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Jueves, 04 de agosto de 2016

Rituales Digitales
Escrito por Ernesto Zavala

“Otro desierto humano, esta vez tecnológico,

y con la cabeza acondicionada de informática.

Pérdida de Dios, de los sistemas políticos, de las ideologías,

de la familia, del sexo seguro.  Lo que queda después de esta devastación

es ante todo el trabajo duro como les ocurre a los microsiervos de Microsoft”.

Vicente Verdú

  

Osram Alkaharim es un artista nacido bajo la constelación de la Generación X. Es por ello que, como aquellos de entre mediados de los 60´s y principios de los 80´s, emplea como segunda lengua el lenguaje digital. A finales del siglo veinte la noción de Imagen había entrado en un proceso de resignificación mediante cambios electrónicos que le confieren actualmente una naturaleza tecnológica. El mundo enfrenta con ello un cambio generacional en  la forma de concebir tanto la propia vida cotidiana como una obra de arte. La imagen se ha problematizado como representación, reproducción, copia, hasta el punto de ser la tecnología una prótesis indispensable para interpretarla, vivimos en un mundo de imágenes que aspiran a ser HD. Con los  fractales, mandalas tecnológicos, este artista mexicano ofrece un don de lenguas digital que descifra el mosaico caleidoscópico de la realidad.    

 

Los fractales de Osram Alkaharim plantean de forma intuitiva un cuestionamiento cósmico,  más allá de implicaciones físico-matemáticas. Los trazos se extienden ante un cierto vacío en el que se revelan dimensiones y ritmos paulatinamente, de modo que espacio-tiempo se van también delineando. El barrido y los puntos de saturación de luz señalan diferentes profundidades que parecerían remitir a un macrocosmos, constelaciones o nebulosas, pero justamente con esa antítesis inmediata y necesaria, si se considera su fractalidad, se estaría observando también un microcosmos. Ese doble filo de las imágenes macro/micro detona la búsqueda de constantes que invitan a nuevas exploraciones, el espectador se desplaza dentro y fuera de una superficie multidimensional a la que accedemos como lentes de una cámara haciendo zoom in/out sobre una pantalla, una obra plástica tecnológica.  

 

Las obras permiten la exploración de la superficie de un espacio digital: la pantalla, el paradigma de la fractalidad. Las pantallas son objetos liberados de lo analógico. Televisores, celulares o monitores, son la superficie de lo Real, una metástasis tecnológica en la que se despliegan claramente esa paradojas macro/micro fractales. Las imágenes de las obras del artista, son también los impulsos eléctricos, neuronales y de telecomunicaciones de una pantalla. Observamos la pulsión intermitente de una misma pantalla negra con destellos cromáticos. Son orgasmos eléctricos que presagian una tormenta, el crescendo anterior a la revelación del ritual digital. Lo que se muestra, ante esta visión estroboscópica, es el propio reflejo de la subjetividad contemporánea. Vemos una imagen de nosotros en esas pantallas.    

 

Las piezas abren un planteamiento de lo que Baudrillard denomina Sujeto Fractal: “La trascendencia ha estallado en mil fragmentos que son como esquirlas de un espejo donde todavía vemos reflejarse furtivamente nuestra imagen, poco antes de desaparecer.” Cada pieza que vemos es una espora híbridasujeto/objeto. Con el resquebrajamiento de la trascendencia, la subjetividad también queda fragmentada, a tal punto, que la única alienación que sería posible es la de los objetos. La pantalla es nuestro reflejo donde aparece también la propia fractalidad. Podemos ver en cada obra de Osram Alkaharim piezas de esa fatalidad del sujeto fractal, siendo ya irónica y fatalmente, únicos e irrepetibles igual que todos los demás. Estamos observando imágenes del desierto de lo real, el mundo cotidiano, una sociedad de clones con prótesis (metástasis) tecnológicas, los microsiervos del texto de Douglas Coupland prologado por Vicente Verdú. Lo fatal, baudrillardianamente es que, de algún modo, hay en ello una cierta normalidad.                                   

 

El ritual es un acto muy cercano a la experiencia artística. Una práctica que mediante ciertos pasos conocidos conduce más allá de la experiencia cotidiana. Tanto los nativos digitales, como aquellos que somos modelos del siglo XX, habitamos esa Videosfera. La propia posmodernidad tiene sus rituales, ya lo señala por ejemplo Bárbara Kruger: “Adorna tu Prisión”, al referirse al maquillaje; la fractalidad como experiencia estética es un replanteamiento sobre la visión y el uso de la propia tecnología. Osram Alkaharim habla con un lenguaje contemporáneo en búsqueda de sus propias revelaciones. Recodifica el rito con otras lenguas, lo lleva a la superficie. Permite admirar estéticamente ese desértico vacío que da sentido a los signos en las pantallas, en las que podremos encontrar fractales enigmáticos como se encuentran figuras en las manchas de una pared.             

 

Ernesto Zavala

CDMX 2016 



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