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Instituto Nacional de Antropología e Historia, INAH: reflexiones y recuentos del 2016

 

2017-01-04

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Instituto Nacional de Antropología e Historia, INAH: reflexiones y recuentos del 2016

Foto: Pirámide de Kukulkán, en Chichen Itzá. Foto INAH

El 2016 sin duda alguna estuvo marcado por sentidas pérdidas. Como señala el boletín de prensa del INAH, “la muerte ensombreció los ámbitos académico, arquitectónico, histórico y arqueológico en 2016. Como cada fin de año, se abre el espacio para la reflexión y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) rinde tributo a quienes ya no están físicamente pero cuyo legado continuará presente en museos y zonas arqueológicas.

 

Rafael Tovar y de Teresa, primer secretario de Cultura de México, el sociólogo Rodolfo Stavenhagen, la historiadora María de Lourdes Cué, el arquitecto Teodoro González de León, el arqueólogo José Antonio Lasheras Corruchaga y la etnóloga María Teresa Martínez fueron algunas de las sensibles pérdidas que registró el INAH este año; hombres y mujeres cuya labor estuvo ligada directa o indirectamente a la institución.

 

La madrugada del 10 de diciembre falleció el historiador, diplomático y ensayista Rafael Tovar y de Teresa (1954-2016). En su carrera de más de 30 años como funcionario público, fue presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) de 1992 a 1999 y de 2012 a 2015; de 1991 a 1992 fue director general del Instituto Nacional de Bellas Artes, y de 2001 a 2007 se desempeñó como embajador de México en Italia. El 21 de diciembre de 2015, Tovar y de Teresa fue nombrado secretario de Cultura por el presidente de México, Enrique Peña Nieto, luego de que impulsó la transformación del Conaculta en una secretaría de Estado.

 

Un mes antes, a los 84 años de edad falleció el sociólogo Rodolfo Stavenhagen, profesor emérito de El Colegio de México. Nacido en 1932 en Fráncfort, Alemania, llegó a México en 1940 cuando su familia salió de su país durante la guerra. Se desempeñó como Relator de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y como subdirector general de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), cargos profesionales que alcanzó como resultado de su interés por los grupos sociales más desprotegidos. Rodolfo Stavenhagen también fue vicepresidente del Instituto Interamericano de Derechos Humanos y presidente de la Academia Mexicana de Derechos Humanos.

 

En noviembre también falleció, a los 80 años de edad, del historiador Jorge Alberto Manrique, autor de gran cantidad de publicaciones, entre ellas Los dominicos de Azcapotzalco (Universidad Veracruzana, 1964) y La Dispersión del manierismo (UNAM, 1980). Homenajeado apenas en septiembre pasado, el investigador presidió el Comité Nacional Mexicano del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos, por sus siglas en inglés), del cual nuestro país es miembro desde su inicio en 1965.

 

En septiembre, el INAH expresó su pesar por el fallecimiento del arquitecto Teodoro González de León, cuyas obras más importantes se han convertido en símbolo de referencia de la Ciudad de México, como la sede del Fondo de Cultura Económica (FCE), el Museo Universitario de Arte Contemporáneo y el Conjunto Urbano Reforma 222, por mencionar algunas. Nacido en la Ciudad de México, en mayo de 1929, González de León fue fundador de una corriente de pensamiento arquitectónico basada en la honestidad del material, la simpleza de la composición y la abstracción, por lo que su obra hace referencia a la arquitectura prehispánica, como la teotihuacana.

 

En agosto falleció, a los 48 años de edad, el escritor Ignacio Padilla Suárez, ganador de innumerables premios literarios nacionales e internacionales, como el Juan Rulfo (Cuento), el Kalpa (Ciencia Ficción), el Primavera (Novela) y el José Revueltas (Ensayo). Se distinguió por su incansable labor en el fomento de la lectura, principalmente entre los niños. El escritor era doctor en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca, grado académico que obtuvo con su tesis que abordaba la presencia del diablo en El Quijote, obra inmortal de Miguel de Cervantes Saavedra, autor del que Ignacio Padilla fue especialista.

 

En el mismo mes, también murió Ernesto González Licón, quien fuera director de la Zona Arqueológica de Monte Albán durante 2014 y los primeros dos meses de 2015, así como profesor investigador de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) desde el 2000 hasta el día de su deceso. Cursó la Licenciatura de Arqueología de 1975 a 1979 en la misma escuela donde impartió clases. Obtuvo el doctorado en la Universidad de Pittsburgh en 2003 y se especializó en la Arqueología de las Sociedades Complejas de Monte Albán del periodo prehispánico.

 

Carlos Castañeda López, experto en la arqueología del Bajío, murió casi al término de junio, a los 62 años de edad. Maestro en Ciencias Antropológicas y oriundo de Veracruz, ingresó al instituto en enero de 1980. Al momento de su deceso estaba adscrito al Centro INAH Guanajuato. Coordinó distintos proyectos arqueológicos en los sitios de Plazuelas y Peralta; sus investigaciones le permitieron plantear nuevas hipótesis sobre la arqueología en Guanajuato y desde 1979 se dedicó al estudio de la población prehispánica del Bajío. Fue coordinador del Proyecto Arqueológico Plazuelas, el primer sitio abierto al público en Guanajuato en 2006.

 

A los 60 años de edad, en febrero pasado, murió el arqueólogo español José Antonio Lasheras Corruchaga, quien fue muy cercano a México debido a las consultorías brindadas a las investigaciones del INAH para realizar el expediente técnico de nominación de las cuevas prehistóricas de Yagul y Mitla, Oaxaca, a la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. El especialista impulsó el Proyecto de Rescate y Preservación de la Zona de Petroglifos Las Labradas, Sinaloa, y participó en el Encuentro de Gestores de Sitios Arqueológicos Patrimonio Mundial, organizado por el INAH en Loreto, Baja California. Su ausencia física es una pérdida irreparable para el arte rupestre.

 

La etnóloga María Teresa Martínez Peñaloza, cuyas investigaciones contribuyeron al conocimiento de la historia de su estado natal, Michoacán, falleció en los primeros días de enero, a los 82 años de edad. Participó en la elaboración del expediente dirigido a la UNESCO para inscribir al Centro Histórico de Morelia en la Lista de Patrimonio Mundial, lo que sucedió en 1991. Martínez Peñaloza obtuvo distintos reconocimientos, como la medalla “Gertrudis Bocanegra”, concedida en 1998 por el ayuntamiento de Pátzcuaro y la presea “Generalísimo Morelos” que recibió al año siguiente por sus investigaciones sobre el insurgente. En 2010 fue distinguida con el premio “Amalia Solórzano Bravo” y en 2011 fue reconocida como “Moreliana distinguida”.

 

En enero también partieron otros dos grandes personajes: Mario Cirett, modelista cuyas maquetas y miniaturas forman parte de la Galería de Historia, Museo del Caracol, y Manlio Favio Salinas Nolasco, profesor investigador de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM). Mario Cirett participó en el proyecto impulsado por Jaime Torres Bodet que dio vida a dicho recinto en Chapultepec. El maquetista diseñó diversas piezas para la celebración de los Juegos Olímpicos de 1968, para el Museo de las Californias, y para el Fórum Universal de las Culturas, realizado en 2008 en Monterrey, Nuevo León.

 

Manlio Favio Salinas Nolasco fue experto en conservación de bienes culturales e impartió clases de Polímeros Naturales y Sintéticos a alumnos de la licenciatura en Restauración; asimismo, escribió distintos artículos sobre la materia.

 

En enero, el INAH también lamentó el sensible fallecimiento de su valiosa colaboradora María de Lourdes Cué Ávalos, historiadora del Arte por la Universidad Iberoamericana quien desempeñaba actividades de investigación y producción editorial en el Museo del Templo Mayor. La belleza de la escultura mexica de Coyolxauhqui no podría entenderse sin la reconstrucción cromática realizada por diversos especialistas, equipo del que formó parte Cué Ávalos; dicha tarea permitió identificar los cinco colores que tuvo la diosa lunar en la época prehispánica.

 

El INAH reportó singulares descubrimientos

 

Por otro lado, en 2016, en relación al patrimonio, el INAH reportó importantes descubrimientos arqueológicos en diferentes puntos del territorio nacional, que confirman la frase del antropólogo Eusebio Dávalos -quien además fuera uno de los pilares de esta institución-, refiriéndose a la riqueza patrimonial de México: “Si se pudiera techar México, todo sería un museo”. Entre los descubrimientos más destacados figuran las antiguas edificaciones encontradas en Tenochtitlan y Tlatelolco, mientras que en Teotihuacan se exploró por vez primera la Plaza de la Luna y se encontró a “La mujer de Tlailotlacan”. Por otro lado, en el subsuelo del Templo de las Inscripciones de Palenque se registró un sistema hidráulico, y en Chichén Itzá se localizó una segunda subestructura en El Castillo, entre otros hallazgos.

 

Especialistas del Programa de Arqueología Urbana (PAU) del Museo del Templo Mayor, encontraron antiguas edificaciones en Tenochtitlan y Tlatelolco: en el mismo predio de la calle Guatemala del Centro Histórico de la Ciudad de México donde se localizó el Templo de Ehécatl-Quetzalcóatl (2010), se detectaron restos del costado norte de la principal cancha de Juego de Pelota de la antigua Tenochtitlan. La estructura prehispánica presenta tres etapas constructivas correspondientes a las fases V, VI y VII del Templo Mayor, que datan del periodo comprendido entre 1481 y 1521 d.C. y mide 9 m de ancho y se encuentra a 6.45 m al sur del Templo de Ehécatl.

 

Bajo uno de los pies de la escalinata norte, los expertos encontraron una ofrenda conformada por varios grupos de cervicales humana que aún guardaban su posición anatómica, correspondientes a unos treinta individuos, cuyas edades oscilaban desde los infantiles (0-6 años) hasta los juveniles.

 

Por otro lado, el INAH abrió dos ventanas arqueológicas sobre la calle República de Argentina, entre Justo Sierra y San Ildefonso, permitiendo la vista a los transeúntes capitalinos restos de un Gran Basamento mexica, ubicado en lo que fuera el límite norte del recinto ceremonial tenochca. La antigua edificación mide 40 metros de norte a sur y presenta evidencias de por lo menos cinco etapas constructivas que abarcan el periodo de entre 1440 y 1521 d.C.

 

 

En la ciudad gemela de Tenochtitlan, la zona arqueológica de Tlatelolco, se realizó otro descubrimiento relevante: el segundo Templo dedicado a Ehécatl-Quetzalcóatl, deidad mexica del viento. Tras dos temporadas de supervisión y salvamento arqueológico, integrantes del Proyecto Tlatelolco han logrado establecer que la edificación tiene más de 650 años de antigüedad, mide 11 metros de diámetro por 1.20 de altura y se encuentra a 3 metros de profundidad bajo el nivel de la calle. Debido a su importancia, estos vestigios quedarán integrados a mediano plazo en una ventana arqueológica en la acera de la avenida Flores Magón, en la colonia Guerrero de la Ciudad de México.

 

Otro hallazgo fue el reportado frente a las puertas de la Catedral Metropolitana, donde el PAU ubicó la lápida funeraria de Miguel de Palomares, uno de los integrantes del primer cabildo catedralicio, personaje que atestiguó la transformación de la antigua Tenochtitlan a la capital de la Nueva España, en la primera mitad del siglo XVI. Tallados sobre la lápida se observan caracteres en castellano antiguo que refieren que ahí yace el canónigo. A éstos sigue una leyenda en letras griegas, la cual aún está por interpretarse, pero podrían referirse al nacimiento y muerte del personaje, al parecer, natural de Calahorra, clérigo de Cuenca, y fallecido en la Ciudad de México en 1542.

 

Al norte de la capital mexicana, bajo las capas de un terreno yermo próximo al Acueducto de Guadalupe, arqueólogos y antropólogas físicas de la Dirección de Salvamento Arqueológico del INAH excavaron una zona de enterramiento de la aldea preclásica de Zacatenco, la cual fue habitada entre 800 y 500 a.C. Los restos óseos descubiertos corresponden a poco más de 200 individuos, entre neonatos, niños, hombres y mujeres jóvenes y adultos. Asociados a los entierros se localizaron alrededor de 250 ofrendas compuestas en su mayoría por cerámica, conchas y huesos de animales trabajados, obsidiana gris y distintas piedras verdes. Sobre varias osamentas, como fue el caso de una mujer embarazada, se observó un polvo rojo que podría ser hematita o cinabrio.

 

Durante los trabajos de introducción de drenaje en la localidad de San Antonio Xahuento, en Tultepec, Estado de México, se descubrió la osamenta de un mamut. A una profundidad de dos metros y medio por debajo de la superficie de la calle La Saucera, gran parte de la estructura ósea yacía desordenada. La disposición en que fueron hallados una decena de costillas, húmeros, fíbulas, un fémur, escápulas, cúbitos, radios, así como una decena de vértebras, indica que hace más de 12 mil años, posiblemente el animal sufrió el mismo destino que otros de su especie: se quedaban atascados en el fango por su gran peso y finalmente eran destazados por el hombre y otros depredadores.

 

Arqueólogos del INAH exploraron por vez primera las entrañas de la Plaza de la Luna, en Teotihuacan, encontrándose un paisaje lunar repleto de cráteres: fosas en cuyo interior hay estelas lisas de piedra verde, conductos que marcan al centro de este espacio los rumbos del universo y una serie de horadaciones que contenían cantos de río, un código simbólico que los antiguos teotihuacanos elaboraron en las primeras etapas de la ciudad, hace mil 900 años. Las excavaciones se enfocaron frente al Edificio Adosado de la Pirámide la Luna.  En el subsuelo de la llamada Estructura A, un patio cerrado con 10 altares, se ubicaron cinco estelas completas dentro de fosas. Sus alturas y pesos varían de 1.25 a 1.50 m, y de los 500 a los 800 kilos.

 

Otro hallazgo en este sitio arqueológico fue la ubicación, a 10 cm de profundidad, de dos canales asociados al altar central de la Plaza de la Luna; estos conductos tenían una función simbólica y no como desagüe.

 

 

Por otro lado, un equipo de la zona arqueológica exploró el entierro de una mujer de elite a la que dieron por llamar “La mujer de Tlailotlacan”, fallecida hace aproximadamente mil 600 años en el Barrio Oaxaqueño o “Tlailotlacan”, que significa el de la “gente de tierras lejanas”. Es uno de los personajes que tiene una mayor cantidad de modificaciones corporales, entre los registrados hasta ahora en la antigua metrópoli: una alteración del tipo tabular erecta y varias prótesis dentarias, un par de incrustaciones redondas de pirita en los incisivos centrales; asimismo, los incisivos inferiores fueron reemplazados por una pieza elaborada en piedra verde.

 

En el sureste, por su parte, en Palenque se registró un sistema de canales en el subsuelo del Templo de las Inscripciones. Por su cercanía a la cámara funeraria de Pakal “El Grande” (a 1.70 m por debajo del umbral de su pared norte), este complejo hidráulico, posiblemente, reproducía de manera simbólica el sinuoso camino que condujera al gobernante maya a las aguas del inframundo. La compleja red de canales, dispuesta a diferentes niveles y orientaciones, debió ser diseñada mucho antes que se proyectara la pirámide misma, en las primeras décadas del siglo VII de nuestra era.  El conducto es casi cuadrado (50 x 40 cm), su piso es de roca caliza tallada y tiene una longitud aproximada de 17 metros. Al momento de su descubrimiento se observó que el agua aún sigue su curso.

 

Investigadores del INAH y la UNAM dieron a conocer la presencia de una segunda subestructura en El Castillo, la edificación más representativa de Chichén Itzá, en Yucatán. Los exámenes geofísicos aplicados a la también llamada Pirámide de Kukulcán, revelaron la existencia de dicha estructura construida entre los años 550 y 800 d.C., la etapa más temprana y menos conocida de este asentamiento maya. El análisis de los cambios en las propiedades físicas subterráneas, así como un examen en 2D desde una escalinata interna localizada arqueológicamente en 1931, les permitió trazar las dimensiones de una segunda subestructura en el costado sureste de la pirámide, que aproximadamente mediría 13 metros de alto por 12 metros en dirección sur-norte y 18 en dirección este-oeste.

 

Mientras, en la entidad vecina de Quintana Roo, el proyecto Gran Acuífero Maya emprendió tareas de prospección arqueológica, en un transecto de 50 kilómetros radiales entre las localidades de Muyil, Tulum y Cumpón. En distintas cuevas inundadas llevaron a cabo el registro del cráneo de un hombre precerámico, restos de megafauna y un altar maya prehispánico en un estado de conservación inaudito. El resto humano, que podría rebasar los 10 mil años de antigüedad, se localizó cubierto por una capa de mineral endurecido. El que se encontrara rodeado por estas concreciones, refiere que este elemento óseo estuvo expuesto en un ambiente seco antes de que subiera el nivel del agua en la cueva.

 

En otra cavidad inundada se observó la sección de una mandíbula de un ejemplar de megafauna, perteneciente a la última Edad de Hielo (alrededor de 10 mil años). Tal fragmento, que al parecer pertenece a un gonfoterio, presentaba al menos cinco piezas dentales todavía articuladas.

 

Por último, en Puebla, en conjunto con expertos del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados, del IPN, investigadores del INAH -entre ellos el emérito Ángel García Cook-, lograron extraer hasta 40% del ADN de tres ejemplares de maíz de más de cinco mil años de antigüedad, hallados en el Valle de Tehuacán, cuyo resultado revela que las poblaciones ancestrales aún no habían logrado domesticar enteramente esta planta, aunque ya practicaban su mejoramiento a partir de técnicas de selección.

 

Esto confirma que el maíz es un producto nativo de México, surgido probablemente en la cuenca del río Balsas, en el centro-sur, lo cual sitúa al país como el de mayor número de razas autóctonas del mundo, con 59 razas originarias que, a diferencia de otras especies de cultivo como el arroz o el trigo, mantienen una notable cercanía genética respecto a sus antepasados.

 

Restauración de bienes culturales

 

Durante 2016, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) también desarrolló diversas acciones enfocadas en la restauración y conservación de bienes culturales,  entre los que destacan la escultura ecuestre de Carlos IV, conocida como El Caballito, el Camarín de la Virgen de Loreto, del Museo Nacional del Virreinato, el mobiliario que obsequió Napoleón III a Maximiliano y el saco del general Francisco Villa, entre otras piezas de gran valor histórico.

 

 

Se inició la segunda etapa del proyecto de conservación-restauración de la escultura ecuestre de Carlos IV para recuperar su estabilidad, unidad y apariencia. En la primera etapa se efectuó un diagnóstico de daños y una propuesta de trabajo, y en noviembre pasado comenzaron las labores para restablecer la integridad de la superficie metálica, dañada en 45 por ciento debido a diversas intervenciones que ha tenido a lo largo de los años, entre ellas, la de 2013 hecha con un tratamiento inconveniente a partir del uso de ácido nítrico.

 

Uno de los hallazgos más reveladores fue el registro de los restos del acabado orgánico con que Tolsá recubrió la estatua de aleación de cobre, identificándose rastros de una capa pictórica verde-marrón. Esto coincide con una cita histórica del explorador alemán Alexander von Humboldt, en la cual señala que Tolsá tuvo el tino de no dorar la estatua, sino haberle dado un tono “verde parduzco”. El reconocimiento de esa técnica de acabado es una de las claves que los especialistas del INAH toman en cuenta para restituir la unidad visual de la obra histórica.

 

En el Museo Nacional del Virreinato, los expertos trabajaron en el Camarín de  la Virgen de Loreto, joya virreinal del Templo de San Francisco Javier, en el cual se realizaron trabajos de impermeabilización y se atendieron los estucos afectados por la humedad y la presencia de sales. Asimismo, se hizo un estudio para proponer diversos sistemas de conservación, con miras a restaurar en su totalidad el espacio y abrirlo al público. La imagen de la Virgen de Loreto, que data del siglo XVII, también recibió trabajos de limpieza, eliminación de repintes, resane y reintegración cromática.

 

En la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM) se intervino el saco que portaba el general Francisco Villa el 20 de julio de 1923, fecha en que fue asesinado en Parral, Chihuahua.  La prenda, perteneciente a la Colección de Indumentaria del Museo Nacional de Historia (MNH), Castillo de Chapultepec, presenta 11 orificios. Antes de ser intervenida se hizo un estudio histórico, se identificó la materia prima y la técnica de factura. Además se determinó el grado de deterioro que tenía. El material de composición del saco de lino color marfil se encontró estable, pero fue necesario coser el extremo de la manga izquierda —cortada para extraer la prenda del cuerpo en el lecho de muerte— y detener la pérdida de hilos.

 

También del Castillo de Chapultepec se atendió un conjunto de sillas y sillones que son parte del mobiliario del Alcázar, en cuya tapicería se aprecian pasajes de las fábulas de Jean de la Fontaine.

 

Las 14 sillas y sillones de la Sala de Pianos, obsequiados alrededor de 1865 por el emperador Napoleón III al archiduque Maximiliano de Habsburgo, mostraban falta de brillo y color, además de pérdida de hilos en la urdimbre y en la trama, ocasionados por el paso del tiempo y factores ambientales, por lo que los expertos plantearon un proyecto de conservación que incluyó una reproducción digital de las imágenes sobre una tela sintética para cubrir la original sin dañarla.

 

El INAH también restauró espacios arquitectónicos, como la bóveda del Templo de San Martín de Tours, en Huaquechula, Puebla, donde especialistas hallaron la decoración original del siglo XVI, completa y en buen estado de conservación, que procedieron a rescatar.

 

Además de la bóveda de crucería, se atendieron deterioros del inmueble, entre ellos grietas ocasionadas por sismos, así como resanes de cemento fuera de nivel, manchas de humedad, polvo y hollín acumulado.

 

En Oaxaca se intervino la decoración de los espacios de la crujía norte del Ex Convento de San Pablo, incluidos los que funcionaron como aulas del antiguo Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, donde se instruyeron personajes como Benito Juárez. En la crujía norte se localizó gran cantidad de aplanados que corresponden a la época del convento, los cuales fueron recuperados, consolidados y restaurados. También durante la intervención se localizó y restauró la primera decoración que data del siglo XVII, además de guardapolvos en color rojo, cenefas de flores y líneas que enmarcan ventanas y puertas.

 


Asimismo, en territorio oaxaqueño el INAH atendió tres retablos de estilo neoclásico del siglo XVIII, afectados por un incendio en 2010, en el Templo de San Andrés Zabache. Las obras tuvieron distintos grados de afectación, al igual que las 11 tallas policromadas de santos que alberga cada una, las cuales recibieron limpieza, resane y reintegración de acuerdo con el nivel de afectación. Del retablo mayor se perdió casi 80% de su composición, por lo que tuvo que rehacerse en su totalidad.

 

En el Templo de San Bernardino de Siena, en Xochimilco, restauradores atendieron ocho pinturas sobre tabla atribuidas a Baltazar Echave Orio, y dos lienzos sobre tela anónimos del siglo XVII. Las piezas fueron sometidas a limpieza y reintegración cromática, además, se desarrolló un estudio para conocer los materiales constitutivos, la técnica de factura y el estado de conservación de las obras. Los estudios permitieron comprender los deterioros y las alteraciones de las piezas que se habían acumulado a lo largo de sus 400 años de existencia. En ese mismo recinto fue intervenida la pintura mural que se descubrió cuando se desmontaron las pinturas del retablo para su intervención. El mural, de 84 metros cuadrados y ubicado en el sector oriente del templo, presenta tres capas pictóricas que dan cuenta de las distintas decoraciones que tuvo el ábside entre los siglos XVII y XIX.

 

Los tres retablos del Santuario de la Virgen de Ocotlán, en Tlaxcala, recobraron su brillo y magnificencia tras dos temporadas de trabajo, en las que expertos del INAH restituyeron faltantes de hoja de oro, policromía y elementos perdidos en la decoración de las esculturas. Cada conjunto alberga 18 esculturas policromadas de diferentes épocas, que también fueron intervenidas para devolverles sus valores históricos y estéticos.

 

Como parte del proyecto de restauración de objetos de culto ligados a los sistemas locales de creencias de los coras, se intervino el óleo sobre tela de la Santísima Trinidad, que data del siglo XVIII y formó parte del retablo principal de la misión de la Mesa del Nayar, en Nayarit, reducción fundada por los jesuitas hacia 1722. Junto con el lienzo se atendió una serie de esculturas de la localidad, que datan de los siglos XVIII, XIX y XX, así como varias de los periodos jesuita y franciscano, y otras procedentes de comunidades de la región, que son parte del acervo del templo.

 

A la obra referente a la Santísima Trinidad se le hizo un reentelado llamado “holandés”, se puso en un nuevo bastidor y se eliminó el barniz oxidado de la parte frontal, para posteriormente efectuar una reintegración cromática con la técnica de tratteggio (basada en líneas enfrentadas o que siguen la forma de la pintura).

 

En la ENCRyM  también se rehabilitaron un par de esculturas de madera de  Jesús Crucificado y san Francisco, procedentes de dos comunidades del Estado de México, dentro de las cuales se encontraron documentos de más de dos siglos de antigüedad que revelan parte de su historia.

 

La representación de Cristo, que forma parte del discurso iconográfico del retablo principal de una iglesia de Tenancingo, tenía en el interior de la cabeza una botella de vidrio con papeles en los que consta que fue hecha en 1776 y modificada en 1905. A esta pieza se le efectuó un proceso de fijado y limpieza, se estabilizaron las grietas y se corrigieron las deformaciones internas, producto de una filtración de agua que durante años le afectó.

 

Por último, la escultura de san Francisco, perteneciente a la comunidad de Juchitepec, data de la primera mitad del siglo XVII, fecha que se determinó a partir de pedazos de papeles hallados durante su restauración, que en aquella época fueron empleados para formarle la cabeza, entre ellos una bula papal, documento pontificio correspondiente al primer cuarto del siglo XVII; fue fumigada, se le eliminó suciedad, se retiraron repintes y se estabilizó su policromía.”

Autor/Redactor:Redacción Artes e Historia México
Editor Fundador: Manuel Zavala Alonso †

2016

 

 

 

 

 

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