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Jueves, 04 de agosto de 2016

Lecciones del auge de Trump
Escrito por Eduardo García Aguilar

 

 

Por Eduardo García Aguilar

El triunfo de Donald Trump en la primaria del Partido Republicano estadounidense es escalofriante si se tiene en cuenta que desde el inicio de la campaña se dedicó a sembrar el odio y a polarizar a ese gran país del norte, abogando por la expulsión de mexicanos, latinos y musulmanes o insultando a las mujeres o los miembros de diversas minorías. Bien asesorado por los tecnólogos de las campañas electorales, Trump sabía que en las amplias capas de la población modesta de origen blanco, donde se celebra la violencia y se defiende el uso libre de armas de alto poder y se vive toda la vida frente a las pantallas del televisor, el lenguaje soez, violento, agresivo, polarizante, antihumano trae rápidos dividendos electorales y auge en las encuestas.

Fácilmente manipulables, esos amplios sectores olvidaron rápidamente de dónde provenía Trump, representante de la peor plutocracia arribista, para la que los únicos valores son el dinero, la apariencia, el uso de la mujer como un adorno comprable a costa de dólares, la discriminación, la humillación del débil o fracasado y la permanencia de las élites y los privilegios de los potentados. Al adoptar el estilo de un payaso con su bronceado permanente artificial y la melena teñida, al usar expresiones histriónicas salidas de los peores espectáculos del humor de vaudeville, el nuevo candidato republicano sorprendió a todos y derrotó a otros rivales mucho más serenos y formados política e intelectualmente. Solo resta desear que en la contienda mayor el nuevo candidato republicano sea derrotado por la candidata demócrata, una sólida abogada brillante y abierta al mundo.

El escándalo payasesco y la vulgar agresividad contra el otro, extranjeros, minorías, mujeres, homosexuales, originarios de la inmigración, así como el insulto escatológico y sin argumentos contra los representantes del establecimiento tradicional bipartidista del que siempre se benefició, levantó los ánimos en los desvalidos que sufren la precariedad del desempleo y los malestares del fracaso esencial y piensan equivocadamente que son las minorías étnicas las que les están quitando el pan de la boca. Los populismos aparecen en momentos difíciles y estallan como incendio y deflagraciones muy rápidas cuando son liderados por personalidades iluminadas y paranoicas irresponsables como Adolfo Hitler o Benito Mussolini, para solo mencionar a los dos más simbólicos representantes de esas fuerzas del fascismo, el falangismo y otras perlas del totalitarismo que pelechan en tiempos de crisis.

En el campo de la literatura, el ensayo, la oratoria o el panfleto sabemos que vulgaridad, anatema, insulto, escatología y ataques ad hominem traen excelentes dividendos y buenas ventas a los autores de ese tipo de libelos o libros de diversos géneros que gustan a amplios sectores de la población, como si la serenidad, la argumentación y el análisis pausado y generoso, el cotejo de ideas y el desminado de la palabra como arma de odio y muerte fueran asuntos aburridos y pasados de moda. El aumento de los partidos y movimientos extremos en Estados Unidos y Europa y en casi todo el mundo es paralelo con frecuencia al auge de escritores o panfletarios incendiarios e intolerantes cuyos discursos ganan incontables aplausos en todas partes aunque tienen el más bajo nivel posible.

La velocidad vertiginosa de la información como elemento de la sociedad del espectáculo en la que vivimos ha convertido a las figuras de la farándula, el dinero, el deporte y las revistas del corazón en las nuevas deidades de una población mayoritaria alienada que vegeta frente a las pantallas de televisión o escucha en la radio los programas de diversión que los nutren de ideas y prejuicios y para quienes ese mundo de ficción termina por convertirse en una realidad mágica dotada de poderes especiales. 

A través de medios y redes casi todos los habitantes de este mundo interconectado viven la ficción de ser millonarios, figuras del glamour, estrellas cinematográficas, a las que terminan por convertir en personajes de la familia, por lo que no sorprende que actores como Ronald Reagan en su tiempo y Arnold Swartzenegger en la actualidad y otros muchos han terminado por convertirse en figuras políticas y logran los más altos cargos colándose con su dinero en los ejercicios de una democracia desvirtuada y desviada. 

Escandaliza y triunfarás, insulta y ganarás, amenaza y vencerás: tales serían las consignas, los emblemas de esta nueva era de la política mundial que, al paso que vamos, terminará por ser dominada por payasos maléficos surgidos de las películas de terror. Toda persona que reflexione con serenidad, exprese de manera civilizada sus ideas y contienda con los adversarios sin calumniar o amenazar es inaudible. Pensadores, académicos, ensayistas y expertos pueden dedicar sus vidas a hacer avanzar los campos de sus estudios, pero al final serán inaudibles y morirán en el olvido como en nuestro país ha ocurrido con generaciones de grandes figuras como Danilo Cruz Velez, Darío Mesa, Jaime Jaramillo Uribe, Orlando Fals Borda y muchos otros pensadores que nadie escucha y lee hoy y fueron reemplazados en el foro de este siglo XXI colombiano por el protagonismo de otros payasos de lenguaje escatológico, autista y violento de cuyos nombres no quisiéramos acordarnos en este sábado de sol.

Es probable que Trump no llegue muy lejos, y ojalá así sea, pues muchos sectores del Partido Republicano ya han mostrado reticencias y se han deslindado de apoyarlo, pero aún es temprano para cantar victoria y sentarse sobre los laureles. A medida que la campaña avance y se acerque el momento de la votación, este candidato que sabe muy bien lo que hace y sus asesores y aliados pueden tratar de conquistar el electorado con sus artimañas y llevar al país a una peligrosa nueva era de intolerancia y miedo con consecuencias fatales en todo el globo. El mundo es un verdadero polvorín en estos momentos y el mando de la potencia mundial estadounidense no debería estar jamás en manos de un chiflado que usa la palabra como una ametralladora de discriminación e intolerancia cual si fuese el personaje malevo de una película de Batman.   



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