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Jueves, 03 de noviembre de 2016

Exposición de Laura Quintanilla en el Museo Cuevas: retro prospectiva
Escrito por Dominique Legrand-Hubert

Laura Quintanilla, todavía estudiante en San Carlos, expuso en el museo de Arte Moderno, dirigido entonces por el maestro Manrique, en 1987, en una colectiva llamada Figura A Figura. Trabajó con gente del teatro, con músicos, en escenografías de Cecilia Lemus, y colaboraciones con Maruxa Villalta, Ux Ono Danza, etc. En el 92 obtuvo el Gran Premio de Monterrey, donde presentó sus primeras obras con chapapote. Estuvo también en la bienal Tamayo y en múltiples exposiciones hasta esta impresionante retro-prospectiva en el museo CUEVAS que estará expuesta hasta el seis de Noviembre.

 

 

Hablando de técnica, Laura nos cuenta cómo pudo usar el chapopote, elemento esencial en su obra: - se usaba en el mundo prehispánico, sin refinación, para pintar máscaras y en algunos objetos. Se dice que Géricault lo usó en LA Balsa de la Medusa, lo que provocó que la obra oscureciera a tal punto que tuvieron que restaurarla, en fin fracasó el intento. Inventé mezclarlo con diferentes resinas y al fin la encáustica y la resina se unieron bien con el chapopote-.

 

 

Las plumas están presentes en muchas obras, forman partes también de la identidad mexicana que ella asume en contra de un mundo del arte que le parece cada vez más Indiferenciado: -El arte plumario me interesa, se encontraba en la ropa, los penachos y los escudos, y además pluma se relaciona con pájaro, con vuelo y con libertad, lo que me conviene perfectamente-.

 

-Me inspiré también, remata, en el arte colonial de los retablos, para contar historias urbanas a mi manera. Todo esto me arraiga, me une a mis antepasados-.

 

En cuanto a temas, la artista explora el ser interior, la memoria y el sueño, la energía interior que tiene que salir, que va a salir en algún momento, lo que no siempre fue comprendido por el público, como surgió durante la susodicha exposición de Monterrey, en la que lo que quiso decir se interpretó como una alusión a los muertos de Pompeya, con la desolación y la destrucción del mundo. Esta diferencia enorme entre lo que ella había ideado y lo que se dio le gustó y le intereso. Se produjeron interesantes efectos colaterales:

 

 

 

-Lo que era el lado oscuro de mi trabajo, mi obra sombría, no gustó mucho en México mientras que fue muy bien recibida en la República Dominicana y en Los Ángeles, donde me parece que aprecian el arte de manera diferente, les gusta lo fuerte, lo potente, lo que cuenta una historia-.

 

Ahora igualmente le encantan los colores básicos, trabaja con amarillo, rojo, azul, blanco y chapopote, verde agua y algo de violeta, sobre todo después del 2000, cuando abordó temas cósmicos y surrealistas. Entonces fueron colores más claros, más luminosos, más limpios, siempre con una constante fundamental, la figura humana, base de su trabajo.

 

 

 

La penúltima y la última sala del museo CUEVAS se enfocan en mundo actual, lleno de computadoras y celulares que son extensiones del cuerpo, donde el hombre se vuelve biónico,  donde el humano modifica sus costumbres. Es un mundo que se vuelve cada vez más frío, con esculturas blancas que parecen espectros de ciencia ficción deambulando en una sala demasiada grande para ellos. Para representar esos entes de un futuro no tan lejano, Laura Quintanilla retomó esculturas prehispánicas, como el Xipe-Totec, el dios de los desollados que en lugar de piel, está cubierto con chips, el Chac Mool, la Xochipilli con el árbol fractal entre las piernas (ver fotos). Con eso quiso la artista mantener su identidad en medio del cambio tecnológico y de la inmediatez de las reproducciones de todo índole, para afirmarse contra la superficialidad reinante.

 

 

 

Dice Laura que esta gran exposición le abrió puertas hacia un panorama más amplio donde finalmente podrá amalgamar sus técnicas y sus temas, combinar luz con encausto, lo ancestral y lo contemporáneo y, a partir de lo ya elaborado, afirmar su identidad, que para mí es su singularidad.

 

 



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