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Miércoles, 07 de septiembre de 2016

Colombia al fin hizo historia
Escrito por Eduardo García Aguilar

El acuerdo logrado entre el gobierno y la guerrilla y el fin de las largas negociaciones de cuatro años de La Habana es una magnífica noticia para Colombia, que desde hace tiempo no vivía un momento histórico del tal magnitud, enfrascada como ha vivido siempre en una polarización azuzada por fanáticos de uno u otro bando. La gran mayoría de los habitantes de este país nació y creció en medio del conflicto y se acostumbró durante más de medio siglo al fragor de una guerra que ha dejado una cifra incalculable de víctimas, destrucción, atraso, miseria y traumas psíquicos generalizados.

 

Incontables colombianos del pueblo han asistido a lo largo de sus vidas a cientos de miles de velorios y madres, padres, hijos, hermanos, primos, lloraron a los suyos sin tener la menor esperanza de que algún día cesara la mortandad, porque en las altas esferas siempre primó la intolerancia y la terquedad de los potentados en conservar un sistema de privilegios y de castas heredado desde los tiempos coloniales. La llamada "infame turba" colombiana del campo, los tugurios y los más alejados morideros fue siempre la heredera de un sistema de castas inamovibles donde los de abajo debían quedarse abajo para siempre al servicio de los señores, los hidalgos y los caballeros.

 

Hay recuerdos que siempre aparecen recurrentes cuando pensamos en el horror que ha sido Colombia. De niños, a la hora de la comida y cuando ya había avanzado la noche, aparecían desde la sombra en las ciudades y pueblos seres sin rostro que tocaban a la puerta de las casas para pedir los "sobraditos"; niños, ancianos, mujeres a quienes uno nunca veía el rostro y eran tan colombianos como nosotros. Cuando uno salía de las ciudades veía por casualidad en el campo a quienes siembran y levantan las cosechas, peones, jornaleros, siervos que eran y son como seres del inframundo, duermen hacinados en barracas como en los tiempos de los caucheros y a quienes a su vez no se les ve nunca el rostro y deambulan y viven entre la maleza como sombras y espectros sin nombre.

 

Y algo aun peor en este país que ha practicado sin saber y sabiendo el Apartheid racial: los colombianos de origen africano o indígena fueron siempre orillados por los criollos a las zonas más inhóspitas del país y tuvieron que sufrir la discriminación por su color o sus grados de mestizaje, que como en la colonia se medía y se mide en estratos diversos denominados con desprecio mulato, zambo, cuarterón, octavón, igualado y demás minucias y etcéteras de la discriminación tan en boga en todas regiones del país.

 

La gran mayoría del país a largo de su dolida historia ha estado compuesto por esos millones de "intocables" que sufrieron indecibles enfermedades, tuvieron que trabajar desde niños bajo el sol calcinante, y vivieron y viven sumidos en el analfabetismo y la ignorancia. A sus pueblos, villorrios, veredas, campos, regiones, nunca llegó la salud ni la educación y su miseria siempre fue inversamente proporcional al enriquecimiento de las élites centrales y regionales, una casta endogámica bañada en el nepotismo, egoísta, ignara y estúpida, llena de prejuicios clasistas y raciales, una casta que como la nobleza del Antiguo Régimen creía que tenía derecho a todo por el color de su piel o su apellido. Una casta al servicio de la cual siempre hubo ejércitos de capataces, politicastros y hombres de mano dispuestos a imponer su ley.

 

A diferencia de casi todos los otros países del mundo donde hubo revoluciones que crearon a  la fuerza movilidad social y refrescaron las élites, en Colombia todo movimiento de cambio progresista, todo partido que abogara por un poco de más justicia, todo líder rebelde, dirigente popular, campesino, obrero, indígena, gremial honrado fue exterminado, eliminado, encarcelado, llevado al ostracismo, excluido del país.

 

Las guerrillas campesinas surgieron y proliferaron en el país como movimientos de autodefensa de esos seres sin rostro del inframundo colombiano. Durante medio siglo nadie quiso ver su rostro y el único lenguaje fue el de los bombardeos y la bala impartidos por un poderoso ejército financiado, engordado y entrenado por las fuerzas del imperio en tiempos de Guerra Fría y después de su fin. Tuvo que cambiar el ambiente geopolítico mundial para que al fin se dieran pasos para reconocer una realidad que nadie quería ver. Muerta la Unión Soviética, envejecida la Revolución cubana, debilitado el imperio estadounidense, terminada la ola de dictaduras de derecha latinoamericanas abriendo camino a múltiples gobiernos de izquierda en América Latina, las partes en conflicto decidieron tomar el toro por los cuernos dispuestos a hacer historia.

 

El presidente Juan Manuel Santos, quien jugó todo su capital político en lograr ese acuerdo y superó dificilísimos obstáculos casi insalvables para llegar al objetivo, pasará sin duda a la historia al lado de los equipos negociadores encabezados por Humberto de la Calle Lombana e Iván Márquez, quienes viajaron durante cuatro años en una barca frágil, en medio de océanos huracanados y recibiendo desde todos los frentes amenazas e imprecaciones. En un país inmediatista que reacciona siempre por sentimientos e impulsos violentos y gusta proferir anatemas, injurias y condenas, mantener durante un periodo tan largo la serenidad para construir el edificio de los acuerdos es un mérito indudable y bienvenido.

 

Esa serenidad y entereza mostradas por los negociadores serán necesarias ahora para emprender el camino difícil de concretar al fin esos acuerdos y hacerlos realidad en las próximas décadas frente a las poderosas fuerzas de la violencia que medran ya para hacer fracasar la noticia. La declaración del cese bilateral de fuego definitivo por parte del gobierno es una noticia espectacular que los colombianos de hoy valorarán en el futuro. Y la foto donde se ve a la viuda de Tirofijo risueña al lado de dos enormes soldados armados que la cuidan, es una prueba de que cuando se quiere hacer historia los resultados son palpables. Un hecho histórico es cuando lo increíble se hace realidad.



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