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Jueves, 04 de agosto de 2016

El peatón de París
Escrito por Eduardo García Aguilar

El peatón de París

 

 
Por Eduardo García Aguilar
 
El peatón de París es y ha sido una figura que atraviesa el tiempo a través de los siglos y sigue tan vigente como nunca porque se alimenta de la efervescencia permanente de las calles, pasajes, rincones, bulevares y plazas de una de las ciudades más cantadas y descritas del mundo. El escritor Leon Paul Fargue, quien escribió un magnífico libro de crónicas con ese título peatonal en los años treinta del siglo XX, en tiempos de entreguerras, afirmó cuando aun no se sabía nada de la futura conflagración mundial iniciada en 1939, que sin duda los pilotos de aviones bombarderos se negarían algún día a lanzar bombas contra la ciudad al percibirla desde sus alturas, cruzada por la plateada serpiente fluvial del Sena.
 
Según la leyenda, Adolfo Hitler habría ordenado la destrucción de la joya como objetivo final ante la derrota ineluctable y preguntaba iracundo en su búnker a sus subalternos ¿Arde París? sin saber que el general encargado de destruirla se negaría a hacerlo. El militar nazi ya se había enamorado como todo el mundo de sus calles, museos, edificios, bulevares, gentes, mujeres, bares, y de los lugares de lenocinio de Pigalle, Montparnasse o de los grandes bulevares del norte donde reinaba el Folies Bergere y la danza fenomenal de la negra Josephine Baker.
 
Ese hombre habría sido embrujado como tantos otros militares y soldados ocupantes y cientos de millones de visitantes de todos los tiempos por los colores, las luces intermitentes de caleidoscopio lanzados como haces de pasión sobre cuerpos de divas y por la fiesta permanente y la vida noctámbula que él tal vez agotó entre sudores y risas al lado de los amantes del dancing y el libertinaje heredado de Sade y Casanova, mientras sus subalternos mataban y fusilaban resistentes o enviaban en vagones a familias enteras, ancianos, niños y mujeres judíos, comunistas, extranjeros o gitanos hacia los campos de concentración.
 
Esa locura insaciable de la ciudad ha reinado en todos los tiempos, desde la era del poeta bandido François Villon cuando los borrachines y los malandrines se hacinaban en las puertas de la urbe en espera de un salvoconducto, ya fuera en la Contrescarpe de la rive gauche a donde se llegaba desde Italia o España o en la puerta de Saint Denis de la rive droite, a donde se llegaba de los países del norte o del este. Hoy, como hace siglos, esos mismos sitios están llenos de gente que departe hasta la madrugada en los bares junto al abigarramiento de las tiendas de olorosos productos culinarios de diversos orígenes o como en Saint Denis poblados de las prostitutas que ejercen el más viejo oficio del planeta bajo las arcadas o junto a los portalones de sórdidas y sucias callejuelas donde se observan a contraluz sus rostros asiáticos,  eslavos o africanos.
 
El peatón de París puede caminar y caminar sin rumbo preciso y por todas partes hallará sorpresas, nuevos bistrots o bares, tiendas de todos los orígenes, librerías, sex shops, almacenes de ropa, telescopios, autos de lujo, mapas, muñecas, antigüedades, queserías, pescaderías, licorerías, pasajes de comida hindú, libanesa, china o africana y mil lugares más que conservan a veces desde hace siglos los avisos originales, como ocurre en las añejas calles de Montorgueil o Moufettard para solo mencionar dos de las más famosas.
 
El caminante puede también desparecer en el barrio de la Goute d’Or para introducirse a África como si hubiera volado ese mismo día por avión a Senegal, Costa de Marfil, Burkina Fasso, Benin, Malí, Camerún, Congo o Angola y perderse en sus meandros exóticos o visitar los diversos barrios chinos, tailandeses o indochinos donde lo asaltará el olor de coco o piña, o de las sopas Pho o la comida libanesa y los aromas de Vietnam, Laos y Camboya. Y en esos lugares podrá disfrazarse con las prendas coloridas y originales de aquellos lejanos mundos o untarse de ungüentos y perfumes como ocurre por Barbès, donde proliferan las tiendas de pelucas y los salones de belleza para lindas africanas o en Jean Pierre Timbaud, por Belleville, donde se expenden burkas y chlilabas para nostálgicos magrebíes soñadores de medinas o mediorientales bronceados por el imaginario sol mediterráneo cruzado por misiles y bombarderos en plena guerra siria.
 
Todos los escritores locales y extranjeros han cantado y celebrado la ciudad en las distintas épocas y leer sus memorias, diarios, correspondencias o novelas nos confronta a esa permanencia del bazar interminable que ha reinado desde siempre y que se centra en la conversación el vino y la búsqueda incesante del placer. Y lo de hoy es sin duda tan similar a lo de ayer según esas escrituras que nos abren las ventanas al siglo XVII, al Siglo de las Luces y la Revolución, al largo y pujante siglo XIX y al XX creador de tantos horrores y maravillas.
 
Al deambular hoy en esta primavera que avanza se constata que después de los atentados del año pasado, perpetrados por los yihadistas neonazis que buscaban acabar con la fiesta pagana, jóvenes y viejos se niegan a dejarse vencer por el terror como sus ancestros de otros siglos. Al verlos agitados a todos en la alegre conversación mestiza, como miles de pájaros cantando en el crepúsculo sobre frondosos árboles, confirmamos que la fiesta de París continúa pese a todo como antes ocurrió en medio de guerras y revoluciones y que la Noche de la rebeldía sigue de pie.
 
Y de repente salen de los bares y bistrots las voces inconfundibles de Edith Piaf, Georges Brassens, Serge Gainsbourg, Françoise Hardy, Jaques Dutronc -- el de la inoxidable canción Paris s’éveille (París se despierta) --, así como la voz rauca del ídolo popular parisino Renaud que por estos días renace  de sus cenizas tras una década de alcohol, tan ocurrente y frágil como nunca. O sea que olores, perfumes, canciones, belleza, amor y vida siguen firmes y tangibles para el infatigable peatón de París del siglo XXI que es el mismo de otros tiempos como un Dorian Gray redivivo.


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