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Arte en México

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Inda Sáenz

Confianza en la luz


Estructuras sobre cielo rojo I, 1998
Óleo sobre tela, 143x134cm

Por Jaime Moreno Villarreal

En su reciente exposición en El Aire, Centro de Arte, la pintora Inda Sáenz (Ciudad de México, 1957) ha presentado imágenes y contraimágenes de algunas de las más importantes exploraciones constructivas de la plástica del siglo XX, en un arco de homenaje que se tiende del neoplasticismo de Piet Mondrian al constructivismo del ruso Vladimir Tatlin y al universalismo constructivo de Joaquín Torres-García, para culminar en una evocación del geometrismo dinámico de Wifredo Lam, con sus cualidades primitivistas y animistas. En este arco, Sáenz propone al espectador estructuras y asociaciones visuales que producen una imagen de la vida social urbana, con un elemento sensual y aun dancístico en metamorfosis, que se embebe de la iluminación nocturna de tierra y cielo. Veamos.

Edificios, calles, estructuras de acero, luminarias, plazas, escaleras y escalinatas, grúas, brazos mecánicos, torres, arbotantes, son sugeridos por la pintora, quien mediante entrelazamientos coreográficos y ritmos por momentos deportivos alude con sus armazones a la actividad humana extendida sobre plantas o construcciones de ciudad. En sus cuadros aparece a menudo una curva a modo de cuerno de la luna que dota de nocturnidad a la luz amarilla y lbanca, y produce sensaciones de paso del tiempo, reflejos del espejo del cielo, torciendo un corazón compositivo en donde se cifra la gracia de una trama urbana. Inda Sáenz utiliza un vocabulario que apela a la icnografía -el dibujo arquitectónico consagrado al diseño de la planta de edificios-, y que ella resuelve a modo de croquis de circuitos eléctricos. Así, parece evidente que el elemento icónico desconstruido en sus composiciones, el mismo que las dota de carácter y tensión, es la torre de energía eléctrica, ese gigante de hierro que atraviesa el paisaje de campo y ciudad con sus cables tendidos y que, tanto imaginaria como realmente, despierta en los pobladores ideas de energización e interconexión total.

Si las luminosas cartografías de Inda Sáenz transmiten impulsos eléctricos, sus fondos los sustentan con colores amarillo o rojo: son los colores del ámbar. Esto se torna interesante si recordamos que el nombre griego del ámbar amarillo es êlektron -uno de los primitivos nombres de la electricidad fue, por cierto, "ambricidad"-, y si relacionamos las armazones que la artista lanza y compone sobre sus planos con aquellas pajitas y astillas que se usan para demostrar la imantación del ámbar. Entonces la atracción eléctrica parece ser la estructura invisible de los cuadros de Inda Sáenz.

Fue Tales de Mileto quien realizó las primeras observaciones del magnetismo en el imán y el ámbar, y su esclarecimiento de tal fuerza de atracción fue que las cosas tenían alma: según Aristóteles, Tales afirmaba que el imán posee alma puesto que mueve al hierro. No es aquí el lugar para ocuparse de la riqueza mágica atribuida al imán y al ámbar desde muy antiguo -con valores de conjuro y transmisión de poderes- pero sí cabe subrayar que Inda Sáenz ha establecido una relación de ánima con la electricidad y el hierro, que proveen referentes fundamentales de sus estructuras. En el pensamiento mágico, la electricidad ha estado relacionada con el alma hasta el punto de que, durante el siglo pasado, se consideró que una energía magnética -eléctrica- ordenaba el universo y era el motor y regulador de la vida. El alma del mundo y el hombre eran de electricidad.

La presencia de un orden magnético en la organización de los cuadros de Inda Sánez, extiende por lo general imágenes de unificación, no exentas de emotividad y pasión. La pintora construye de dos maneras: ya sea a modo de planos -y aquí la referencia pictórica inmediata es Mondrian- o verticalmente -en particular en un notable homenaje al Monumento a la Tercera Internacional (1920) proyectado por Tatlin-. Las verticalidades son más expresionsitas, los planos son más formales. Relaciono en particular a Saénz con el último Mondrian, el deBroadway Boogie Woogie (1943) que produce un esquema de luminosidad y tránsito urbano evocando la noche neoyorquina ambientada por la música de jazz ¡sobre un fondo blanco! Ciertamente, Inda Sáenz no deja de lado el uso extenso de los blancos y sus gradaciones a través del amarillo hacia los ocres al provocar sus impresiones nocturnas.

Acaso las ciudades electrificadas cumplen con la noción de Tales sobre lo que es el alma: una naturaleza siempre en movimiento o que se mueve a sí misma. Es notable que, en último término, Inda Saénz establezca en sus cuadros Estructuras sobre cielo rojo I (1998) e Inscripciones (1999) un vínculo con otra forma de unificación del alma con el universo: el animismo según se expresara en la obra de Wifredo Lam. Peculiar sincretismo de la pintora mexicana que apunta a una búsqueda donde la energía eléctrica atisba hacia el mundo natural, y las armazones de hierro se vuelven vegetales. El cuerno o hemiciclo reaparece entonces con fuerza simbólica de poderío.

Imaginación y rigor, inteligencia y armonía, el arte de Inda Sáenz concilia a la urbe con su crecimiento caótico. La interconectividad induce a visiones de industria, de equipamiento, de traza urbana fragmentada, de leyes termodinámicas, con un registro de orden por encima incluso del horror. En este sentido, la muestra reciente de Inda Sáenz reivindica una habitable confianza en la luz.

 

 

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