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Jueves, 04 de agosto de 2016

Arte y memoria desde el sur, sur, sur...
Escrito por Angélica Abelleyra

Beatriz González y Doris Salcedo son colombianas. Se consideran artistas de la periferia que indagan en la fragilidad de la vida humana. Con senderos plásticos diferentes, ambas producen instalaciones, esculturas y objetos donde la memoria es recuperada para dar un espacio a los ausentes. Esos ausentes que en el caso de Colombia (como cada vez más lo es en México) son víctimas de la violencia por parte de los carteles del narcotráfico, de la policía, los militares y los poderosos con cargo público y creciente impunidad. Ambas compartieron un espacio en la séptima edición del SITAC (Simposio Internacional de Teoría sobre Arte Contemporáneo), esa amalgama de geografías, argumentos, egos, metáforas y significaciones que se realizó por tres días (29 al 31 de enero) en el Centro Cultural Tlatelolco bajo el tema Sur, sur, sur, sur.

 
También curadora e investigadora, Beatriz González (1938) empezó en los años 70 con un arte casi provinciano al ensamblar muebles y aderezarlos con pinturas en esmalte donde figuraba una madre con un bebé en brazos o imágenes de santos sobre la superficie de una cama. De ahí pasó a confeccionar telones donde parafraseaba cuadros famosos de Leonardo, Vermeer y Picasso. Pero su admiración por la pintura universal tomó un respiro tras el ataque a la Suprema Corte de Bogotá, el 6 y 7 de noviembre de 1985. Aquel sentido añejo de su obra por mostrar cierta “alegría del subdesarrollo” se tornó en una visión crítica sobre los símbolos del dolor en su país. Narcos, militares, mucho silencio y cierta ironía inundaron sus series de pintura y gráfica, hasta la fecha en que sus proyectos más recientes buscan recuperar la memoria de luchadoras sociales, como aquella Yolanda Izquierdo, líder campesina asesinada en 2007 tras buscar la restitución de tierras a 863 familias colombianas.
 
O el proyecto de intervención en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá, a partir de su serie Vista hermosa donde retoma crónicas periodísticas sobre matanzas y fosas comunes para crear sus cargueros, esos hombres-espectro dibujados en su tarea de sostener un palo de cuyos extremos cuelga un bulto -(¿Qué son esos fardos? ¿Cuál su contenido?). Ahí, en ese conjunto de nichos vacíos donde han aparecido frases como “La vida es sagrada”, la artista sugirió colocar láminas con la imagen de esos cargueros para dar cierta ocupación al vacío y abandono.
 
Así, con éste y otros ejercicios visuales, González demostraba su cansancio de ser “fina e inteligente” como la señalaban durante sus andares europeos, y hoy se afirma en cierta marginalidad y aquel aire provinciano inicial que aplaude.
 
Doris Salcedo (1958), por su parte, considera que sus instalaciones y esculturas son pura ausencia. No narran acontecimientos sino que son el recuerdo de experiencias de otros en torno de la guerra, la violencia y las catástrofes que pueden tener el nombre de odio, intolerancia y racismo, a escala no sólo de la región colombiana sino global. Series como La casa viuda (1992-95) y Noviembre 6 y 7 (2002) son resignificación de roperos, zapatos y mesas; o las 280 sillas suspendidas en aquella instalación efímera sobre la fachada oriental de la Suprema Corte bogotana en recuerdo de las 126 personas asesinadas 17 años atrás, luego de la toma del edificio por parte del grupo M-19.
 
Eminentemente política en su discurso pero sin una literalidad ideológica en su obra, Salcedo interviene los espacios públicos para hacer su lectura del poder. En 2005, extendió a casi nivel de piso el abovedado techo de ladrillos de una galería del Castillo de Rivoli, en Turín, y posteriormente ofreció su particular resignificación del racismo en Shibboleth, una serie de grietas sobre los pisos del Turbina Hall de la Tate Modern, en Londres, que luego permanecieron como cicatrices enterradas bajo otros pisos en el espacio británico.
 
De esta manera, las dos creadoras fueron marco de la serie de disertaciones estos días entorno del Sur, sur, sur, sur, que más que una búsqueda de orientaciones o brújulas, se convirtió en confluencia ambivalente que comparte y difiere en imaginarios culturales, desplazamientos artísticos y variadas simulaciones.


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