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Martes, 27 de septiembre de 2016

Pintura, instalación y vídeo: ¿Una discusión perimida?
Escrito por Lelia Driben

Este texto fue escrito hace muchos años, creo que al comienzo del siglo XXI. Por eso no se habla aquí del retorno a la pintura que en la actualidad está dando, con sus variantes, excelentes resultados.

 

El debate entre la pintura y el arte en formatos no tradicionales es consustancial a toda la modernidad. Se trata de una controversia que, pese a su permanente estado de conflicto y sus diferencias, establece lazos necesarios, imprescindibles, entre ambos puntos de consumación; es decir, entre la pintura y los formatos no tradicionales. Sin embargo, ese estado de interlocución ha conocido momentos de extremo adelgazamiento cuando acompañó, no por casualidad, a los períodos de la historia en los que se dieron grandes cambios e intentos de transformaciones en la esfera de lo social.

 

A partir de  tal contexto, la radicalidad desalojante de toda expansión formal en el interior del cuadro producida por  Malevich,  encontraba relaciones certeras y profundas desde la sutil especifidad de lo pintado, con ese intenso barajar y dar de nuevo que significó la Revolución Rusa en sus primeros años. Pintores como Malevich y Mondrian, así como el movimiento dadaísta, relevaban mejor lo acontecido que toda la pintura ilustrativa del realismo socialista.

 

Análogo, aunque con un grado de concreción más relativa, es el proceso que se ha dado en otros momentos, como los años cincuenta y sesenta. Y esa relatividad también encuentra sus relaciones, siempre intermediadas, con las transformaciones ideológico-sociales propias de la segunda mitad del siglo XX.

 

En México se produjo un fenómeno distinto. La mexicana fue una revolución agraria que no buscaba cambiar en extremo los estamentos sociales de la nación, sino erosionar y modificar un sistema ya existente. Y la pintura experimentó cambios de formas y de contenidos, pero no una polarización carente de casi toda articulación formal, como la propuesta por las vanguardias. El resultado global, sin embargo, fue un movimiento que guarda propuestas innovadoras desde la no abolición de ciertas narrativas para introducir narrativas completamente distintas.

 

Después, los modernistas solitarios y la Generación de la Ruptura o de la Vanguardia, fincan nuevas vinculaciones, nuevas dentro de México, con las propuestas internacionales.

 

Hagamos un salto en el tiempo y vayamos al arte de las últimas décadas. ¿Qué ha pasado con la pintura en esta época? ¿Puede hablarse de una erradicación de la pintura? Yo no estaría tan segura. No obstante, en el mercado y los escenarios internacionales, durante la década de los años 90 y este comienzo de milenio la pintura está prácticamente ausente. El arte actual o contemporáneo se dirime, sobre todo, entre instalación, fotografía, arte objeto, video y arte digital. Todo consiste en un desplazamiento que responde a un giro de ciento ochenta grados en las pautas culturales que hacen a esta época y cuyos alcances no podemos prever.

 

Si pensamos en lo sucedido dentro del ámbito artístico desde 1960 hasta la actualidad, veremos que el predominio de pintura y formatos no tradicionales ha respondido a un movimiento pendular: los sesenta son años de flotación entre la obra bidimensional y el arte todavía por entonces llamado alternativo. El pop reintroduce un realismo a la page y el arte objeto y la instalación y o ambientación ganan progresivamente un lugar central.  Pero en el espacio de la pintura, la posmodernidad se hace explícita con un retorno a la representación, comenzando a citar, de manera cada vez más programática, a los movimientos anteriores. Y en los años 80 la pintura vuelve a crecer para dirimirse en un discurso exaltado, que afirma críticamente una crisis de estamentos: el pintar mal se vuelve propositivo y la mega presencia del mercado irrumpe vertiginosamente en las reglas de actuación con que cuenta la pintura.

 

En una entrevista televisiva, Jorge Semprúm afirmó que, en términos simbólicos, el siglo XXI terminó en 1989, con la caída del muro de Berlín. Este es uno de los aspectos vinculados a la irrupción gigantesca de la bad painting, como un poner el acento desplazado en la especificidad de lo pintado, tanto de la disgregación de los sistemas como de la puesta en severa crisis de la misma pintura. Pero las características vertiginosas  de tal irrupción guardan relaciones también con la espectacularidad y el vértigo que surcan a la cultura y a la sociedad contemporáneas.

 

Frente a tanto gigantismo pictórico y a la exacerbación de la estética de la virulencia y de la fealdad propositiva, la pintura de los años noventa está atravesada por un despojamiento vinculado a la imagen publicitaria y a la pantalla televisiva.

 

 Imagen: Anselm Kiefer, Bohemia Lies by the Sea, Metropolitan Museum of Art: www.metmuseum.org

Se produce, al mismo tiempo, una torsión en el espacio de lo bidimensional: la pintura encuentra líneas de flotación entre el diseño industrial y las prácticas más literales o tradicionales. Hay en ese sentido una porosidad, un borramiento de límites que resulta propio de esta época donde la velocidad de la información gana cada vez más espacio a la investigación analítica.

 

Por otra parte, el XX como el siglo que más avances científicos y tecnológicos ha producido, el más secular y ateo de la civilización occidental, dio lugar asimismo a un nuevo tipo de miticismo, secular y pagano, una mística desenvuelta desde el centro mismo de la profanación que, no obstante y pese a lo más aparente, conduce a un acto afirmador de la mística. Es lo que García Ponce llama la “aparición de lo invisible”. Esa línea, que viene de Mondrian y Klee por citar sólo a algunos, se continúa hoy en México con una pintura que busca las latencias no vistas, no dichas por la pintura, y que se resuelve en una oscilación del espacio del cuadro, para hacer de éste una sutil y o encendida visualidad.

 

Yo diría que hoy en México y en otros lugares, tanto la pintura objetivada, uniformada sobre la tela, con su relumbre del objeto como diría Braudrillard, así  como esta otra pintura que tensa lo visible con lo invisible, es lo que predomina.

 

Pasemos a la fotografía. En la actualidad la foto asoma como producto en sí mismo y como antecedente e intersección entre la pintura moderna y el vídeo, así como del arte digital. Creo que habría que hablar de una expansión de intersecciones, de un movimiento que hace pendular a la fotografía hacia las formas móviles del vídeo. Por su lado, la condición móvil del arte digital muchas veces tiene como resultado una inmovilidad, que vuelve a acercar a éste hacia la obra bidimensional.

 

Por otra parte, el arte moderno y el arte actual están más vinculados a la ciudad que a la naturaleza. El arte es, esencialmente, urbano.

 

 Imagen: Instalación del grupo Proceso Pentágono, Museo Universitario de Arte Contemporáneo: muac.unam.mx

El vídeo –como la práctica visual preponderante en este comienzo de milenio- responde a esa dilución de márgenes que lo relaciona con la televisión y el cine. Y prevalece en el vídeo un mecanismo repetitivo de escasas o de una sola imagen, cuyo antecedente fundamental está en Andy Warhol. El vídeo es la nueva técnica y, simultáneamente, ocupa un sitio desplazado, en continua dilución de su consistencia, una dilución que lo acerca, repito, a la pantalla televisiva y cinematográfica. El arte digital, por el contrario, emerge como la más clara novedad del nuevo milenio, dentro de un campo que, desde mediados del siglo XX y, sobre todo, desde la década de los años setenta, ofrece novedades muy relativas por no decir escasas, al punto tal de hacer de lo novedoso, de la reactualización de propuestas anteriores, un punto programático importante.

 

Frente a la cascada de imágenes de buena parte del cine actual, el vídeo reduce su tema y encuentra en la reformulada reiteración warholiana un modus vivendu que, no obstante, no sale de los cauces de la repetición. Tanto este medio como su pariente cercano, el arte digital, son propuestas aún en proceso; en otras palabras, todavía habrá que ver qué resultados dan. Habrá que ver, además, cuánto dura su auge, aunque por las pautas tecnificadas de los tiempos actuales posiblemente tenga vigencia por muchos muchos años.

 

  

  

 

 

 

 

             



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