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Lunes, 08 de agosto de 2016

El Belisario de Robert Graves
Escrito por Eduardo García Aguilar

Desde su refugio en Palma de Mallorca Robert Graves aceptó reconstruir viejos siglos a través de la novela para dedicarse a su verdadera pasión: la poesía. ¿Pero hasta dónde esa utilitaria empresa que producía grandes best-sellers como Yo, Claudio y Belisario no lo conducía también hacia emocionantes mundos por medio un túnel de tiempo caprichoso y juguetón?

     Imagina amplias praderas, ríos fogosos, bosques aun vírgenes y en ellos dibuja a su guisa hombres, guerreros, emociones, batallas, burdeles, gigantescas moradas de piedra, lujosos y ambiciosos sátrapas y crea al paso de su pluma el pasado, el mito, la leyenda que hoy nos llega brumosa y plena de inverosimilitudes.

     El poeta Robert Graves (1895-1985), como todo gran poeta, posee el don de la ubicuidad, el derecho a renunciar no solo a su patria, sino a su tiempo y reclama para sí el más apasionante deber de los sabios: el destierro. Como su Belisario, Graves viaja por otros campos de batalla y se detiene a contemplar un filme que lo ata a otro inmediato: el pasado. 

     Su libro Belisario (Count Belisarius), es un viaje al siglo V de nuestra era. Un eunuco que por su naturaleza está acodado al relato, observa y cuenta el ocaso de un imperio. Espejo pasivo que sobrevive a sus contemporáneos, inicia su historia en 571, después de que todos sus protagonistas han desaparecido. Vemos al niño Belisario (494-565) desgarrado por un primer destierro, el de la educación, jugando a las batallas con sus compañeros y diciendo ante la orgullosa mirada de su tío Modesto, que “ser romano no significa pertenecer a Roma sino al mundo entero”.

    Asistimos a su primera emoción amorosa, cuando presencia los movimientos del contorneado y sensual cuerpo de la hetaira Antonina, su futura esposa y ama del eunuco relator. Luego presenciamos las guerras de este general bizantino que realizó bajo Justiniano  reconquistas en África, Sicilia e Italia: con los hunos, los persas, la toma de Cartago, la derrota de los vándalos, su ascenso a cónsul y su desgracia sellada en la ceguera. Puntos de una deliciosa majestuosidad se construyen, por ejemplo, en el encuentro de Antonia con Teodora, otra compañera de perdición, ahora esposa del emperador. La posterior entrevista de la primera con Belisario en campaña contra los persas y la aceptación de una larga unión amorosa.

     Monjes perdidos deambulan cargados con el secreto de la seda oriental, una pérfida ballena cruza los mares sembrando el terror, como la peste bubónica que azota y decima poblaciones enteras y al final muere encallada en un banco de arena, presagiando la muerte del imperio.

     Belisario cubre un siglo de nuestra era y nos enseña las características de civilizaciones o barbaries desaparecidas bajo el polvo. El imperio surge en su esplendor y decadencia desde los grises castillos de Britania cubiertos de líquen amarillo, hasta las riberas del Danubio asediadas de hunos balbuceantes e implacables y desde la gran Cartago, dominada por los vándalos, hasta las estrecheces del Bósforo.

    El Belisario de Graves carece tal vez de la trascendencia de las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar o del fulgor de la prosa de La muerte de Virgilio de Hermann Broch. Es un puntilloso fárrago de cotidianidades deslucidas, empresa desganada de un eunuco nostálgico.

     El relator “suele envidiar al hombre que puede llevarse al lecho a una mujer para algo más que abrazarla y besar castamente sus ojos” y al deambular por el palacio como un opaco administrador solo alcanza a construir un catálogo de donde las emociones están desterradas.

    Dice Graves, estableciendo paralelo entre el relato romántico de las “hazañas” del rey Arturo, “insignificante reyezulo inglés, jefe de la caballería aliada, a quien los romanos abandonaron a su suerte cuando la infantería fue rechazada de las ciudades fuertes de Britania, a comienzos del siglo V”, que si “Procopio hubiera sido su cronista, ogros, barcos encantados y magos no hubieran figurado en el relato, a no ser solo como una episódica referencia a las leyendas británicas de la época”.

     El autor crea con total alevosía una voz insípida para abordar la grandeza y allí, como buen anglosajón, se deslinda de todos aquellos autores ---eslavos, franceses, esteuropeos o hispanoamericanos--- que acuden a lo pomposo o al empalagoso barroquismo para contar historias de héroes o de imperios caídos. Graves toma distancia a diferencia de esa miríada de autores engolados de la Europa latina o de Hispanoamérica, herederos retrasados del modernismo, que relatan como barítonos atronadores y al gritar para hacerse notar en el escenario quiebran las vidrieras del tiempo y quitan oxígeno a la historia.   

    La voz opaca del eunuco coincide con un ambiente de ruinas. El fin de un imperio todopoderoso abría el paso a uno inexistente o a una larga zona de nostalgias fragmentadas y endogámicas. El repliegue de las majestuosidades exteriores y de las grandes empresas conquistadoras de los héroes clásicos, el fin de los grandes ideales belicosos, de las infalibilidades y las verdades establecidas, daban paso a las leyendas góticas.

     Estatuas, bustos de emperadores, colosos de Rodas y arcos triunfales caen hechos pedazos y se hunden en el barro; grandes estadios y monumentos son cubiertos por la vegetación y se vuelven montículos poblados por cabras y silenciosos pastores; las ciudades terminan cubiertas por ríos desbordados o como Cartago o Alejandría son devoradas por el mar. Graves el poeta lo sabe y por eso escoge la voz del eunuco viejo para llevarnos de viaje hasta los confines iniciales de nuestra era.

 



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