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Viernes, 21 de julio de 2017

EL LABERINTO EN LA OBRA DE FANNY KARCHMER
Escrito por Lelia Driben

“Mira, esto que ves aquí es una paloma”,  dice Fanny señalando  una zona del lienzo titulado Muro abierto, que está colocado en un determinado lugar de su estudio. No importa que yo no reconozca al ave en medio de los esbozos formales que colman la tela, lo que me interesa señalar aquí es algo que también parte de la artista cuando afirma que ella sustrae lo figurativo de cada cuadro. Y esto, si se desea encontrar un marco teórico en la producción de Karchmer, debe leerse como una situación figurativa latente en la intricada red de modulaciones abstractas que atraviesan totalmente su obra.

 

Como se sabe, Jorge Luis Borges ha escrito más de un texto cuyo tema central es, justamente, el laberinto. En un poema titulado así, con ese nombre, el escritor argentino dice: Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte/ Es fatigar las largas soledades/ que tejen y destejen este Hades/Y ansiar mi sangre y devorar mi muerte/ nos buscamos los dos. Ojalá fuera/ Éste el último día de la espera.

 

Salvando las proporciones, la pintora que protagoniza estas notas también ha hecho suyo aquel motivo y, a propósito de ello, no deja de recordar su lectura de El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Para ella se trata de buscar un centro, el centro de sí misma, que roza la utopía allí donde la utopía tal vez aún sea posible. Además, “un laberinto es un lugar  formado por calles y encrucijadas puestas ahí para confundir a quien se introduzca en ellas”.

 

En ese contexto, el cuadro es tangible, pero está inserto en lo intangible de su propia escritura y de su propia lectura, de su deletreo, como si extendiera un pincel en el aire, entre  memoria y vigilia, en un presente continuo y un ayer difuminado por la niebla.

 

Por otro lado, el laberinto es también el sitio de los sueños, el espacio errátil donde habitan imágenes que vienen, cual una bruma al amanecer, de lo más recóndito de la noche, de ese estado onírico que, llevado a cada una de las superficies, se transforma en historias tan imprescindibles como visibles.

 

Asimismo, cabe señalar que una pintura, pese a su indudable consistencia real, trasciende el tiempo y el espacio y no obstante se muestra, como silenciosa presencia que busca y explora, en la mirada del otro, su cadena de significaciones. Por otra parte, cada estructura está ahí, en el estudio o en la sala de exhibición, para dejar la impresión de algo: una campiña, la claridad de un lago y el reflejo del cielo en el agua, una ventana abierta, un bosque, la belleza o el horror implícitos en la esencia de las cosas. Algo, en suma, donde el pequeño mundo creado por su autora,  reposa. Ahora bien, puede estar en calma o descifrar un caligrama de secretos tumultos, pero siempre será una callada forma del laberinto.

 

Todas las telas que componen esta exposición de Fanny Karchmer  interrogan al observador y se interrogan entre sí. Hay, en otros términos, una sucesión de preguntas que quedan en el enigma, que son etéreas, inasibles. Cumplen, en suma, una de las condiciones de la pintura abstracta, que en las obras de esta artista se consuma a la perfección.

 

La muestra de Fanny Karchmer  se exhibe en el Centro Cultural Indianilla hasta el 15 de agosto del presente año.

                                                                   

      


Fanny

 

 


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