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Lunes, 08 de agosto de 2016

Amadías y Cándido: leer la guerra
Escrito por Eduardo García Aguilar

La lectura del Amadís de Gaula, obra de un anónimo ibérico, y de Cándido,  farsa del filósofo socarrón francés Voltaire, nos conduce a diferentes épocas de la humanidad, cuyo hábito sostenido es y ha sido la guerra permanente.

    La primera obra es una novela de caballerías, escrita al parecer durante el siglo XIII. Esta obra es la inauguración del género de las novelas de caballerías que concluye magistralmente con las historias del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Preciosa, cautivadora, la novela no merece un simple análisis literario, pues nos lleva de acción en acción a los conflictos que se dan entre príncipes y caballeros, por peñascos, islas, valles poblados por preciosas doncellas.

     Los dos personajes centrales son Amadís de Gaula y Galaor, hermanos y brillantes caballeros andantes, desfacedores de entuertos, enamorados, coquetos, idealistas y tan vigorosos en la guerra como en el amor. El mundo mítico, lleno de castillos y florestas, amaneceres turbios, firmamentos salpicados de estrellas, prados, valles y alcázares es un orbe de muerte descrito con tal candor, que las cortadas de cabeza, despellejamientos, decapitaciones y atravesamientos de abdomen con adarga, hacen parte de un paisaje normal y corriente poblado de villanos y buenos.

     Me sorprendí riendo al leer esas descripciones de batallas. Dice por ejemplo que Galaor se enfrentó a fulano de tal caballero cortándole su cabeza; a otro, la adarga le atraviesa los huesos de las costillas dejando ver las tripas rojas regadas sobre el suelo; a otro lado le descalabra; a aquél le corta la mano derecha y se ve al caballero derrotado que con los muñones rojos aun de la sangre vertida se arrodilla y le pide perdón al triunfante por el entuerto hecho.

     Cándido es también una historia divertida de muerte, escrita con tal ironía que nos hace reir de nuestra propia imbecilidad. Es un hombre bueno este Cándido, que sin quererlo termina asesinando, matando y guerreando con una inocencia inusitada. Es cándido, porque la muerte que él encuentra en el camino y a la que se ve abocado, le parece algo normal y moral. Paradójicamente sus primeros encuentros ocurren en tierras de la pampa argentina y luego se extienden por nuestro atribulado continente, tan ducho en guerras y conflictos de toda índole. Cuando Cándido quiere la paz, de nuevo hay sucederes ineluctables que acrecientan su ingenua lista de muertos y agresiones.

     Cándido y el Amadís de Gaula se reúnen hoy aquí por el capricho de la pluma, ya que la comparación podría hacerse con casi todas las obras de la literatura universal o de la historia. Pocas son las obras, por muy míticas o románticas que sean, que no traten de la guerra, ese juego divertido e infantil de los hombres de todos los tiempos. El mérito de los textos citados es precisamente que ahora, bombardeados por las noticias de tantas guerras contemporáneas, tenemos la tendencia a olvidarnos de esa carnicería incomprensible y por ende, de la muerte certera que la anima.

     Para no llenarnos de horror y ponerle un poco de picante a la historia, que es sangrienta, más vale leer a Voltaire y a ese anónimo, que sentarnos frente a la televisión: leamos la guerra, pero a través de la ficción y los libros, esa sería la nueva consigna.

     La lectura de estas obras es ejemplar pues olvidamos a veces que el “progreso” del que tanto hablaban liberales y revolucionarios del siglo XVIII, esperanzados en que nuevos mayores niveles de técnica y productividad traerían consigo mejores niveles de vida de la humanidad y paz creciente, se tradujo por el contrario en un avance de las codicias y el incremento y perfeccionamiento de las armas, que de adargas y espadas pasaron a ametralladoras, tanques, misiles, gases, bombarderos, portaviones, submarinos y bombas atómicas convirtiendo al mundo en un polvorín infinito.

    Si los trogloditas se peleaban con piedras y lanzas, los medievales lo hacían con ballestas multicolores, adargas y arcabuces, desuetos ya para tristeza de los hombres. Las nuevas armas conllevan la muerte mucho más rápido que antes, pero sigue siendo muerte al fin al cabo, muerte feliz que lleva a la ceniza enamorada de los cuerpos calcinados.

     No olvidemos que la soberbia del hombre contemporáneo, antropólatra, es tan vana como su propia inocencia. Nosotros los pacifistas de hoy podemos cantar victoria por ver alejado uno de tantos episodios humanos en los campos de batalla, pero la humanidad no se curará de la enfermedad y otros conflictos surgirán en otros lugares de manera ineluctable.

     Más vale pues leer el Amadís y el Cándido para comprender la fragilidad de toda paz y saber que en cualquier momento, por decisión absurda de gobernantes, políticos, gamonales, magnates, bandidos y poderosos guerreros de todo cuño, pueden volver a sonar los clarines de la batalla.

     Antes de que la ignominiosa guerra regrese leámosla a través de los libros o el arte en general. La bibliografía sobre la guerra en la ficción es inagotable y estas dos obras sugeridas hoy son apenas un abrebocas insignificante para atestiguar las tareas de la parca.

     Y más allá de los libros, podemos también reconocer la guerra  en las obras de grandes artistas de todos los tiempos y seguirla en las imágenes de los templos milenarios, asiáticos, europeos, africanos, americanos, mediorientales. Allí, a lo largo de los milenios, los artesanos chinos, japoneses, camboyanos, egipcios, persas, griegos, romanos, judíos, cristianos, islamistas, han recreado siempre en frescos y bajorrelieves millones de batallas con una minuciosidad que nos asombra, nos ilustra y por supuesto, nos aterra.  

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 * De la serie Textos nómadas.

 

 



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