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Viernes, 25 de noviembre de 2016

Héctor Xavier: el trazo de la línea y los silencios
Escrito por Angélica Abelleyra

Héctor Xavier fue un artista que logró reunir un trazo preciso y precioso; sublime. Lo hizo con su serie “Bestiario. Punta de Plata”, con la cual retrató de manera fiel y detallada, hasta la obsesión, las caras y los cuerpos de los animales en el zoológico de Chapultepec. Lo hizo también con el trazo suelto y libre en sus series de Pilar Rioja, Marceau y Nureyev. Con sus trazos emocionales para traer al papel el largo cuello de Miriam o el rostro inocente de sus hijos. El trazo de la línea y los silencios,  libro de reciente edición por la Universidad Veracruzana,  se convierte en retrato de ese calidoscopio gráfico que construyó el tuxpeño que no usaba lápiz sino tintas y esas puntas de plata que exigen precisión sobre la placa y una imaginación a prueba de dudas y temblores.

 

El volumen, coordinado por Dabi Hernández Kaiser y Angélica Abelleyra, es recopilación de esas líneas que colocan a un excelso dibujante en el panorama del arte mexicano del siglo XX. Y lo hace no sólo con una selección de dibujos de diversas épocas, tonos emocionales y contenido plástico sino a través de textos y entrevistas con una decena de escritores, bailarinas, artistas visuales y periodistas que se amistaron con Héctor Xavier  y advirtieron la valía de un diestro y oficioso creador, ese que fue cacheteado por una foca, aquel que regaló su nombre para un cachorro león, quien fundó uno de los espacios  aportadores e inconclusos del arte moderno mexicano: la Galería Prisse que fundó en 1952 junto con Vlady, Gironella, Enrique Echeverría y Bartolí, con una cortísima y apasionada vida de dos años.

 

“El arte acaba por superar todas las biografías”, menciona en alguna parte del libro el propio dibujante tuxpeño a través de una entrevista que establece Alberto Dallal. Y es cierto. Su trazo se convierte en su mejor espejo. Sin embargo resulta muy rico traer hasta nuestros días algo del temperamento y aires de aquellos años 60, 70 y 80 en los que Xavier creció, bromeó, peleó, se enconchó y dibujo a más no poder. Es también revalorar aquel contexto y lo que sus creadores nos han legado: José Emilio Pacheco, Juan José Arreola, Vlady, Alberto Gironella, Enrique Echeverría, Juan Soriano, José Revueltas, Juan Rulfo, por mencionar los más cercanos al autor de profundidades, quien decía que “a la gente hay que dibujarla por dentro”.

 

 

Así, a lo largo del volumen, transitan los silencios que la bailarina Pilar Rioja aprendió a danzar, gracias a los dibujos de Héctor Xavier. Aparece “cierto humor perverso” que Gilberto Aceves Navarro respiró frente a su colega. Resalta el artista “que no supo ser cortesano”, en voz del neólogo Felipe Ehrenberg, quien posó para Xavier y le aprendió de esa técnica de punta de plata. María Luisa, La China Mendoza, relata su experiencia al ver a la dupla Xavier-Arreola en el zoológico de Chapultepec para realizar el Bestiario (editado por la UNAM en 1958 y publicado nuevamente en 1993). Con su pluma pasionaria, la periodista  describe en el dibujante no sólo el trazo “sino también la carne, el espíritu, el coraje, la ira, el dolor, la ternura”.

 

 

 

De un espíritu marino y vagabundo; marginal, en gran parte por decisión propia, el poeta Marco Antonio Campos recuerda los primeros pasos de aquel niño que dibujaba las huellas de sus pies en la arena tuxpeña. Y relata la amistad mayor que Xavier tuvo con José Revueltas, ambos tan parecidos en “el sentido del humor alternado con una apasionada depresión”.  Su pariente veracruzano Eduardo Deschamps derrama su desparpajo sobre el amigo, “Rulfiano hasta el tuétano”; hombre de río y de pescadores como él. El poeta Jaime Labastida destaca la cualidad de un autor que “no sabía lo que era la actuación” y quizás por ello y su naturaleza solitaria la difusión de su obra se ha visto constreñida a lo largo de los años. Y si bien el Museo de Arte de Sinaloa cuenta con un acervo importante del veracruzano,  Labastida sugiere al Instituto Nacional de Bellas Artes “tener una sala” de algún museo bajo su jurisdicción que rescate lo mejor de la obra xavierana, si se permite la denominación.

 

 

Entre recuerdos y acentos de Raquel Tibol, Jorge Alberto Manrique, Huberto Batis, René Avilés, Guillermo Samperio y Obed Zamora, entre otros, en el libro se incluyen también testimonios de sus hijos Hemit y Tamari, así como un largo testimonio de Miriam Kaiser, su compañera de vida, a veces tan desacompañada por Héctor Xavier, y quien aprendió de viva voz no sólo de su obra de arte sino de muchas maravillas del universo creativo que el padre de sus hijos le mostró con señas, bromas y señales.

 

El trazo de la línea y los silencios (Ed. Universidad Veracruzanaen coedición con el Instituto Veracruzano de Cultura) será presentado este domingo 27 de noviembre en la FIL Guadalajara 2016. Comentarán Miriam Kaiser, Alberto Tovalín, Dabi Hernández Kaiser y Angélica Abelleyra.



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