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Jueves, 04 de agosto de 2016

Instantáneas eróticas cortazarianas
Escrito por Eduardo García Aguilar

 

Por Eduardo García Aguilar

Cuando uno busca la plaza Dauphine tras el soplo bohemio de Julio Cortázar relatado en su cuento Las babas del diablo, descubre que es una escenografía de lo que fue hace siglos pero carente de vida, maquillada al extremo, deslavada, inerte, fría, espectral, como un cadáver recién embalsamado.

El cuento de Cortázar sirvió a Michelangelo Antonioni para el guión de la película Blow Up, que solo guarda de la historia cierta anécdota de la búsqueda fotográfica como reto estético y la sorpresa que genera, porque el filme gira hacia otra historia distinta y fascinante, convertida en un emblema de la cultura popular de los años sesenta y un clásico del cine moderno en el que participaron actrices de moda del momento en una Londres que explotaba con el surgimiento del rock, los Beatles, los Rolling Stones y otros muchos grupos que aun hoy siguen vivos en la memoria y el gusto de la gente.

Medio siglo después si uno trata de ponerse en el ángulo de la mirada del gran autor argentino, ve que ahí en la Plaza Dauphine hasta la arena es falsa y todo está congelado en una asfixiante tarde invernal de febrero, preparada en hibernación para que en el próximo verano lleguen los turistas o los nostálgicos del autor, que deambulaba por esos parajes con La Maga su amada imaginaria, cuando vivía pobre en una buhardilla y transcurría la vida como un episodio literario hasta la indecencia de su propia cultura rioplatense. Sin duda la plaza en aquella época no había sido restaurada y guardaba tal vez las paredes sucias de siglos de humo y lluvia, así como tiendas de carbón y bares de mala muerte que hoy han sido reemplazados por restaurantes con estrellas Michelin a donde acuden los millonarios que compran apartamentos dieciochescos en esa muy cotizada esquina de la isla del Sena.

Cerca de esa plaza, que es un rincón de siglos cuya arquitectura pareciera salir de la misma historia de los tres mosqueteros, fluye el río y en sus orillas se encuentran las tiendas de flores y animales que visitaba el personaje de Rayuela en su búsqueda erótica y azarosa inspirada en los surrealistas y en esa historia inolvidable de Breton, Nadja, que es una deambulación con otra Maga de entreguerras. Ahí están esos lugares todavía y uno puede jugar a Oliveira y la Maga en las alturas del siglo XXI como puede jugar a Breton y Nadja en otras zonas de la ciudad, por la zona de los grandes bulevares donde abundan los pasajes y las sorpresas.

El argentino sin duda se inspiró en la Nadja de Breton para crear los ámbitos azarosos del encuentro en Rayuela, oda al amor libre. Como gran lector y ser libresco él leyó todos aquellos libros necesarios que se inspiran en las calles de una ciudad convertida desde siempre en un caleidoscopio infinito. Por eso los lectores descendientes lejanos de aquellos lectores y estetas de hace más de medio siglo, tratan hoy de ponerse los lentes erotómanos de esas miradas para ver los rostros y percibir los aromas de la belleza femenina.

Cortázar era un inveterado romántico, erotómano permanente y en esas deambulaciones por las calles el metro y los bares en pleno auge del existencialismo y el jazz,  imaginaba el nombre u olor de las desconocidas muchachas provenientes de algún suburbio lejano donde sus inquietantes presencias de forasteras pasan siempre inadvertidas como vuelos de gaviotas.

Cortázar observa al azar alguna de esas bellas y piensa que nadie sabrá lo que hará el tiempo de sus huesos,  ni de su carne ni de su mirada oblicua, incómoda a las miradas que en el metro la captan más con estupor que deseo y algo de incredulidad. El rostro de esa desconocida, esa otra Maga perteneciente al ejército de Magas es perfecto y se refleja en la escotilla del vagón en esta agitada tarde de ires y venires urbanos y laborales. Sus uñas traen barnices quebrados y desgastados de color granate oscuro, ajados tal vez de lavar platos o comerse las uñas pensando en mundos perdidos. Lleva chaqueta de cuero, blusa algo usada de algodón color azul pálido y jeans ceñidos  a sus muslos diminutos y torneados. Su cabello es fértil, castaño, desordenado y tal vez sin bañar desde hace días. Trae alguna huella de sangre en su pantalón y es arisca y sin mirar a quien parece vigilarla con celo, como si fuera ese individuo su proxeneta. ¿A dónde va? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su precio?              

             

Imaginemos al poeta Cortázar en detrás de la barra en algún bar cercano a Bastilla, preguntándose ante la mesera estudiante ¿Cómo es posible tanta belleza? ¿Tanta belleza inocente de su propia belleza entre artistas, bohemios, ebrios de amor y de arte? Ella está ahí con las ideas lejos, ajena a las tareas encomendadas.  A la mestiza estudiante de antropología se le olvidan los clientes y los pedidos, pasa con fugacidad el trapo de limpiar por las superficies del zinc o las mesas  y pareciera lejos en alguna galaxia. Lejos de todos y de nadie.

Su espesa cabellera fértil y oscura, abundante, recogida en moño por ahora, su piel de oliva y su rostro de actriz inigualable, entre Sofía Loren y Claudia Cardinale. Una nueva Penélope Cruz en el siglo XXI. Recién llegada de Madrid, bella y distraída flor en un desierto de rutinas, orquídea en la escarpada montaña del silencio, hermosa dentro de sus amplios jeans y la blusa impaciente por terminar el turno y correr a los brazos del incógnito amado en que piensa ella, hermosa nada más sin saberlo. O sea un personaje de Rayuela que se reencarna en la segunda década del siglo XXI en habitante de amor, arte literatura, noche y eros.

 



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