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Jueves, 04 de agosto de 2016

La crecida del Sena
Escrito por Eduardo García Aguilar

La crecida del Sena

 

 

Por Eduardo García Aguilar

Este viernes por la tarde, caminando largas horas por las orillas del río Sena en crecida impresionante de más de seis metros, casi a punto de desbordarse e inundar parte de la ciudad, presencié una de las tardes más originales y extrañas que haya vivido recorriendo sus meandros entre la niebla, la humedad y la brisa fría de junio. A lo lejos, la Torre Eiffel estaba cubierta de bruma y los haces de luz que despedía desde el crepúsculo adquirían un tono de irrealidad, como si el monumento fuera un truco de efectos especiales.
En la estación Austerlitz, donde se miden los vaivenes del Sena desde hace siglos, comparándolos con su más grande crecida de 1910, cuando ascendió en más de ocho metros e inundó la capital, la visión era impresionante y respetable: un río sereno que cruza con fuerza llevando troncos y zurcado por el vuelo extrañado de gaviotas, garzas y patos, mientras los vecinos toman fotos con sus celulares y las familias se acercan asombradas con sus menores a observar un fenómeno que no ocurría desde hacía tres décadas.
En tiempos normales la rutina hace que salvo los turistas, la gente de la ciudad ignore al río cuando pasa por el metro elevado o en auto o camina apresurada hacia distintos rumbos, pero en esta fecha excepcional los transeúntes locales, residentes o nativos, salen de su letargo y ensimismamiento, para proyectar algo de luz en su mirada de introspección permanente. La magnitud de la crecida los incita a desviarse y a acercarse a las orillas inundadas o a permanecer allí impactados por el acontecimiento, viendo como las vías están sumergidas o percibiendo solo el copo de los arboles del jardín Tino Rossi.
Al lado de la Estación de Austerlitz está el centenario Jardín de Plantas, uno de los más bellos remansos verdes de la ciudad, donde se encuentra el más antiguo zoológico del país y el Museo de Historia Natural con sus gigantescos esqueletos de dinosaurios y todo tipo de animales y especies, así  como los enormes invernaderos donde se reproducen selvas y plantas exóticas. La cercanía y la inminencia de la inundación daba este viernes al lugar una nueva vida, ya que el río cruza simpre hundido y canalizado entre vías ferroviarias y automovilísticas o muros de piedra y cemento y ahora se le veía rebelde, como si deseara meterse a ese lugar que ha sido desde los tiempos de Bouffon y Lavoisier el centro de la investigación y el amor por la naturaleza.
Al frente los niños se acercan a un gimnasio sumergido totalmente, exploran las orillas de los jardines y las escaleras cubiertas y observan los barcos anclados que de repente han subido seis metros y se encuentran ahora separados e incomunicados y a punto de que estallen sus amarras tensas y decidan seguir el curso de las aguas como el Barco Ebrio de Arthur Rimbaud. Los policías ordenan a los curiosos que se alejen de las orillas y toman fotos de avisos y postes de luz hundidos entre el agua.  
Al lado del Jardín de Plantas está el Instituto del Mundo Arabe y más allá la Universidad de Jussieu, edificio enorme, pesado, horrendo y sucio del siglo XX, construido en puro cemento, donde se han impartido las disciplinas de la ciencia y se ha congregado la comunidad científica del país, pero que es incongruente con la casi etérea belleza arquitectónica de las orillas del río pobladas de edificios, casas y mansiones de millonarios que sobrevivieron a los siglos. El restaurante La tour d'Argent está iluminado y el obelisco del puente se ve semisumergido como en una película apocalíptica.
El agua del torrente pasa ahora con dificultad casi rozando los diversos puentes de la zona, cuyos arcos ahora diminutos impresionan y dan perspectiva a la excepcional crecida. Parejas de enamorados se detienen y se toman fotos para el recuerdo, fotógrafos profesionales y periodistas de televisión tratan de lograr el ángulo preciso y la muchedumbre crece cuando nos acercamos a la Catedral de Notre Dame y cruzamos hacia las dos islas centrales, la de San Luis y la de la Cité, donde los hombres han vivido desde hace milenios, antes de que llegaran los romanos y que hoy son los barrios más caros y secretos de la urbe.  
En una de esas mansiones palaciegas veo una placa donde dice que ahí vivió Charles Baudelaire en 1841 y 1842, lo que prueba que el poeta tenía buen gusto y adoraba residir en las orillas del Sena, porque otro de sus sitios de residencia era frente al Louvre, en la misma ribera donde murió Voltaire, el polémico autor de Cándido y otras mil obras. La Isla San Luis se ve hoy mejor que nunca entre la bruma y de ser un lugar irreal y glacial adquiere este viernes excepcional, con las luces de las habitaciones prendidas y las ventanas abiertas de par en par por sus residentes curiosos, un aire de humanidad de la que carece el resto del año. Los patos extrañados han poblado ahora la calle de la ribera, asombrados también por el fenómeno.
Los exclusivos y potentados habitantes de la Isla San Luis no salen de su asombro al ver tanta gente en las riberas deambulando y tomando fotos en uno de los ángulos magníficos de postal y de repente somos testigos de una fiesta elegante que se da en los salones de una residencia llena de cuadros antiguos y lampadarios vieneses, desde cuyas salas se ve la parte posterior de la Catedral Notre Dame, ahora magnificada por la creciente y que uno imagina rodeada por aguas o canoas ante el sonido de las campanas contadas por Victor Hugo en la novela donde los protagonistas son el Jorobado de París y su amada Esmeralda.  
Pero más adelante, donde las dos islas se miran y se cruzan en un amplio espacio acuático de corte veneciano, generando una de las visiones más hermosas y socorridas por las postales turísticas, con las misteriosas torretas agudas del Palacio de Justicia al fondo y otras cúpulas y torres circundantes, y además la Torre Eiffel semicuibierta de neblina y difundiendo sus haces de luz, la experiencia de la crecida llega a su culmen estético, con esas aguas que parecen poseerlo todo y donde se reflejan ya las luces amarillentas de los faroles antiguos.   

Estas aguas crecidas que he visto comenzarán a ceder el sábado poco a poco y la ciudad volverá a su rutina infalible, pero quienes caminamos toda esta tarde y esta noche de viernes fuimos partícipes de un momento único, epifanía excepcional que no se repetirá en mucho tiempo y estamos seguros de haber sido testigos de unas horas encantadas donde París amenazada fue más París y más poética que nunca entre la llovizna y la niebla.  
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* Publicado en Excélsior. Expresiones. México. 5 de junio de 2016.



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