Blogs Artes e Historia México

compartir en facebook  compartir en twitter

 

Martes, 30 de enero de 2018

Una cosmogonía de luz y color
Escrito por Lelia Driben

Una cosmogonía de luz y color

 

Si extraemos un fragmento de algún cuadro perteneciente a la historia del arte anterior al siglo XX, el cielo ubicado en la parte superior izquierda de Patio Holandés por ejemplo, realizado por Pieter de Hooch o, más decididamente, un fragmento del muro sobre el que se despliega la escena de El astrónomo de Vermeer, obtendremos dos pinturas abstractas. ¿Qué estoy intentando decir con esto? Que la abstracción, disimulada, no institucionalizada, envuelta por los giros seductores de la ilusión representativa, ha estado siempre latente, y presente, en el arte de todos los tiempos. De todos modos, y lo que voy a decir es importante, la gran transformación hacia los procedimientos abstractos instaurada y legitimada por el decurso estético a comienzos de la centuria pasada, significó un salto abismal, comparable, quizás, al Renacimiento.

 

En aquel gran movimiento se ubica justamente, José Víctor Crowley, el pintor que protagoniza estas notas. Crowley trabaja a partir de una sucesión de restas. Veamos: desaloja del cuadro la representación, omite todo tipo de aproximación neofigurativa, desecha la forma, sea orgánica o geométrica, destierra por consiguiente la proliferación formal y se queda en el informalismo. Se queda es un decir, cabe remarcar que elige la tendencia informal como su modus vivendi en el territorio del arte. Dicho en otros términos y fuera de los ismos, coloca al color y a la luz como únicos habitantes de sus cosmogónicas telas.. 

 

A propósito ¿cómo se habita un cuadro? ¿cómo vive, se puede decir así, el pintor en el interior de sus telas? Subrepticiamente, dejando en ellas sus latidos, sus invisibles huellas, cierta marca fugaz, en suspenso, y mucho más: una oculta red de líneas esparcidas aquí y allá, en puntos cercanos y remotos, entrelazan al autor con su obra y con el cosmos. Y es en esos espacios y en ese entrecruzamiento donde, tal vez, se encuentran las energías sagradas del universo. Todo ello está implícito en la producción de José Víctor Crowley, el artista que, a sus 82 años, sigue pintando lúcida y remarcablemente bien.

 

Líneas atrás dije con otras palabras que la obra de este maestro posee rasgos cosmogónicos y es verdad. Observe el lector Espacio 71 (1993) y notará como la conjunción del rojo, el negro y el blanco insinúan muy tenuemente un raro y bellísimo cielo. Y en superficies como Espacio 487 (2006) hay un esbozo de nube; y más allá recorriendo la exposición podemos imaginar diversas constelaciones y galaxias ensambladas y así, desplazando la mirada por uno y otro lienzo surgirá la tempestad sin tregua, la detención de un sueño y un gestual desplazamiento de nieve y agua y la nada convertida en todo. Dicho con otros términos, la total vibración de la pintura que se representa a sí misma.


Una cosmogonía de luz y color

 

 


Lo último en La trama infinita

 

EL LABERINTO EN LA OBRA DE FANNY KARCHMER
Un texto sobre Tamayo en la sección cultural en Crónica
DOS FOTOS CONTRA EL OLVIDO
Pintura, instalación y vídeo: ¿Una discusión perimida?

 

 

 

Redes sociales