieta resultó gobernada no por sus funciones cognitivas ni por el llamado "instinto de realidad" sino por la pulsión de muerte. 

Con todo y lo que digo, si se ven las cosas con cierta frialdad su trabajo artístico resulta ser "razonable", en el sentido de que es propicio que la pintura, la escultura, los dibujos, produzcan placer. Por lo tanto no es absurdo suponer que sus obras están hechas con las partes "gobernadoras" de los dos hemisferios cerebrales y destinadas, aunque él no se lo propusiera así, a seducir a quien establece contacto de ojo con ellas, incluso desde un prisma sensual, si no es que francamente erótico.

Virgen, 1987
Dado que era polifacético, Urbieta no seguía una dirección determinada. Dirección en este sentido implica exclusión y eso (Freud y Jung dixit) significa que muchos elementos psíquicos, capaces de jugar un papel, quedaron fuera, se les negó el derecho a existir porque resultaron incompatibles con actitudes artísticas que él consideraba "adecuadas", por decirlo de algún modo, cosa que por supuesto no sucedió con ningún otro aspecto, ni de sus actividades (las escriturales incluidas) ni de su vida en general. En su trabajo artístico transitó por caminos bien consolidados, aunque fueran de arena. Hay artistas excelsos (Matisse podría servir de ejemplo) que siguieron su trayecto como si viajaran por las carreteras principales, pero en su caso siempre y cuando las carreteras fueran nuevas. Tan raro como pueda parecerlo, Urbieta, en su medio y en su dimensión hizo algo similar. En aras de lograr lo que consideraba coherente, atribuyó a su tierra nativa un valor arquetípico y por sus veredas deambuló. Entiendo aquí por arquetipo la participación mística (frase de Jung) de la parte primitiva de su ser, un ser que mora y ara en la tierra que contiene el espíritu de sus ancestros. 

Urbieta fue el benjamín de una prole de 10 hijos y se sintió bienamado. Amaba Juchitán sobre todas las cosas, "uno va caminado y todo es luz" declaró a Merry Mac Masters en una entrevista. "Juchitán está lleno de imágenes... Pero cuando era niño todo era más dulce. Crece uno y entra a sufrir con las otras gentes lo que sufre la gente". En esa misma ocasión declaró su incondicional admiración por su ídolo y guía artístico-espiritual: Francisco Toledo. Antes de retomar sus palabras debo decir que la relación fue intransitiva. Se dio de Urbieta hacia Toledo, no viceversa. A este último le preocupaba genuinamente su coterráneo y me lo comentó en más de una ocasión, pero no entabló relación amistosa con él, ni procuró o alentó en modo alguno que su colega más joven lo emulara, ni como artista, ni como editor, ni como creador de instituciones culturales. Posiblemente debido a la admiración irrestricta que Urbieta le profesaba, Toledo mantenía sus distancias y no es aventurado suponer que ese fue uno de los motivos (no el único, desde luego) por el que no se le incluyó en la espléndida exposición de nueve artistas oaxaqueños con la que el MACO enmarcó en el otoño de 1996 el IX Congreso Mundial de Amigos de los Museos.(Se publicó un catálogo bilingüe muy bien ilustrado sobre esta exposición. Ver "Nueve pintores oaxaqueños contemporáneos". Textos de Teresa del Conde y Sylvia Navarrete. Presentación de Gerardo Estrada. Trad. inglés de Robert Valerio. La curaduría de la muestra se debió a Patricia Álvarez y la coordinación a Sonia Carrasco y a Cynthia Martínez. México, Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, 1996). 

Retomaré aquí las palabras de Urbieta transcritas por Merry Mac Masters: "Me quedo loco ante una obra de Toledo viendo cómo pinta las iguanas, esa bestialidad que maneja. Uno se asombra y dice: de dónde sale tanta imaginación, tanta creatividad; empieza uno a buscarse y de alguna manera está metido dentro del mundo de Toledo. Y del de Tamayo por igual... Uno quiere llegar a pintar como ellos, decir las cosas con los colores, con las arenas, con todo lo que se tiene a la mano... Cada quien hace las cosas como puede... Se reinventa porque todo está hecho. Toledo no creó la iguana, pero la vio con una genialidad que la hizo suya... Cada quien ve las cosas con sus ojos y lo dice con sus palabras, de lo más honesto que se puede"(Mary Mac Master. "La cultura zapoteca en la obra de Jesús Urbieta" [Exposición "Edad de los polvos". Galería Óscar Román] México, La Jornada, 22 de julio de 1992). 

Virgen de los senos blancos, 1991
Pero si su admiración era apabullante, por más que él sintiese pertenecer a la misma filiación que Toledo -tal vez fue su seguidor más genuino- queda perfectamente claro que jamás pretendió glosarlo ni fundirse en él, cosa que hubiera resultado imposible, no nos está dado abolir la propia individualidad y eso ocurre incluso entre aquellos que como el pintor Han van Meegeren (1880- 1947) quiso a toda costa trasladarse siglos atrás y refundir en su quehacer a Vermeer de Delft, no siempre copiándolo, sino reinventándolo y haciéndose pasar por él. Van Meegeren es un Master Art Forger (John Godley, el biógrafo de Van Meegeren, bautizó su libro con ese título: Master Art Forger. New York, Wilfred Funk Inc., 1951) que a fin de cuentas para ojos entrenados de este siglo resulta bien distinguible de su ilustrísimo modelo, a quien se propuso reencarnar y no en principio por razones de lucro. 

Urbieta hizo público su deseo de proseguir lo que consideró que configuraba el inicio de tradición plástica juchiteca, con Francisco Toledo como figura central. De allí también sus ediciones de escritores juchitecos: Victor Terán, Jorge Magariño y señaladamente Macario Matus, que le fue muy cercano. Este periodista y poeta dirigía la Casa de la Cultura de Juchitán, dotada de una buena biblioteca armada y financiada por Toledo, cuando Urbieta, muy joven -después de haberse ocupado en otros menesteres, como anoté al principio- hacía allí sus pininos de grabador, encontrando que ese tipo de ocupaciones iba a proporcionarle escapes creativos en mayor grado que la escritura (consideraba que la escritura era más difícil) a la vez que le agenciaría en un futuro, que vino a resultar por fortuna relativamente próximo, vías de ganarse el sustento.

Bajo el mar, 1996
 

Encontró eco y expansión desde Juchitán mismo: su trayectoria de artista plástico se vio colmada de aceptación y de distinciones. Trascendió las fronteras nacionales con su participación en EUROPALIA y con el premio que recibió en el XXVI Festival Internacional de la Pintura en Cagnes sur Mer, Francia, dirimido a través de un jurado que Dore Ashton presidió, en el que no participó ningún especialista mexicano. 

En un estudio inédito, muy crítico, sobre las artes plásticas en Oaxaca, el investigador y escritor de origen británico Robert Valerio, que reside en la capital del estado desde hace tiempo, observa lo que a continuación anotó. 

Es natural, legítimo y loable que los

artistas oaxaqueños se inspiren en su 

mitología, lo curioso es que se establezca

un mecanismo institucional con el 

propósito de animarlos a seguir 

inspirándose en ella... Se fomenta un

arte figurativo cuya característica 

principal, señalada por Charles 

Merewether, es la "arcaica 

atemporalidad". Se refuerza, en fin, el 

viejo idilio del Nuevo Mundo, el paraíso

que los europeos se niegan a perder.

Paraíso: esta palabra empleada por

Macario Matus en su elogio de Jesús

Urbieta, puede ser la clave de ese 

complejo de conceptos que subyace y

alimenta gran parte de la efervescencia

plástica que se observa actualmente en

Oaxaca. De este concepto clave se 

derivan otros: infancia, magia, fantasía,

sueño y éstos a la vez se materializan en

la obra: en el estilo (primitivista) la 

iconografía (fauna abundante) y el 

dibujo (informalista, rupestre o 

infantilista). 

Robert Valerio. Atardecer en la maquiladora de

utopías. Ensayos críticos sobre las artes plásticas

en Oaxaca. pp. 83,84. Oaxaca, 1997 

Este Paraíso ha sido para muchos oaxaqueños un respaldo que ha sido a la vez "bendición y maldición, como observa Luis Carlos Emerich en un reciente ensayo.(Luis Carlos Esmerich. "Nueva Plástica Mexicana".En varios autores. Nueva Plástica Mexicana, México, Grupo Jumex, 1998. Prod. Attame Ediciones).

La abundancia de la fauna puede deberse al origen campesino o rural de muchos artistas, pero también, como afirma el autor citado, a que "no hay paraíso sin animales", título de una exposición que se presentó en la Galería López Quiroga el año pasado. 

No hay una misteriosa luz oaxaqueña en la mayoría de los jóvenes colegas de Jesús Urbieta, que utilizan por lo común un colorido intenso, diríase que asoleado, pero en é1 sí que la hay. No está graduada en valores tonales, sus esfumados son escasos, no utiliza el claroscuro a la manera barroca y sin embargo sus composiciones son abarrocadas. Su pintura es "seca" en el sentido en que Robert Motherwell utilizaba este término, refiriéndolo a la pintura francesa producida en Provenza, que le gustaba sobremanera.

 


Mujer de arena, 1996
 
Pero el aire que levanta el polvo y la enaguas de las juchitecas, un aire que puede llegar a ser inclemente, barre, por decirlo de algún modo, no pocas de sus orquestaciones cromáticas. 

Urbieta era de temperamento dionisiaco y Dionisos origina la tragedia: era el dios de la transgresión, de la locura, del éxtasis. La embriaguez y el erotismo estaban entre sus principales atributos, pero en sus remotos orígenes en el Asia Menor, Dionisos congregaba los rasgos de una divinidad arcaica y agrícola. Pudiera ser que Urbieta, desplazándose continuamente entre las ciudades de México y Juchitán haya encontrado insoportable la tensión entre su deber ser (su quehacer artístico), sus impulsos primigenios, y lo que acompaña al éxito, que le estuvo cercano y que no llegó a saborear. La cosa es que soportó el peso de la muerte en vida: el sacrificio y la fiesta propiciaron una larga agonía que ojalá haya culminado en el éxtasis del que habla Bataille en uno de sus ensayos reunidos bajo el título de "Las Lágrimas de Eros". Sobre el futuro artístico de su trabajo, que a fin de cuentas es lo que queda, el tiempo dirá. Y ese tiempo póstumo principia con esta exposición. 

CHIMALISTAC, ENERO DE 1998.

 

 

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