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Jueves, 04 de agosto de 2016

Jotamario en París
Escrito por Eduardo García Aguilar

Jotamario en París

 

 

Por Eduardo García Aguilar

Pasó como un rayo por París el poeta nadaísta Jotamario Arbeláez, quien a sus 75 años de edad es un verdadero fenómeno y sigue pareciendo tres décadas más joven por la infatigable energía que derrocha, la apertura, simpatía, coquetería e irreverencia que lo ha caracterizado como líder sobreviviente y activista máximo del más fenomenal movimiento literario poético surgido en Colombia en el último medio siglo y que, cosa curiosa, a medida que avanza el siglo XXI y el país parece arcaizarse y retroceder con frecuencia a los tiempos de la Colonia y de los gamonales asesinos y esclavistas más godos, sigue siendo cada vez más moderno y necesario y una voz de libertad en medio de la radicalización ambiente.

Ya lo he dicho en varios escritos y en especial en la Diatriba contra la poesía colombiana sentada en sus laureles, que los poetas de la generación nadaísta merecen todos estatuas en plazas de ciudades, pueblos y veredas colombianos, bustos en colegios, academias, universidades e instituciones como la Academia Colombiana de la Lengua y el Instituto Caro y Cuervo, a lo que alguna vez el benjamín del movimiento, Eduardo Escobar, replicó que mejor les dieran ahora cuando vivos la plata contante y sonante del costo de tales efigies. 

Hay grandes poetas contemporáneos de la generación nadaísta que admiro y leo con frecuencia como Jaime García Maffla y Giovanni Quessep, y otros de la llamada Generación Sin Nombre o Desencantada, como Juan Gustavo Cobo Borda, Harold Alvarado Tenorio y Juan Manuel Roca, entre otros, pero el nadaísmo como tal es un fenómeno notable en Colombia y es difícil ahora imaginar lo que significó en este país cainita y atrasado la emergencia de estos jóvenes rebeldes, que inspirados en la generación de los beatniks estadounidenses y las ideas existencialistas en boga en los años 50 en Francia, decidieron renovar el ambiente cultural del país, sacudirlo, inyectarle humor y alejarlo de la pomposidad y la retórica clerical que dominaba casi todos los géneros literarios del país, donde se ha aspirado siempre a escribir muy bonito y a alzar la voz engolada en las tertulias literarias olorosas a naftalina y aguardiente.

Fenómeno a la vez publicitario y de sociedad, el nadaísmo surge en los tiempos del Frente Nacional, cuando se da una pequeña tregua en la guerra y se oyen ya los pasos lentos para iniciar las nuevas guerras cíclicas que han asolado el país desde entonces, dejando centenares de miles de muertos y millones de desplazados al interior y hacia el exterior del país. Nadie imaginaba entonces la terrible era del delirio guerrillero ni la hegemonía aún más delirante de los capos del narcotráfico encabezados por Pablo Escobar ni la tenebrosa era del narcoparamilitarismo de motosierra, que llegó inclusive a poner en la llamada "Casa de Nari" a un presidente durante ocho años.

El profeta Gonzalo Arango, ungido por Fernando González, el sabio de Otra parte, inició un movimiento que practicó en permanencia el performance para sacudir las conciencias y al mismo tiempo que el padre Camilo Torres conseguía adeptos en sus correrías cristianas al mando del Frente Unido o que los marxistas conquistaban fieles para su catecismo, él lograba la adhesión de jóvenes apóstoles, entre ellos el precoz Jotamario Arbeláez, hijo de un sastre de Rionegro que le confeccionaba en Cali trajes y vestimentas al mejor estilo de Los Beatles británicos y a su vez compartía con esos locos la aventura de la poesía. No es extraño que ese movimiento surja de la católica y endogámica Antioquia, región que ha dado al país y dará aun los mayores iconoclastas desde Cosiaca a Fernando Vallejo, pasando por Fernando González y Montecristo.

Jotamario (1940) y otros apóstoles difundieron la palabra nadaísta en las ciudades de provincia y lograron así conformar un movimiento donde se destacaron mujeres notables como la precoz narradora Fanny Buitrago, con quien está en deuda el país, y la dramaturga Patricia Ariza, entre otras, así como otras figuras masculinas vivas o muertas que se han convertido en leyenda. Unos se quedaron en Colombia y otros se fueron al extranjero para siempre, pero su voz sigue siendo necesaria porque rompe con los esquemas de la solemnidad de la literatura colombiana. Y entre ellos es de destacar al gran poeta Jaime Jaramillo Escobar, X-504, el autor de Sombrero de ahogado y otros libros extraordinarios que lo izan al mando literario del movimiento y lo hacen merecedor de todos los galardones posibles. Rebelde y retraído, X-504 está por fortuna entre nosotros y es un grande que todos debemos leer y releer.

Jotamario iba rumbo a un recital de poesía en China, pero paró unos días en la capital francesa para realizar su peregrinación emocionada, iniciada en 1982. Ya en su famoso libro de memorias Nada es para siempre, Jotamario Arbeláez relató con emoción su primera visita a París a los 42 años, una edad que él consideró tardía para conocer a la ciudad luz. Aquella vez vivió hasta el delirio la alegría de llegar a la capital donde reinaron muchos de sus poetas preferidos, entre ellos Baudelaire y Verlaine, y la recorrió agitado, infatigable, se untó de las aguas del Sena, vio las luces ocres del crepúsculo caer sobre la mítica Notre Dame, deseó con la mirada a las bellezas de la calle y trató en vano de hospedarse en el Hotel de Flandre, donde vivió García Márquez pobre e indocumentado.

En estos días rápidos de su visita relámpago Jotamario recorrió la ciudad y leyó a un grupo de amigos al calor del vino fragmentos de textos donde mencionó la inolvidable In a gadda da vida, himno rockero para muchos de nosotros, por lo que no dudé en ofrecerle como regalo un performance de danza de aquella interminable melodía, volando casi sobre el piso y simulando las guitarras en compañía un gran amigo músico y dramaturgo que canta cumbias en Pigalle y me hizo el favor de hacerme el bajo. Alegría de aquella noche inolvidable en Ivry, en casa de Efer, en compañía de Liliana, Luisa y Carolina, y otros amigos poetas, que no olvidaremos nunca.

Después de su corto paso por China, Jotamario regresó a París y de nuevo mostró su infatigable energía. En la Asociación France Amérique Latine presentó una publicación donde varios nadaístas adhieren a las negociaciones de paz de La Habana ante un público de colombianos y franceses y después de libar vino y hablar de poesía concedió una entrevista a la periodista Angélica Pérez de Radio France Internacional, antes de volar de regreso a Colombia como si el periplo de diez días hasta el Extremo Oriente no le hubiera hecho mella alguna. 

Fernando Vallejo, que hace poco lo acusó de ser un "hippie viejo" en un sermón pronunciado en la última Feria del Libro de Bogotá, envidiaría esa fuerza vital, y la capacidad de bailar e intentar seducir a sus admiradoras de todas las edades y reivindicar sin tapujos de ninguna índole el uso del viagra a los 75 años. Ya es hora de que Jotamario y Fernando Vallejo hagan la paz, porque en fin de cuentas el novelista antioqueño es otro de los últimos nadaístas, aunque él no quiera reconocerlo. A ellos debería unirse el notable poeta y ensayista Harold Alvarado Tenorio. Si ese encuentro se diera algún día, el nadaísmo habría logrado por fin la paz más difícil de lograr: la paz entre poetas y escritores que se odian. 
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de mayo de 2016.



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