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Jueves, 04 de agosto de 2016

Niños de la guerra
Escrito por Angélica Abelleyra

Hablar de violencia, muerte y corazones endurecidos por la escasa luz de futuro se ha vuelto por desgracia algo cotidiano entre nosotros. Periódicos, televisión, novelas, caricaturas, canciones y obras teatrales nos revelan la naturaleza más oscura de los humanos sin que hagamos mucho por rebelarnos a ella. Por eso, ver en la pantalla una cinta donde niños matan a sangre fría, sin rasgo alguno de culpa, dolor o miedo no deja de generar un rayo escalofriante en el cuerpo. Lo notable de Johnny perro salvaje (Johnny Mad Dog), la cinta del francés Jean-Stéphane Sauvaire exhibida en el marco del 6º. FICCO, es no sólo su capacidad de transmitir sin moralina ni juicios una historia de guerra personificada por una docena de niños y adolescentes de Monrovia. Más allá de la eficacia de la película en términos actorales, aún cuando ninguno de los protagonistas sea actor, está el profundo compromiso del cineasta con ese grupo de niños ex soldados que pelearon durante los años de guerra en Liberia. 

Adaptada de la novela de Emmanuel Dongala, el largometraje se desarrolla “en alguna parte de África”. El cineasta no quiso ubicarla en Liberia, donde la rodó, pues considera que es un fenómeno inacabado, vigente en catorce países alrededor del mundo.

 

De hecho, Sauvaire había tenido experiencias previas con este tipo de poblaciones tan vulnerables como violentas. En 2003 intentó filmar una película sobre niños sicarios a los que Pablo Escobar les pagaba por matar a policías y políticos. Le fue imposible hacerlo en medio de una guerra civil, recibió amenazas de las FARC hasta que decidió hacer un documental: Carlitos Medellín, con el cual ganó en el 2004 el premio al Mejor Filme de Derechos Humanos.

 

Aquella frustración por la cinta de ficción inexistente le fue recompensada al leer y adaptar la novela de Dongala, con dos puntos de vista distantes y complementarios sobre la guerra: el de Johnny, un niño soldado de quince años, y el de Laokolé, una niña de la misma edad que huye constantemente de las ráfagas de metralleta por las que pierde a su padre y hermanito. Junto a ellos, deambulan otros personajes, como ese pequeño vestido con alas de mariposa (o de ángel), un adolescente ataviado con vestido de novia y otro que apenas consigue cargar a un cerdo que cuida más que a cualquier humano o Dogo que considera su enemigo acérrimo.

 

El cineasta había viajado varias ocasiones a Liberia para adentrarse en la vida de los niños guerreros. Tardó un año en hacer el casting  y seleccionar a quince ex soldados, diseminados en varias comunidades de Monrovia. Luego se instaló otro año conviviendo con ellos como en familia, con escuela por las mañanas –a las que nunca antes habían ido- y formación actoral por las tardes. Así, a todos y cada uno les enseñó a actuar y ellos le mostraron la guerra a partir de sus vivencias, no sin problemas por haber sido su primer largometraje, por trabajar con niños no actores y además estar situados en un país que apenas salía de la confrontación armada.

 

Pero los obstáculos quedaron salvados finalmente. El resultado es no sólo la película de coproducción entre Francia/ Bélgica/ Liberia que causó conmoción y aplausos en la proyección reciente, con el director en persona hablando un muy aceptable español y mucha disposición al diálogo. El resultado también ha sido la conexión que Sauvaire mantiene con la comunidad africana y la creación de una fundación que sigue apoyando los estudios y el futuro de esos pequeños que quizás hayan superado el dolor, el rencor, el odio. ¿Se podrán cerrar esas heridas?

 

Johnny Mad Dog ha sido proyectada en muchos espacios, incluido el de la sede neoyorquina de la ONU. Según Sauvaire, esto le ha dado la oportunidad de discutir por la vía diplomática las formas de entender y luchar contra este fenómeno tan vigente en el mundo actual.

 

Si tienes la oportunidad, no dejes de ver esta película que ojalá pronto esté en cartelera.



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