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Lunes, 03 de octubre de 2016

DOS FOTOS CONTRA EL OLVIDO
Escrito por Lelia Driben

Hace una semana aproximadamente, vi en el MUAC (Museo Universitario Arte Contemporáneo) una pequeña y hermosa muestra del museo del exilio chileno. Y allí, indispensablemente, estaba la voz y la imagen de Salvador Allende pronunciando su último discurso al pueblo de Chile el mismo día del golpe desde la Casa de la Moneda. Incomparable discurso sin duda, no tengo palabras para comentarlo. Incomparable y profundamente conmovedor. Sabio discurso dicho por un hombre que sabe que tiene las horas contadas, sabio discurso de un hombre al borde de la muerte.

 

Hoy estuve todo el día revisando textos en mi computadora y encontré este que habla de Videla, el primer presidente de la junta de comandantes de Argentina, que dio origen a la criminal dictadura militar argentina en marzo de  1976.

 

DOS FOTOS CONTRA EL OLVIDO

Para Ana Maccio y Raúl Acosta.

También, a la memoria de aquellos que fueron arrojados al lago San Roque, el que provee de agua a la ciudad de Córdoba.

 

La Jornada del pasado viernes 12 de junio, publicó como foto central en su primera plana, la imagen del coche en el que el ex comandante de ejército Jorge Rafael Videla -y primer presidente de la Junta Militar que instauró la dictadura criminal en la Argentina el 24 de marzo de 1976- es trasladado desde su lugar de detención a los tribunales del elegante suburbio bonaerense de San Isidro para prestar declaración. La lente sólo pudo captar un segmento del numeroso grupo de manifestantes que, al paso del ex dictador ahora nuevamente preso, desgranó sobre él una lluvia de insultos. Pero lo más fuerte de esa imagen cargada de inmensa significación, es el hombre que, justo en el centro del cuadro, patea con furia al autómovil policial, intentando que el golpe llegue al detenido.

 

Ese mismo viernes 12 de junio, el diario "El País" de Madrid también recogió la noticia mediante una foto en su primera plana; en ella se ve a Videla detrás de las rejas. Hay rostros que se parecen insólitamente a algunos animales, Videla siempre tuvo cara de rata, pero su cara en esa fotografía de "El País", con veinte años encima y más delgada que siempre, es la de una rata acorralada y ganada por la desesperación. ¿Qué sucede al mirar el extremado primer plano de esa fisonomía? Muchas cosas de una dimensión inexpresable, inexpresable porque el odio acumulado durante veintiún años de una memoria dolorosamente incrustada en el cuerpo, en cada centímetro de piel, en cada intersticio de la conciencia, ese odio y ese no olvido del dolor y las pérdidas, de una múltiple y diversa cadena de pérdidas, hacen de esa dimensión una reconcentrada desmesura. Claro que, para hablar con mayor precisión, la verdadera desmesura estuvo y está en el horror del genocidio producido por aquellas fuerzas armadas de la nación del sur.

 

Cada uno de nosotros, los argentinos que partimos al exilio, los que aún permanecimos un tiempo en el país después del golpe militar, los que se quedaron viviendo desde adentro el exilio, los que estuvieron en las cárceles y en los campos de concentración y pudieron salvarse, los que perdieron hijos, padres, hermanos, conservamos no sólo el recuerdo de lo vivido, lo visto y lo escrito, sino además, como una estampa fija e indeleble, muchas otras fotos y tomas televisivas. Yo anoto éstas: unos veinte días antes de aquella siniestra noche de marzo del 76, en un discurso emitido por televisión desde el Uruguay -si la memoria no me engaña desde una reunión de altos jerarcas militares latinoamericanos- con voz de mando, postura erguida y rostro pétreo, Videla pronunció la sentencia más o menos con estas palabras: "morirán miles, morirán todos los que tengan que morir". Y nuestra conclusión más inmediata, y certera, la del reducido grupo de amigos que lo escuchamos fue: "ésto va a ser una ruleta rusa", y lo fue. Y otra imagen en la pantalla chica grabada a oscuro fuego me trae nuevamente a Videla cuando, con el mismo tono de quien habla a la tropa, inauguró el Mundial de Futbol de 1978 realizado en la Argentina. A su manera, pese a su gélida inexpresividad, al siniestro general se lo veía exultante.

 

Ahora quiero mencionar otras fotografías, otros rostros:  los de los desaparecidos que todos los jueves, frente a la porteña Casa Rosada y en las plazas principales de Córdoba, Rosario, Santa Fé y otras ciudades argentinas, alzan las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, esas mujeres que desde hace dos décadas están a la cabeza de la batalla contra el olvido.

 

¡Qué vueltas tiene la vida!, ¿verdad lector? A veces, no hay mejor sabiduría que la de los dichos populares, como aquel que afirma que todo se paga. Aunque, por supuesto, la deuda que encierra el peor acervo de la historia argentina en este siglo,  el del terror y del horror, el de los asesinatos y las torturas, esa deuda, su precio moral y concreto, tiene la coloratura de una  inagotable dimensión. Tuvo razón el nefasto general: fueron miles, treinta mil desaparecidos y una sociedad cruentamente fracturada; fue coherente el general, supo cumplir.

 

No se sabe cómo terminará este episodio por el que Videla, pese a las leyes de punto final y obediencia debida, ha vuelto a prisión. Por otra parte, los análisis que vinculan a este hecho con una maniobra reeleccionista impulsada por el actual presidente Menem y su entorno, guardan un alto grado de credibilidad. Pero existe otra realidad insoslayable: desde que en marzo de 1996 comenzaron a surgir las declaraciones de los militares arrepentidos, la sociedad, paso a paso, gradual y decididamente, mosaico tras mosaico, está reconstruyendo el rompecabezas de la memoria. Eso está en la base de este probable saque de manga operado por los jueces y funcionarios de la matriz presidencial, que devolvió a los intramuros de la cárcel al cumplido general.

 

Insisto, no sabemos por cuánto tiempo y cuantos responsables más de la represión y la masacre ingresarán tras esos mismos muros. Mientras tanto, la patada al carro que conduce a Videla rumbo al juzgado de San Isidro en la foto de La Jornada, nos representa a todos. Y en el retrato publicado por "El País", en ese rostro descompuesto atravesado por la reja, emerge, con la nitidez de una compensación largamente anhelada, el reverso de aquellas otras dos imágenes televisivas: la del mundial de futbol de 1978 y la que venía, a comienzos de marzo de 1976, desde la orilla opuesta del Río de la Plata.

 

¿Que le parece general, medita usted algo ahí en la cárcel? ¿será que los otros presos, esos que usted y sus pares ordenaron tirar anestesiados a esas mismas aguas de nuestro ancho y barroso río hablan, se dejan oir? Si tiene un televisor a mano, ¿cómo se observa el mundial de hoy, 1998, desde la celda? Como ve, diez años no son nada, pero como dice una letra tanguera, es "febril la mirada", la nuestra, general, no la suya.

 

Domingo, 14 de junio de 1998.

 



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