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Lunes, 08 de agosto de 2016

Cervantes en Sevilla
Escrito por Eduardo García Aguilar

Para muchos latinoamericanos caminar a orillas del Guadalquivir en Sevilla es retornar a los orígenes en una Andalucía multirracial donde siempre se cruzaron pueblos y vientos provenientes de todos los puntos cardinales, desde egipcios, fenicios, judíos, griegos y romanos hasta el dominio, auge, esplendor y caída del islam, cuyas huellas perviven en miles de palabras de nuestro idioma y en los nombres de las principales ciudades de aquí: Al Andalús, Córdoba, Benalmádena, Algeciras y muchísimas más. 

      Las aguas apacibles del río cruzan con naturalidad a Sevilla cubierta por el sol canicular y bajo los puentes se percibe una calma que nada tiene que ver con los ajetreos milenarios de este puerto fluvial sanguinolento que acogió todos los sueños y derrotas humanas, pero está lleno de ilusiones, pues la ilusión es esencia de sangre y danza, el simple hecho de ser feliz por estar en este mundo bajo el sol y junto al agua.

     Como no lejos de aquí estaban los puertos marítimos de Cádiz y Sanlúcar de Barrameda, de donde partían todas las naves hacia América o a darle la vuelta al mundo en siglos de exploración, aventura y descubrimientos, Sevilla era un poderoso centro administrativo donde reyes, magnates, viajeros, aventureros, asesinos, bandidos y  forasteros turbios se reunían a fraguar sus planes y a ejercer todo tipo de comercios y maldades sin fin.

      Prueba de ello es el Archivo General de Indias, cuya visita emociona siempre a quienes estudian sin cesar los misterios de España e Hispanoamérica, pues en las estanterías, cajones y viejos baúles empolvados acumulados allí a través de los siglos se encuentran los folios salvados con la historia de millones de vidas y la contabilidad de los ires y venires de mercancías, libros, joyas, lingotes, prendas, telas, y todo tipo de objetos materiales, a los que se añaden cartas, testamentos, poderes y mensajes que vibran y chillan desde un pasado inagotable de sorpresas y misterios. Millones de vidas acumuladas en hojas de papel.

      Al lado del Archivo, la enorme Catedral de Sevilla nos recuerda a la similar de Ciudad de México, construida sobre Tenochtitlán a imagen y semejanza de esta por expatriados que deseaban reconstruir a España en territorios de ultramar. Un catedral que parece ciudad y dentro de la cual vibran hoy las notas de un órgano profundo que nos hace volar por tinieblas tenebrosas de siglos poblados de muerte, crueldad y eternidad apocalíptica.

      Allí se arrodillaban a orar aquellos conquistadores asesinos que, ya viejos y sobrevivientes, retornaban de las Indias con la pecaminosa carga de haber matado sin límites y humillado y diezmado a las poblaciones indígenas de América en uno de los más espantosos genocidios u holocaustos cometidos por la humanidad. Y junto a esos altares barrocos cubiertos de oro,  que brilla hasta enceguecer, bajo el treno del órgano, uno siente el peso de la historia y percibe el sudor de esos viajeros de cuando España era la gran potencia mundial y sus reyes dominaban el mundo sin límites y enviaban sus enormes Naos por los mares del mundo.

      En el Archivo General de Indias, tras subir por escalinatas pulidas y caminar por salas de pasos perdidos junto a cuadros de virreyes y bustos de filólogos o historiadores decimonónicos, nos encontramos con una pequeña exposición dedicada a Miguel de Cervantes Saavedra, el autor del Quijote que soñó con ser nombrado funcionario en Cartagena de Indias y fue frustrado, por fortuna, en el intento. Y digo por fortuna, porque en el facsímil de la carta hallada en algún legajo de estos archivos, las autoridades lo disuaden de viajar a América  y lo invitan mejor a buscar empleo por estos lares andaluces.

      El autor del Quijote vivió entonces más de una década en Sevilla dedicado al modesto trabajo de recaudador de impuestos o de confiscador en los campos de productos alimentarios para dotar las naves de Su Majestad que viajaban a América. En esas tristes lides burocráticas terminó enredado en los judiciales que lo llevaron por fortuna a la cárcel donde  inició la escritura de su obra maestra. Sin Andalucía y Sevilla el Quijote no hubiera existido y otra fuera la historia de la literatura castellana.

       Los investigadores encontraron este año nuevas cartas y datos del paso de Cervantes por Sevilla, expuestos en vitrinas al lado de documentos donde figura la lista minuciosa de las mercaderías que iban y venían de ultramar. Así sabemos que de las primeras ediciones de El Quijote se enviaron decenas de ejemplares a San Juan de Ulúa, en México, y a otros puertos de América como Cartagena de Indias.

       La modesta exposición con motivo de un nuevo centenario de Cervantes nos familiariza con su firma y nos muestra las huellas de pobre vida en pensiones y las angustias de uno de los más notables fracasados en vida de la historia literaria: la del simple empleadillo escritor de El Quijote de la Mancha. Y para tocar la realidad con las manos, de los sótanos de los Archivos subieron un enorme baúl caja fuerte de hierro fabricado en Nuremberg, con un sistema complicadísimo de llaves y claves que lo hacían inexpugnable con sus riquezas y secretos adentro.

      Afuera en Sevilla sigue la vida bajo la canícula. En el Alcázar la banda municipal toca pasodobles y en los tablaos auténticos del barrio de las Juderías cantan sin cesar los andaluces aquellas saetas y canciones que los han hecho famosos.

     En la Plaza de toros suenan los oles y en los barrios adictos al extraño animismo mariano siguen las multitudinarias procesiones de las vírgenes de los Dolores o la Soledad, cubiertas ellas de coronas áureas y mantos brillantes iluminados con un festín de cirios y veladoras encendidas, que llevan en andas desde hace siglos al son de los compases de alguna orquesta sacada de Tirano Banderas de Valle Inclán. Esa es la Sevilla de Cervantes, Bécquer, Lorca y Machado y Paco de Lucía sin la cual el mundo fuera mucho más aburrido.

 



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