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Jueves, 04 de agosto de 2016

Un incendio en Navidad (cuento)
Escrito por Manuel Zavala Alonso

El frío calaba hasta los huesos en esa madrugada de Nochebuena. Su cuerpo temblaba de manera alarmante por la baja temperatura y por haber estado sometido al castigo del alcohol durante más de diez días. Sentado, con una copa en la mano, en el cómodo sillón de su estudio, analizaba sus últimas obras... Un rojo profundo acompañado de la música navideña lo hizo dar un salto en su memoria al recordar la noche en la cual su familia había muerto hacía muchos años.

 

Solamente él y su hija habían sobrevivido a la tragedia de aquel encontronazo de automóviles, la madrugada de un 25 de diciembre. Habían sido embestidos por un auto repleto de jóvenes enfiestados más allá del límite. Su esposa y sus otros dos hijos habían quedado calcinados al incendiarse el auto instantes después del choque. Él salió del auto y pudo sacar únicamente a su hija. Ella, de tan sólo doce años en aquella época, pidió quedarse con su padre en lugar de vivir con la abuela y sus tíos. Trató de educarla lo mejor que pudo inculcándole valores morales, religiosos e ideológicos, con un sentido de crítica, incluyendo las tradiciones que él mismo amaba, como la celebraciones de la Natividad y el Año Nuevo. Creía firmemente que si su hija recibía una buena educación, con base en valores sólidos pero con un sentido reflexivo, podría tener una vida mucho más estructurada y funcional, pero sucedió todo lo contrario. Buenas escuelas, viajes y una inmensidad de libros, música, museos y cine dieron como resultado a una joven muy inteligente y capaz, pero con una soberbia, intolerancia y vanidad que la paralizaban por completo. Al final, su hija se había convertido en un barquito a la deriva que deambulaba en el océano de la vida sin rumbo ni puerto de destino.

 

La pérdida de su familia en aquel accidente de hacía veinticuatro años, incluyendo a su hija que vivía completamente alejada de él, lo hacía entrar en terribles depresiones cada fin de año. De ahí su justificación por beber sin parar durante días y días, y de sumirse en el pozo de la melancolía y tristeza.

 

 

 

Foto:©Manuel Zavala y Alonso, 2010

 

En su universo cotidiano la bebida se había convertido en casi religión. Pensaba que beber le daba garantías para su imaginación y creatividad. Todos los autores que veneraba habían sido siervos de la serpiente líquida: Conrad, Lowry, Poe, Hemingway y muchos otros más, sin dejar de mencionar a los artistas malditos como Bacon, Pollock y Rothko. Parecería que tenía identificada a la creación con el alcohol, como una célula indivisible. Sin embargo, sus mejores obras las lograba en sus periodos de lucidez; él lo sabía y no se podía engañar. Por su mente giraba la idea de encontrar un posible equilibrio y salir de esa jaula en la que convivía con la serpiente líquida día con día. Las justificaciones posibles sobre la pérdida y la creación sin límites de pronto se habían agotado en esa madrugada de Nochebuena. Tomó uno de sus dibujos con influencia taoísta y lo estudió detenidamente durante más de una hora. Perplejo, se dio cuenta que lo que quería era salir de ese infierno de justificaciones; simplemente quería vivir en armonía, con dignidad y dedicado a sus pasiones como artista.

 

Tomó la botella que tenía sobre la mesilla de cristal y hierro, se sirvió y engulló un larguísimo trago, salió al jardín donde se encontraba un tambo de basura y tiró la copa y el vodka que quedaba. Miró las estrellas refulgentes y sonrió al cielo profundamente oscuro; finalmente en esa fría noche previa a la Navidad, recibía un milagro: dejar de beber y arder en su propio incendio que lo devastaba todo.

 

Manuel Zavala y Alonso

24 de diciembre de 2010

Coyoacán, ciudad de México.



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