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Jueves, 29 de junio de 2017

Una ceremonia secreta
Escrito por Eduardo García Aguilar

Hace medio siglo, en tiempos de locura revolucionaria y de la acción violenta en Europa de los grupos terroristas urbanos alemán e italiano Baader Meinhof y Brigada Roja, el joven dandy francés Pierre Goldman hizo lo que Jean Paul Sartre soñaba y no pudo: atracar a mano armada y después leer a Hegel. El joven más brillante y emocional de la generación de mayo de 1968 era un intelectual recatado, temido y esquivo, pero agerrido en el debate, cuando éste se hacía necesario. Durante esos acontecimientos que marcaron el siglo pasado, participó en un movimiento llamado Katangués, compuesto por quienes detestaban los corsés ideológicos y aprovechaban la coyuntura para provocar desorden, anarquía, barricadas y locuras que los ortodoxos ahogarían después con un treno de plegarias convencionales.

 

Decepcionado y rabioso, Pierre Goldman decidió probar suerte, como el delicado Régis Debray, en las montañas latinoamericanas, con tan magros resultados que solo le quedó la alternativa de visitar los prostíbulos de Bogotá, decir que allá “las vaginas eran como ventosas” y volverse un amante de la música caribeña. De regreso a París, hastiado por todos los señoritos que comenzaban a instalarse en los puestos burocráticos y en los pedestales de los Comités Centrales de los partidos, decidió volverse atracador, tratando con ello de merecer la amistad profunda de los negros antillanos que frecuentaba.

 

Intentó primero atracar al sicoanalista Jacques Lacan, sín éxito: en su libro Recuerdos oscuros de un judío polaco nacido en Francia, relata que lo vio bajar por las escaleras de su edificio y como sintió una extraña fuerza de compasión por ese anciano buda, lo que le impidió cometer el sacrilegio. Perpetró después con éxito atracos a almacenes, cajas fuertes, oficinas de comerciantes, cual reencarnación de Francois Villon, truhán y poeta. Con el dinero se cortaba el pelo en las mejores barberías de Champs-Elysées, compraba vistosos trajes y bebía los más exquisitos licores hasta que un día, delatado por X, un individuo que nunca quiso denunciar, fue preso acusado del homicidio de dos humildes farmaceutas del Boulevard Richard Lenoir.

 

El juicio fue muy popular y, entre los asistentes en las barras figuraban Simone Signoret e Yves Montand y compañeros de generación que no pudieron impedir la condena a prisión perpetua, sin suficientes pruebas. Con Bloy se podría decir que “La institución democrática del jurado, en virtud de la cual un hombre superior es puesto a merced de doce patanes creados para servirlo, es tan perfecta, que el desdichado no puede recusar a sus jueces (...). Sobre todo, desde el primer día se había advertido en el jurado un odio feroz casi declarado contra él. Se trataba de tenderos, y se trataba de juzgar a un poeta”. El establecimiento francés había logrado condenar a prisión perpetua, por un crimen común, a la generación de Mayo del 68 encarnada por él.

 

En prisión, Pierre Goldman, que había observado impávido el veredicto y que despreciaba todos los movimientos creados en su apoyo, se sumió en un mutismo que solo pudo romper una mujer antillana a la que amaba y le esperaba para casarse. Decidió entonces escribir una de las más brillantes pruebas jamás hechas, de inocencia alguna. Novela de aventuras al estilo Viaje al fondo de la noche, donde relata su infancia, su adolescencia, Mayo, sus viajes por el mundo, sus frustraciones; tratado de derecho penal y de balística; certero estudio sicológico de víctimas y acusadores; relato policiaco; febricitante prosa tétrica. Su título: Recuerdos oscuros de un judío polaco nacido en Francia (Souvenirs obscurs d’un juif polonais né en France).

 

La revisión del proceso conmovió de nuevo al país. Todos los días, en primera página, se sucedían las noticias sobre el desarrollo del mismo, que concluiría con la absolución y una condena reducida que cumpliría meses después. Al salir de prisión se convirtió en director de una afamada colección literaria, colaborador de Les Temps Modernes, la revista de Sartre, y periodista ocasional de Libération, el diario que también fundara el filósofo existencialista de ojo estrábico.

 

Las fuerzas conservadoras no perdonaron a Goldman su concubinato con una negra antillana, sus amistades latinoamericanas, su destreza en la interpretación de congas, su vida bohemia en la Chapelle des Lombards y su fulgurante, aunque discreta carrera literaria rubricada con su nueva novela. Una tarde de septiembre de 1979 fue acribillado a bala en un parquecito del distrito trece, en el sur de la ciudad. Horas después nacería su primer hijo, Manuel, sueño de su vida: unir lo judío con lo negro.

 

Estos dos acontecimientos novelescos habrían de reunir por vez primera a una generación ya cuarentona, deseosa de hacer el balance de una desilusión profesional. Fue precisamente durante su sepelio cuando en compañía de mis amigos Manolo y Henry, dos jóvenes judíos de 23 y 19 años, cumplí uno de los sueños de mi vida: ver a Sartre. Logramos introducirnos por los muros traseros del Père Lachaise, el cementerio en donde está enterrado Óscar Wilde y desde donde Rastignac, después del sepelio de Papá Goriot gritó “¡a nosotros dos ahora, París!”.

 

Por tal razón tuvimos el privilegio de asistir a la ceremonia privada, en compañía de invitados especiales entre quienes estaban André Glucksman, B.H. Lévy, Régis Debray, Simone Signoret, Yves Montand y muchas otras personalidades de la prensa y del “espíritu” que se miraban de reojo con sus odios y rivalidades reprimidas y añejas. Asistimos así de convidados de piedra al duelo de una generación que comprendía el fin de su juventud, la llegada del futuro y celebraba el sepelio de una época heroica. En cierta forma se enterraba al marxismo-leninismo, al son de las congas de Azuquita, un salsómano panameño, en cuyo conjunto interpretaba también Goldman.

 

De repente, un Renault decrépito y empolvado de color azul cortó la íntima ceremonia, dirigiéndose despacio hasta la tumba provisoria. Nos preguntamos qué vaca sagrada acababa de llegar. Una mano temblorosa y arrugada salió del coche, y luego, sostenido casi del todo por la enhiesta Simone de Beauvoir y un amigo, salió Sartre, cuyos labios abiertos y penosamente balbuceantes no podían cerrarse. Dando pasitos a gatas, curvado, demolido, estaba entre nosotros Jean-Paul Sartre. Caminó un poco hacia la tumba hasta desmayarse de emoción o fatiga: una foto famosa lo muestra sentado en un taburete, junto al mausoleo que anunciaba su muerte.
Salimos del cementerio Père Lachaise poco después. Los hijos de Goldman, los autónomos, anarquistas de la era atómica, armaron el desorden en el Boulevard Belleville, como en las buenas épocas de Mayo, cuando Goldman era un mefítico Katangués. Piedras volaban sobre los automóviles y contra los policías, corría la gente por las tupidas calles del barrio árabe, sonaban las alarmas y llegaban ambulancias que socorrían a los heridos. Fue la furia secreta de un rebelde con causa.

 

Manolo, Heny y yo, empapados por la lluvia, terminamos tomándonos un café express, contemplado el espectáculo, conscientes de que nunca habríamos de olvidar a Sartre y de que quedaríamos unidos para siempre en ese recuerdo que no he resistido guardar en mi memoria. En el entierro de un bandido judío-polaco nacido en Francia, en compañía de una judía-argentina y de un judío-antioqueño, comprendí que la vida es de verdad una película llena de emociones y sorpresas. El viejo mito Jean Paul Sartre agonizaba a un lado entre sus babas seniles y nosotros los tres jóvenes estudiantes llenos de ilusiones apenas comenzábamos a vivir frente al escenario de la historia.



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