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Martes, 19 de septiembre de 2017

José Ceballos Maldonado: la provincia en el centro*
Escrito por Raúl Casamadrid

En la ciudad de Morelia, muy cerca del emblemático estadio Morelos y de la moderna terminal de autobuses, entre las avenidas Mártires Nicolaitas y Padre de la Patria, en colindancia con Enrique Arreguín Vélez y Manuel Oropeza García –dentro de la colonia Nicolaitas Ilustres– está la calle de José Ceballos Maldonado. Así, entre un destacado rector (que también fue médico) y un estudiante sacrificado por las autoridades, aparece el recuerdo vial de un escritor singularísimo cuya obra, cada día, cobra mayor importancia.

 

De él, escuetamente, nos dice la página del catálogo de escritores de la Coordinación Nacional de Literatura, del INBA: “Nació en Puruándiro, Michoacán, el 16 de marzo de 1919; murió en Uruapan, Michoacán, el 3 de marzo de 1995. Narrador. Estudió medicina en la Universidad Autónoma de Guadalajara y se tituló en la UNAM”.

 

Luego, la página añade los títulos de su obra[1]:

 

Cuento: Blas Ojeda, Costa Amic, 1964. || Del amor y otras intoxicaciones, Novaro, 1974.

 

Novela: Bajo la piel, Costa Amic, 1966. || Después de todo, Diógenes, 1969. || El demonio apacible, Premiá (La Red de Jonás), 1985. || Fuego a ciegas (obra póstuma), Ediciones    Coyoacán, 2005.

 

Artículos: Daniel Márquez Melgoza, "Cenobio Moreno, texto inédito de José Ceballos Maldonado", en Asociación de Profesionistas Paracuarenses, paramich.org

 

Aunque la nota es correcta y veraz, no dice mucho. En realidad, dice muy poco; casi nada, si se toma en consideración el calado de su obra y su importancia como escritor. En Michoacán, la Secretaría de Cultura (SECUM) ha tenido a bien bautizar uno de los concursos literarios que organiza –y el premio que anualmente otorga– con su nombre: Concurso de Cuento de Humor Negro “José Ceballos Maldonado”. Esta idea, seguramente, hubiera sido aplaudida y celebrada por el autor, y no por el hecho de llevar el galardón su nombre como homenaje; sino porque, de acuerdo a su buen humor, le hubiera causado gracia el epíteto de “negro” como calificativo a un humor que –efectivamente, siempre presente a lo largo de su obra– no era precisamente oscuro o mortuorio.

 

 

 

José Ceballos Maldonado: presente, ayer y hoy. Libro homenaje con ensayos, epístolas y artículos sobre el escritor y su obra (2016, SECUM).

 

Por humor negro se conoce aquel cuyo objeto o tema suscitaría, desde otro punto de vista, sentimientos ligados al terror, la piedad, la compasión, el miedo a la muerte o, simplemente, pena o lástima. Lo cierto es que, en el humor latente en la obra del Dr. Ceballos Maldonado campea la sátira, la ironía, el sarcasmo y la mordacidad. Como todo texto capaz de mover a la risa, las novelas de Ceballos Maldonado son inteligentes, agudas y perspicaces. En su mise en abyme (o puesta en abismo) están en juego los valores tradicionales sobre la moralidad, las normas sociales, la sexualidad y la discriminación; es un humor adulto con cierta vena cómica, mucha profundidad, sinceridad intelectual y compromiso.

 

En abril del 2014, en su número 25,  la revista cultural Letra Franca, editada en la ciudad de Morelia, presentó un texto de Salvador Mendiola sobre el narrador uruapense; la revista lo presentaba así:

 

Calificado como hedonista, conocido por su erudición, su inteligencia y su excentricidad, José Ceballos Maldonado supo siempre ser querido como amigo y como maestro. Su obra, día a día y con paso firme, se  impone sobre la  de sus contemporáneos y nos revela a un escritor adelantado a su época, narrador de gran calado y conocedor no solo de la literatura, sino del cuerpo y del alma humana (Mendiola, 2014: 38).

 

En su ensayo sobre Del amor y otras intoxicaciones (Ed. Novaro, 1974) Mendiola destacaba la profundidad del autor como psicólogo y la brillante calidad de su prosa; añadía, además, que Ceballos se revela como un gran pensador y un magnífico escritor, apasionado por el arte de la pintura y por la profunda tradición filosófica del mundo griego clásico. Sin embargo, apuntaba que, aunado a sus recorridos por todo el globo terráqueo y al conocimiento multidisciplinario que cultivó y que lo llevó a ser considerado erudito en varios temas, Ceballos Maldonado fue un escritor profundamente michoacano; no solamente porque sus obras se desarrollaron alrededor de la geografía de este multifacético estado de la república, sino también por su tratamiento realista, naturalista e incluso, costumbrista, de temas que atañen al ser humano universal y al mexicano en particular. De esta manera  lo recordó el propio académico Mendiola cuando señaló que su obra es “un serio intento por descifrar la conducta del sujeto humano, especialmente en lo que refiere al deseo sexual y el impulso de la muerte” (2014: 38).

 

He querido iniciar esta nota con las palabras de Salvador Mendiola, estudioso de su obra y quien, además, gozó de la personal amistad del Dr. Ceballos Maldonado para referirme, luego, a cuánto otros autores y críticos contemporáneos han escrito sobre su narrativa. Es muy importante aclarar que el ámbito literario que privaba en nuestro país hace cincuenta años, a mediados de los años sesenta, era muy distinto de lo que vivimos hoy, en 2015; y, si alguna semejanza prevalece en nuestros días ésta sería el desdén con el que el centro –la ciudad de México y los escritores de la capital del país– tratan a los creadores literarios de la provincia. Los términos: “provinciano”, “municipal”, “pueblerino” y “palurdo”, han estado adosados, de facto, a toda crítica señera sobre la obra elaborada no tanto por aquellos escritores nacidos en la provincia, sino por la de los que se atrevieron a escribir desde el interior del país y, sobre todo,  por la de aquéllos que no tuvieron “el buen tino” de mudarse a vivir a la ciudad de México.  

 

 

Gustavo Sáinz (1940-2015), en la época en que fungía como Director de Literatura del INBA; uno de los mejores amigos del autor.

 

Aún hoy, en la época de la tecnología comunicativa, de las redes sociales, del whatsapp, el twitter, y la Internet, todo aquello que huela a provincia está demodé. En el glosario capitalino de hoy en día, que ha mudado su herencia castiza por galicismos, sería lo contrario de trendy, stylish, glam o classy; esto es: payo. Nada más alejado de estos términos que la actitud, vida y obra, de José Ceballos Maldonado; junto a él, muchos escritores capitalinos, entre sus contemporáneos, quienes jamás cruzaron las fronteras del país, serían incapaces de comprender su fascinación por las islas griegas; por las plazas exquisitas de las principales capitales europeas; por los secretos que guarda el desierto del norte de África, los museos turcos y albanos o la fría tundra patagónica. Sin embargo, las entonces llamadas “mafias”, prácticamente ignoraban su obra, al igual que la de todos aquellos que no estuvieran integrados a las instituciones, públicas o privadas, de la capital del país. Desafortunadamente, medio siglo después, las cosas no han cambiado mucho. Gobiernos, universidades y empresas culturales e informáticas, mantienen sus parcelas cercadas frente a todo aquello “foráneo” o “exótico”; especialmente, si viene del interior del país.

 

Durante el Seminario Permanente de Escritores Michoacanos, que se llevó a cabo en el mes de abril del 2007, Heriberto Cortés Vélez publicó una nota en donde calificó a José Ceballos Maldonado y a Ramón Martínez Ocaranza como “víctimas de la provincia”; al abordar el trabajo de estos dos literatos Cortés resume, de entrada, esta condición:

 

Tanto el poeta Ramón Martínez Ocaranza, como el cuentista José Ceballos Maldonado, no  figuran entre los grandes iconos de la literatura nacional debido a que por la década de los  60 era necesario vivir en el Distrito Federal y ser apadrinado por alguna de las mafias culturales que se movían en la capital de país, de otro modo sólo eran considerados escritores de provincia (Cortés, 2007).

 

Gaspar Aguilera, María Teresa Perdomo y Héctor Ceballos, señalaron –en aquel seminario– que los autores que se enfrentaban al problema de no vivir en el Distrito Federal “eran rechazados por mafias como la de Octavio Paz, o el grupo Nexos, o el de José Luis Cuevas; sistema cultural que a la fecha fue heredado por Carlos Monsiváis”; en el caso de Ceballos Maldonado, sus personajes habitaban “un pueblo desconocido y provinciano: Uruapan”, el cual poco interesaba en la capital del país; “las ediciones de aquella época difícilmente superaban los 300 ejemplares y al no ser de la élite capitalina, nunca se volvían a editar” (Cortés: 2007).

 

Pero lo anterior no fue un obstáculo para que la narrativa de Ceballos Maldonado trascendiera en el espacio y en el tiempo. Autores basados en el centro y en todas las regiones del país se han acercado a la obra de un narrador que, cada día, reclama más lectores y accede a un público mayor. Javier Peñalosa (1921-1977), maestro, periodista y poeta, natural de la ciudad de México y perteneciente al legendario Grupo de los ocho poetas (integrado por Alejandro Avilés, Rosario Castellanos, Efrén Hernández, Dolores Castro, Octavio Novaro, Ignacio Magaloni y Roberto Cabral del Hoyo), hizo patente su emoción al recibir, de manos del propio narrador, el cuentario Blas Ojeda (Costa Amic Editores, 1964), calificando al autor como “uno de los más notables cuentistas mexicanos contemporáneos” (Peñalosa, 1964a) y destacando en él una narrativa hiperreal, donde el sexo, la perversión, la inmoralidad y el lenguaje directo y obsceno, eran trascendidos por los valores que la propia literatura obsequia en sus formas, sus figuras y en su imperecedera capacidad de comunicar y de emocionar al lector.

 

Peñalosa, en nada ajeno al prurito aquel que califica al provinciano como ñoño, paleto y anticuado, confiesa su desconfianza ante un autor desconocido y su miedo a encontrar niñerías en los esfuerzos de un palurdo que sueña “en la celebridad como en la lotería” (Peñalosa, 1964b). Sin embargo, luego de la lectura de sus textos, no escatima elogios ante “un cuentista de formidable sabor”, destacando la cohesión, coherencia y verosimilitud de “un escritor nato”, cuyo lenguaje trasciende la búsqueda alambicada por hallar la esencia de sus personajes “hechos de carne, hueso y esperanza” (1964b), al encontrarlos inmersos dentro de la realidad mexicana, a veces, burlona.

 

El veracruzano, escritor y dramaturgo, Rafael Solana (1915-1992), fundador junto con Octavio Paz y Efraín Huerta de la importantísima revista literaria Taller, lo compara con José Rubén Romero, pero no solo por el hecho de ser, ambos, originarios del estado de Michoacán,  sino por el uso de “palabras atrevidas” y de “audaces escenas eróticas” (Solana, 1964). Hay que recordar en los años sesenta la literatura y, en general, todas las artes mexicanas (incluidas el cine, la danza, la pintura y la escultura) atravesaban, en la ciudad de México (sin duda, el centro cultural del país) por el período uruchurtista, signado por la estricta censura moral y política ejercida desde el poder por el Jefe del Departamento del Distrito Federal y sus allegados: Ernesto P. Uruchurtu, permanecería, al frente de ese importante cargo, desde 1952 hasta 1966; este personaje fue popularmente conocido como el Regente de Hierro, y su actividad, en pro de “las buenas conciencias”,es referencia imprescindible cuando se habla de la censura moralina en la historia del país, en general, y de la ciudad de México, en particular. Uruchurtu se dio a la tarea de censurar toda libertad de expresión en los medios escritos y de comunicación y de clausurar, materialmente, lo que se le pegaba la gana. Cerró, incluso, cantidad de centros nocturnos o night clubs, emprendiendo la “cruzada de la decencia teatral” y tachando del diccionario castellano toda palabra que considerara soez o con alguna connotación sexual apelando para ello, siempre, a criterios sexofóbicos.

                            

Héctor Ceballos Garibay; sociólogo, ensayista y novelista; heredero por méritos propios del artístico legado de su padre.

 

Este era el panorama que enfrentaba cualquier escritor joven al tratar de entrar el mundo de las letras. Para Solana, lo que en José Rubén Romero, autor de La vida inútil de Pito Pérez, fue solamente “un poco de sabor”, en  Ceballos Maldonado era fuego líquido: un uso “del picante sin mesura, a grandes cucharadas; su libro es una especie de ensalada de rajas de chiles habaneros” (Solana, 1964). De hecho, Solana compara la literatura ceballiana con la de Armando Jiménez, autor de la Picardía mexicana  –una importante obra llena de palabras gruesas y de albures– que circulara profusamente por aquellos años (y que logró publicarse –y alcanzar gran éxito–, quizá, gracias a la amistad del autor con el entonces presidente, Adolfo López Mateos).

 

Para Solana, los cuentos de Blas Ojeda harían sonrojarse al propio Bocaccio, por su procacidad y su “pluma ardentísima”; el mismo autor de la nota advierte que “se trata de un libro impropio para menores y para señoritas, libérrimo es su vocabulario y atrevidísimo en la vívida descripción de escenas venéreas”; sin embargo, en su apreciación final resume que “el doctor Ceballos Maldonado es un escritor formidable”, y que su estudio de la íntima psicología de los personajes “ no tiene casi paralelo en nuestra literatura, tal vez porque nuestros literatos más excelentes nunca se han atrevido a tratar tan descarnadamente los temas que él trata”. Al terminar su nota y sin ningún tapujo, Solana recomienda “este libro sucio y excelente” a las personas que “de nada se asusten” (Solana, 1964). 

 

El cineasta, novelista y dramaturgo ecuatoriano, Demetrio Aguilera Malta (1909-1981) califica a Ceballos Maldonado como un magnífico cronista con una visión documental en sus relatos, y atribuye a su profesión como médico, por igual, el conocimiento del ambiente y el de los personajes y hechos que narra. Sobresale entonces, en su vitalidad discursiva, la verosimilitud de que está dotada esta narrativa. Hay que destacar en su juicio la idea fundamental de que, aunque Ceballos Maldonado continúa por  la vena realista y costumbrista propia de la novela de mexicana de la primera mitad del siglo XX, lo cierto es que su obra carece del peso histórico y social que campeaba entre muchos literatos de  épocas remotas. En este sentido podríamos ubicar –me parece–, desde su primera obra, a Ceballos Maldonado como un autor afín a la Generación de la ruptura, pues su trabajo es actual, intimista, psicológica y profundamente humano. Para Aguilera Malta, al fin, su escritura llega a “un momento casi hipnótico” (Aguilera-Malta, 1964), en donde el autor no hace sino evocar las mejores páginas de grandes relatistas latinoamericanos.

 

Uno de los mejores amigos de Pepe fue, sin duda, el novelista (recientemente fallecido) Gustavo Sáinz (1940-2015); erudito y amplio conocedor de la literatura mexicana Sáinz destaca, en primer lugar, el coloquialismo de Ceballos Maldonado; lo califica como un narrador auténtico “que sabe siempre despertar nuestro interés y conducirnos hasta el final de sus historias”; señala también que el narrador, más que cuentos, crea personajes. Subraya “su idioma de conversación en apariencia inocente (que) petrifica, coagula, destruye o esculpe” (Sáinz, 1964) y finalmente, apunta la llegada de un escritor el cual, con su primera obra, es capaz de vender en poco más de un mes la mitad de una edición de tres mil ejemplares (hecho insólito, tanto hace cincuenta años como hoy en día).

 

Con la publicación de Bajo la piel (Costa Amic Editores, 1966), Ceballos Maldonado logra de nuevo captar la atención de críticos y lectores sobre una novela calificada, de entrada, como llena de un alto contenido erótico. Para el renombrado crítico y creador del Premio Xavier Villaurrutia, Francisco Zendejas (1917-1985), nada podría compararse, dentro de la historia de la literatura mexicana, con esta novela que “toca la relación amorosa con lujo de detalles” (Zendejas, 1966). El crítico destaca la pericia del escritor al desarrollar su texto en diferentes planos narrativos más –sin embargo– desliza, al final de su nota, la idea de que sería mejor novela si la historia no se desarrollara en una ciudad provinciana; deja entonces ver, de nuevo, ese afán centrista que permeaba a la crítica y los cánones creativos de la época. Para Emmanuel Carballo (1929-2014) la novela de Ceballos, en su aparición, es candidata a convertirse en best-seller, así como, su autor, en escritor de moda.

 

El poeta Javier Peñalosa encuentra en la lectura de esta novela un estilo eficaz, directo y sencillo, donde en narrador posee un “admirable poder de observación” y “gobierna con maestría el relato” (Peñalosa, 1964c), mediante lo cual logra que no decaiga nunca el interés del lector. Para la duranguense María Elvira Bermúdez (1916-1988), Bajo la piel ofrece una historia desde distintas facetas, y el autor tiene a su favor la característica de que la narración actúa como un filtro o tamiz de un argumento en donde el escritor nunca está a favor o en contra de los hechos que presenta, sino que solamente procede como presentador de las acciones y, así, “analiza con talento el problema humano” (Bermúidez, 1967). Por su parte, el editor y crítico Huberto Batis aporta una valiosa opinión al señalar su preferencia por el título original del manuscrito: El cabo suelto, ya que el definitivo le resulta un tanto obvio dado el carácter de las precisiones descriptivas de índole sexual en su trama. Para Batis, Ceballos Maldonado consigue una sólida “construcción de estructura alterada en el tiempo y en el espacio” (Batis, 1967) mientras que, como provinciano asentado en la ciudad de México (Batis nació en Guadalajara) intuye en la obra una caricaturización adusta que inculpa en su laxitud a la tibia sociedad de provincia.

 

Para su segunda novela, Después de todo (Ed. Diógenes, 1969), Ceballos Maldonado aparece  –en opinión de Emmanuel Carballo, quien le realiza una interesante entrevista– como “un narrador fácil que posee un don inapreciable: el de convertir las palabras en acciones”. Para el ensayista y antologador tapatío, el estilo de Ceballos contiene habilidad, economía y gracia, ytrasciende casi siempre la realidad, la recrea artísticamente y de tal modo que corresponda a una provincia tan farisaica como anacrónica, tan entusiasta de las formas como enemiga de transgredirlas”  (Carballo, 1969). Es hasta este momento, a finales de los años sesenta, cuando por fin los críticos reparan en que la provincia no es otro país ni otro mundo, y que la ciudad de México (aunque ojerosa y pintada) todavía se desplaza en una carretela. Por ello Agustín Yáñez, en su novela de 1960,  hace hablar a la ciudad por boca de los pasajeros que abordan un taxi, mientras las “campanadas caen como centavos” en una ciudad capital que, finalmente, no es sino la suma de todas las provincias. En la entrevista, en opinión del propio Ceballos Maldonado,  su novela Después de todo “introduce una nueva manera de mirar la problemática sexual de nuestro tiempo” (Carballo, 1969). 

 

Respecto a esta obra, Rafael Solana, con la sobriedad que brinda la sinceridad y el afecto confiesa, en una carta al autor, que el tema del homosexualismo le parece “más desusual” que los que trató antes, en sus primeros textos. De paso, se declara escandalizado ante aquel lenguaje, pero complacido de que, en esta obra, “muestre mayor moderación”; alaba su penetración psicológica “y su don de narrador llano y fluente, magnífico”. Sin embargo, acota que un posible estudio sobre la obra del michoacano debería llamarse: “De los límites entre la literatura y la pornografía”, y apunta que no recomendaría su libro sino con “muchas reservas” y solamente a personas “mayores de veintiún años” (Solana, 1969).

 

Deja Solana así, de manifiesto, que no existen (en la capital de la república, se entiende), criterios amplios y condiciones necesarias para absorber tanta libertad en el lenguaje, y luego recuerda que, allá por los años treinta, se pedía la cárcel para Rubén Salazar Mallén, por la atrevida publicación de su novela Cariátide (1932).Queda claro, así, que luego de casi cuarenta años y en las postrimerías del siglo pasado, la situación en cuanto a la verdadera libertad de expresión, en la capital de la república, no se había modificado sensiblemente, y que aquel escritor que se atreviese a tocar el tema del sexo y a utilizar el diccionario en toda su extensión y amplitud  padecería, seguramente, de continuos rechazos y necias censuras. Esta realidad está muy lejos de lo que proclamaran los defensores del cosmopolitismo y de las libertades del post 1968 en la capital de la república: tuvo que llegar un escritor “provinciano”, como Ceballos, a mostrar a los modernos habitantes de la ciudad de México que, en realidad, o la provincia estaba adelantada o (en todo caso) la ciudad capital, atrasada.

 

 

Salvador Mendiola; poeta y novelista amigo y estudioso de la obra de Ceballos.

 

Para la maestra María Elvira Bermúdez, pornografía, impudicia y obscenidad son palabras cuya carga semántica ha perdido sus connotaciones repulsivas para aludir, simple y llanamente, al sexo: a lo erótico, en el extremo positivo, y a lo obsceno o salaz, en el negativo. De esta manera y de una forma elegante la escritora comenta que, aunque haya quien tacha a Después de todo como una obra pornográfica, solo se trata (nada más y nada menos) que de una buena novela, en donde su personaje principal, Javier Javi Lavalle resulta, ficcionalmente, un buen personaje: esto es, creíble, verosímil y veraz.

 

El académico hidrocálido Antonio Acevedo Escobedo (1909-1985) se percata de que los tabúes se derrumban día con día y cita, para entrar en materia, a autores como Jean Genet, Oscar Wilde y a André Gide y su Corydon. Al referirse a Después de todo habla de su protagonista como de “un hombre cuyo comportamiento sexual vino a recaer en el otro lado de la costumbre” y supone que, por ser médico –el autor de la obra– sus conocimientos como galeno “deben haberle servido mucho para enfocar y entender las reacciones del protagonista y secuaces que le rodean” (Acevedo Escobedo, 1969). Luego, señala la valentía de Ceballos Maldonado por atreverse a tocar el tema (del homosexualismo, se entiende; palabra que el crítico de Aguascalientes prefiere, de plano, omitir), y festeja, eso sí, su constancia en cuanto a la afinación de sus procedimientos creativos.

 

En su crítica a la novela la escritora cubano-mexicana Julieta Campos (1932-2007), de entrada, califica a José Ceballos Maldonado como un médico provinciano y acomodado, “pero no ocioso”, pues  emplea su tiempo libre escribiendo. En seguida, la doctora en Filosofía y Letras por la UNAM repara en que es precisamente la provincia la que permite el “cultivo de sensibilidades peculiarmente agudizadas por la soledad”, muy distinta a la de “los esclavizadores relojes citadinos” (Campos, 1969), y entonces se percata de que es Ceballos quien ha escrito, antes que otros, sobre temas a veces incómodos para los demás, y que, en esta ocasión, lo hace con una sorprendente eficacia manejando criterios de textualidad que le otorgan un peso específico a la narración. En efecto: intencionalidad, aceptabilidad, informatividad y situacionalidad, además de cohesión y coherencia, convierten en una realidad a las palabras inevadibles que hacen del protagonista-profesor una víctima de su propia interioridad; y cita la voz de Javi en el último capítulo de la obra: “Ahora no sólo tengo tiempo para escribir, sino para observar el proceso de mi propia destrucción” (Ceballos Maldonado, 1969).

 

Sin duda, entre las críticas realizadas a esta novela, la de Julieta Campos sobresale por su profundidad; percibe el vacío que el personaje siente a su alrededor y el detrimento que los demás experimentan frente a él; deterioro “que es el suyo y que lo aterra”. Por ello, rememorar su vida y recoger las imágenes que atesora “como una película antes del montaje que ordene las secuencias, es la única posibilidad de integración que le queda”. En este análisis psicológico la ensayista define que Después de todo es una novela “eficazmente construida, que bordea lo escabroso sin vulgaridad, y aborda con indudable validez literaria un tema de difícil acceso” (Campos, 1969).

 

Campos propone que este tipo de narrativa es propia de la provincia, pues ésta, a decir de François Mauriac, obliga a vivir dentro de lo más denso de la humanidad, y ofrece tipos para caracterizar toda una trama argumental y para decodificar el texto. En efecto, es así, salvo que la concurrencia de prototipos, estereotipos y arquetipos ha estado presente en toda literatura y a lo largo de distintas épocas. En este sentido es bien valiosa la opinión de George R. McMurray, quien al analizar la segunda novela de Ceballos concluye que su manejo del lenguaje y su conocimiento tanto de la conducta como del carácter del ser humano lo convierten en “uno de los mejores escritores sicológicos de hoy” (McMurray, 1970).

 

Al tocar esta obra, Arturo Trejo Villafuerte la califica como una de las novelas mejor escritas, y considera a la narrativa de Ceballos como aquella que conlleva, cual un signo, la pasión de tratar la condición humana en situaciones límite; labor que realiza con un lenguaje directo, emotivo y verosímil: una voz que traza en sus personajes la inquietud “que los hace cuestionarse su existencia y su razón de ser” (Trejo Villafuerte, 1997: 111-114). Pornografía, sexo, impudicia, homosexualidad, frigidez, mente criminal, decadencia y las dificultades e imposibilidades dentro de las relaciones heterosexuales, son algunos de los temas –o de los antivalores temáticos– que menudean en la obra de Ceballos Maldonado. 

 

Por cuanto toca a este autor, es conveniente anotar que su escritura y sus propuestas lograron sacudir, desde la provincia, el ombligo del centro cultural del país. Hay que remarcar la valentía del Dr. Ceballos al enfrentarse a un mundo “mocho”, mutilado en sus apéndices sexuales, castrado y castrante, emasculado y víctima de ablaciones genitales. Ser tachado de pornógrafo, en el México de los años sesenta, no era poca cosa, sino marca de fuego, letra escarlata  y estigma en la frente; sí, en la provincia del centro bajío mexicano de hace medio siglo debió resultar, para un pediatra y padre de familia, un peso difícil de sobrellevar. Por ello, hay que resaltar el ánimo, el arrojo y la audacia de un escritor que luchó por sacar adelante su obra; no por un capricho, sino con la consciencia de su valor intrínseco y el escrúpulo esmerado en decir lo que se quiere pensar y escribir lo que se tiene que decir.

 

En contraste con esta literatura sexuada, viciosa y recia, Ceballos Maldonado era serio y formal. René Avilés Fabila lo conoció cuando Sáinz se lo presentó en la vieja librería de Polo Duarte, en la calle Hidalgo, a un lado de la Alameda de la ciudad de México;  pensó que jamás podría ser su amigo, “no bebía ni fumaba” –recuerda el autor de El gran solitario del palacio– “imagino que jamás fue infiel”. Sin embargo, René Avilés terminó cultivando con él una gran amistad: “Ceballos mostraba su afecto regalando cajas de aguacates” (Avilés Fabila, 1996). Jamás renunció a Uruapan ni a su práctica médica  a cambio de  integrarse a la ciudad de México y a las capillas literarias que oficiaban ritos de encumbramiento. Sus viajes eran específicos para recorrer los museos del mundo y para incrementar su fabulosa biblioteca.

 

En su escritura y en sus temas fue valeroso y temerario; cuenta su hijo, Héctor Ceballos que, en Uruapan, “hubo mucho escándalo pues no entendieron el valor literario de los cuentos y sólo se concentraron en el asunto del chisme: descubrir quién era tal o cual personaje”. Este morbo logró que sus libros se convirtieran en un éxito de ventas, encarecieran y al final solo se consiguieran en el mercado clandestino: “mi padre fue excomulgado y hostilizado durante algunos años”. El escritor, sin embargo, supo imponer el estilo de su narrativa por encima de las modas (en los sesentas, la nouveau roman, estaba muy en boga) y dejar constancia de su calidad literaria lo largo de los años.

 

Así, en su ensayo: La literatura mexicana de transgresión sexual, Mario Muñoz intenta poner en evidencia cómo es que la intolerancia moral, escolar, familiar y religiosa condujo hacia la autocensura de los propios escritores, “que evadieron el abordaje de determinados problemas individuales por considerarlos lesivos para los valores dominantes de la época”. Su estudio integra a Ceballos Maldonado a la Generación de Medio Siglo, pues su obra también rompe con los prejuicios culturales y los tabúes morales de su tiempo, “produciendo una auténtica literatura de transgresión que permitió  la apertura a la modernidad”. Para este investigador, Ceballos era capaz de retratar las atmósferas claustrofóbicas de finales de los sesentas y mostrar “con lujo de detalles el funcionamiento de los mecanismos de represión de la sociedad ultraconservadora”, en espacios consagrados a la “decencia” y a la “buena crianza” (Muñoz, 2011).

 

No es aventurado suponer la mutua influencia que, en el tratamiento de los temas relacionados con la sociedad mexicana de la segunda mitad del siglo pasado, se estableció entre Ceballos Maldonado y su amigo, el sociólogo Gabriel Careaga, autor del afamado libro Mitos y fantasías de la clase media en México (1974) –cuya primera edición, por cierto, el autor dedicara al matrimonio conformado por Julia y José Ceballos–. En el prefacio a esta obra Gustavo Sáinz señala: “Negada y discutida, vituperada y malinterpretada, la clase media es analizada pocas veces, a pesar de ser, hoy por hoy, un fenómeno de capital importancia en el acontecer económico, social, político y cultural del México contemporáneo” (Careaga, 1974: 9). Sin duda, toda la obra de Ceballos Maldonado abona al conocimiento de una sociedad que, en su crecimiento bárbaro y desigual durante la segunda parte del siglo pasado, se había negado –en lo absoluto– a tomar conciencia de sus pocas virtudes y de sus muchos defectos.

 

Por su lado, Héctor Domínguez Ruvalcaba, en su obra De la sensualidad a la violencia de género (2013), afirma que el hombre patriarcal es una figura dominante y de dominación en todas las estructuras de la cultura mexicana, y analiza la semiótica del cuerpo masculino y sus manifestaciones artísticas para argumentar la deconstrucción del sistema de género imperante en el siglo XX. Ingrid Bengoa, quien ha estudiado a este autor, encuentra una variedad de expresiones estéticas sobre el tema, que  se ven reflejadas tanto en novelas como en ensayos, obras de teatro, artes visuales y el cine; es el caso de “la figura del mayate en la novela Después de todo, de José Ceballos Maldonado”. Del estudio sobre Ceballos –añade Bengoa– Héctor Domínguez define que “la misoginia y la homofobia son premisas que mantienen vivo el comportamiento machista” (Bengoa, 2014), pues subordina las categorías y establece relaciones violentas marcadas por el patriarcalismo y la masculinidad, entendida como machismo falocéntrico.

 

Destaca, entre la novelística y sobre todas las creaciones del escritor michoacano, El demonio apacible (Premiá, 1985). Francisco Prieto nos brinda una atinada crítica sobre esta novela en la edición número 447 de la revista Proceso, correspondiente al día 28 de mayo de 1985; para Neftalí Coria el texto “parece una brillante cúspide de su obra” (2012). Salvador Mendiola, por su lado, anota que la novela (en una edición de mil ejemplares realizada por Fernando Tolá de Habich) refleja “un gran trabajo narrativo sobre la psicología humana y la fuerza de ese demonio apacible que es el erotismo, que nos mueve a crear y destruir la existencia como un complejo sistema de redes sociales” (Mendiola, 2012).

 

Alrededor de esta obra baste consignar que se trata de un ejercicio privilegiado por su escritura; es amplia por sus cuatro costados pero breve en su realización;  por ello, resulta dos veces buena. En su superficie textual, los personajes se hallan dibujados con una prístina diafanidad; ideológicamente, los perfiles psicológicos que se manejan son perfectamente verosímiles y, sin embargo, la fantasía en que se proyectan y la ternura de sus desatinos convierten a estos actores en seres inasibles, frágiles e incomprendidos –acaso, ni siquiera ellos mismos son capaces de entenderse–. El resultado es una novela perfectamente definida; más que moderna, posmoderna; y, más que real, posreal.

 

Fuga a ciegas (Ed Coyoacán, 2005), publicada post mortem, aborda un tema que nunca ha sido caro para los escritores mexicanos: el del suicidio. Pese a su inquietante actualidad (recientemente, la tasa de suicidios en México aumentó de manera desenfrenada hasta un 300%) los narradores mexicanos de hoy prefieren tocar temas más banales y menos espinosos que el que se refiere a privarse de la vida por mano propia. Ceballos lo hace con profundidad psicológica y en un estilo ágil y homogéneo: “recrea con meticulosidad las múltiples condicionantes de la mentalidad suicida –dice la contraportada del libro–: las determinaciones sociales, las culpas y condenas religiosas, y las variables psicopatológicas que carcomen a todo sujeto que pretende atentar contra su propia vida” (Ceballos, 2005).

 

Otra obra inédita de Ceballos, por suerte, apareció en al 2011: relata Daniel Márquez Melgoza que, entre las hojas de un libro perteneciente a uno de tantos lotes que suelen adquirir los libreros, uno de ellos, de Uruapan, encontró un texto con el título de Cenobio Moreno, firmado por el escritor José Ceballos Maldonado. El propio Márquez ya había preguntado a Héctor Ceballos sobre ese trabajo acerca del revolucionario de Parácuaro, Cenobio Moreno –por noticias que tenía de su existencia de parte del historiador Gerardo Sánchez Díaz–. Cenobio Moreno es un texto literario de 19 cuartillas. Por desgracia, el hallazgo se hallaba incompleto. Sobre la fecha en que pudo ser escrito este texto –comenta Márquez– Héctor Ceballos Garibay calculó que pudo ser a principios de los años sesenta pues, por aquella época, su padre andaba en busca de temas literarios sobre personajes de la región. Afortunadamente, el historiador Bersaín Torres Ortiz, oriundo de Parácuaro e investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, localizó la versión completa, fechada en 1962.  Aparte, por otro lado, es importante señalar que el Diario del escritor –cuyas páginas reposan en la apacible biblioteca que en Uruapan, al pie de la sierra, custodia su hijo Héctor– aún espera editor.   

 

El 21 de febrero del 2006, en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de las Bellas Artes, en la ciudad de México, se reunieron cuatro críticos literarios para analizar la obra de José Ceballos Maldonado. José Francisco Conde Ortega, Ignacio Trejo Fuentes, Francisco Prieto y Arturo Trejo Villafuerte. Esa tarde de martes los cuatro escritores confirmaron que el michoacano continúa siendo considerado uno de los escritores más destacados del siglo XX en México, y recordaron el homenaje que, aún en vida, recibió en 1994, de parte del gobierno de su estado natal, cuando le fue otorgado el Premio al Mérito Artístico.

 

Para Héctor Ceballos, “la acción dramática de toda la cuentística de Ceballos Maldonado se apoya en el suspenso y en las tensiones anímicas que muestran esos seres creados a partir de su particular universo artístico”. En su opinión –y muy ciertamente– poco importa si los personajes están inspirados en individuos reales o inventados, pues “lo trascendental es si, gracias a la magia de la literatura, pueden transfigurarse en prototipos y arquetipos del género humano”. Para Neftalí Coria, Ceballos Maldonado fue un escritor minucioso, “un fino constructor de joyas (que) pule sus piezas hasta encontrar el brillo profundo de la obra” (Coria, 2012).

 

Por la consistencia de su narrativa, la importancia de sus temas y profundidad  en el tratamiento que de los mismos realiza, valdría la pena intentar la publicación de su obra completa, acompañada de un estudio pormenorizado de la misma, pues el lenguaje preciso y exacto de sus personajes semantiza a la realidad y significa sus contenidos, tanto en un nivel social amplio como en el estrato íntimo que tanto impacta a sus lectores. Sugiero, finalmente, acercarse al ensayo Itinerario de un hedonista (Vida y obra de José Ceballos Maldonado), escrito por su hijo, el doctor en Sociología Héctor Ceballos Garibay, quien ha estudiado profundamente sus textos y acrecentado el mayor orgullo que, luego de su adorada familia, cultivó el narrador: su espléndida biblioteca de 25 mil volúmenes.

 

 

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*Este artículo forma parte del volumen José Ceballos Maldonado: presente, ayer y hoy, editado por Raúl Casamadrid en homenaje al autor dentro de la Feria Nacional del Libro Michoacán 2016.

 



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